"Nocturno con Aguas" de Luis Martínez Pedro en el Memorial José Martí / Por Odaly Borges Araba


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Y fue siempre mar… el gran tema para el pintor Luis Martínez Pedro, su obsesión, su fetiche. Era, como él mismo dijera una vez, el principio y el fin de todo. Le acompañó su vida entera. A él dedicó una buena parte de sus búsquedas en el plano estético, desde aquellas primeras incursiones en los puertos, en los inicios de la década del treinta, cuando vivió temporalmente en Nueva Orleans.

Fue, por encima de todo, un dibujante. A pesar de haber sido buena parte de su vida un artista figurativo, en las décadas de los años 50 y 60 abrazó la abstracción, como muchos de su generación, siendo uno de los más destacados cultores. La etapa concreta de los 50´ —cuando se alió formalmente a la pintura— constituyó el período más analítico de su estética; dotó a sus piezas de racionalidad y de una total geometrización en la construcción de la imagen, divorciada de todo matiz emocional. Como pionero de esta corriente en Cuba no se conformó con una adhesión pasiva, sino que la estudió a fondo, teorizó e indagó en la geometría de las formas, en la integración de la línea y el plano y en las relaciones tensionales de los colores y el espacio.

Martínez Pedro fue un creador inquieto. Sus búsquedas constantes, unidas a las preocupaciones de índole social y política que siempre le acompañaron, le llevaron muy pronto a saltarse los límites de los postulados del arte concreto. En obras como las que hizo en homenaje al 26 de julio, se advierte una resignificación de este tipo de arte, lo que, desde el punto de vista teórico, pudiera verse como un presagio. Muy pronto, sus experimentos con la irrepresentatividad lo llevarían de regreso a la representación de una vieja obsesión; el mar.                            

Otra vez el mar…

En 1963 se exponía en Galería Habana por primera vez un grupo de obras de la serie Aguas territoriales. Estaba constituido por pinturas y un reducido número de dibujos. Estos últimos, como conjunto, nunca más se presentaron al público. Algunas de las piezas que hoy se exhiben formaron parte de aquella muestra, pero la gran mayoría, incluyendo los bocetos de su cuaderno de apuntes, son inéditas.

Aguas territoriales fue una serie muy oportuna. Surgió en un momento histórico particularmente importante para el país y su Revolución, donde estaba en juego el concepto de soberanía. En el conjunto se alude a la trascendental relevancia que tiene el mar para los cubanos, a nuestra circunstancia isleña. No se trata de cualquier mar, sino específicamente de sus aguas territoriales, esas que el artista veía de lejos, desde la terraza de su casa en Jibacoa; ese mar que es tan totalmente nuestro como lo es la revolución misma. El hecho de estar rodeados de agua presupone una insularidad que nos hace diferentes, que nos define y nos separa de la gran potencia que nos agrede y desprecia. En sus Aguas… esta condición de isla queda evidenciada, pero Martínez Pedro no la limita, ni la encierra, sino que la libera, a través de las sucesiones de líneas que se abren, se extienden ilimitadamente, buscando acercar un horizonte interminable de olas, que se antoja cada vez más lejano. Estamos ante un ensayo acerca de la imposibilidad de aprehender la infinitud.

Luis Martínez Pedro le da a su representación del mar un sentido más bien filosófico, que traspasa los límites de lo físico y lo geográfico. Tal intencionalidad simbólica le otorga a estas piezas un nuevo carácter en el plano estético, pues aun con su lenguaje formalmente abstracto, el sentido conceptual —al adoptar un referente real— las carga de metáfora y les confiere una connotación muy particular.

En esencia, en los dibujos de la serie Aguas territoriales que se presentan hoy, queda probado que el Martínez Pedro analítico de la etapa concreta ha cedido ya paso nuevamente a la impronta imaginativa y fantasiosa que había dominado su ejecutoria durante más de treinta años. Este Luis encuentra formas concretas en el mar, a las que le da un matiz ético, lo que, de paso, le resulta útil comodín para reconciliarse con la férrea oposición a que se enfrentaba la pintura abstracta en aquellos años iniciales de la década del sesenta. Resulta evidente que él quiere seguir haciendo abstracción, pero no desideologizada, sino con un sentido de compromiso, como su aporte al nuevo proceso que vive el país.

Son estas piezas, por tanto, verdaderos estudios perceptivos del mar, experimentos en los que se hacen notar, con sus representaciones, realidades que existen; fenómenos ópticos y mecánicos que se dan en él, pero que solo unos pocos pueden ver: efímeros, inmediatos. A diferencia de sus predecesores e incluso de sus trabajos anteriores, no pinta esta vez el mar desde la orilla o desde la tierra, lo hace desde dentro, ve el agua como si estuviese sumergido en ella. Más que deconstruir la realidad, crea una nueva perspectiva. El pintor juega todo el tiempo con el público, entrega una multiplicidad de significados, nos hace partícipe de sus sensaciones ante la mirada detenida en el mar, en el que se pierde y se reencuentra; inventa su poesía y la dibuja, en virtud de un don especial que posee para interpretar y recrear su medio.

Definitivamente el mar…

Martínez Pedro no da respuestas; se limita a sentir, a mirar, y nos conmina a hacer lo mismo. Finalmente, como hace siempre, termina seduciéndonos.

 

(Palabras tomadas del Catálogo de la Exposición. Curadora: Odaly Borges Araba)


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