Jornada de la cultura cubana


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Como La Marsellesa, el Himno de Bayamo irrumpió en pleno combate. Convocatoria del canto coral, tuvo extraordinario poder unificador. Por primera vez, en un espacio público, el concepto de patria tomaba cuerpo concreto. Se personificaba, porque ella «os contempla orgullosa». La noción abstracta atravesaba la conciencia. Se fundía a través de todas las fibras. Tocaba la inteligencia, el conocimiento de las características del sistema opresor, los sueños en el ámbito de la emoción y de la sensibilidad. Por esa raigambre esencial, asociada a lo más entrañable de la memoria, sus notas conmueven en días de nostalgia y de triunfo, en la urgencia de un llamado a la salvaguarda de la nación. Entonarlo nunca puede convertirse en acción rutinaria, disuelto su significado en la grisura de la cotidianidad, inmerso en los rumores de la ciudad, como sucede a veces cuando los escolares se aprestan a entrar a las aulas.

La historia de la cultura cubana está estrechamente vinculada al crecimiento de la nación. Desde su más remoto origen, aquel Espejo de paciencia relataba en versos el enfrentamiento de los lugareños con los contrabandistas a causa del secuestro de un obispo. Sin apelar a las autoridades habían actuado de manera autónoma. El negro Salvador Golomón aparecía como héroe de la hazaña. El entorno natural se exaltaba en el elogio a los frutos de la tierra. Muy lejos todavía del contexto que conduciría a hacer insalvables las contradicciones entre los criollos y el poder colonial, el texto literario iniciaba la representación de las particularidades que definían el espacio de la Isla.

Muy pronto, las inquietudes se manifestarían en el terreno de las ideas. Llama la atención que en etapa tan temprana como el siglo XVIII el obispo Morell, Arrate y Urrutia emprendieran la tarea de narrar, con los recursos entonces disponibles, la historia de la Isla. Al hacerlo, apuntaban sus particularidades y señalaban algunos atisbos de sicología social. El padre José Agustín Caballero abría una brecha en la sustancia de un pensamiento dominado por el dogmatismo y la escolástica. Proponía un método para el acceso al conocimiento asentado en la cercanía a los datos de la realidad.

Crecido a su vera, el padre Félix Varela daría un gran salto hacia adelante. Pasaría al plano de la política, formularía una prédica emancipatoria. Exiliado de por vida, había sembrado ideas en sus discípulos del seminario San Carlos y San Ambrosio y persistió siempre en mantener contacto vivo con su tierra de origen.

Los tiempos, sin duda, habían cambiado. La Revolución Francesa proyectó su ideario renovador y las guerras de independencia en América Latina situaron en el horizonte la posibilidad real de romper el yugo colonial que se iba haciendo muy pesado por la exacción de los bienes del país para satisfacer las necesidades de la metrópoli y la falta de acceso de los nativos a los niveles de decisión respecto a la política imperante.

Los conflictos de intereses se expresaron entonces en el debate abierto entre reformistas, anexionistas e independentistas. Con los ojos abiertos al mundo, la cultura cubana ha demostrado siempre la capacidad de apropiarse de las diferentes corrientes y transformarlas en beneficio propio. Respondió así a la necesidad de ofrecer una representación de la realidad que contribuyera a poblar el imaginario de la nación. El romanticismo abrió cauce al reconocimiento y a la exaltación del paisaje. Incitó a la descripción de tipos y costumbres que aparecieron en la literatura y animaron el llamado teatro vernáculo desde donde, tipificados, permanecieron en el siglo XX y arraigaron en la memoria colectiva.

A pesar del férreo control ejercido en La Habana por el poder colonial y la violencia impuesta por los voluntarios, a poco de estallar la guerra de independencia se produjeron en la ciudad los dolorosos sucesos del teatro Villanueva. En una función de Perro huevero, un bocadillo daba vivas a la tierra que produce la caña. Los represores dispararon contra el público inerme. Allí había mujeres que portaban adornos con los colores de la bandera.

Instrumento de exploración de la realidad, la cultura se convierte, a la vez, en vía de autorreconocimiento. Penetra en todos los recintos de la sociedad o de la persona. No puede considerarse de manera unilateral como postalitas para turistas, al modo de aquel maraquero que en los días de la República neocolonial intentaba atraer clientes a un comercio de suvenires colmado de artefactos hechos con piel de cocodrilo. Se manifiesta en las formas del habla y de la gestualidad, en la manera de edificar el entorno, de conducirse y de establecer relaciones. Subyace en lo más íntimo de la memoria individual y colectiva en diálogo viviente, grupal e intergeneracional, entre presente y pasado, entre las brisas del mar y la temperatura de la tierra. Está en la voz de los poetas, en el pregón callejero, en el baile popular y en la música de concierto. Para no estancarse, requiere búsqueda y experimentación, investigación rigurosa en permanente renovación y contrapunteo crítico, porque no todo vale y solo el análisis sosegado esclarece senderos.

En el andar de los tiempos, cultura y nación se han retroalimentado de manera recíproca. Por este motivo, la jornada de la cultura coincide en fecha con el aniversario del inicio de nuestras guerras de independencia. Inmersos en circunstancias complejas, tal y como sucediera en ocasión del centenario, estamos convocados al festejo y a la pausa reflexiva.


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