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PERRO HUEVERO... Esther Suárez Durán
Cuatro menos, ¿una más? Fecha: 2011-10-12 Fuente: CUBARTE
Cuatro menos, ¿una más?
Cuatro menos, ¿una más?

Es el último domingo de este septiembre. Llueve y pese a ello la Sala Tito Junco del Centro Cultural Brecht se colma. Una vez  más la institución vende hasta los espacios de las escaleras (¿tal opción está permitida? ¿La autorizan la Dirección Nacional de Incendios y sus filiales de Protección Física en las entidades?).

Cuando la función culmina el público aplaude de pie. Hace algunos años ya que es esta una práctica frecuente en los espacios teatrales en la capital (no puedo hablar del resto del país) en cuanto al teatro destinado a los adultos; con el teatro que se dirige a los niños el asunto se comporta bien distinto; cosa curiosa.

El público adulto aplaude de pie espectáculos de calidades diversas, en algunos casos puedo decir ―para evitar el eufemismo de “dudosa”― que se trata de resultados de escasa calidad. Cada vez que sucede, me formulo la misma interrogante: ¿existirá alguna variación en la educación teatral de este público con respecto a aquel de dos décadas atrás?

La respuesta me propone varios planos de reflexión, uno de ellos tiene que ver con los directores. Recuerdo las fechas en que aún podíamos disfrutar de los casi siempre grandes espectáculos de Vicente, Berta, Roberto y con alguna preocupación  nos preguntábamos dónde estaban los nombres que les sucederían. Proponíamos algunos, entre ellos recuerdo el de María Elena Ortega (hoy en Chile), sin  coincidir todos al respecto algunos pensábamos en Miriam Lezcano (ahora en Miami), mientras Flora Lauten iba teniendo cada vez mayor presencia en la escena como directora.

Salvo en el caso de Flora, la distancia hasta Vicente, Roberto, Berta dista, aún hoy, de haber sido recorrida. En efecto, son los tres grandes nombres del teatro cubano. Viendo ese teatro se formó una parte de mi generación y otra de la que le antecedió. En aquellos años el aplauso tenía gradaciones. El público puesto de pie ya era otra cosa.

En cuanto al espectáculo que ahora me ocupa me parecen pertinentes, en primer término, algunas consideraciones sobre el texto dramático del periodista, crítico y  dramaturgo Amado del Pino que le sirve como punto de partida. No se destaca precisamente por su elaboración artística, examinándolo, inclusive, desde los modelos de teatralidades afines al realismo (toda una gama) o el naturalismo. El cuerpo dramático acoge ―y no como recurso estilístico ni estético―  la letanía  de los problemas cotidianos,  desde esa perspectiva de superficie en la que por lo general dichos discursos transcurren en una esquina, una parada de ómnibus, un encuentro entre amigos o la sobremesa familiar. La acción teatral es escasa, los personajes conversan,  sin que este diálogo en formato de conversación alcance factura dramática, logre ser una de las variantes en que se expresa la acción. Buena parte de él tiene por función narrar acontecimientos y eventos acaecidos lo mismo durante un pasado lejano que en el ayer inmediato. Si el autor ha seleccionado como modalidad expresiva el drama, ¿por qué no vemos ante nosotros el desarrollo de estos hechos que aquí de continuo se refieren sin que la forma narrativa le confiera algún carácter épico  o le aporte una especial calidad a lo que se comunica?

El texto, además, es reiterativo, sin que tal redundancia constituya tampoco medio o fórmula  expresiva.

Curiosamente, el autor  presenta cartas (un padre que hace años impidió la salida del país a su hijo menor de edad al no firmar la carta de autorización y que ahora se ve enfrentado a similar situación con una hija de otro matrimonio)  que de haber sido jugadas de otro modo hubiesen posibilitado la organización genuinamente artística de sucesos, datos, preocupaciones, visiones de la realidad y garantizarían una tensión dramática que, por demás, aquí no se alcanza, ni siquiera en el momento en que la puesta en escena se empeña por dibujar con tonos no lejanos al patetismo la partida de la joven.

Por su parte, la elaboración escénica del espectáculo, tarea a cargo de Alejandro Palomino, deja todo por desear. De nuevo estamos ante el largo escenario de la Sala Tito Junco con dos lugares fundamentales de acción situados en sus extremos (ambos refieren los territorios de dos familias relacionadas con Andrés; la actual y la anterior) mientras las graderías del público se levantan a uno y otro lado de este espacio de representación en una disposición que nos obliga a presenciar el desarrollo de la trama cual si se tratara de un partido de tenis. Esta vez se añade una tercera zona de acción en la parte central: un ámbito exterior, significado por un banco de parque, donde tienen lugar unos pocos sucesos escénicos.

De diseño escenográfico no creo posible hablar. Por más que las carencias materiales afecten la  escena cubana, otros espectáculos realizados en condiciones semejantes establecen la diferencia entre la elaboración artística del espacio, de la visualidad y factura del hecho escénico y aquello otro que no consigue tal categoría. Las relaciones de los actores con los objetos que habitan la escena (pienso en la silla que tanto se usa en la casa de Susana y Ania y en los juegos de damas y ajedrez) o carecen de significaciones o resultan pueriles, y hasta ociosas cuando de teatro y no de medio televisivo o cinematográfico se trata.

Ya sea por las características antes referidas del texto y, supongo que, sobre todo, por la concepción del director del espectáculo, en los actores no es posible seguir una secuencia física que revele una cadena de acciones. Ellos entran a escena, permanecen o  salen de ella, hablan, cual enunciantes de ideas y sentimientos y, aunque la obra se inscriba en modelos teatrales del realismo y la utilería empleada sea deudora de ellos,  rara vez se ocupan en una tarea. Quizás esto guarde relación con la calidad de sus desempeños. Del equipo de intérpretes  que me correspondió en suerte solo hallé motivos de satisfacción en la labor de Yani Martin, a cargo de Tamara, la joven y actual compañera de Andrés. La actriz, con escasas posibilidades de elaborar una partitura de acciones físicas, realizó un trabajo valioso donde destacan la creencia y la mesura. Michel Labarta parecía perdido, sin hallar el tono de su personaje en el Saúl; Enrique Bueno en el Pollo presentó el cliché del homosexual, mientras parecía no saber qué hacer con sus brazos (cruzados sobre el pecho durante buena parte de la representación), y Néstor Jiménez, como Andrés, sobreactuaba la escena que tiene con Tamara, tras la partida de Ania, su hija , al igual que el último encuentro que desarrolla con su hijo Saúl, en el espacio correspondiente a la casa de Susana; a gritos, mientras mueven las piezas sobre un tablero de ajedrez.

Regreso al tema inicial. ¿Qué provoca, entonces, el aplauso del público? Tal vez la reacción se alimente de elementos extra-artísticos. En una vida social tan llena de contradicciones sobre la cual, sin embargo,  pesa cada vez mayor silencio resulta bienvenido todo discurso que aluda a ellas, aunque no revele, ni refiera, siquiera, sus esencias.

El deterioro de las condiciones de reproducción de la vida social es tan serio que las preocupaciones medulares de mis coterráneos se quedan en la dimensión de la sobrevivencia. Así los planteos de la mayoría no se relacionan con la necesidad de una mayor y efectiva participación social, ni con las formas en que puede ejercerse el control social, por solo citar dos temas fundamentales para la eficacia de la sociedad socialista; se mantienen al nivel de la satisfacción de las necesidades básicas. No es ello señal alguna de falta de visión o profundidad, sino simple respuesta coherente del pensamiento a las condiciones materiales de la existencia.

Del Pino ha sentido la urgencia de hablar de diversos temas; una zona de la población integrando ahora esa otra comunidad que es el público (algunos vienen por vez primera al teatro) le responde. Pero el teatrólogo de una de las primeras promociones del ISA, de aquellas que tuvieron a su disposición a los mejores docentes, el crítico teatral, el dramaturgo conoce el calibre de la tradición teatral a la cual pertenece. Sabe de Felipe, de Brene, Quintero y Alberto Pedro, por solo citar unos pocos,  y también sabe ―y rememora en sus testimonios― de Blanco, Martínez y Revuelta. Justamente a esa persona, a ese colega es a quien le solicitamos que se empeñe a fondo, que muestre sus mejores armas, que no se conforme y nos brinde tan poco en un país que le ha dado y que necesita tanto.    

 

 

 

Fotos: Internet

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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