Estados Unidos “en junto”. Periodismo y literatura en la formación antimperialista de José Martí

Por: Pedro Pablo Rodríguez López
Categorías: HISTORIA, LETRA CON FILO, POLÍTICA Y SOCIEDAD

Publicado el: 1 de febrero de 2017

La sociedad estadounidense fue, sin dudas, uno de los dos grandes temas martianos, solo superado en grado de conocimiento, dedicación y cantidad de textos por el otro gran tema: Cuba.

La mirada martiana sobre ambos, desde luego, fue tan extensa, variada y múltiple, que podemos hallar  en cada uno de ellos un buen número de temas “menores”, dicho esto no con intención descalificadora sino porque tributan a los “mayores”, más abarcadores, no por razones geográficas sino por ser los extremos representativos y contrapuestos de las dos sociedades a las que Martí prestó atención especial.

Podríamos hablar de otro tema grande: Hispanoamérica o, mejor, América Latina, o, para ser aún más precisos, Nuestra América, como él llamó a nuestra región, en la cual incluía a su patria. Claro que esta última, objeto de sus afanes desde su precoz adolescencia, amerita considerarse como un gran tema de singular significación dado que Martí le otorgó tanto un alto volumen de páginas y de textos como el sentido de su vida y la plenitud de su actuación cuando se empeñó  en la organización del Partido Revolucionario Cubano y la reanudación de la lucha por la independencia. Sin embargo, para mi propósito en este momento, lo latinoamericano en Martí no alcanza el nivel de cotidianidad y minuciosidad que los otros dos referidos, al menos en sus textos publicados. Recuérdese, no obstante que entre su papelería fragmentaria, en sus Cuadernos de Apuntes y hasta en sus diarios, el Maestro nos dejó  verdaderos cuadros costumbristas y anotaciones de sus abundantes lecturas de asuntos coloniales y republicanos de Latinoamérica.

En el caso de Estados Unidos —que nos ocupa hoy—, las motivaciones esenciales martianas para examinar y enjuiciar a ese país son de naturaleza distinta a las que le provocaron el interés por Cuba y por Nuestra América.  La del Norte se trata de una sociedad a la que el Maestro vio muy pronto como “el peligro mayor de nuestra América” y cómo Cuba sería la primera víctima de ese peligroso vecino. Por tanto, el superobjetivo de toda su obra al respecto era cerrar el camino a la expansión de Estados Unidos hacia el sur del continente, lo cual exigía de su parte la inmensa tarea de develar las razones de semejante impulso dominador —de “avisar”, de “poner en guardia” en sus palabras—, y de organizar la resistencia frente a ese intento, resistencia que se iniciaba justamente por la independencia de Cuba y de Puerto Rico.

Ese afán defensivo le condujo a esbozar ya desde inicios de los años 80, cuando todavía le faltaba bastante por penetrar en las contradicciones y previsiones acerca de Estados Unidos,  una estrategia capaz de impedir esa nueva previsión.  Llamo, pues, la atención respecto a la admirable unidad entre pensamiento y acción práctica en Martí: su proceso de conocimiento de hacia dónde conducirían las raíces y los cambios en marcha acelerada en aquella nación durante el decenio de los ochenta del siglo XIX es inseparable de su propia ejecutoria intelectual y en la práctica social. Son como dos caras de una misma moneda, o, mejor, las varias caras de un cubo.

Luego no fue mero placer intelectual lo que motivó a Martí a escribir acerca de Estados Unidos, por más que nos resulte obvio su disfrute del acto de escribir y hasta de vivir en Nueva York, ya para entonces un ícono de la modernidad. Hubo en él una voluntad expresa ante lo que a sus ojos era una necesidad impostergable, una urgencia de alcance histórico cuyo plazo para desatarse se acortaba velozmente y que se hizo patente con claridad al convocarse por la cancillería estadounidense a  la Conferencia Internacional Americana de Washington efectuada entre 1889 y 1890.    

Las “Escenas norteamericanas”, como él bautizó a sus envíos para los periódicos de Hispanoamérica entre 1881 y 1892, constituyen, en consecuencia, un corpus imprescindible para entender  ese complejo proceso de conocimiento y de denuncia al mismo tiempo para preparar y movilizar a sus lectores hacia la defensa  de los intereses y de la soberanía de nuestra América. Allí, en esa masa de escritos se evidencia cómo se formó el antimperialismo martiano al ritmo de su comprensión acerca de los nuevos rasgos que iban caracterizando el desarrollo del capitalismo industrial en Estados Unidos, en concordancia con  la historia, tradiciones, psicología y cultura que le eran propias.  

Claro que desde antes de comenzar esas “Escenas”, ya el cubano estaba armado de una profunda lente crítica hacia Estados Unidos, en que el elemento ético se había ido conjugando con el conocimiento de sus resortes sociales y de los cambios acelerados que estaban ocurriendo a su interior. No fue un ingenuo viajero el que desembarcó en Nueva York  el 3 de enero de 1880; mucho menos un admirador a distancia cuya larga residencia en la ciudad le confirmaría en ello hasta un deslumbramiento cegador.

Más de una vez hemos recurrido a  aquellas notas juveniles en su cuaderno de apuntes madrileño en que afirma rotundamente: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”[1]

No dejamos de sorprendernos ante semejante enjuiciamiento perspicaz, duro,  categórico y definitivo.  Quienes hablan de que no hay nada nuevo que estudiar en Martí podrían emplear su tiempo, por ejemplo, en estudiar qué ideas circulaban en la Cuba colonial de los años sesenta de aquel siglo; en revisar la prensa para ver qué se publicaba al respecto; rastrear en los testimonios y escritos del grupo que rodeaba a Mendive, el mentor intelectual del muchacho; en bucear en lo que llegaba  a la Isla hasta  de los sectores conservadores y monárquicos de la metrópoli empeñados en deslucir cualquier   experiencia republicana o desde el resto de Hispanoamérica y de las modernas sociedades burguesas europeas preocupadas por un competidor que asomaba desde el otro lado del Atlántico.  ¿Qué opiniones tuvo a su alcance en España este joven lector voraz sobre Estados Unidos?

Nos harían un gran favor esos cansados de tanto Martí en ayudarnos en tales búsquedas.  

Hay que examinar con paciencia esa quincena que el joven recién graduado en la universidad española pasó en Nueva York, del 14 al 26 de enero de 1875, en tránsito hacia México para reunirse con su familia. ¿Qué vio? ¿Qué hizo? ¿Con quién habló?  ¿Tenía comunicación desde antes con los patriotas que allí residían y trabajaban en apoyo de la Guerra de los Diez Años? ¿Aparecerán cartas previas a ese viaje que nos alumbren en este asunto? ¿Platicó con aquellos patriotas, muchos de los cuales ya para ese 1875 se habían desengañado de cualquier esperanza en cuanto a una comprensión o ayuda directa, oficial u oficiosa, para la República en Armas?

El  periodista que se graduó en la práctica diaria de ese oficio en México siguió y denunció en sus escritos cualquier posible atentado desde el Norte contra  la soberanía mexicana. Es evidente a lo largo de su vida su rechazo a la guerra de conquista de 1848 de Estados Unidos contra México, y es presumible que en la sociedad donde se radicó por casi dos años y sostuvo una intensa acción pública, Martí intercambió con relativa frecuencia acerca de la historia y de aquel presente signado por la siempre ominosa cercanía de México a Estados Unidos. 

Prueba al canto de su postura crítica ante Estados Unidos y de su negativa a tomarlo como modelo para Nuestra América a su llegada a ese país, es la serie de tres artículos para el semanario neoyorquino The Hour, titulada “Impressions of America”. Todavía hay quien hace una lectura sesgada de esos textos, la cual no suele pasar de las primeras líneas en que Martí reconoce a esa nación como la de la libertad. No hay por qué pensar en falta de sinceridad del cubano, quien jamás dejó que el juicio amable y hasta precavido le llevara a mentir o a traicionar sus convicciones.     

Al escribir para una publicación en lengua inglesa, dirigida hacia los sectores ilustrados estadounidenses, tras llevar varios meses establecido en Nueva York, ya Martí emplea la estrategia discursiva  de acercarse a aquellos desde lo que, sin duda alguna, él entendía como positivo de esa sociedad y bajo la firma de un anónimo español recién llegado. Quien venía de un país monárquico, y quien sabemos que era un cubano republicano y luchador contra el colonialismo, no podía dejar de presentar en términos elogiosos la experiencia  de la república norteamericana. Pero no puede pasarse por alto cómo desde el primer artículo caracteriza sintéticamente a esa sociedad: “Medida y número; estos son aquí los elementos de la grandeza.” Y antes había escrito en ese mismo primer artículo, en párrafo del que tomo solamente la idea central: “… si la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria, no alcanza desenvolvimiento parejo al de la fervorosa y absorbente pasión del dinero, ¿adónde irán? ¿dónde encontrarán suficiente razón para excusar esta difícil carga de la vida, y sentir alivio a su aflicción?”

Pocas líneas atrás, en el mismo párrafo, había afirmado rotundamente: “El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina.”[2]

No, no fue Martí persona deslumbrada, maravillada ante los Estados Unidos de su tiempo a su arribo en 1880, como no lo fue nunca durante su larga residencia de casi quince años.

Desde esos juicios previos, de fuerte matriz ética, críticos del poder del dinero, de la “metalificación” del  “dinerismo” —como dijo en alguna ocasión—,  podemos comprender de manera cabal lo descomunal de la tarea que se echó encima con sus “Escenas norteamericanas”: entregar esa sociedad “en junto”  para que sus lectores pudieran apreciarla en sus matices y contradicciones, en sus elementos positivos y negativos, en sus apóstoles y en sus bandidos, y de ese modo comprendieran por qué él veía que desde allí avanzaba el peligro mayor para Nuestra América y por qué no debía ser modelo por seguir en nuestras naciones.

En consonancia con tales propósitos, Martí se trazó una estrategia discursiva  calificada por Marlene Vázquez como el discurso de la alerta, que implica tanto los temas y asuntos que seleccionaba y las fuentes de que se servía como los recursos expresivos, literarios, de que se valía para hacer accesible su mensaje.  

Por eso a Manuel Mercado le dijo en 1884 que esos textos eran “Un centinela de la casa propia”.[3] Y a Bartolomé Mitre Vedia, el director de La Nación de Buenos Aires, le expreso con franqueza en 1882 lo que le desagradaba de la sociedad del Norte.

Primero, el espíritu mercantilizado: “Cierto que no me parece que sea buena raíz de pueblo, este amor exclusivo, vehemente y desasosegado de la fortuna material que malogra aquí—o pule sólo de un lado, las gentes,—y les da al par aires de colosos y de niños.”

Segundo: el sentido expansionista: “Cierto que en un cúmulo de pensadores avariciosos hierven ansias que no son para agradar, ni tranquilizar, a las tierras más jóvenes y más generosamente injustas de nuestra América.”

Y continúa con la imagen eficazmente sintetizadora: “Cierto que me parecería cosa dolorosísima ver morir una tórtola a manos de un ogro.”[4]

Mas, como entonces, recuerdo, en 1882, aún pensaba que las mejores tendencias de la sociedad estadounidense lograrían imponer a la larga lo mejor de la condición humana, con honestidad entrega en su carta al director que le contrata sus servicios su opinión balanceada acerca de Estados Unidos. “Pero ni la naturaleza humana es de ley tan ruin que la oscurezcan y la encobren malas ligas, meramente accidentales; ni lo que piense un cenáculo de ultraguilistas es el pensar de todo un pueblo heterogéneo, trabajador, conservador, entretenido en sí, y por sus mismas fuerzas varias, equilibrado, ni cabe de unas cuantas plumadas pretenciosas dar juicio cabal de una nación en que se han dado cita, al reclamo de la libertad, como todos los hombres, todos los problemas.”[5]

Por eso aclara su estrategia editorial y discursiva: ir dando al país mediante la secuencia de sus textos, pero no darlo en retazos sino cargadas “de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros”.[6] 

He ahí, pues, una de la claves de esa estrategia: los textos  llenos de ideas, de razonamientos, de las esencias; como libros, no únicamente por su habitual larga extensión sino porque su construcción ni es ligera ni es simple. ¡Ah, esos prodigios de la irregularísima sintaxis martiana, de sus tremendos encabalgamientos, de la polisemia de sus imágenes generalmente atrevidísimas! ¡Ese torrente de palabras, frases e ideas que son sus “Escenas  norteamericanas”, siempre siguiendo un orden demostrativo que no rehúye el sentimiento y el juicio ético! Todo eso que caracteriza el original estilo martiano en esa prosa de madurez y en sus Versos libres que redondeaba una y otra vez.

La otra clave de su estrategia es la postura crítica acerca de Estados Unidos, de quien desde joven había confesado que prefería el elogio a la censura, y que en el caso de los textos sobre Estados Unidos declara a Mitre y Vedia que sigue el método ·”de poner los ojos limpios de prejuicios en todos los campos, y el oído a los diversos vientos, y luego de bien henchido el juicio de pareceres distintos  e impresiones, dejarlos hervir, y dar de sí la esencia;—cuidando no adelantar juicio enemigo sin que haya sido antes pronunciado por boca de la tierra,—porque no parezca mi boca temeraria;—y de no adelantar suposición que los diarios, debates del Congreso, y conversaciones corrientes no hayan de antemano adelantado. De mí, no pongo más que mi amor a la expansión—y mi horror al encarcelamiento del espíritu humano.”[7]

Por tanto, Martí establece que su método de trabajo para las Escenas, y, obviamente, también de estudio de aquella realidad, consiste en buscar y entregar la diversidad de juicios surgidos de la propia realidad estadounidense, desde diferentes corrientes  de opinión y de grupos sociales diferentes.

Desde estas claves se han de entender los más de trescientos textos que podrían considerarse como “Escenas norteamericanas”, esos que los estudios literarios más contemporáneos llaman crónicas y que, sin embargo, desde el campo específico del periodismo suelen mostrar una particular hibridez de géneros.

Desde luego, a finales del siglo XIX, cuando aparecían los grandes diarios modernos, no estaban establecidos los géneros periodísticos que se enseñan en los manuales y en las escuelas formadoras de profesionales de la prensa.  Para entonces la frontera entre periodismo y literatura era muy difusa, entre otras cosas porque casi siempre los escritores eran quienes estampaban sus firmas en los periódicos. El diario de noticias, informador de sucesos andaba en pañales todavía y la voz inglesa de reporter denotaba al cazador de noticias, aún poco respetado entonces en el ambiente de los periódicos. Todavía demoraría hasta bien entrado el siglo XX en que la lengua española en América admitiría el neologismo reportero para ese tipo de escritor.

Esa hibridez genérica del periodismo martiano se explica de modo particular   por las claves de su escritura de las “Escenas”. Quien pretendía ofrecer la enorme riqueza y variedad de un país territorialmente inmenso, con regiones de historia diferente, con una población que crecía aceleradamente por la inmigración europea, y con un impetuoso desarrollo económico no podía ajustarse a las normas que el ejercicio práctico del periodismo iría imponiendo. Y esas claves también fundamentan que las “Escenas”  no solo sean leídas hoy con fruición como piezas literarias, donde lo informativo se ha convertido en algo de valor histórico uniéndose así a la lectura contemporánea de los elementos analíticos y a la necesidad de examinar esos escritos para comprender el pensamiento de su autor y, particularmente, el proceso que lo condujo a generar y a trabajar para un proyecto liberador de alcance continental y hasta universal “por el bien mayor del hombre”, como dijo en el Manifiesto de Montecristi al explicar por qué los cubanos habían vuelto a tomar las armas, y para que la independencia de Cuba y de Puerto Rico salvase “la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”, como escribiera en 1894 al conmemorar el tercer año del Partido Revolucionario Cubano .[8]

La prosa modernista martiana maduró en su “Escenas” al mismo tiempo que su poesía se enfrascaba en los Versos libres nunca entregados a la imprenta. Ambos tipos de escritura se unen en la mirada del eticista preocupado por aquel mundo moderno finisecular que creaba nuevas y más poderosas ataduras para el ser humano y para la sociedad. La crítica ética de las “Escenas” tiene su correlato filosófico en aquellos versos hirsutos, como los calificara  en alguna ocasión. Cuánto deben esos poemas, cuánto fueron impulsados por lo que sucedía en Estados Unidos y le describía a sus lectores de los diarios para alertarlos acerca de los nuevos peligros. Basta leer “Amor de ciudad grande” o “El padre suizo”. Cuánto de sus temores y advertencias para que el individuo no quedara aniquilado como masa informe o simple engranaje en función del mercado y cuya alma quedaba atrapada por este;  cuánto de ese eterno combate humano por ser propio, original, único, sin perder su condición humana mediante el sacrifico, la entrega, combate que adquiría entonces aquellas nuevas formas que le planteaba la modernidad industrial capitalista, todo eso que  vemos en poemas como “Odio el mar”, “Banquete de tiranos”. “Homagno”, “Yugo y estrella”. Cuánto ya de la comprensión de que no podía ser el patriota de Cuba si no juntaba esa pelea libertadora con la mayor por la humanidad moderna y el bien del hombre — consecuencia o expresión de lo que entregaba en sus “Escenas norteamericanas”, como vemos en “Dos patrias” y “Domingo triste”. Carmen Suárez León y Caridad Atencio han reflexionado sobre esto.

 El poeta que se decía en la intimidad “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche./ ¿O son una las dos?” y “De gorja son y rapidez  los tiempos” —frases que tienen su pariguales en cualquiera de sus crónicas— era a la vez el periodista que empleaba aquella prosa inigualable para estremecernos con el drama humano de  un político mediocre que llegó más alto de lo que le tocaba, como el presidente Arthur; de un estadounidense natural, típica expresión de su pueblo sencillo y acometedor, como el general Grant; de un pensador noble que no perdió la comprensión de que somos parte de la naturaleza, que otorga la armonía, como Emerosn; de uno tan apasionado de la libertad humana que podía ser hasta injusto, como Wendell Phillips; de un poeta que cantó y vivió la vida de la gente sencilla, de los trabajadores, como Whitman; de un político sagaz, brillante y ambicioso, muy peligroso, como James G. Blaine.

El estilo es el escritor, el escritor en cualquier género literario. Mas también el estilo es el hombre, sobre todo en aquel plenamente consciente de lo que quiere, como, sin duda alguna, lo fue José Martí.

El estilo es la expresión del pensamiento; es la organización y los procederes del razonamiento analítico. La imagen no es recurso solo de la poesía, quizás la literatura más pura. Quien dijo, como Martí, que no hallaba mejor poesía que la de los libros de ciencia estaba reconociendo que el conocimiento humano es poesía porque la naturaleza, la vida es poesía; porque esta brota de aquella. Por eso llevan razón los que afirman al leer las “Escenas” que en ellas hay poesía: sí, la hay, porque en esos escritos se examina una realidad humana, social, y porque el pensamiento y la expresión por imágenes típicamente martiana nos ahondan más en la compresión verdadera, real, compleja, llena de matices, de los Estados Unidos de entonces que muchos asépticos tratados de su época marcados por la absurda pretensión cientificista que se extendía entonces con el nombre de positivismo.

Luego el proceso inseparable, como dije antes, del conocimiento y explicación de la sociedad estadounidense finisecular que nos entregan las “Escenas norteamericanas” es el mismo proceso formador del pensador y el luchador antimperialista, defensor de nuestra América y de Cuba. El imperialismo en ese país surgió y se ha afianzado desde y a partir de sus características nacionales: los monopolios  que nacían por entonces, el poderío creciente del capital bancario, la necesidad de disponer de mercados consumidores de sus industrias y abastecedores de materias primas, el impulso de ese nuevo tipo de capital para una política exterior de corte expansionista, viene y se sustenta de una sociedad formada bajo el predominio de su elección divina como superior y que debía ser adoptada por las demás, de un llamado al trabajo cada vez más allá del existir con decoro sino para adquirir fortunas pecuniarias, de una psicología y una moral de que vales por lo que tienes y de que eres por lo que tienes.   

Valores, psicología social, hábitos, costumbres, cultura como forma de vida  son elementos presentados por Martí una y otra vez en su íntima relación con los cambios económicos y  de organización social y política en aquellos Estados Unidos en que él residió. Y, claro, en quien siempre, como él, echó su suerte con los pobres de la tierra, no podían faltar en su crítica social los humillados, los preteridos, los discriminados, los explotados, los que constituían el basamento de aquella riqueza desproporcionada que se concentraba cada vez más: los problemas del inmigrante, buena parte de la clase obrera que llevaba por aquellos años ochenta una intensa y a menudo violenta lucha de clases; el despojo, arrinconamiento y degradación de los pueblos indígenas; la violencia contra el  negro, ya no esclavo jurídicamente, pero quemado vivo en el Sur y humillado de mil maneras en el Norte; los agricultores aplastados por los precios de sus producciones impuestos por el monopolio ferrocarrilero; el niño vendedor de diarios bajo la lluvia, la nieve y el sofoco del ardiente verano neoyorquino; la mujer obrera, con menor salario que el hombre y esclava en el hogar; el industrial que ha hecho capital laborando junto a sus trabajadores, y que se ve ahogado por el monopolio y  por el banco.

Por eso el antimperialismo martiano defiende a nuestra América, pero también el honor de la república norteamericana, su estabilidad social, sus sectores de población preterida.

No me alcanza el tiempo para revisar los muchísimo asuntos de las “Escenas”. He querido solamente llamar la atención acerca de la riqueza y complejidad de la formación y expresión del antimperialismo martiano, algo de su lógica, de sus bases y de su originalidad.

Son varias decenas las ocasiones en que José Martí empleó la locución adverbial “en junto”. Las más de las veces le dio un sutil matiz que ampliaba su sentido algo más allá del que entonces le reconocía la lengua española en su Real Diccionario como “en total”, el cual lo relaciona estrechamente con cantidad, con número. Es claro que para Martí “en junto” implica cantidad, pero es la aspiración a toda la cantidad, es la totalidad.

Ese fue el deseo y la aspiración de aquel autor que se ganaba la vida con aquellos escritos —lo  cual lo sometía al mercado, terrible tensión para el  creador—, pero cuya rebelión como escritor-periodista que sistemáticamente transgredía las normas que se iban creando, y que hizo de aquellos textos uno de los cuerpos más brillantes y perdurables de las letras en lengua española y uno de los más completos estudios hasta hoy de la sociedad estadounidense. 

El Maestro nos entrega en sus “Escenas norteamericanas” a Estados Unidos “en junto”. Se trata, pues, de que nosotros, los estudioso e interesados en el Maestro, lo estudiemos a él “en junto”, en la totalidad de su obra escrita, de su pensar y de su acción. Así seremos con seguridad más antimperialistas, más martianos, mejores personas.



[1] José Martí. Obras completas, 27 tomos, La Habana, Editorial nacional de Cuba, 1963-1965, t. 21, pp. 15-16. En lo adelante, OC, el primer número corresponde al tomo y los siguientes a las páginas.

[2] Las tres citas tomadas de OCEC, t. 7, pp 138 y 137.

[3] José Martí. Obras completas, edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos   t. 17, pp. 396-397. En lo adelante, OCEC, el primer número corresponde al tomo y los siguientes a las páginas.

[4] Las tres citas en OCEC, t. 17, p. 352.

[5] Idem.

[6] OCEC, t. 17, p. 353.

[7] OCEC, t. 17, p. 254.

[8] OC, t. 3, p. 143.


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