Las palabras… ¿malas?


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Él es sólo un viejecillo, que lleva quince años recorriendo cierto cansino viacrucis semanal.

En su pueblucho del Caribe colombiano, se mueve hacia la oficina de correos cada viernes, día en que atraca una lancha portadora de la correspondencia.

Espera la pensión que le corresponde, como coronel que fue en alguna de aquellas innumerables guerras.

Pero la plata nunca llega.

Sólo le quedan su paciencia sin límites y un gallo de pelea. Además, una jurada repulsión hacia las “malas palabras”. Sus ajetreadas botas jamás habían escuchado alguna, decía con orgullo.

Para sobrevivir, él y su mujer asmática han vendido hasta los anillos de boda.

Y llegó el clímax.  Ella, desesperada:

“Y mientras tanto qué comemos”, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.

Dime, qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: Mierda.

Y ahora mismitico, amables ciberlectores, me pregunto: ¿alguno de los asépticos académicos le enmendará la plana a García Márquez y osará cambiar la palabra de grueso calibre que cierra El coronel no tiene quién le escriba?

Un poquitín de antigua historia

No, no es ésta una bronca de ayer por la mañana.

Encontramos frases vulgares lo mismo en La Ilíada que en Sócrates. En Aristófanes o en Petronio.

Hace más de dos milenios, dictaminaba Catulo:

 ... el buen poeta debe ser casto, / pero no sus versos que no lo necesitan. / Que éstos sólo tienen sal y encanto / si son algo voluptuosos y poco púdicos / y si pueden encender los ánimos...

Mozart, para divertir a sus amigos cuando fiesteaban, componía cánones con letras escatológicas.

La Celestina protesta por la clasificación que le han conferido:

…tan puta vieja era tu madre como yo!

En esa piedra miliar que narra las andanzas del hidalgo manchego, leo:

¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!

Moviéndonos hacia días más actuales, recordemos el litigio de Camilo José Cela en pos de que tabuizadas voces, pronunciadas por el pueblo, fuesen incluidas en el diccionario académico. (Ése que García Márquez catalogó como el mausoleo donde se entierran las palabras).

El argentino Jorge Luis Borges, siempre tan almidonado, tan estirado, tan europeizante, no vaciló en escribir:

Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo

 

Y ayer –es un decir– el poeta cantautor catalán Joan Manuel Serrat le advierte al pequeñuelo: Niño, deja ya de joder con la pelota…

 

Una advertencia final

 

Este humilde emborronacuartillas ruega que las anteriores líneas no sean interpretadas como un cántico a la obscenidad, la impudicia, la procacidad, el impudor, la desvergüenza, el descoco, el descaro, la indecencia, la inmundicia.

 

No. A mí, como a cualquier otro decente hijo de vecino, me produce orquitis –inflamación en cierta zona anatómica– presenciar cómo, en cualquier guagua habanera, las moringas y los epiplones rebotan contra las paredes del vehículo.

 

Todo depende de quiénes son los receptores y cuál es el contexto.

 

Cualquiera sabe que no es lo mismo departir entre copas con los hermanos –o en el lecho, junto a la amada– que si te designan para pronunciar unas palabras por la caída gloriosa de El Homagno en Dos Ríos.

Y pienso que, saber distinguir eso, es una prueba incontrovertible de auténtica cultura

 


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