La Unión de Historiadores de Cuba en su 35 aniversario

Publicado: 2017-01-11
Por: Mildred de la Torre Molina
Fuente: CUBARTE
Categorías: HISTORIA, ARTÍCULO

El pasado 7 de diciembre la Unión de Historiadores de Cuba cumplió 35 años de existencia, para suerte de los historiadores del país. Los fundadores recordamos aquella noche de 1981, en el hemiciclo Camilo Cienfuegos del Capitolio Nacional, entonces sede de la Academia de Ciencias de Cuba, como uno de los sucesos más trascendentes de nuestra historia profesional.

 

El doctor Julio Le Riverend, cuya obra constituye un referente obligatorio para la intelectualidad cubana e internacional, asumió, por voto unánime de los presentes, la presidencia. De esa forma, nacía una nueva asociación cuyos objetivos son los de agrupar a todos los que investigan, enseñan y preservan la memoria de nuestro país.

 

Al triunfo de la Revolución, por diversas razones, la Academia de la Historia y la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales se disolvieron, quedando en solitario la Oficina del Historiador, dignamente encabezada por Emilio Roig, cuya obra aún merece continuas valoraciones.

 

El nuevo asociacionismo intelectual fue liderado por la UNEAC (1961), aún sin la existencia de alguna sección que aunase a los historiadores, cuestión resuelta en la actualidad. De ahí la importancia de agrupar a quienes, desde la investigación, la docencia, el patrimonio, la informática archivística y bibliográfica, contribuyen decisivamente a la preservación de la memoria histórica.

 

La Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) nacía como un espacio vital para el diálogo ético, respetuoso y, por tanto, carente de propósitos espurios y bien alejado de protagonismos indeseables, sobre los problemas inherentes al desarrollo de las ciencias históricas y su papel dentro de los debates políticos de la sociedad cubana. A lo que debe sumarse el permanente interés por contribuir a la socialización del conocimiento historiográfico. Así, logra agrupar a los sujetos creadores de las diferentes disciplinas.

 

A veces los historiadores no somos consecuentes con nuestro bregar. Construimos el conocimiento sobre el pasado, pero no siempre socializamos el ámbito específico de nuestra vida profesional. La UNHIC requiere de la investigación de su historia. De hacerse, dejaríamos un interesante legado para las nuevas generaciones, redundando, además, en un mayor fortalecimiento interno. Tal vez esto posibilitaría nuevos intercambios cuyo

aldo sería, entre otras cuestiones, el análisis autocrítico, siempre saludable para el futuro de la organización.

 

Julio Le Riverend propició, desde sus funciones como director del Archivo Nacional y el Instituto de Historia (1962-1972), el debate continuo. El pequeño grupo de investigadores, en su mayoría jóvenes y hasta 1968 estudiantes de la Licenciatura en Historia, junto a los de mayor experiencia científica, dialogaban, bajo el auspicio del Maestro, sus resultados investigativos, así como una gama de asuntos que iban desde los tradicionales temas puntuales de la historia económica y política hasta los de carácter metodológico. Le Riverend tuvo la gran virtud de abrir las puertas del conocimiento sin prejuicios ideológicos. De ahí, precisamente, que aquel grupo fundacional, junto a los que paulatinamente se fueron incorporando, recibieran los beneficios de las múltiples tendencias historiográficas procedentes de la vieja Europa, tanto occidental como oriental, y de los Estados Unidos y América Latina. El estructuralismo de izquierda y derecha, el positivismo en sus diferentes etapas y los Annales franceses, entre otras escuelas, se analizaban junto al marxismo clásico y contemporáneo, así como las experiencias de las diferentes instituciones científicas, motivando la emersión de nuevos entendimientos sobre el pasado, presente y futuro de la labor epistemológica cubana.

 

Al asumir la presidencia de la UNHIC, Le Riverend organizó, junto al equipo fundador, los primeros encuentros y congresos científicos. De vital importancia resultó el realizado en los salones del Capitolio y en las aulas de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana para analizar el desarrollo de la historiografía cubana en sus diversas especialidades y temas. El objetivo fue el de dilucidar los nuevos empeños, incluyendo los relativos al patrimonio, la información y la enseñanza de la Historia. Ante la ausencia de un órgano periodístico patrocinado por los historiadores, el entonces presidente de la UNHIC publicó en la Revista de la Biblioteca Nacional, en los inicios de la década del ochenta, las ponencias expuestas en el mencionado debate. Debe agregarse a lo anterior la presencia de los estudios históricos regionales en las voces de connotados especialistas tales como Olga Portuondo y Hernán Venegas.

 

Sobre este último particular debe subrayarse el mérito de la UNHIC al fortalecer, a través de los espacios de discusión colectiva, los resultados investigativos sobre las diferentes regiones, provincias y localidades del país; tradición heredada desde los tiempos republicanos burgueses y cuya presencia se hizo notable en los congresos auspiciados por la entonces Academia de la Historia y la Oficina del Historiador de La Habana, y que en gran medida se hizo ostensible en las publicaciones del Movimiento de Activistas de la Historia, cuyo patrocinio recayó en los comités provinciales y municipales del Partido Comunista de Cuba. La labor actual de la máxima organización de los historiadores, dentro de ese campo específico, se sincroniza con los textos para la enseñanza de la Historia a lo largo de todo el país.

 

Los 21 congresos científicos de la UNHIC es una obra colectiva de gran valía. La inmensa mayoría de las ponencias discutidas están a la disposición de los estudiosos y público en general en la Casa del Historiador, y compiladas digitalmente en las Memorias de los últimos dos, celebrados en Camagüey (2014) y en Holguín (2015). Esta idea de socialización permanecerá de forma permanente.

 

Ciertamente, los mencionados eventos científicos no cubren todas las expectativas del movimiento historiográfico cubano. Tampoco existe posibilidad alguna de que así suceda, ni puede ser pretensión de una determinada institución garantizar que semejante idea cristalice. No hay autor ni conjunto de obras capaces de lograr dicho propósito, ni tampoco puede alguien proponerlo y mucho menos ejecutarlo. En la ciencia, y en la cultura en general, no tienen cabida los términos categóricos y las metas de producción al estilo de las bienaventuradas fábricas de productos comestibles e industriales. Puede, eso sí, orientarse la discusión, mediante el temario expositivo, hacia la comprensión de determinados problemas puntuales e interpretativos, ausentes o deficientemente investigados, pero es inimaginable que el trazado de pautas epistemológicas, con su carga de dogmas y criterios paralizantes del pensamiento creador, consuma la atención de quienes tienen la noble misión de abrir nuevos horizontes al razonamiento y la cultura histórica.

 

Me detengo en los congresos porque constituyen un ejercicio relevante en la vida de la UNHIC como organización científica capaz de mover a disímiles profesionales en la reflexión necesaria para los tiempos actuales de la sociedad cubana. Pasado y presente se unen en una entelequia digna de perfeccionamientos continuos, siempre y cuando, tanto los que dirigen como los participantes, sean capaces de andar unidos sin resquebrajamientos indignos de los propósitos fundacionales y contemporáneos de la organización, los que se orientan hacia el fortalecimiento de la sociedad y el proceso revolucionario.

 

En esos encuentros, reitero, lo realmente decisivo y trascendente es la discusión viva, fruto de las ponencias e intercambios y no lo que se resume en las relatorías o actas. La determinación de si un congreso ha cumplimentado sus objetivos radica en los trabajos presentados, muchos de ellos fruto de investigaciones en curso y de los libros publicados. A un evento de esta naturaleza no se le puede valorar por documentos síntesis o declaraciones finales, sino por la calidad de sus diálogos, incluso fuera de los salones, y más allá de lo que se dice públicamente.

 

De gran valor sería depositar las ponencias, conferencias e intervenciones en las bibliotecas públicas y docentes, así como recomendar su publicación como artículos y ensayos, bien en nuestras revistas o en antologías especializadas, independientemente de las memorias digitalizadas.

 

Muchos han sido los comentarios favorables a la divulgación televisada o radial de las discusiones. De esa forma la riqueza de ideas e informaciones llegarían a un público mucho mayor que el concurrente a los eventos de semejante naturaleza.

 

Los congresos posibilitan el desempeño de la ética a través de la crítica respetuosa y profesional. No constituyen los escenarios idóneos para quienes aspiran a dictar normas rectoras sobre las políticas científicas. Ellos, eso sí, deben posibilitar el diálogo sincero y culto de los profesionales con la sociedad. Resulta inevitable la presencia de quienes siempre desean oírse y no escuchar a los demás, o quieren imponer sus puntos de vista, casi siempre fuera de su contexto. No se puede limitar la palabra. Es mejor decirlo todo dentro de la entidad auspiciadora y no fuera; cuando esto sucede parece que se quiere imponer un método o una manera de decir, o peor, de pensar. Y en el peor de los casos, da la impresión de que se quiere buscar adeptos en los públicos desconocedores de la intimidad de los eventos criticados.

 

En las ponencias –vuelvo a insistir en ese asunto– pueden apreciarse las exigencias perspectivas del movimiento historiográfico, cuya libertad de acción y autonomía han sido reconocidas por el Gobierno y el Partido Comunista. A diferencia de los argumentos esgrimidos por nuestros enemigos, generamos ideas propias sin que medien orientaciones partidistas o gubernamentales. Cualquier historiador puede proponer los estudios de temas concretos, dentro o fuera de los congresos; para ello existen múltiples escenarios de discusión científica cuyo derrotero es contribuir a la buena marcha de la labor docente, científica y de preservación de los fondos documentales y bibliográficos.

 

Ciertamente, a veces se emiten criterios sin una base objetiva. La crítica está en lo que se ha hecho mal o no se ha hecho, pero esto último debe ser solo una sugerencia. De lo contrario, se ejercita el simplismo consignista, bien alejado de lo que es propiamente la ideología. Ella es convicción. Los cercanos al izquierdismo extremo ignoran los valores morales de la sabiduría.

 

El mal decir es impropio de los revolucionarios. Se asume una ideología con conocimiento, entendimiento y cultura. Las posiciones divergentes se deben expresar libre y abiertamente con la decencia de quienes están imbuidos de la certeza de sus pensamientos. Condenar a los que no piensan de la misma forma, al tildarlos de incapaces e inconsecuentes sin tener en cuenta que dan lo mejor de sí, es reprobar las ideas útiles que nos mueven para hacer lo mejor de nosotros mismos.

 

En este 35 aniversario se deben recapitular los caminos emprendidos. Sin apenas recursos materiales, se ha engrandecido la unión de todos los historiadores, marcando pautas hacia el futuro de la Patria. Brindamos conocimientos y en ello radica nuestro mayor regocijo. Mucho hay que cambiar, pero siempre desde las posiciones de un pensamiento crítico constructivo de una sociedad permanentemente revolucionaria, tal y como fue concebida por nuestros próceres. Preservar ese legado constituye nuestra razón de ser. Seguiremos siendo consecuentes con las ideas esbozadas por el presidente fundador de la UNHIC, en una noche donde se recordaba al también Titán de las ideas como parte inseparable de nuestro andar por la historia.

 


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