“¿Qué remedio?...” Un documental de rompimientos y evoluciones / Por Octavio Fraga Guerra


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Fotos: Cortesía del autor.

Despliegue de recursos de animación, grafismo de escritura sobria, de líneas y claros rellenos de colores intensos. Documental de historias de vidas y de muchas otras vertientes afincado desde el testimonio, desde el diálogo constructivo en torno a una arquitectura narrativa de sustantivos cimientos. Evolución in crescendo por la búsqueda de una escritura acabada, versátil, fecunda.

Pautas icónicas en clave de simbologías, asiento de metáforas fílmicas en tono de atributos y entrecortados distintivos. Fotografía de probada búsqueda, de empeñada textura, ejemplar para un filme de textos renovados. Un documental de rompimientos y evoluciones, de curvas que se entrecruzan hacia un punto final. Estas son las líneas que caracterizan a ¿Qué remedio? La Parranda (2017), de la joven cineasta cubana Daniela Muñoz Barroso.

La historia se apropia de los momentos cruciales que caracterizan a una festividad de voluptuosas identidades, genuinamente popular. Montaje trepidante, por momentos; en otros calmo, reflexivo, indagador, discursivo. Despliega en toda la puesta testimonios claves y secundarios, erigidos como pilares de ideas acabadas. Ellos son ese mapa de muchas lecturas que confluyen en toda una pátina de luces y sombras para un objetivo mayor, encumbrar y defender los pilares de una tradición.

La fotografía de ¿Qué remedio? La Parranda, indaga en lo derruido del pueblo, en sus valores socioculturales, en los protagonistas de la gesta. Retrata lo festivo de esta Parranda, que se desarrolla en el centro del país, referencial en toda la nación cubana.

El encuadre es inquieto, pero a la vez preciso; dibuja una curvatura sinuosa de narraciones signadas por el discurso. La envoltura cinematográfica de la pieza se compone de trazos acabados donde se renuevan ideas vertidas en el prólogo del texto fílmico. Y lo hace distante, para bien, de los arquetipos cansinos que caracterizan y lastran a este género audiovisual.

La fotografía es una constante puesta en escena de poblados cromatismos, enaltecidos encuadres, renovados ángulos y visiones, que interactúan con la acústica de los sonidos ambiente, con los diálogos de los entrevistados. Ellos asisten claramente participativos ante el escrutinio de las preguntas de los realizadores, diseñadas para ponernos a pensar, sensibilizarnos ante los vericuetos y derroteros de la historia, de la narración fílmica poblada de tradiciones, costumbres, encontronazos y sólidos crecimientos socioculturales.

A través de la composición de ángulos y cortes metafóricos son materializados los signos vitales de muchas preguntas que los creadores se empeñan en responder; y lo logran, desde los derroteros sociales de esta tradición y en torno a las bases culturales que le asisten como festividad. Ambas elementos condicionantes estructuradas por un guión de claros argumentos, arropados por epopeyas místicas, de empeños colectivos.

Es significativo el asiento y despliegue de las cámaras al interior de los pobladores de esta fiesta. Ellas dibujan una perspectiva, una mirada popular, localista, genuina, desde los postulados de una tradición en buena parte retratada en la entrega audiovisual.

La lente interioriza un enfoque, o varios, sobre los “encendidos” remedianos, dispuestos a darlo todo por la perdurabilidad de su más preciado tesoro. Es válida esta curvatura de lo retratado, que se deleita con la belleza de los vestuarios, la exuberancia de las carrozas, las composiciones lumínicas que circulan como arcoiris móviles, signos de la vitalidad y del empeño de sus creadores.

El equipo de realización participa en la evolución de la Parranda desde su mismo proceso de gestación; en la evolución del documental, subraya los detalles que le caracterizan, la arquitectura que la define como apuesta popular, comunitaria; sin dudas, legítimamente socializadora.

Este audiovisual dibuja con tino los declarados sentidos de pertenencia de los pobladores de El Carmen y San Salvador, dos barrios sumidos en una “rivalidad” resuelta cada 24 de diciembre, en un escenario que parece no tener límites. Pero también revela los desafíos que atentan contra la continuidad de una fiesta que ha de perdurar en el tiempo, pues forma parte de nuestras tradiciones culturales y simbólicas.

Desde la virtud cinematográfica de las emociones, el hilvanado diálogo (fortalecido por el discurso de una puesta en escena que lo toma todo) y las raíces de una localidad virtuosa, ¿Qué remedio? La Parranda narra los sucesos descollantes de cada momento relevante. Entre ellos, la fastuosidad de las carrozas y la luminosidad de las composiciones arquitectónicas temporales, como parte de los trazos de esta fiesta sostenida en el tiempo por el empeño de sus protagonistas.

El material audiovisual no es ajeno a las sonoridades percutivas y tímbricas que pueblan a Remedios. Todo lo contrario, se apropia de ellos para enriquecer el discurso. Las voces de los protagonistas, la música que bulle en los parques y calles, los sonidos naturales que se adentran en el entorno, junto al jolgorio de los pobladores son integradas en una banda sonora enardecida, pero también tejida de calma, de sapiencia. Es la necesaria lectura cinematográfica que ha de estar en todo filme para entroncar con el juicio y la urgente reflexión de un discurso que se preste a dialogar con el espectador.

El filme de la realizadora Daniela Muñoz Barroso exige una ruta mayor. Se ha de exhibir en todos los barrios de Cuba que son defensores y protagonistas de muchas otras parrandas, como parte de una lógica socializadora del conocimiento, la historia, los testimonios y los contenidos esenciales que habitan en el documental, de claros valores culturales, cinematográficos y sociológicos. Con este filme, la televisión cubana ha de construir un puente, como parte de una estrategia mayor, jerárquica, inclusiva, prominente.

Muchas veces olvidada por la crítica cinematográfica, es la realización y arte final del cartel cinematográfico. Para este documental, la joven diseñadora Diana Carmenate presentó una composición barroca que delinea con virtud los pilares distintivos de la fiesta-tradición. Los colores intensos de su obra, las líneas que conforman el acabado discursivo de prominentes valores plásticos, son parte de los atributos de la pieza. No por casualidad el poster fue merecedor del premio Coral, en la categoría de Cartel, en la 39 edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

El filme de Daniela Muñoz Barroso es una oportuna entrega al cine cubano, que apuesta por fortalecer los valores que nos distinguen como país (cultura plural, participativa, inclusiva, heterogénea). Su incorporación a la cinematografía nacional es de gran valía para el fortalecimiento de nuestras tradiciones.

La realizadora y su equipo han hecho un renovado aporte a la arquitectura humanista de Cuba, construida durante décadas por los más ilustres pensadores de la nación. Sea también este un regalo para ellos.


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