Los parques de #LaHabana500


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Durante la década del 50, mi padre venía casi todas las semanas de Pinar del Río a La Habana para asuntos de negocios, y muchas veces, los fines de semana, traía a la familia. El primer hotel que recuerdo, borrosamente, es el Perla de Cuba —el Nueva York, muy cerca del Capitolio Nacional, tenía un empaque poco criollo que al viejo no le gustaba. Desde una hilera de sillones en el amplio portal del Perla de Cuba se veían los miniparques que rodeaban al de la Fraternidad Americana, con sus vendedores de billetes y periódicos, fotógrafos ambulantes, limpiabotas, señoras con sombrillas, chiquillos con globos… Allí los niños de clase media paseaban acompañados por “nanas” o familiares, y aunque no jugaban, es el primer parque importante que conocí.

Más frescos en mi memoria están los recuerdos de cuando nos hospedábamos en el Bristol, el Plaza y, sobre todo, en el Lincoln, el que más frecuentábamos, pues según mi padre, en su restaurante se comía la mejor carne asada de La Habana. Allí estábamos cerca de todo lo que le interesaba a la familia: bancos y oficinas comerciales para los negocios de papá; El Encanto, Fin de Siglo, La Época, Roseland…, obligados para mi madre, y Los Reyes Magos, un imán para mí por sus novedades en materia de juguetes. Además, nos quedaba cerca del Parque Central, con la estatua de Martí y un entorno propicio al juego: sus bancos de mármol y cierto frescor, gracias a los árboles, invitaban a mi madre a sentarse mientras yo compartía con algún niño.

Por aquellos años los parques me gustaban para permanecer largo tiempo en ellos, no solo para atravesarlos, y quizás por esa razón prefería el Paseo del Prado, propio para correr, patinar y, por su amplitud, desarrollar juegos de participación. Había muchas personas en un perenne ir y venir, mas otras solían sentarse a conversar o a exhibir algún atuendo recién estrenado y debía tener cuidado de no importunarlas, so pena de ser llevado para el hotel a ver televisión, actividad de la que ya desde entonces comenzaba a aburrirme. Una de las principales diversiones en aquellos viajes a La Habana era, precisamente, visitar los parques, pues en Pinar del Río nunca hubo ninguno lo suficientemente amplio para jugar a mis anchas.

Mi padre se dio cuenta y empezó a llevarme a “la Meca” para la diversión infantil de finales de los 50 y principios de los 60: el Coney Island Park. Sin embargo, aunque parezca increíble por la cantidad de veces que fui siendo un niño, recuerdo más al Coney ya de adolescente, pues cuando estuve becado en sus cercanías iba con frecuencia a disfrutar de los aparatos que todavía funcionaban. No era la “montaña rusa” lo que más me gustaba, sino “los carros locos”; mi despedida ocurrió una noche en que llegué un poco pasado de tragos y después de meterme en la laberíntica casa de los espejos, me vi completamente perdido, con el rostro ansioso y aturdido reflejado alucinantemente en los espejos y sin encontrar la salida.

Mis primeras emociones con los parques de La Habana como adolescente se remiten al Vedado y a Miramar. Una vez me dejaron plantado —“embarcado” se decía entonces— en la glorieta del parque de la 5ta. Avenida entre 24 y 26; esperé más de la cuenta y como ya no me importaba que viniera nadie, me dispuse a contemplar la belleza de su majestuoso y amplio jardín, con árboles parecidos a los baobabs de los cuentos infantiles, pero mucho más frondosos; su recogimiento, humedad y claridad filtrada en un atardecer suave con el cielo medio rojizo, me hizo sentir en una dimensión que alivió mi tristeza. Comprendí entonces la importancia y la utilidad de los parques como equilibrio espiritual para los habitantes de la ciudad.

A pesar de aquella amarga experiencia, estaba convencido de que los parques eran espacios ideales para las citas de enamorados. Los del Vedado, en especial el hoy llamado “de Lennon” y, sobre todo, el que está frente al Preuniversitario, con el nombre oficial de Mariana Grajales, fueron lugares para acordar dónde ir acompañado a pasar la noche; seguramente sus bancos acumulan incontables historias de alegrías y tristezas, de inicios y rupturas, de “sexo, violencia y lenguaje de adultos”, o de “premeditación, nocturnidad y alevosía”… Esperaba a una novia católica en la esquina de 15 y 16, frente a una iglesia moderna, y deambulaba con una hippie por el de H y 21, deteniéndonos ante la pequeña escultura en piedra dedicada a una niña que se ahogó en el pozo que allí se encontraba, y en la que todavía se conserva su cara lavada por la lluvia de los tiempos.

Por los años 60 y 70, el Parque Almendares era idóneo para enamorarse de manera “profunda”; el contacto con el embrujo fascinante de la naturaleza y las notas lejanas de las peñas de trova incitaban a encontrarse con lo ignoto: la respuesta a una declaración, porque todavía había conquista y resistencia, alternativas de relación que iban desde el “socio” acompañante hasta el “novio” formal para ver qué sucedía. Cuando uno se adentraba en la profundidad de los bosques, ya desde entonces debía cuidarse de los fisgones que hoy denominan “tiradores”, pero valía la pena correr cualquier riesgo: si una muchacha aceptaba la invitación a ese lugar, era un adelanto para avanzar en el “sí”, aunque no se pudieran descartar sorpresas.

Los parques de La Habana comenzaron a tener para mí un significado específico, según lo que más encontrara en ellos: al que estaba a una cuadra del cine Metropolitan, en Marianao, los vecinos llevaban a los perros para hacer sus necesidades; en el de la calle Fábrica, en Luyanó, se depositaban todas las brujerías de la zona al pie de la ceiba plantada en el centro; el ubicado frente al cine Mónaco, en La Víbora, era cuartel general de vilipendiados rockeros; el del centro de Guanabacoa me recordaba a los de Pinar del Río, donde uno podía tropezarse a las personas más conservadoras del mundo junto a las más liberales; en el enigmático y apartado Parque del “Pesca’o”, en el reparto Santa Catalina, se daban cita viejos para hablar de las grandes ligas o parejas para “cuadrar la caja” o volarla…

No pocos poetas tienen al menos alguna composición dedicada a un parque; posiblemente la que más se recuerde sea el “Poema para la mujer que habla sola en el parque de Calzada”, de Lina de Feria, un raro texto sobre un lugar del que muchos tendrán impresiones diferentes, de la época de los conciertos en el Amadeo Roldán. Yo lo recuerdo por haber visto allí, cantando, a Silvio, no sé bien en qué circunstancia de suspensión de un recital por los “burrócratas” de turno; por la espera para entrar a comer al Carmelo, por los revendedores de entradas para la primera presentación de Serrat en Cuba, y por la madrugada en que “rematé” una declaración de amor empezada en el club Imágenes y renovada hasta hoy.

A veces los parques llevan nombres de héroes y heroínas que permanecen en el imaginario popular: el parque Maceo, frente al Malecón, distinguido por la figura de El Titán de Bronce sobre su caballo en dos patas, de espaldas al mar, frontera con el Norte; el de Córdoba, en el Sevillano, dedicado por los vecinos a Emilia de Córdoba y Rubio, una de las primeras mambisas de la Guerra de los Diez Años; el del Curita, en Galiano y Reina, que rinde tributo a Sergio González López, jefe de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio, quien organizó y dirigió la noche de las cien bombas en La Habana y fue asesinado después de crueles torturas; el Fe del Valle, en la famosa esquina comercial de Galiano y San Rafael, nombrado así en homenaje a la empleada de la tienda El Encanto que murió durante el incendio provocado por terroristas al servicio de la CIA.

Hay en la capital parques con nombres de personajes literarios, como el del Quijote, en la calle 23 esquina a J en El Vedado, donde algunos transeúntes se sientan a esperar el ómnibus, y el de Sancho Panza, en la esquina de Obispo y Aguacate, en La Habana Vieja, frecuentado por los rastas. Otros recuerdan a figuras internacionales muy diversas, como el Dr. Martin Luther King Jr, en 23 y F, en la zona vedadense, o el consagrado a la memoria de Ho Chi Minh en el Nuevo Vedado, y los dedicados a Lady D. y Madre Teresa de Calcuta, en el Centro Histórico. Los hay de una manzana, como el de Figueroa y el de Juan Delgado, en la Víbora, o apenas “cuchillos” o “cuñas”, como el que exhibe una columna de granito negra en L y Línea, erigido a la memoria de los chinos, con un mensaje definitivo: “Nunca hubo un chino traidor”.

Mi mirada a los parques hoy me revuelve la nostalgia; ya miro con cierta melancolía el inmenso del Sevillano en que jugaba mi hijo, quien hoy, a punto de graduarse, no va a ninguno. Algunos han sido intervenidos por Etecsa para la ya imprescindible conexión de los vecinos a la red de redes, pero ojalá se acerque el día en que lo puedan hacer desde la intimidad de sus hogares, protegidos de las inclemencias del sol o de la lluvia, y los parques recuperen sus muchas funciones sociales: el paseo por sus senderos; el juego de los niños; el encuentro con el amigo y la pausa para la conversación; el banco para “refrescar”, saborear un helado o un cucurucho de maní; el alto necesario cuando se ha comprado algo y pesa; la práctica de ejercicios o las discusiones sobre deportes; el beso furtivo… Los parques de La Habana se embellecen para recibir el medio milenio de la ciudad y sus asiduos celebran la llegada de nuevos bancos y el florecimiento de sus jardines.

Parque a los Marinos mercantes ubicado en el municipio Habana Vieja, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Aracelio Iglesias ubicado en el municipio Habana Vieja, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Carlos Aguirre ubicado en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.

Parque de La Punta ubicado en la Habana Vieja, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque de Santa María del Rosario ubicado en el municipio Cotorro, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque El Quijote ubicado en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Emilia de Córdoba en el municipio 10 de Octubre, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque John Lennon en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Mariana Grajales en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Mariano Ignacio Prado en el municipio Playa, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.


Parque Miguel Coyula en el municipio Playa, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque 13 de Marzo en el municipio Habana Vieja, Cuba. Foto: Abel Rojas.
Parque Víctor Hugo en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba. Foto: Abel Rojas.
 

 

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