¿Bailas Cha cha chá?


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(Jonrón, batea jonrón… Jonrón Miñoso, jonrón…)

Su abuelo es europeo de pura raza. Dicen que tiene de francés y de inglés; y que no llegó a esta Isla en un barco negrero. Su padre es resultado de un calculado maridaje que obligadamente debía ocurrir en estas tierras donde España señoreaba. Su partida de nacimiento está registrada en la ciudad de Matanzas. En el libro de asientos de la historia, y de la catedral mayor, reza que el 1 de enero de 1879 se supo de él por vez primera. Fue inscrito como Danzón simplemente.

Fue escandalosa su unión con el montuno sonero; lo mismo que su larga convivencia con el piano que no parece terminar a comienzos del siglo XX. Los coqueteos con las óperas y las obras del clasicismo tuvieron el mismo efecto. Siempre funcionó como el “alfa musical” de esas relaciones. Su primer hijo, nacido igualmente en Matanzas, fue nombrado Danzonete; mas no corrió la misma suerte de su padre. Fueron más las penas que las glorias que lo acompañaron. Hay hijos que no siempre logran superar al padre; aunque dialécticamente sea lo coherente.

Al hijo del medio le bautizaron como “Danzón de nuevo tipo”; debe ser porque el asunto “África” llegó de una vez por todas. Para entonces papá Danzón ya estaba cerca de sus cincuenta años de vida y el “mulatico” de la familia se había demorado más de lo esperado.

El menor de sus hijos nació a fines de los años cuarenta del pasado siglo, fue nombrado Cha cha chá y era el más criollo de todos. Papá Danzón estaba más que orgulloso, la continuidad del linaje estaba asegurada. Este hijo sí campea por su respeto y ocupa el espacio que una vez tuvo su padre. Es lo dialécticamente correcto. Son los años cincuenta.

Para entonces los sonidos urbanos estaban concentrados en el Mambo; ese hijo bastardo (¿será Valdés su apellido sincopado?) que influirá a toda la familia. Lo urbano también estaba en las sociedades de bailes, sobre todo aquellas llamadas de color. Eran tiempos en que decir negro causaba tanta vergüenza, que sus entradas estaban por la calle lateral y sus luces se encendían bien temprano para no incomodar a los miembros.

II

La Unión Fraternal, a diferencia de otras de su tipo, era “una sociedad de recreo para negros y mulatos distinguidos”; con su orquesta charanga –esa donde tales elementos étnicos señoreaban—que respondía al pretencioso nombre de América y donde el mulato Enrique Jorrín destacaba con el violín, tal y como lo había hecho en la ortofónica de Antonio Arcaño.

Los tiempos de bailes de “arroz con frijoles” habían quedado en el pasado; pero en la Unión Fraternal, situada en el cruce de las calles Prado y Neptuno, se bailaba acompasadamente siguiendo la onomatopeya de los pasos; el rallado de los pies sobre las pulidas lozas era un chasquido que las voces enardecidas de los bailadores separaban en sílabas; el compás del güiro, aquel cha –resultante de la fricción de las suelas con las baldosas negras y blancas, símbolo de igualdad de los miembros y los invitados, reflejo masónico de toda sociedad fraternal— se repetía hasta el infinito condicionando el oído del siempre sonriente Enrique Jorrín que, en uno de esos bailes que garantizaban sustento fijo, tuvo su gran epifanía musical a la que nombra Cha cha chá, incluyendo el acento del último paso; y que será el ritmo y baile de moda desde aquel instante en toda la Isla.

Buena nueva para las charangas que regresaban al gran gusto popular. Buena nueva para Jorrín que por fin tendría su orquesta y nadie se atrevería desde ese momento a cuestionar su paternidad sobre el asunto de marras; el baile era obra de los bailadores, por lo tanto, patrimonio individual de hombres y mujeres que comenzaron a agregar toques soneros a la coreografía y hasta algún guiño de otros bailes como el swing y el naciente rock & roll.

Pasen todos los que quepan y puedan aportar a esta nueva forma musical. Así, en una esquina se situó el bolero, ritmo que sabe de tentaciones, incomprensiones y al que el gozo y el dolor (contrarios hermanados) le son consustanciales. El Son, con todo su señorío consideró, justamente, que las trompetas podían hacer el trabajo de la flauta; mientras que el primo Mambo –siempre sonriente—comprendió que había espacio y bailadores para ambos; así que bienvenida la familia. Y el padre, papá Danzón, que con orgullo tuvo un segundo aire. Este hijo es un Potosí musical.

III

Jorrín era un hombre dispuesto a trascender su tiempo, por eso incorporó dos trompetas a su orquesta en algún momento de esta historia; alguna que otra vez se acercó a formas de otras músicas con las que compartía seguidores. Así actuó mientras tuvo fuerzas para crear y estar al frente de sus músicos. Sus temas fueron el reflejo fiel de una época; fue la crónica de aquellos años cincuenta en que el mundo estuvo encerrado en la palma de los ritmos de esta tierra, de esta Isla.

El Ave Fénix no es solo un mito de la antigua Grecia; por momentos se convierte en un complemento de algunas zonas de la música cubana. El ejemplo más reciente de esa interconexión es el presente disco que está a punto de escucharse. Aunque ya no esté de moda, esta música logra emocionar a quien la escucha, esta orquesta suena de estos tiempos y en estos tiempos la buena música es también una aspirina del tamaño del sol.

Por cada uno de sus surcos circulan personajes pintorescos de una época, historias comunes con el sabor de una forma musical de la que ciertas zonas de la música pop, tanto cubana como internacional, se ha apropiado; pasa los mismo con otros ritmos y músicas del continente como es el caso de la cumbia. También está presente, como botón de muestra, el modo en que los músicos neoyorkinos entendieron este ritmo cubano, del impulso que dio a “la era de charangas” que a comienzos de los años sesenta se vivió en la comunidad latina de esa ciudad, y que con el paso del tiempo desembocará en ritmos como el boga low, el jala jala o el chingalí y cuyo resultado final será la Salsa.

Conceptualmente este no es un disco de música de archivo, tampoco lo es de culto. Es un disco para entender parte de la historia musical de Cuba. Una historia que parece no acabar; tanto que, en algún rincón de este planeta, mientras alguien piensa en los conflictos del cambio climático, sus pies se mueven acompasadamente y en medio de sus cavilaciones, el silencio será interrumpido por el inolvidable Cha, cha chá…

 


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