Adigio Benítez, pintar en metáforas… / Por Toni Piñera


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“Yo quisiera que mi cuadro fuera un poema, eso es lo que lo que busco en la pintura: hablar en metáforas…”

Adigio Benítez

 

Los caminos del arte, en la actualidad, son infinitos. O casi. Cada creador recorre el suyo propio, emplea una técnica o varias en construir su propia obra. Toma o rechaza del mundo circundante aquello que le parece más válido o valioso. Otro tanto hace con su universo interno. Trata de comunicar lo que de otro modo le parece incomunicable… Así, se podrían seguir enumerando motivos y maneras, sugestiones, fines y propósitos.

El pasado 8 de mayo se cumplieron 5 años de la desaparición física del maestro Adigio Benítez (Santiago de Cuba, 1924- La Habana, 2013), Premio Nacional de Artes Plásticas en 2002, cuya vasta y original obra, entre poesía y pintura, traduce un lenguaje legible donde dialogan lo verosímil y lo increíble, como evidencia de que en el arte existe una integración dialéctica, y un condicionamiento recíproco entre lo imaginado y la realidad vivida.

Desde el comienzo, el realismo fue protagonista de sus historias pictóricas, y a partir  de ese instante, la figuración respondió a las exigencias temáticas. La línea, la perspectiva, el trazo, el encuentro de personajes divinos, históricos, simbólicos..., constituyeron elementos básicos del arsenal creativo del artista que domina su espacio.

Pintor, profesor de la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte, poeta, diseñador, ilustrador, dibujante/caricaturista —fundador del periódico Granma—, Adigio Benítez, quien en el 2003 alcanzó también el Premio Nacional de Enseñanza Artística, nos legó una obra muy diversa, que construyó, incansablemente, hasta el final de sus días.

A partir de la década de los 90, del pasado siglo, irrumpió en sus creaciones —cada día más jóvenes y atractivas—, un abanico de temas variados: leyendas fabulosas, bestiarios, criollas mujeres injertadas en el tiempo que hablaban con esos seres de papeles doblados, sus “papirotes”, llegados posiblemente del ámbito infantil. Toda una mezcla y un juego expresivo de la imagen, permeado de fantasías/recuerdos que lo impresionaron alguna vez.

Mirada retrospectiva

Rastreando la historia, detrás de los cuadros, se transparentan los recuerdos vividos en el arte. En Adigio Benítez, la pintura surge unos años después de haber realizado sus primeros dibujos políticos. Hacia 1949, cuando salió de la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro, comienza a trabajar en el periódico Hoy, en el que ya había colaborado antes. Aunque ya en 1946 había dejado sus marcas artísticas en el periódico La voz del pueblo, de Santiago de las Vegas, y en el suplemento Mella. Desde ese mismo instante, sus trabajos se convierten en armas de combate, de expresión directa, en defensa siempre del pueblo, de la clase obrera. Allí se afiló su estilo. Porque vida/obra fueron en él una señera vibración unitaria capaz de captar, adoptar y encauzar, activa y expresivamente, los contenidos socio-políticos más avanzados.

Durante los primeros años de la década de los 5O, Adigio estaba “confundido en cuanto a qué hacer en la pintura, y pasaron algunos años para poder encontrar mi camino", me dijo una vez. Su primera etapa estuvo marcada por un contenido social fuerte, y pintaba bajo la influencia del realismo.  Algo que coincidía con su etapa de caricaturista, primero en el periódico Hoy, y más tarde en el diario Granma. Para el creador era "retomar la herencia de los pintores Carlos Enríquez, Víctor Manuel, René Portocarrero y Eduardo Abela, que fueron mis maestros". Aparecieron las figuras de hombres del pueblo, las clases humildes, las familias negras, los campesinos y los trabajadores. En ellos, buscaba la forma de representar con dignidad esas personas para rehabilitarlas, entre tanta miseria y dificultades en que vivían en aquel tiempo.

Al triunfar la Revolución, la realidad queda atrapada en su obra. Surgen los milicianos, y entre 1962 y 1963 realiza la serie Los soldadores, en la que "está más cerca del sentido de la plasticidad que despierta la contemplación de una obra del espacialismo abstracto, que de un concepto pictórico figurativista: aquellas obras creadas a base de grandes áreas de color con una estructura geométrica, evidencian la búsqueda de un lenguaje cada vez más distanciado de agotados códigos realistas", como expresara su hija, Surnai Benítez, en un texto para un libro sobre el pintor. De esa época es el cuadro de Jesús Menéndez, en el que se resumen los sentimientos de nuestra clase obrera. Por este tiempo, su pintura —de corte muy experimental—, toma elementos de la abstracción, del Pop y del Arte Óptico, sin abandonar la figuración.

Desde el comienzo, el realismo fue protagonista de las historias pictóricas de Adigio Benítez, quien no por azar, fue presidente de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos (AIAP). A partir de ese instante, la figuración respondió a las exigencias temáticas. La línea, la perspectiva, el trazo, el encuentro de personajes divinos, históricos, simbólicos... constituyeron elementos básicos del arsenal creativo del artista que dominaba su espacio. La serie de Papirotes tuvo las primeras manifestaciones en 1965, y tres años después, exponía algunos de estos trabajos, en pequeño formato, en la exposición Papiros de La Habana. Con estas piezas trataba de encontrar imágenes más cercanas de la fantasía que las figuras normales, aunque seguía siendo una visión de la realidad donde se desenvolvía. Todas las personas, animales o cosas estaban convertidas en papel. En realidad, sus originales papirotes resultan la corporización del trabajo manual que le sirvió de fuente de inspiración.

De esas aventuras infantiles sobre el papel plegado se nutrieron las obras, que alcanzaron también la lírica, donde nos dejó cuatro libros publicados. En un poema de aquel tiempo, el pintor-poeta explicaba, entre versos, su quehacer: “(...) Ingenuidad sin duda dislate de un adulto / apegado en exceso a ser un cuasi niño / un modo digamos de querer dilatar / aquella infancia de memorable agrado...”.

Adigio Benítez en los 90

La condición de ser hipersensible, con inusual capacidad para la belleza pura, la imagen pulcra, la superficie impoluta produce una pintura de elegancia aplastante. Y no es menos interesante la estructura de ideas que rige la producción del artista en los 90. Es decir, la dinámica dualidad entre lo formal y lo informal en sus sentidos más extensos. Cada cuadro transpira ese comportamiento dialéctico entre los extremos de un modo distinto, original: el tratamiento de la materia pictórica y la base geométrica que define sus originales papirotes, el color plano y el tono, la horizontal y la vertical, el espacialismo y la ausencia de perspectiva.

El estilo del artista se fue moldeando por este tiempo, por una figuración muy personal donde mezclaba esas representaciones que denominó “papiroplexia” (un juego con las formas como si fueran en papel), con apropiaciones algo que “me permite reunir imágenes de diferentes culturas y épocas en función de una visión de la posmodernidad que parte de la unión y la confraternidad, no del fin de la historia, como se ha interpretado ideológicamente a esta tendencia, sino de una apropiación más universal de la misma desde la contemporaneidad".

Mucho más compleja de lo que podría parecer a primera vista, su fascinante obra opera a partir casi siempre de la yuxtaposición y, por tanto, de las alteraciones de todo orden que con este tipo de contactos se producen. Ya no es tan solo el hecho de extraer algo de un contexto para otorgarle nuevos significados, sino que estos aparecen también en función de su nueva colocación. Son trabajos con rasgos del surrealismo, el neoexpresionismo, el arte óptico y el cubismo, en los que ordena un estilo diverso de armonía y metáforas. Pinturas y dibujos por los que campean fábulas de color, frescura, ligereza en el trazo y mucha imaginación. A veces —solía decir el maestro— oigo música y me digo: quisiera que en mi cuadro los colores tuvieran esa relación, como la que tienen las distintas notas, compases que se repiten y van en aumento, y luego descienden. Quisiera que mis colores y la composición de mi obra, sus líneas, fueran como esa música.

La historia vibró en su obra

Adigio Benítez fue un artista singular que supo ser siempre fiel a sí mismo. La Historia ocupó un espacio en su quehacer artístico, no solo en sus pinturas, sino también en diversos murales realizados, en Cuba y en México. Precisamente, en este último dejó sus huellas en un inmenso trabajo de 2 por 5 metros, en el Salón de las Américas, ubicado en un edificio de la Avenida Revolución, frente al Museo Carrillo Gil, de la capital azteca.

Luego de llegar de tamaña empresa —pintar en casa de los muralistas, que es como decir “bailar en casa del trompo”—, el creador me relató, en un artículo publicado en Granma, que los mexicanos eran apasionados de este estilo de pintura, “pues allí surgieron los exponentes del mayor movimiento de muralismo de la era moderna. Por tanto admiran y conservan no solo las obras de los grandes maestros, sino también los creados por otros artistas”.

El mural —realizado en acrílico sobre lienzo—, y que contó con un equipo de realización integrado además por su nieto, el pintor Yelián Rodríguez y dos jóvenes artistas argentinas que trabajaban en México: Carolina Berte y Mercedes Crespo, resultó el segundo pintado en esa ciudad. En él reflejó las luchas de los pueblos de Latinoamérica por su independencia... "Una obra —expresó— que se inserta en el desarrollo de la muralística de ese país, pero con la impronta y la visión de un pintor cubano, pues tanto las figuras representadas, como el paisaje, el concepto y las soluciones plásticas, de composición y color, son muy diferentes a las del muralismo en México”.

De la génesis de la pieza, contó entonces, que por el correo electrónico envió a los patrocinadores algunos bocetos en acuarela, lo que resultó un momento de arduo trabajo, pues debía encontrar un lenguaje apropiado para la representación de un tema épico, que tuviera el estilo y las formas que caracterizan mi figuración y constituyen una metáfora, dijo. "Es que simulan una realidad hecha a la manera del origami japonés, es decir, una figuración realista, que al mismo tiempo debía tener el sentido del retrato y sobre todo, la visión ética desde la que se representa a todos los próceres de la independencia". Desde el principio, Adigio estuvo preocupado por la manera en que sería recibida esa forma suya de expresión, ya que debía adecuar los códigos, para definir esos objetivos en función de otros soportes temáticos contentivos de una textualidad épica, enaltecedora de los valores patrióticos e independentistas de los héroes representados. Sin embargo, para su sorpresa, a todo el mundo (críticos, profesores, especialistas, artistas y público en general), le gustó, precisamente, que el mural no fuera nada convencional.

Con esos elementos propios, dispuso un paraje selvático con un río, y colocó las figuras de los próceres representativos de diversas regiones que abarcaron lo que Martí llamó Nuestra América, desde el río Bravo a la Patagonia. San Martín y Bolívar a caballo, a la izquierda, al centro Juárez y Martí, más a la derecha Toussaint Louverture, y al extremo, Sandino también cabalgando. En la parte inferior, junto al río, aparece Tiradentes, y más al extremo derecho, Zapata. Detrás, en grises y azules, los combatientes anónimos que formaron los ejércitos libertadores… En letras pequeñas, junto a la firma, plasmó una leyenda donde se explicaba que los próceres allí mostrados, no solo son exponentes de sus hazañas, sino que están situados en representación de tantos otros héroes y naciones que no pudieron llevarse al espacio pictórico.

¿Poeta? ¿Pintor? ¡Artista!

“…Si el pintor pudiera escribiría / todo el alfabeto sobre el amor... / la primera palabra / amor / la última palabra...”.

Este verso, del poeta Adigio Benítez, daba la bienvenida en una original exposición, que bajo el título de Amores imposibles y otras pinturas, iluminó la galería La Acacia. Allí, sílabas y letras de sus poemas —pues, escribía a la par que pintaba, siempre—, se “vistieron” de formas y colores en aquellos “divertimentos”, en los que el artista jugaba con las metáforas sobre el lienzo, y manifestaba una inmensa capacidad para rejuvenecer. Porque su pintura, cada vez más fresca, ligera en el trazo e imaginativa, causaba la admiración de quienes se acercaban a ella. En los cuadros (acrílicos/tela) volvía a conjugar modernidad, y otros estilos grecolatinos, precolombinos y de otras épocas, con detalles de maestros como Rubens, Picasso, Diego Rivera, Frida Kahlo, Botero…, que universalizaban sus creaciones, además de manejar una suerte de intertextualidad apoyada en el extrañamiento, el anacronismo necesario y una dosis sutil de humor. En ellos, el amor irrumpía de súbito en paisajes exóticos, leyendas fabulosas, en las que mujeres criollas o extraídas de otros contextos —incluso de la Historia del Arte— e injertadas en el tiempo, hablaban con seres de papeles doblados (papirotes), elemento muy personal y omnipresente en su quehacer plástico, surgido en épocas anteriores cuando el artista buscaba una expresión que contuviera un lenguaje metafórico.

Mezcla de estilos, juego expresivo de la imagen permeado por fantasías y recuerdos transparentan estas historias del creador, donde no existe un solo suceso que no haya sido sacado de la cotidianeidad vivencial; pero con gran destreza intelectiva, sintetiza estos fenómenos contextuales y los transforma en temas que hacen trascendente su obra, en tiempo y espacio.

Cuando el creador tomaba viejas referencias, lo hacía para potenciar, mediante escenas íntimas de otros contextos, los registros contenidos en su percepción y conciencia. Con ese procedimiento despertaba significados que no habían sido fijados expresamente en su figuración. Lo aparentemente insólito de las imágenes, se transformaba en una modalidad de realismo, en el resultado de una posición imaginativa relacionada con sus coordenadas ambientales. Adigio Benítez —también poeta— creía en la posibilidad de usarlo todo, revalorizar recursos procedentes de la historia del arte, y añadirle connotaciones actuales a la peripecia de ayer. Todo ello, con cierto ánimo romántico, que pasaba siempre a la materia pictórica.

Llegó a un punto tal, que entre el trabajo poético y el plástico no podía elegir uno por encima de otro, pues aunque argumentaba que la plástica era de mayor volumen y más permanente, "todo salía de uno. Y lo que diga en poesía debe ser más o menos lo mismo que la pintura. Tengo, en definitiva, un gran concepto de la poesía, siento admiración por ella. Me gusta traducir en palabras, también esas cosas maravillosas que se dicen con el color".

La posibilidad de que un día se agotara la creación artística de Adigio Benítez era prácticamente imposible. La realidad circundante fue tan vasta para él, como prolíferas las ideas que cruzaron por su mente, y habilidosas las manos con que ejecutó, en vida, la acción pictórica, poética, ARTÍSTICA, en mayúsculas. Así es la obra, inmensa, que nos dejó.


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