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PERRO HUEVERO... Esther Suárez Durán
Roberto Blanco entre nosotros Fecha: 2003-12-20 Fuente: CUBARTE
Roberto Blanco entre nosotros
Roberto Blanco entre nosotros
(Cubarte).- Aún alcanzo a distinguirlo en el salón de ensayos, atento, apasionado y enérgico; entrando al Teatro Mella, en noche de función, ataviado con sus chaquetas o con sus largas camisas, mientras, desfilan ante mí sus gestos habituales cuando, ante la ocurrencia de algún dislate, enarca la ceja izquierda, sonríe, fija en el interlocutor la mirada aguda, inteligente, y luego, con voz clara y dicción impecable, explica cabalmente, deshace el entuerto, ayuda a corregir el error, apoyándose con la elegante gestualidad de sus manos.

Seriamente enfermo por más de una década, nunca quisimos creer en la posibilidad de su partida. Con serenidad y valentía había librado todas las batallas, y por ello le pensábamos eternamente a salvo. Que era inmortal ya lo sabíamos, generación tras generación habíamos asistido al milagro. Comenzó a construir la leyenda desde sus primeros años en el mítico grupo Prometeo, de Francisco Morín, adonde llegó, junto a Lilliam Llerena, Miguel Navarro, Helmo Hernández, Sergio Corrieri y Gilda Hernández, en 1954, con apenas dieciocho años, procedente de las filas del Teatro Universitario en el que había comenzado sus estudios teatrales. En Prometeo entró en contacto con el teatro de Ionesco y con las teorías de Antonin Artaud, y se destacó en las puestas de Rencor al pasado, de Osborne, El mal corre, de Audiberti, Electra Garrigó, de Piñera, recibiendo excelentes comentarios de la crítica especializada.

Pocos meses después de fundado el grupo Teatro Estudio se integró a la aventura y se insertó en un seminario de dirección conducido por Vicente Revuelta en el cual realizó su primera puesta en escena a partir de La hora de estar ciegos, de Dora Alonso, en 1960, que dio inicio a una fecunda labor como director teatral. Le siguieron Petición de mano, de Chéjov, El retablo de las maravillas, de Cervantes, y Doña Rosita la soltera, de Lorca, llamada a convertirse en uno de los momentos antológicos de la historia del teatro cubano.

Luego de una temporada con el Conjunto Dramático Nacional, de donde aún se recuerda su Mercuccio, de Romeo y JulietaA, y con la Brigada Covarrubias, realizó una estancia en Ghana que lo puso en contacto con las formas escénicas del país y le permitió el estudio organizado de las culturas africanas, en particular de aquellas que resultaron matrices de la cultura cubana. Con posterioridad cursó una beca en el Berliner Ensemble, en Alemania.

A su regreso, María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, uno de los hitos del teatro cubano, dio fe de la vasta experiencia acumulada y presentó las cartas del teatro espectacular tan propio de este director. El recién fundado Teatro Ocuje lo tuvo como su director general y en él se abrió una etapa importante de trabajo con el actor, a partir de un excelente conjunto de intérpretes integrado, entre otros, por Hilda Oates, Miguel Benavides, Mario Balmaseda, Samuel Claxton, Daysi Granados, Tito Junco, donde cada título determinó su peculiar modo de realización escénica y significó una ocasión para el estudio y la investigación. Ocuje definió, además, un sistema de funcionamiento como compañía, entendiendo el teatro como un espacio donde confluyen múltiples artes y lenguajes. De esta época data su relación espectacular con los textos de José Martí expresada a través de los montajes de Ocuje dice a Martí (1970), De los días de la guerra(1972 y 1984), Hazañas que cantar(1977 y 1996), Bebé y el señor don Pomposo (1983) y Sin amores (1983). Ocuje fue también el territorio encantado donde tuvieron lugar las puestas de Lumumba o Una temporada en el congo y Divinas palabrasA, de larga recordación en la memoria más reciente del teatro cubano.

Alejado de la escena desde 1972 hasta 1977 , durante el llamado -quinquenio gris - de la cultura, luego de su reincorporación trabajó con diferentes colectivos como Teatro Estudio, en 1977, el Teatro Lírico Nacional, en 1978, o a partir de conformar elencos específicos con actores y bailarines de diversas procedencias, hasta que en 1983 emergió a la escena nacional la Compañía de Teatro Irrumpe, con la Fuenteovejuna, de Lope de Vega.

Durante los años siguientes Irrumpe hizo de nuevo María Antonia, Yerma, De los días de la guerra, a los que se sumaron Los enamorados y El alboroto, de Goldoni, Dos viejos pánicos y Electra Garrigó de Piñera, Mariana y Amor de Don Perlimplín...., de Lorca, mientras estrenaba La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés, de Abelardo Estorino, Un sueño feliz y La noche, de Abilio Estévez, hasta su último título: El perro del hortelano, de Lope de Vega, en el 2001.

Otros espacios recibieron su impronta. Entre 1992 y 1994 laboró en Venezuela con el Teatro Nacional Juvenil (TNJV), realizando diversas puestas en escena con las agrupaciones de esta entidad en varios Estados, durante años figuró en diversos comités asesores del Ministerio de Cultura, fue Presidente del Comité Cubano del Instituto Internacional del Teatro (ITI), profesor de actuación de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, y, en la última etapa de su vida, fungió como director artístico de la sala multiespacio La Macumba- Habana, del complejo turístico La Giraldilla.

En el año 2002 le fue conferido el Premio Nacional de Teatro, que otorga el Consejo Nacional de las Artes Escénicas del Ministerio de Cultura, mientras el Instituto Superior de Arte lo distinguía con el título de Doctor Honoris Causa. Con anterioridad había sido acreedor de la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de Primer Grado.

Por estos días se cumple apenas un año de su partida. Dejó tras de sí el tesoro invaluable de cuarenta realizaciones escénicas entre las que se cuentan verdaderas joyas del arte, a partir de las creaciones primigenias de Lope, Lorca, Goldoni, Martí, Piñera, Hernández Espinosa, Estévez, junto a su personal concepción del actor como ser extraordinario, del teatro como hecho trascendente y de la relación con el espectador como estremecedora experiencia sensorial, que alimentaban su soberbia cultura, su conocimiento de los más recónditos secretos de la escena, su pasión por la música, la literatura, la plástica, y su diálogo permanente con la poesía.

Del conjunto infinito de imágenes que la memoria teatral atesora, al conjuro de su nombre resplandecen, cual indelebles señales, el imponente vestuario de Fuenteovejuna, el Mercuccio inefable, la estremecedora María Antonia y la telúrica Yerma, la particular experiencia ritual que era cualquiera de sus ensayos y la imagen esplendente del telón que identificaba la presencia de su compañía Irrumpe en los escenarios.

Cuando intérpretes asombrosos y compañías como Buendía, Teatro El público o Teatro de la Luna hacen vibrar la escena, no hay dudas, se hace lugar la germinación de su legado.

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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