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PERRO HUEVERO... Esther Suárez Durán
¿Dónde están nuestros grandes de la escena? Fecha: 2004-08-04 Fuente: CUBARTE
¿Dónde están nuestros grandes de la escena?
¿Dónde están nuestros grandes de la escena?
(Cubarte).- Entre las innumerables leyendas del teatro cubano está aquella de Alicia Rico, una de las figuras paradigmáticas de nuestro vernáculo, que siempre anheló poder terminar su vida sobre la escena y a quien el destino le concedió tal deseo.

Suerte similar, en cuanto a la permanencia en activo, correrían años más tarde Candita Quintana, Carlos Pous, Blanquita Becerra, Enrique Arredondo, entre otras tantas figuras, empeñadas hasta el final en el ejercicio de sus carreras actorales.

Sin embargo, en los tiempos que corren, para las nuevas promociones de intérpretes y públicos, las figuras de excelencia de Berta Martínez, Hilda Oates, Verónica Lynn, Herminia Sánchez, Mario Balmaseda, -- como lo fueron antes Raquel Revuelta, Miguel Navarro, Hilario Ortega--, junto a algunas otras, van resultando mitos no presenciados.

Por razones diversas, estos modelos están ausentes, en tanto actores, de nuestros escenarios, y no siempre porque sus ocupaciones como docentes, directores generales o artísticos, o sus labores en otros medios así se lo impidan. A ellos se suman los casos que, en igualdad de méritos, podemos encontrar en los escenarios con alguna frecuencia, sin la oportunidad de disfrutarlos en el desempeño de personajes y obras que se correspondan con su estatura.

De tal modo, si bien la escena cubana se ha preocupado por garantizarle a los jóvenes actores el acceso a la escena, no parece haber existido igual cuidado con respecto a los intérpretes que ocupan los segmentos etarios del otro extremo, lo cual, en buena lid, significa, igualmente, un desperdicio del talento.

A través del prisma de esta ausencia es posible asomarse a algunas aristas que caracterizan a la escena cubana en la actualidad, entre ellas se encuentra la juventud de la mayoría de sus artífices, la escasa preparación e inexperiencia de un número significativo de ellos, la alta presencia de modos y estilos representacionales que descansan en las capacidades físicas y cinestésicas del intérprete y de relatos o formas de narratividad que hallan su modo de expresión en este plano. ¿Existe, entonces, en nuestros escenarios una real diversidad expresiva? También, en buena medida, parece insuficiente la presencia de los clásicos, incluso contemporáneos.

Con ello se pierde la oportunidad de crecimiento de los nuevos directores y actores al no poder compartir la experiencia de los maestros, -- ¿ dónde pueden hallar los nuevos actores sus referentes, qué modo mejor que el de asistir a una actuación insuperable o compartir con un gran actor el escenario existe para el aprendizaje del oficio?--, se pierde también la ocasión de educar a los nuevos públicos mediante el disfrute de los paradigmas, mientras se permite que un sector de nuestros talentos permanezca ocioso, reducido a ser meras figuras de una especie de museo viviente, de historias interrumpidas lejos de la práctica escénica.

Siempre me ha inquietado un tanto la suerte de los actores, seres imprescindibles en el éxito de una obra o de un director, pero condenados al horizonte de posibilidades de cada etapa histórica en tanto repertorio, estilos, modas, directores, modos de organización de la producción escénica.

De esta suerte, mientras un director elige un texto, selecciona sus actores y busca presupuesto para el espectáculo que anhela hacer, pujando por concretar un sueño, el actor puede desaparecer sin haber logrado realizar buena parte de ellos.

Ya va siendo tendencia. Nos permitimos, desde los tempranos setenta, no disfrutar más en los escenarios la presencia inefable de Lilliam Llerena. Después de los ochenta nos resignamos a vivir alejados de la magia de Raquel. Durante años nos perdimos a Adolfo. Igualmente dejamos a Hilda, a Verónica, en un descanso que seguramente no les causa regocijo. Nos damos el lujo de ver aparecer a Aramís sólo en las series televisivas. Nos privamos de ese placer cercano a la lujuria de tener a Berta de nuevo en escena. Y poco a poco la inercia se extiende hacia recios talentos de generaciones más próximas. Nadie le exige a Corina que permanezca continuamente sobre las tablas, a Daysi Fernández, a Broselianda, a Antonia. Ninguna fuerza concurre para discutirle a la televisión, como propio, el talento de Fernando Echevarría, o al cine el de Luis Alberto García o Isabel Santos.

¿Qué teatro es éste, en qué se nos ha convertido que no es capaz de convocar, de atraer para sí, seguro de sus portentos, de su magia sin par, a sus cómicos entrañables?

Entre tanto, en cualquier región del planeta coexisten en las tablas distintos modelos estéticos y los públicos diferentes y con apetencias diversas disfrutan también del arte que trasunta la meticulosa organización de la cadena de acciones, el descubrimiento de los gestos sociales, la transición sutil de los personajes, el esplendente subtexto que palpita en los más logrados diálogos, en fin, el mundo maravilloso en su infinitud de formas y modos de la escena en su vasta historia. Y también los actores, esos seres extraordinarios, en plena capacidad de trasvasamiento permanente de identidades, con un espectro de cuerdas que esperan para ser pulsadas, y que saben del disfrute sin par que produce la presencia de una contraparte esplendente.

No se me escapa el hecho de que el binomio actor-director participa con frecuencia de un entramado generacional, y bien es cierto que nuevos nombres sustituyen hoy a los directores artísticos de antaño, desaparecidos algunos, otros apenas llevando a cabo de vez en vez algún que otro proyecto escénico, mientras que un buen número de los directores generales al frente de las nuevas agrupaciones corresponden a las promociones recientes. A ello se suma el sistema actual de organización del talento y los procesos de creación que, aunque prevé la variante organizativa del proyecto por obra, es decir, la reunión de los recursos necesarios para la producción de un título en específico, en la práctica no está preparado para brindarle iguales garantías en los planos particulares de la producción y la programación del espectáculo resultante.

De tal modo, sin ánimo de pretender dar soluciones a un asunto que, entre otros temas, se inserta medularmente en los regímenes organizativos de nuestro actual sistema escénico, tan solo he querido llamar la atención sobre este tópico que parece estar urgido de integrar también nuestras políticas culturales, en aras de contribuir en alguna breve medida al regreso de estos amados ausentes a nuestros escenarios.

En estos días la noticia del mano a mano entre Verónica y José Antonio, en ¿Quién le teme a Viginia Woolf?, reeditando el suceso de los 60, recorre el mundo del espectáculo. Ojalá sea el preámbulo de otras buenas nuevas en tal sentido, tal vez podamos presenciar un fenómeno similar al que se inició en la música cubana hace algunos años, cuando se comenzó a producir la reinserción y resignificación de los valores de otras épocas, y la escena nuestra se vuelva aún más espléndida mientras entreteje la sabiduría y el vigor de los caricatos de todas sus generaciones.

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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