¿ELIMINADOS?

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Exposición Removed, de Abel Herrero.

Publicado: 2017-04-21
Por: Juan Nicolás Padrón
Fuente: CUBARTE
Categorías: ARTES VISUALES, SOCIEDAD, LETRA CON FILO

La crítica, el cuestionamiento, el juicio no coincidente o cualquier opinión diferente molestan al poder, que siempre aspira a la cómoda fórmula de órdenes, mandatos, disposiciones y orientaciones, dirigidos a una masa de asistentes, subalternos y servidores que aplaudan, elogien, asientan y celebren. Resultaba imposible que faraones egipcios o emperadores romanos, con su enorme potestad, admitieran una mínima murmuración que descalificara sus decisiones. Ni pensar que las monarquías absolutas aceptaran cualquier tipo de discernimiento contra una orden real. Tampoco el poder burgués ha tolerado la disidencia esencial, aunque el régimen democrático ―según el “demos” que reconocen― permita accidentales o excusables adversarios; si son fundamentales, los multiplican por cero, y con la experiencia que ya acumula el capitalismo, las formas de esa operación se han estilizado y hoy resultan tan sutiles que solo al cabo de los años y del recuento, los más avezados investigadores se dan cuenta de esa eliminación, que no necesariamente es física.

Mas el socialismo, definido como un sistema de organización económico y social en que predomina la propiedad colectiva, necesita de la cultura de la emancipación para completar la justicia que pretende, y le resulta contraproducente cualquier multiplicación por cero. El sistema no puede ser excluyente, sino inclusivo, y más bien debe aspirar a una división entre cero, es decir, a un resultado infinito de criterios, que incluso pueden variar en uno u otro período, según la dialéctica y lógica histórica en que se ubique la sociedad. Multiplicar por cero no es una operación socialista, a pesar de que en el nefasto ensayo del llamado “socialismo real” del siglo xx en la URSS, con Stalin al frente, se practicó tenebrosa y dramáticamente y entre sus resultados estuvieron el asesinato o la eliminación física, el envío a campos de trabajo forzado de millones de personas, la anulación profesional o el hostigamiento que muchas veces condujeron al suicidio, dejando funestos ejemplos represivos y autoritarios que hoy perduran en la ideología estalinista de ciertas “izquierdas” que en el mundo han sido, y todavía son, aunque hoy no se puedan expresar con ese carácter tan violento.


Por esta razón fue tan importante la exposición Removed, de Abel Herrero, presentada en marzo del presente año en la Galería El Reino de este Mundo, de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. No soy especialista en arte, ni me atrevería a evaluar las piezas expuestas; otros lo han hecho ya. El ensayista y crítico de arte italiano Eugenio Viola ha argumentado que esta obra “se carga de una auténtica proyección social y pone de manifiesto, paradójicamente, a través de su medio de elección, la pintura, la operación más provocadora posible: reelaborando conscientemente y de manera desprejuiciada los códigos al interno de los cuales obra”. Demetrio Paparoni, ensayista e historiador de arte, también italiano, subraya que Herrero “devuelve la materialidad, la hace aparecer a partir del Negro de humo”. Y en efecto, el artista cubano residente en Boloña, Italia, desde 1994, sigue apostando por la pintura al óleo, que para algunos es anticuada, y reivindica el valor del “negro de humo” para dejarnos una exposición fantasmagórica, “juego ilusionista o efectista”, “la niebla fantasmal” a la que se ha referido el curador, crítico de arte, ensayista, investigador y Doctor en Ciencias Rafael Acosta de Arriba, quien ha considerado que en sus trece piezas “el gesto ha asido anulado” sobre el “drama personal” de los retratados, pues en realidad “son sus propios fantasmas”. 


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Para comprender con mayor profundidad la muestra es imprescindible conocer la vida y el destino de estos seres humanos perseguidos por un Estado proclamado de “obreros y campesinos”, víctimas de una represión brutal por el simple hecho de no coincidir con su política, o ser críticos con ella utilizando la palabra o el arte, una perspectiva científica o una inteligencia discrepante, o sencillamente con la práctica de ideas religiosas, en un Estado que obligaba a sus ciudadanos a adherirse al “ateísmo científico”, a espaldas de la milenaria tradición devota de su cultura. Muchos oponentes o adversarios al estalinismo predominante en la URSS han sido promovidos bajo diferentes circunstancias, como León Trotski, de vasta obra política e intelectual; el famoso poeta suicida Vladimir Mayakosvki; Boris Pasternak, Premio Nobel de Literatura en 1958; la poetisa Anna Ajmátova; el también Premio Nobel de Literatura en 1987 Joseph Brodsky, quien huyó a Estados Unidos en 1972, o el físico antimilitarista y Premio Nobel de la Paz en 1975 Andréi Sajárov, liberado en la época de Gorbachov, entre otros. Sin embargo, se conocen menos estas víctimas del estalinismo representadas por Herrera.

Los adeptos a la corriente literaria acmeísta, que rechazó el simbolismo predominante en la primera década en Rusia, fueron los primeros poetas que entraron en contradicción directa con Stalin. Dos grandes poetas de esa perspectiva son recogidos en la muestra: Ósip Emílievich Mandelshtám, de origen judío nacido en la Varsovia del imperio ruso en 1891, y Nikolái Stepánovich Gumiliov, figura central del movimiento acmeísta y primer esposo de Anna Ajmátova. Mandelshtám es uno de los mayores poetas rusos del siglo; se inició reaccionando contra el simbolismo ruso y en 1934 escribió un poema contra Stalin que le costó un destierro a los Urales donde intentó suicidarse; después de este hecho fue liberado y vivió en Vorónezh, donde fue de nuevo arrestado en 1938 y condenado a cinco años de trabajos forzados; el 27 de diciembre de ese año murió en un campo de trabajo cercano a Vladivostok; fue rehabilitado en 1956 por su condena de 1938, y en 1987, por la de 1934; su poesía fue conservada por Nadiezhda, su mujer; la Editorial Arte y Literatura lo incluyó en su antología Poesía soviética, de 1987. Gumilov, hijo de un médico naval estudió en París y a principios de siglo xx había viajado por otros países de Europa y África; como uno de los más importantes representantes del acmeísmo obtuvo mucha popularidad entre los poetas jóvenes; al comenzar la Primera Guerra Mundial se enroló en un cuerpo élite de caballería del ejército ruso, y se destacó como militar; al triunfo de la Revolución de Octubre Gumiliov fue detenido por la Cheka de Petrogrado acusado de formar parte de la Conspiración de Tagántsev, y en 1921, fusilado, bajo circunstancias aún oscuras.

La exposición incluye otros escritores que sufrieron la persecución estalinista, como la destacada poeta rusa Marina Ivánovna Tsvetáyeva, el narrador y periodista Andréi Platónov, el novelista Borís Pilniák y el también autor de relatos y novelas Yevgueni Ivánovich Zamiatin. Marina era la esposa de un oficial activo; vivió 14 años en Francia con sus dos hijas, Irina y Ariadna, y su hijo Gueorgui; cuando regresó a la Unión Soviética en 1939 para reunirse con su esposo, Serguéi Efrón, este fue arrestado junto a su hija Ariadna, y fusilado en 1941; después de este hecho Marina nunca encontró ni trabajo ni vivienda, a pesar de su obra lírica de exquisita delicadeza, además de piezas teatrales y numerosas traducciones ―tan pobre era, que su hija Irina murió internada en un orfanato―, la evacuaron por la guerra el mismo año del fusilamiento de su esposo, y terminó suicidándose; su valiente obra sería salvada por su hija Ariadna Efrón, y reivindicada en 1955. Más conocido fue Platónov, quien se opuso a la colectivización forzosa de Stalin; con la novela Chevengur (1926) y la noveleta El foso o La excavación (1929-1930), publicadas mucho después, se alejó del “realismo socialista” y lo pusieron en la mirilla del régimen hasta que el mismo Stalin lo fustigó al leer una crónica sobre la vida de los campesinos pobres de Vprok; su hijo de 15 años fue arrestado y enviado a un campo de concentración en una de las purgas, allí contrajo tuberculosis, y ya en su casa, contagió al padre; Platónov fue corresponsal de guerra entre 1942 y 1945; al año siguiente del fin de la guerra fue censurado su cuento “El regreso” y nunca más se pudo ganar la vida como escritor; su obra solo se publicó en la URSS después de 1987. Pilniák fue detenido por los bolcheviques y salvado por Anatoli Lunacharski, quien lo protegió para que escribiera; fue detenido otra vez en 1938 por actividades contrarrevolucionarias y acusado de espionaje y terrorismo, pues había dado sus opiniones sobre la sociedad soviética al escritor francés André Gide; en un juicio que duró 15 minutos, fue condenado a muerte. Zamiatin se dio a conocer en la Primera Guerra Mundial con una novela antimilitarista, censurada por los zaristas; su novela Nosotros (1921) estuvo también censurada en la URSS y fue publicada por entregas por un periódico checo sin su autorización; Zamiatin tuvo que exiliarse después del éxito de esta publicación, que influyó en las obras de Aldous Huxley y George Orwell; Nosotros fue publicada en la URSS en 1988.

Estas historias de vida demuestran la naturaleza absurdamente represiva del régimen estalinista, que perseguía las diferencias de opiniones, especialmente el pensamiento crítico, pero también el diferente. Famosa es la historia de Isaak Bábel, detenido, torturado y ejecutado en 1940; de origen judío, Bábel desafió leyes zaristas que lo confinaban a determinados asentamientos; por su amistad con Máximo Gorki logró una promoción de su obra; trabajó en la Cheka como traductor en asuntos de contrainteligencia y también fue periodista y testigo de la campaña militar de la Guerra Polaco-Soviética de 1920, una vivencia que le valió para escribir su famosa novela Caballería roja, publicada en 1923; de esta época datan sus Cuentos de Odessa, escritos entre 1923 y 1924, cercanos al realismo socialista; sin embargo, posteriormente Bábel fue alejándose de este estilo y en su producción, más amarga y directa, se expresaba un crudo realismo que desagradó a las autoridades literarias soviéticas, quienes le señalaban falta de “romanticismo revolucionario”; hacia 1934, muy lejos del estilo oficial, se declaró “maestro del silencio”, lo que enfureció a Stalin; en 1939 fue arrestado en su dacha, llevado a juicio sumario al año siguiente, acusado de espionaje y terrorismo contra el gobierno, y condenado a muerte y fusilado de manera inmediata; se prohibieron todas sus obras y su rehabilitación se produjo en 1954, cuando se consideró que sus actividades en el exterior carecían de cualquier culpabilidad. Otro caso semejante, también incluido en la exposición, fue el del director de teatro, actor y crítico ruso Vsévolod Emílievich Meyerhold, autor de una sólida obra teórica y práctica teatral con proyectos experimentales que crearon nuevos métodos de puesta en escena; defensor ardiente del simbolismo en el teatro, su influjo llegó a Serguéi Eisenstein, pero su perspectiva era opuesta al “realismo socialista” y cuando Stalin atacó el arte de vanguardia y de experimentación, su trabajo fue considerado alienante para el pueblo soviético; lo encarcelaron en 1939 y siguiendo un espurio método, le obligaron por la fuerza a confesarse culpable y arrepentirse por su desviación política, declaración que no le evitó ser fusilado en 1940.

Tan desgarradora ha sido la exposición como las historias de estas víctimas del estalinismo, muy poco conocidas en Cuba. El régimen estalinista no solo la emprendió contra escritores y artistas, sino contra pensadores, daba lo mismo que fueran científicos o religiosos. Quizás uno de los ejemplos mayores y muy poco conocido de estos últimos ha sido otra personalidad incluida en la muestra: Pável Aleksándrovich Florenski, filósofo, historiador del arte, matemático y religioso, una figura compleja de amplios diapasones intelectuales relacionados con la filosofía de la ciencia, quien sufrió muchos arrestos y pasó años en los Gulags; influido por la concepción cristiana de León Tolstoi y por otros científicos rusos, tuvo muchos problemas por proclamar su verdad espiritual bajo el zarismo, y también durante el estalinismo; en 1921 trabajó en un laboratorio de investigaciones para la electrificación de Rusia, publicó valiosos estudios técnicos y registró algunos inventos; en 1933 fue arrestado y condenado a diez años de reclusión en un campo de concentración por «agitación contra el sistema soviético» y por la «publicación de materiales contrarios al sistema soviético»: una monografía sobre los números imaginarios en la geometría. Florenski fue fusilado en algún lugar próximo a Leningrado en 1937.

Hoy estas historias de atroz violencia de todo un aparato estatal contra una persona a causa de su producción intelectual, parecen ficciones, pero todas son ciertas y no son las únicas, pues millones de ciudadanos fueron asesinados por el régimen estalinista, y aunque estos crímenes han sido manipulados para desacreditar al socialismo e intentar demostrar que, por naturaleza, es enemigo de la libertad de pensamiento, en todos los casos constituyen actos descomunales de abuso y desafuero. Lo peor del estalinismo ha sido la marca, el sello, la cicatriz que ha dejado; sus perversos métodos, aunque se hayan atenuado en cuanto a la violencia física, todavía persisten en las mentes de algunos detentadores de poder, alérgicos e intolerantes frente al pensamiento discrepante y crítico.

Los poderosos enemigos del socialismo utilizan todos los medios a su alcance para demostrar la incapacidad del sistema de incluir la variedad del pensamiento; no hay que confundir lo que ellos han denominado “disidencia” ―en no pocos casos pagada para socavar las bases de un gobierno legitimado por la mayoría del pueblo con manipulaciones políticas para derrocarlo―, con reales pensadores críticos y discrepantes; opiniones de un lado y otro, sólidos argumentos de una parte y otra, deben servir para enriquecer la cultura, incluida la cultura política, y garantizar la participación popular en la toma de decisiones. Las historias que recoge esta exposición son para mí la demostración más genuina de que resulta imposible eliminar a escritores, artistas, pensadores, intelectuales y científicos auténticos, porque su obra los sobrevivirá, y la memoria histórica debe recogerlo todo, no elegir una parte propagandística y desechar la incómoda. Si bien la exposición de Abel Herrero se ha llamado Removed, las dramáticas historias de vida que ella evoca no pueden ser eliminadas ni relegadas al olvido; hoy deben servir para meditar sobre ellas y sobre los métodos que las hicieron posibles.

 


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