Conspiración antiliteraria o la impotencia del pataleo


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A los enemigos de la Revolución Bolivariana, animados por la arremetida de la actual administración estadounidense contra el poder legalmente constituido en Venezuela, les cuadra cualquier escenario: golpear las finanzas, intentar cercos diplomáticos, denigrar  autoridades, armar paramilitares y lucrar con el dolor de la gente. Ahora el retablo de iniquidades acaba de trasladarse al campo de la cultura, donde han puesto en marcha una trama encaminada a deslegitimar uno de los galardones literarios de mayor anclaje y prestigio en la letras iberoamericanas, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.

En una maniobra orquestada desde medios de comunicación de orientación pronorteamericana, ciertos escritores, unos cuantos de alguna nombradía y otros de escasa entidad, aunque ávidos de protagonismo, la emprendieron contra el premio que honra al célebre novelista y político venezolano.

Pretenden aprovechar, para desmontar el ya tradicional convite de las letras, el aplazamiento de la edición 2020, cuyo resultado no se dio a conocer, como es habitual,  el 2 de agosto, fecha del nacimiento del autor de Doña Bárbara, sino a finales de octubre, de modo que en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven), en noviembre, se haga efectiva la premiación, todo ello como consecuencia de la pandemia de la Covid-19.

Les duele que, pese a los obstáculos derivados de la crisis sanitaria global, hayan respondido a la convocatoria 200 autores de 17 países de Iberoamérica. Ante tal evidencia, los enemigos de la democracia apelaron a dos tácticas: una, demonizar éticamente el certamen; otra, dirigirse a los novelistas concursantes y las casas editoriales que los representan para que retiren las obras.

Cuando dicen que el Premio está «politizado», ignoran que el primero en imprimir ese sesgo al certamen fue nada menos que Mario Vargas Llosa, ganador, con La casa verde, de la primera edición en 1967, en tiempos de Raúl Leoni, cuando aún no era el obcecado militante neoliberal que blasona hoy de ello; entonces denunció la precariedad de la condición del escritor en las sociedades latinoamericanas y elogió la Revolución Cubana.

Nunca los organizadores del Premio, desde que Hugo Chávez ganó en libres elecciones la presidencia venezolana, han impuesto al jurado un favorito. En 2001 ganó El viaje vertical, del español Enrique Vila Matas, un escéptico liberal, y  en 2013 Simone, del puertorriqueño de origen cubano, Eduardo Lalo, quien abogó por la independencia de la isla. Todos saben que Fernando Vallejo, triunfador en 2003 con El desbarrancadero, ha lanzado indistintamente invectivas contra las fuerzas políticas colombianas, y que el argentino Ricardo Piglia, laureado en 2011 con Blanco nocturno, al ser jurado dos años después criticó a los escritores venezolanos –los tildó de estalinistas– que trasladaban «a las complejidades del mundo cultural los conflictos electorales».

Lo que está fuera de toda duda es la extraordinaria calidad –y diversidad– estética de las obras premiadas antes y después del triunfo chavista, al margen de los posicionamientos de sus autores. Quién puede negar las contribuciones de Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Roberto Bolaño, Elena Poniatowska y Javier Marías.

Dudar de la probidad de los jurados de la edición 2020 es una bajeza: la venezolana Laura Antillano, reconocida con el Premio Nacional de Literatura de Venezuela y el  Premio de Cuento del diario El Nacional, uno de los que promueve la campaña contra el Rómulo Gallegos; el argentino Vicente Battista, autor de El libro de todos los engaños y Sucesos argentinos (1995), Premio Planeta en su país; y el colombiano Pablo Montoya, quien se alzó con el galardón en su última versión.

El prestigio del Rómulo Gallegos se halla blindado. Entre los concursantes de 2020 figuran novelistas consolidados. Que los argentinos César Aira, quien ha llegado a sonar en las cábalas del Nobel, y Gabriela Cabezón, finalista este año en el Booker inglés; el mexicano Dante Medina y el colombiano Daniel Ferreira aspiren al premio, constituye una legítima aspiración. Que editoriales transnacionales como Random House y Alfaguara respalden a sus autores, habla de confianza en el Rómulo Gallegos.

Patricio Pron, un autor español bien posicionado en el mercado editorial a partir de la novela Mañana tendremos otros nombres (Premio Alfaguara), respondió ante el acoso de los complotados: «Se trata de un premio alguna vez ganado por escritores que admiro. Se trata de un premio establecido hace décadas y que creo que pertenece a todos los venezolanos, no solo a los de un sector u otro».

Razón asiste al Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg, cuando denuncia en documento circulado por la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad: «El gobierno de Donald Trump se ha propuesto aplastar a Venezuela por todos los medios. Nos ha arrebatado Citgo, 31 toneladas de oro, millardos de divisas, confiscadas por el sistema financiero mundial, controlado por Trump. Nos está agrediendo en plena pandemia, negándonos alimentos y recursos de salud en medio de una peste de escala bíblica. Ahora pretende también destruir el valioso Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, como parte de la campaña de agresión mediática anunciada recientemente por el conocido genocida Elliott Abrams». Véase esta acción como el extremo e impotente recurso del pataleo por parte de estos personajes.

 


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