Solo la luz es comparable a mi felicidad


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José Martí es personalidad que cada vez más alcanza estatura universal, en la misma medida en que su obra escrita es más conocida por las diversas lenguas y culturas. Político e ideólogo del movimiento independentista cubano contra la metrópoli española a finales del siglo XIX, uno de los escritores de mayor vuelo de las letras hispánicas, pensador sustentado en una filosofía de armonía en que el hombre y la sociedad son parte de la naturaleza, Martí ha sido en vida y aún hoy un símbolo de la nación cubana y uno de los puntales de la identidad latinoamericana.

Impulsor de una expresión original que respondiera a lo propio, a lo autóctono y genuino de cada época, de cada pueblo y de cada persona;  defensor de los que llamó los pobres de la tierra en Cuba y en el mundo; portador y práctico  de una ética de servicio humanista; sus ideas se expanden de modo creciente por un mundo que atraviesa una crisis civilizatoria amenazadora de la existencia del planeta, que ha aumentado las desigualdades a ritmo acelerado  al interior de los pueblos y entre los tantos países y que hace trizas cualquier escala de valores de cualquier filosofía humanista o de cualquier religión.

Cumplidos los 42 años de edad el 28 de enero de 1895, Martí salió días después de su exilio en la ciudad de Nueva York hacia República Dominicana para los preparativos finales de la tercera y final guerra por la independencia de su patria y de Puerto Rico, las últimas posesiones hispanas en América.  A su juicio, aquella sería una contienda de amor y no de odios que establecería una república  “con todos, para el bien de todos” y de justicia social para las clases populares; que promovería la actuación unida de “nuestra América” —como él llamaba a los países latinoamericanos— frente a las apetencias expansionistas de la “Roma americana”, como calificaba al naciente imperialismo de Estados Unidos; y cuyos combatientes caían también por “el bien mayor del hombre”.

En el voluminoso paginado de su escritura en los más diversos géneros literarios y periodísticos (poesía, teatro, ensayo, novela, crónicas, artículos, crítica literaria y artística, editoriales, sueltos y gacetillas, epístolas), el diario de viajes fue a todas luces,  uno de sus ejercicios favoritos lamentablemente no conservados en su totalidad. Su siglo hizo de ese tipo de diario una escritura común entre la gente letrada y hasta un género literario, y de la pluma martiana  se conservan  fragmentariamente los de su recorrido por la costa e islas de la península de Yucatán y por Guatemala, (desde Izabal hasta Zacapa en ruta hacia la Ciudad de Guatemala en 1877), las notas de su paso por la isla de Curazao mientras navegaba hacia Caracas en 1881 y los diarios que fue escribiendo en 1895 durante su paso por República Dominicana  y Haití, la navegación hacia Cuba para incorporarse a la guerra comenzada el 24 de febrero de ese año y sus cinco semanas en la región oriental de Cuba, donde halló la muerte en combate el 19 de mayo.   

Ese cuerpo textual en pequeños cuadernos y en letra apretada y a veces diminuta, escrito en momentos arrebatados al necesario descanso, tras la marcha  a pie o a caballo,  y quién sabe si hasta  en las embarcaciones, ha sido objeto de la atención de editores y estudios desde los años 30 del siglo pasado, algunos de los cuales hablan de cierto cambio estilístico en la prosa martiana, motivado, desde luego, por las difíciles condiciones en que fueron llevados al papel. 

Estas consideraciones justifican a plenitud la pertinencia de la traducción al francés por Jacques-François Bonaldi de lo que habitualmente se ha presentado como los diarios de Montecristi a Cabo Haitiano y de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Profundo, tenaz y acucioso  estudioso de la obra martiana, ya Bonaldi había entregado antes dos  libros imprescindibles para poner aquella al alcance del lector en francés: la traducción de las cartas a Manuel Mercado, gran amigo mexicano de Martí a quien él confiaba muchas de sus intimidades personales y de sus amplios objetivos de talla continental y universal; y sus extensas crónicas acerca de la Conferencia Internacional Americana de 1889, en las que denunció cómo el gobierno de Estados Unidos y los monopolios que se iniciaban buscaban convertir a América Latina en su zona de hegemonía y hasta anexarse a Cuba.   

Como en esas entregas precedentes, Bonaldi no se limita a una excelente traducción que sabe conservar aspectos tan difíciles y peculiares como los rasgos estilísticos y la riqueza idiomática de Marti, sino que ofrece además gran cantidad de informaciones y análisis que contribuyen de modo notable a hacer comprensible esos diarios del Maestro para quien no dispone de un buen conocimiento de su autor y de su contexto.   

A sus inteligentes observaciones en su “Introducción”, a sus numerosas y esclarecedoras notas al pie, Bonaldi suma un grupo de anexos demostrativos de su brillante sagacidad como investigador: documentos martianos de 1895, testimonios y cartas a Martí de otras personas y de sus estudiosos, 53 breves biografías de personas referidas en esos escritos, una valiosa bibliografía con 89 títulos como prueba de su incansable quehacer de pesquisador, y un índice onomástico y de topónimos. A todo ello se suman las cronologías martianas desde 1891, cuando Martí se dedica plenamente a organizar a los patriotas para la lucha por la independencia, hasta su caída el 19 de mayo de 1895.  

Buen acierto la frase escogida por Bonaldi para titular el libro, tomada de   una carta martiana a Carmen Miyares y a sus hijos — la familia que hizo suya durante buena parte de su estancia neoyorquina—,  escrita desde los campos  de Cuba el16 de abril de 1895: “Solo la luz es comparable a mi felicidad.” Quienes lo leemos con frecuencia sabemos la importancia de la luz como símbolo positivo para Martí. Qué mejor manera, pues, de expresar esa felicidad por ir y por hallarse en la patria luego de casi diecisiete años de ausencia y por estar  cumpliendo su deber, riesgoso, pero imprescindible, en medio de la guerra desatada merced a su talento organizativo y a su vehemente  impulso. Cuánta luz, cuanta felicidad en estos diarios que narran vicisitudes físicas y morales, en que habla como un sociólogo, como un antropólogo y como un filósofo, dulce y perspicaz observador de pueblos hermanos y, de otros seres humanos.  Estos diarios son la entrega de un hombre entero, feliz.

Traducir a Martí es labor imprescindible para aumentar el  conocimiento directo de su obra. Solo su presencia en las más diversas lenguas garantizará que un alto número de personas puedan acceder a su palabra y valerse de ella para las tan urgentes crítica y modificación de nuestros tiempos.  Jean-François Bonaldi continúa así su valiosa y eficaz  tarea de amor martiano para extender las ideas y la voz martiana entre los francoparlantes. Me atrevo, además a afirmar que el propio Martí se sentiría feliz y satisfecho al ver sus textos vertidos al francés, lengua que leía y escribía. Sé que el empeño traduccional ha sido fatigoso y que ha ocupado mucho tiempo. Sé de la nobleza del traductor que no busca recompensa material alguna  y cuya entrega es muestra de su vocación por contribuir   de este modo a hacer posible un mundo mejor, centrado en el bien mayor del hombre. Desde Cuba, ya la patria también de Bonaldi tras su larga residencia en esta isla, le agradezco esta entrega que honra a José Martí y que honra también a su traductor.  

 


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