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TRAS EL PATRIMONIO DE MI ISLA Gladys Rodríguez Ferrero
La Vigia de Hemingway Fecha: 2007-08-09 Fuente: CUBARTE
La Vigia de Hemingway
La Vigia de Hemingway
Untitled Document (Cubarte). No constituye una casualidad el que Hemingway sea una de las personalidades extranjeras más conocidas en Cuba ni mucho menos el que se haya convertido en una leyenda, asimilada por el pueblo cubano.

Las colecciones que atesora el Museo Ernest Hemingway forman parte de una compleja colección de fuentes primarias de una institución museal eminentemente literaria y, a la vez, especializada. El Museo está responsabilizado, desde hace 45 años, con la preservación de las mismas para usufructo no sólo del pueblo cubano sino también de la humanidad.

Las fuentes escritas legadas por el escritor, elaboradas por él o por personas cercanas o cualquier otro documento que se vincule con la vida y la obra de Hemingway, resultan tremendamente importantes.Los libros abarcan aspectos de sumo interés: obras del escritor publicadas en vida del mismo, diferentes ediciones de sus obras, sus cartas, las obras completas, traducciones y la biblioteca personal. En su totalidad son el fiel reflejo de sus intereses.Por otra parte, esta colección de libros tiene otra función rectora: la conservación de éstos como muestras del museo y su exposición como piezas museables.

La Colección fotográfica del museo contiene fotos de Hemingway, de sus familiares, de sus amigos y son fuentes figurativas relacionadas, directamente, con su vida y obra creadora. Esta ha sido utilizada ampliamente en sus exposiciones ya que permite al visitante una retrospectiva del mundo de este hombre. Y, de este modo, puede apreciarlo a través de los ojos del propio escritor.

Las máquinas de escribir que Hemingway utilizara en el hotel “Ambos Mundos”, Finca Vigía y en el duro bregar como corresponsal de guerra son objetos personales que se convierten en centro emocional de un museo como este y, por supuesto, ocupan un lugar destacado en sus colecciones.

Las condiciones de conservación de las colecciones de un museo especializado, como lo es el Ernest Hemingway, resultan muy difíciles a partir de su composición variada. Ha sido imprescindible la creación de secciones especiales, asegurar locales y tecnificar más aún al personal calificado que las atiende. De este modo han ido trabajando, coordinadamente, arquitectos, museólogos, conservadores, restauradores, bibliotecólogos, jardineros. Cuando llevamos a cabo el análisis de las colecciones del Museo uno puede darse cuenta de que, realmente, Hemingway, al decir de Georges Plimpton, fue un hombre incapaz de deshacerse de ningún objeto.

Conservar Finca Vigía como un monumento histórico y cultural de alcance mundial ha sido la seria y difícil tarea que se planteara el Museo Ernest Hemingway desde su fundación, el 21 de julio de 1962. Labor mantenida a lo largo de estos 45 años de trabajo, organizando sus colecciones y ofreciendo a través de ellas instrucción, educación y cultura. También ha organizado, desde 1986, los Coloquios Hemingway que han permitido el intercambio de conocimientos entre especialistas nacionales y extranjeros.

La institución ha recibido tres restauraciones generales. La primera entre 1982-1984 y la segunda, de 1992-1994. A partir de febrero de 2004 se comenzaron las labores de una nueva restauración, más abarcadora que las anteriores, y que concluyera exitosamente en diciembre de 2006.

El Museo Ernest Hemingway conserva, expone y completa sus colecciones y, de esta forma, enriquece las mismas. Este proceso tiene su fundamento en las investigaciones que allí se realizan y que permiten profundizar en el conocimiento tanto de la vida como de la obra del escritor, de la literatura de la época y su cultura material y espiritual, de la historia y de la historia del arte. Resulta imprescindible llevar a cabo una selección y comprobación científica minuciosas con el fin de incluir, en su especial labor, los resultados de ese proceso investigativo.

Finca Vigía, ubicada en un territorio de aproximadamente 4 hectáreas, conserva cuatro edificaciones memoriales: la casa principal, la torre, la piscina y bungalow-garaje. Próximo a la piscina y en el sitio donde estuviera ubicada la cancha de tenis, fue añadido en 1993 el Pabellón del Yate “Pilar”.

Coexisten en este entorno casuarinas, rosales, almendros, orquídeas, mangos. Preocupación constante de su personal ha sido la conservación, histórica y del modo más fiel posible, de estas construcciones con todo su mobiliario y piezas, las áreas verdes circundantes, el cementerio de los perros e ir recobrando, con toda exactitud, el aspecto exterior que el sitio tuviera en vida de Hemingway.

Con “marejada fresca, cielo nublado y el horizonte brumoso” arriba a La Habana, Ernest Hemingway, el 1° de abril de 1928 a las 10:50 pm a bordo del vapor inglés Orita. Abandona el puerto de La Habana, a las 5:29 am del día 2 del propio mes. Él y su segunda esposa Pauline Pffeifer pasan la noche en el Hotel “Ambos Mundos”. Pauline viaja con 6 meses de embarazo de su hijo Patrick.[1]

Teniendo en cuenta la cercanía de Key West, sitio en el que vivió entre 1928 y 1939 y la gran riqueza pesquera de las aguas de la Corriente del Golfo, Hemingway comienza a acercarse más a Cuba, a partir de esa fecha. Su presencia se hace cada día más familiar. La habitación 511 del Hotel “Ambos Mundos” en la Habana Vieja se convierte en su refugio.

En Cuba, es habitual su presencia, en la década del 30. Se aloja en el Hotel “Ambos Mundos”. Pesca, desde horas tempranas de la mañana, en el Gran Río Azul, revisa pruebas de galera, en la tarde. Disfruta de la inquietante vida nocturna habanera. De esa Habana que reflejará, aun sin mencionarla, en algunas de sus obras. De esa Habana que lo marcará para siempre. Paseará bajo sus columnas. Se hará cómplice también de su literatura, su plástica, su música, sus hábitos, sus costumbres, su gente.

Roto sus vínculos sentimentales con Pauline Pffeifer, aborda el Pilar el 14 de febrero de 1939, rumbo a La Habana y se instala esa noche, en el Hotel “Sevilla”. Al día siguiente regresa al Ambos Mundos. Aquí se le une Martha Gellhorn, quien se convertirá con posterioridad en su tercera esposa. Es ella quien descubre y alquila Finca Vigía adonde van a vivir juntos a partir del mes de abril de ese mismo año.

Finca Vigía está localizada en San Francisco de Paula, pueblo fundado a fines del Siglo XVIII. Es aún pequeño y está situado en el kilómetro 12 ½ de la antigua Carretera Central, posee un cementerio que no se usa desde 1962 y se conserva poco y una Ermita, construida en 1795, que fuera recientemente restaurada. Desde sus colinas puede contemplarse la ciudad, el litoral, sus edificaciones.

Cuenta la leyenda que, en la colina donde está enclavada Finca Vigía existió un fortín a fines del Siglo XIX. Se dice, además, que era de madera y se utilizaba como puesto de vigilancia, de ahí el toponímico del sitio. Una de las misiones fundamentales que debió tener este fortín fue la persecución de un insurrecto cubano que operó hacia 1895 en las cercanías de San Francisco de Paula.

La leyenda nos deja ver también que un insurrecto apellidado Pascual, quien se alza contra el gobierno español y las autoridades hispanas, decide construir nuevamente su casa sobre las ruinas de la anterior que había sido quemada por los españoles.

Lo cierto es que muchos años después, en 1985, Sara Pascual Canosa, la mujer de más antigua militancia comunista en Cuba al momento de su fallecimiento, ocurrido el 1° de septiembre de 1987, develó el secreto de que el Arquitecto que había construido Finca Vigía había sido su abuelo.

“Compró Finca Vigía en el año 1887 y mis abuelos, Miguel y Teresa, y mi padre, Pedro, de cuatro años de edad se instalaron, como vivienda, en la casa que mi abuelo fabricó. Allí vivieron desde 1887 hasta el año 1903 en que mi padre se casó con mi madre” [2]

Miguel Pascual y Baguer, el abuelo de Sara, natural de la provincia de Gerona, Cataluña, buscaba un lugar alto, fresco y agradable. Su esposa, Teresa Serra, cubana e hija de catalanes, sufría mucho por la pérdida de dos de sus hijos. El matrimonio necesitaba de un sitio en el que la naturaleza le ayudara a soportar esta pena por lo que Pascual escogió una finca muy bella, no muy grande, más bien pequeña y muy cerca de La Habana y compró Finca Vigía.

“Después del matrimonio de mi padre…se mudaron para La Habana de nuevo y mantuvieron aquel lugar, por algún tiempo, como finca de recreo para ir alguna que otra vez. El tiempo que duró eso en manos de mi abuelo no lo puedo garantizar, no lo recuerdo, pero sé que algún tiempo después, probablemente en 1904 o en 1905, es que él vende esa finca a una persona cuyo nombre no conozco”, aclaró Sara.[3]

Es muy probable que el Arq. Miguel Pascual y Baguer vendiera Finca Vigía a Joseph D´orn Duchamp de Chastaigne, francés dueño de una firma de bienes inmuebles. Es a este comerciante a quien Hemingway alquila, en 1939, la casa y se la compra, en diciembre de 1940, al precio de $12,500 dólares, aprovechando el pago de $100,000 dólares que por los derechos de autor para llevar al cine ¨Por quien doblan las campanas¨, le pagara la Paramount.

A fin de que el lector pueda percatarse de las características que tiene el sitio describiremos las habitaciones con que cuenta la casa principal y el resto de las construcciones.

La Habitación matrimonial o Cuarto de Mary resulta la más amplia, clara, y fresca de la casa. Mary la transformó al añadirle grandes ventanas al frente y fondo de la misma. A través de éstas se ampliaba el horizonte para contemplar la centenaria ceiba.

Los libros, expuestos en los libreros, muestran el gusto de su dueña, sus preferencias literarias, su interés por la buena cocina, su preocupación por las rosas y por la flora que poblaba Finca Vigía.

Cuernos de Ciervo mula (Odocoileus heminonus), capturado por Mary Welsh en las montañas de Idaho, Estados Unidos, en 1948, ornamentan la pared del hall. Y un maravilloso espejo, de principios del siglo XIX, que compraron los Hemingway en una tienda de antigüedades de Venecia, con un hermoso trabajo en el marco y que, según el Dr. José Luis Herrera Sotolongo, nunca quisieron azogar para mantener la pátina que el tiempo le proporcionara.

En el librero de la cabecera de la cama matrimonial un ejemplar de ¨El viejo y el mar¨, editado en la antigua Unión Soviética en 1957, impreso en Braylle, que le regalara el dirigente soviético Anastas Mikoyan durante la visita que hiciera a Ernest Hemingway en Finca Vigía, en 1960. Hemingway recibió el regalo con mucha emoción. Pudo percatarse de que ya, en esa fecha, personas no videntes podían disfrutar de su obra.

La cabeza del Orix empenachado (Oryx gazella callotis) que Mary derribara de un disparo, en Kimana Swamp, Kenia, en 1953, se expone en otra de las paredes.

Pueblan las paredes de la Sala los Carteles de toros, fieles exponentes de la fiesta taurina y que fueran adquiridos por Hemingway en la década de los 30 y traídos a Finca Vigía en 1939. La suerte de varas y La cogida, óleos del pintor español Roberto Domingo abordan con gracia y donaire, a partir de una paleta impresionista, el arte de la tauromaquia.

Su amor por España, país que conoció en 1923, y la enorme afición por el arte de los toros queda plasmado en obras como Fiesta (1926), Muerte en la tarde (1932), Verano sangriento (1960) y cuyos ejemplares forman parte de las colecciones del museo.

Provenientes, en gran medida, de los safaris que realizara al África en 1933-1934 y 1953-1954 se encuentran los trofeos de caza que adornan algunas de las paredes. Algunos ejemplares forman parte también de las cacerías que llevara a cabo en diversas regiones de los Estados Unidos como Montana, Idaho, Wyoming.

El mobiliario fue diseñado por el propio Hemingway, Martha Gellhorn y Tobby Bruce, un diseñador de Key West. La realización estuvo a cargo de carpinteros cubanos utilizando maderas preciosas cubanas. Resulta evidente la influencia española en una buena parte de ellos.

La butaca preferida del escritor se encuentra próxima a una de las ventanas que dan a la terraza. Al lado, la mesa-bar por él diseñada en la que no faltaban nunca sus bebidas favoritas. Allí leía y escuchaba su música preferida.

La discoteca cuenta con más de 900 discos. En la colección puede valorarse el gusto musical del escritor. Desde la música popular norteamericana, donde se destacan los ritmos del Jazz, Hot Jazz, Blues y Foxtrot, interpretados por artistas famosos como “Fats” Waller, Benny Goodman, Tommy Dorsey, Louis Amstrong y Glen Miller. Hasta la música clásica o culta, con álbumes de los grandes compositores de este género musical y que, por orden de predilección –tomando en cuenta lo que declarara Hemingway, en una charla, al Cónsul de Suecia en La Habana- se encuentran Bach, Mozart, Beethoven y Brahms en los primeros lugares. También la música española con piezas de Albéniz, Falla, Granados y gran variedad de estilos del folclore español. Y otro grupo misceláneo que abarca diferentes temas y géneros: música campesina de los Estados Unidos, folclórica de los indios Navajos y Sioux, música africana, narraciones de literatura, música popular y tradicional de diferentes países. [4]

En lo que se refiere a la música cubana está representada por autores tales como Jorge Anckerman, Eliseo Grenet, Ernesto Lecuona, Juan Arrondo, Y entre los intérpretes Rita Montaner, interpretando música del maestro Eliseo Grenet. Todos consagradas y eminentes figuras de la música y continuadores de la rica tradición musical cubana.

Candeleros del siglo XVIII que pertenecieran al altar de la Iglesia de Extremadura, en España, y tres vasijas incas, precolombinas, que regalara a Ernest Hemingway el Club Marciano Chiclayo en Perú forman parte también de la decoración de este aposento.

Ya en su Cuarto de trabajo y sobre la piel de un joven kudú, escribía de pie, temprano en las mañanas. “…tempranito por la mañana se levantaba y después que hacía los ejercicios… le gustaba escribir de pie, así descalzo y sin camisa. Escribía desde las 6:30 ó 7:00 de la mañana hasta las 12:00 ó 12:30 del día en que iba a la piscina a bañarse. Entonces era el primer trago que tomaba a esa hora. Yo se lo preparaba y después, a la media hora, yo le llevaba otro”.[5]

Contaba el Dr. José Luis Herrera Sotolongo, médico y amigo personal del escritor, que mientras escribía una obra no le gustaba comentar acerca de ella o que le preguntasen sobre la misma.

Es probable que el hábito de escribir de pie surgiera de las heridas sufridas durante la Primera Guerra Mundial en la que participó con la Cruz Roja como chofer de ambulancia. Por ellas fue operado en Milán y allí conoció a la enfermera germano-norteamericana Agnes H. Von Kurowsky de la cual se enamoró locamente y aparece, con posterioridad en Adiós a las armas, convertida en Catherine.

Una de las piezas de mayor valor lo constituye, sin lugar a dudas, la máquina de escribir Royal cuyo papel protagónico estriba en que, justo en ella, se elabora toda la producción literaria del autor a partir del año 1939: Por quien doblan las campanas, A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar, París era una fiesta entre otras.

En el despacho hay una pieza fundamental: la cabeza de un búfalo cafre (Syncerus caffer caffer) cazado por el escritor en Tanganica, Tanzania, durante su primer safari al África en 1939, cuya captura queda magistralmente narrada en La breve vida feliz de Francis Macomber (1936).

Fotos familiares, pequeñas artesanías, juguetitos que Hemingway apreciaba muy especialmente por ser regalo de sus más cercanos amigos puede apreciarse dispersas sobre el buró y los estantes.

Hemingway participa en varios conflictos bélicos. En el Greco-turco (1922-1923) enviado por el Toronto Star, de Canadá; en la Guerra Civil Española (1936-1939) como corresponsal de NANA (North American Newspaper Alliance); en el Conflicto chino-japonés (1941) enviado por el diario PM y en la Segunda Guerra Mundial (1941-1945) para la revista Colliers. En todos ellos resulta invaluable su labor como corresponsal de guerra.

De acuerdo a la costumbre de su dueño se exhiben, sobre el buró, insignias de corresponsal de guerra, los grados de Teniente y Capitán que obtiene en la Primera y Segunda Guerras Mundiales; insignias fascistas, trofeos de su participación en la Segunda Guerra Mundial. Una excelente colección de tallas de arte popular africano que Hemingway comprara a artesanos, cerca de Machakos, África Oriental. La Llave de la Ciudad de Matanzas que le obsequiara Olga Taquechel, Alcaldesa de la misma, al arribar a la provincia a bordo del Ile de France, en 1957. La Llave le fue entregada por la poetisa Carilda Oliver Labra, Premio Nacional de Literatura, y a quien Hemingway alabara por sus bellos ojos.

Sobre el capote o capa de faena, que le regalara Sydney Franklin, torero norteamericano amigo de Hemingway y quien permaneciera íntimamente ligado a Hemingway y Martha Gellhorn durante la Guerra Civil Española se muestra parte de la colección de armas blancas del escritor.

Ya en el Cuarto de Baño, las anotaciones en la pared registran no sólo el peso sino también curiosas observaciones: “cinco días sin dieta”; “después de 500 ejercicios”; “sin pantuflas ni pijama”; “después de Nueva York…”

Entre 1955 y 1960, el peso desciende. En 1960 hay pérdidas de 1 y 1 ½ libras diarias. De 245-240 libras el peso desciende hasta 190 ½ libras el 24 de julio de 1960 última fecha en la que hace anotaciones en la pared de Finca Vigía.

La reciente restauración permitió las labores de consolidación para la preservación de estas anotaciones y el descubrimiento, a partir de una foto perteneciente a la Colección fotográfica del Museo, de otras que se encontraban ocultas en otra de las paredes del baño. En ellas pueden apreciarse anotaciones no sólo de Hemingway sino también de Gregory “Gigi” Hemingway, de la década del 40 y Gianfranco Ivancich, y Roberto Herrera Sotolongo, correspondientes a la década del 50.

En un pomo con formol, en un pequeño anaquel del baño, un chipojo (Anolis equestris) que luchara valientemente contra uno de los gatos del escritor y ganara ese sitio en la inmortalidad.

Mary Welsh convierte, en el año 1954, la habitación en Biblioteca. Los muebles, diseñados por ella, fueron ejecutados en majagua por el carpintero cubano Francisco Castro quien residiera en San Francisco de Paula hasta su muerte, ocurrida en la década de los 80.

La biblioteca de Hemingway no tiene una organización bibliotecológica. Los libros descansan dispersos en los libreros. Aproximadamente unos 9 mil ejemplares, entre libros, revistas y folletos, integran la colección. Muchos de estos volúmenes poseen anotaciones de Hemingway y dedicatorias de ilustres personalidades de la literatura contemporánea. La caza, la pesca, la tauromaquia, las ciencias, la guerra. También existe una colección de arte y literatura: Balzac, Galdós, Maupassant, Mark Twain. En esta habitación de la casa pueden ser vistas piezas de enorme valor artístico e histórico. El plato de cerámica blanca, con la figura de un toro de lidia, del Taller de Pablo Picasso, adquirido en París en el año 1957, por solo $150 dólares. Obra del pintor venezolano Alfredo López Méndez quien residiera durante varios años en Cuba, cuya temática es un paisaje campesino cubano, cubre una de las paredes. Pieza única si tenemos en cuenta que de la etapa cubana de López Méndez sólo se conserva, al menos en Cuba, este ejemplar.

La gallina y la herradura, óleo neo-realista que adquiere Hemingway en 1949. Obra de Raoul Hynckes, pintor holandés, se enmarca la misma en el realismo mágico mezclando elementos de la realidad los cuales transporta a una atmósfera onírica.
La pieza merece, en realidad, especial evocación. Los amigos de la medianoche (De Vriedem van Middernocht), una colección de cuentos cortos es publicada, en 1973, por la editora Orbeitdesperes, en Ámsterdam. En ella aparece un cuento, La gallina de Hemingway (De Kip van Hemingway). El autor, que no es nadie más que Raoul Kynckes, narra el modo en que obtiene, en plena Segunda Guerra Mundial, la gallina que aparece en la obra pictórica. Concluido el conflicto bélico el pintor vendió el cuadro a Hemingway, a través de la Casa Editora Holkema, en Warendorf. Hynckes concluye su cuento del modo siguiente:

“Hemingway cuya muerte fue trágica y misteriosa, murió en 1961. En cuanto a mi gallina, no sé qué se hizo de ella” [6]

De haber conocido a tiempo la preocupación del artista hubiéramos podido explicarle que su obra se conserva muy bien y es una de las más preciadas piezas de la colección de arte del Museo.

Un breve recuerdo del continente africano descansa sobre uno de los libreros: la escultura de madera llamada Vigía, fetiche con una doble función. Debe proteger la casa, en ausencia de su dueño y proveerlo de suerte, en la caza. Este Vigía deberá protegerlo de las enfermedades y los peligros que esta actividad conlleva.

Sobre el escritorio un cuño con una frase categórica: I never write letters (Nunca escribo cartas), irónica broma de quien fuera capaz de escribir en su vida alrededor de 10 mil cartas. Dato que no conoceremos a plenitud, hasta que no se concluyan las labores que el Proyecto editorial Cartas de Hemingway lleva a cabo desde hace algunos años.
La habitación de los huéspedes fue utilizada para albergar los numerosos gatos existentes en la Finca hasta 1947. Es en esta fecha en la que se construye la Torre. A partir de ese momento los huéspedes comenzaron a hospedarse en este recinto, aunque también lo hacían en la casita o bungalow. Sencillez y originalidad, premisas básicas en la decoración de la casa priman también en esta habitación. Algunas piezas Masai adornan la cómoda y, en uno de los libreros, una espléndida máscara funeraria Makonde, correspondiente a Mozambique, es mostrada a los visitantes.

El pintor chino, Hsien-Chi T´Seng, ejecutó en 1947 una hermosa acuarela, Los airones níveos (Snow Egrets), que Winston “Wolf” Guest regalara a Hemingway. Guest fue un gran amigo del escritor y uno de los miembros de la tripulación que a bordo del yate Pilar se dedicara a la búsqueda de submarinos nazis en la costa norte del archipiélago cubano durante la Segunda Guerra Mundial.

En el comedor el mobiliario, diseñado por Martha Gellhorn, recuerda España no sólo en su sobria decoración sino también por su disposición en este sitio amplio, claro y ventilado. La mesa expone una muestra de la vajilla y está dispuesta al gusto de los Hemingway.

Y aunque no se exhibe en estos momentos, el escudo de la familia está presente en platos, cubiertos, servilletas. Las tres colinas de París (Montparnasse, Montmatre y Saint Geneviéve) y/o las tres colinas de San Francisco de Paula, nombre del pueblo donde está ubicada Finca Vigía. La punta de la flecha que recuerda a los indios norteamericanos fundamentalmente a la tribu Ojibway con la que Hemingway compartió parte de su niñez y juventud. Y los grados de Teniente y Capitán que el escritor obtuvo en la Primera y Segunda Guerras Mundiales.

El Gran kudú (Tragelaphus strepsiceros) puede ser visto en una de las paredes del comedor. Pieza que fuera capturada en Tanganica por la Montaña de Masai Steppe, al este de Kondoa, durante el Primer safari al África que realizara el escritor entre 1933 y 1934.7 “Este Kudú fue un Segundo Premio y Mussolini se interesó en él…” nos comentó René Villarreal.8 La descripción de este valioso ejemplar aparece en las verdes colinas de África (1935).

La gacela de Grant (Gazella granti rayneyi) y la gacela de Waller o Gerenuk (Lithocranius walleri) también proceden del continente africano y se corresponden con el primer safari.

En otra de las paredes los berrendo prong horn o antílopes americanos (Antilocapra americana) que fueran capturados por Hemingway, en 1941, en las montañas de Idaho. Posteriormente y, basado en este episodio, Hemingway escribió El disparo (The Shoot). Y al centro de los grandes ventanales aparece, espléndido, el W´apiti o American elk (Cervus canadensis), que caza en Montana o Idaho, en 1930.

Justo al lado de la casa principal se encuentra la Torre que Mary Welsh ordena ejecutar en el año 1947 y es fabricada por los constructores Eduardo Rivero y Alejandro Sibila. El objetivo principal de este inmueble fue el dotar al escritor de un estudio, un sitio aislado en el cual Hemingway pudiera dar riendas sueltas a su imaginación, sin interrupción alguna ni ser perturbado por los ruidos de la casa. También cumplió otro objetivo, sacar los gatos de la casona.

La primera planta fue destinada a los gatos. Entre 50 ó 60 ejemplares, en dependencia de la época del año. De acuerdo a su costumbre Hemingway daba a los gatos nombres en los cuales apareciera la letras. Según él, así se lograba que los felinos respondieran con mayor docilidad, por eso los nombres de Boise, Amboise, Missouri…que diera a alguno de sus gatos preferidos.

Desde el año 1981, esta planta, se convirtió en la Sala de Exposiciones Transitorias del Museo y en ella se han montado un sinnúmero de muestras en ocasión de los aniversarios de nacimiento y muerte del escritor, fundación del Museo, Día de la Cultura Nacional, Coloquios Internacionales Hemingway. La primera, montada en julio de 1981, llevó como título Hemingway y la Guerra Civil Española.

La segunda planta se convirtió en un cuarto de desahogo, aunque también se dice que Gianfranco Ivancich, durante su estancia en Vigía, se hospedó en este sitio. A partir de la inauguración del Museo allí se exhibieron, objetos personales de Hemingway y Mary, pero faltaban la investigación y el rigor que requería el montaje de una exposición.

Teniendo en cuenta que durante veinte años el público visitante preguntaba acerca del Hemingway pescador que tanto conocía y que los enormes peces aguja que el escritor describe en buena parte de su obra, tanto periodística como literaria, no se observaban por ningún sitio de la casa, se realizó una investigación a corto plazo vinculada a esta temática.

A partir del resultado de la misma se preparó el guión museológico y se llevó a cabo el plan museográfico para el montaje de la misma. El público visitante al escritor, al periodista, al cazador, pero no encontraba al pescador famoso cuya experiencia había sido capaz de plasmar brillantemente en El viejo y el mar (1952) y que le permitiera la obtención del Premio Pulitzer, en 1953 y el Nobel de Literatura que otorga la Academia Sueca, en 1954.

La investigación permitió presentar, a partir del 21 de julio de 1984, una Sala permanente de exposición: Hemingway y el mar. Posibilitó la organización cronológica de esa importante faceta en la vida y la obra del escritor y, a través de la fototeca que se preserva en el Museo, mostrar al público a un Hemingway que a los seis años empuña, por primera vez una vara de pescar. La pesca en ríos y lagos en el norte de los Estados Unidos, durante su niñez, adolescencia y juventud. Luego, en las aguas de la Corriente del Golfo, descubierta a partir de su amistad con Joe Russel, dueño del Sloopy´s Joe y del Anita, y de sus vínculos con Bra Saunders y Zane Grey, como experimentado pescador de agujas. Y así se presentaba el Hemingway conocedor de los mares de Cuba y, muy especialmente de la costa noroccidental de nuestro archipiélago. El hombre que descubrió en los pescadores de Cojímar a los mejores pescadores de aguja del país. Y que tuvo en Gregorio Fuentes no solo al patrón del Pilar sino a uno de sus mejores amigos.

También una síntesis acerca de la historia del Torneo Internacional de la pesca de la aguja “Ernest Hemingway”, creado en 1950, y que siempre llevó el nombre del autor norteamericano. Una de las más famosas fotos, aquella que fuera tomada en Barlovento, en La Habana, el 15 de mayo de 1960, en la que aparece el escritor junto al Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Ministro de la República de Cuba en aquellos momentos, ocupa un lugar especial y cierra la histórica participación de Hemingway en este Torneo uno de los más antiguos del hemisferio occidental, y muestra el primer y único encuentro entre estos dos grandes hombres.

Esta Sala presenta, en forma didáctica, la faceta de pescador de Ernest Hemingway y el reflejo autobiográfico que existe entre el quehacer literario del escritor, su vida y los objetos museables que integran esta parte de la colección del Museo. En la actualidad el Museo prepara una muestra mucho más completa de sus fondos vinculados a esta actividad.

El espacioso y ventilado estudio, instalado por Mary Welsh, en el tercer piso de la Torre, permite desde el buró una mirada abarcadora. Ella pretendía que el escritor gozara de la privacidad y el silencio requeridos para escribir. Sin embargo Hemingway se había adaptado a su cuarto en la casa principal por lo que esta maravillosa habitación fue utilizada sólo en forma ocasional.

El mobiliario de una sencillez absoluta y, sobre el buró una escribanía, elaborada en cuero, con el escudo de las provincias vascas y el nombre de Ernest Hemingway grabados en la superficie. Una valiosa colección de libros referidos a la temática militar permanece en los libreros.

Una escalera de caracol conduce al Mirador desde donde se divisa todo el territorio de Finca Vigía y sus alrededores. Una maravillosa vista de la ciudad de La Habana permite adentrarse en el litoral e imaginar al escritor, a bordo del Pilar, inmerso en el Gran Río Azul.

La piscina, considerada una de las más antiguas de la capital, existía en la Finca cuando Martha y Hemingway la alquilan en 1939. Utilizada a menudo por su tercera y cuarta esposas, sus hijos y amigos. Y por él que, al concluir su jornada de trabajo, relajaba su mente y su cuerpo del rigor de la labor realizada nadando media milla y disfrutando del primer trago del día. Luego, a la sombra de la Pérgola en los días de verano, él y Mary solían almorzar mientras disfrutaban del descanso.

El Cementerio de los perros recuerda a aquellos fieles amigos del escritor. Black, el dócil animal que le acompañaba en sus andanzas nocturnas por la Finca, que permanecía echado a sus pies, en la sala de la casa, mientras Hemingway leía o escuchaba música. Aquel que una noche salió a defender la propiedad de su amo mientras los soldados de la dictadura de Fulgencio Batista allanaban la casa del escritor y murió de un culatazo dado por uno de los que asaltaban Finca Vigía. Fue Blackie el que mereció iniciar esa costumbre. Le siguió Negrita, una sata que hacía las delicias de Miss Mary. Después de muerto el escritor quedaron Linda y su hijo Nerón. Al morir Linda, los trabajadores del Museo se reunieron para determinar el sitio donde sería enterrada y unánimemente decidieron darle el mismo lugar que a los otros perros del escritor. Ya, a la muerte de Nerón, estaba determinado el sitio en el que se le daría sepultura.

El Pabellón del Yate Pilar, ubicado en el sitio donde existiera la cancha de tenis, es la única construcción añadida a las memoriales y fue inaugurado el 13 de noviembre de 1993. La cancha de tenis permanecía abandonada desde que un ciclón que afectara la capital, en 1949, la destruyera.

Gregorio Fuentes contaba que él y Hemingway conversaron una vez acerca de qué hacer con el Yate si uno de los dos moría primero. Papa se comprometió a mantener la embarcación muy marinera, en perfectas condiciones técnicas, tal y como hacía Gregorio. Pero, intrigado, preguntó al marino qué haría si era él quien moría primero, a lo que Gregorio contestó: “…lo llevó para la Finca, lo pongo en la cancha de tenis, le hago una especie de casita y, así, todo el que venga a La Habana y quiera verlo, tiene que venir a la Finca”. [9]

El yate fue comprado por Hemingway a la Boston Wheeler Shipyard de New York, en 1934. La embarcación, a la cual Hemingway introdujo algunas modificaciones, fue enviada por ferrocarril a Miami y botada allí al agua para su posterior entrega al escritor en Key West.

Cuenta con un casco de 38 pies. Posee una escotilla para la recogida de las anclas y la ventilación del camarote anterior, una cabina con doble litera. En la popa está el puente de mando con dos literas. En el interior conserva el baño, la cocina con nevera y el comedor que también podía convertirse en camarote con dos literas. Sobre el puente de popa, acortada esta en un pié por orden de Hemingway, para reducir así la distancia entre el nivel del mar y la altura hasta la cual debían ser izados los peces a la hora de llevarlos a bordo fue instalado un rodillo, de más de 6 pies de ancho, para facilitar la entrada de ejemplares de gran tamaño.

El Chrysler, potente motor de gasolina, permitía obtener la velocidad necesaria para poder atrapar un buen banco de peces. Los tanques de combustible tenían capacidad para 300 galones y los de agua para 100, ambos tan necesarios en los cruceros que realizara el escritor por las aguas de la Corriente del Golfo. Posteriormente le añadiría el puente volante desde donde, patrón y pescador, podrían llevar a cabo la captura de las indomables agujas. Esta pieza, de enorme valor, se restaura in situ para preservarla sin dañarla por el movimiento de la misma.

El Bungalow y el Garaje son construcciones de madera, contiguas. El Bungalow fue remodelado, en los años 50, por Francisco Castro, sirvió para alojar diferentes visitantes. Fue el sitio en el que los hijos de Hemingway pasaban sus vacaciones. Contaba John Hemingway, hijo mayor del escritor, durante su visita a Finca Vigía en octubre de 1983 que, en la planta baja él había dejado una muy buena colección de revistas de pesca, que aún se conserva. A la subida de la escalera un autorretrato que ejecutara Patrick Hemingway, el segundo hijo, da la bienvenida a todo aquel que accede a la segunda planta de la casita.

Dio alojamiento, además, al filósofo francés Jean Paul Sartre y Simonne de Beauvoir durante su visita al escritor. Gustavo Durán, compositor musical español y quien obtuviera los grados de General durante la Guerra Civil de España, junto a su esposa. A Mustelier, Evelio Mustelier, el famoso Kid Tunero, considerado uno de los mejores boxeadores del siglo XX, junto a sus hijos y su esposa Yolette. Obras pictóricas del hijo mayor del Kid, que recrean las más famosas peleas de su padre y la afición de Hemingway por los gatos, adornan las paredes de la primera planta de esta estancia. También Valery Hemingway, quien fuera la secretaria del escritor entre 1959 y 1960.

El Garaje, diseñado en el siglo XIX como cochera, albergó coches y caballos en época del Arquitecto Pascual. La tecnología se impuso y se convierte en el garaje y sitio donde Hemingway abrigara los autos que lo acompañaron en Cuba. En la actualidad es el local de trabajo del Museo Ernest Hemingway.

Se dice que Hemingway cambiaba los autos cada año y que, el viejo, se lo daba a algún amigo pero no estamos seguros de que esto ocurriera siempre así. El Linconl Continental lo cedió al Dr. Stetmeyer, médico de la familia que atendiera a Patrick durante su enfermedad en Cuba.

Se habla de la presencia en Finca Vigía de un Buick Roadmaster de 1948; un Plymouth, el famoso “pisicorre” en el que eran transportadas Las estrellas de Gigi, el equipo infantil de pelota que Hemingway organizara, en 1940, para que sus hijos pudieran jugar con los niños del poblado de San Francisco de Paula y el Chrysler New Yorker, convertible, de 1955. De este modelo la Chrysler sólo construyó 946 ejemplares por lo que resulta muy raro incluso en los propios Estados Unidos.

Este último, considerado como el único existente en el mundo de los autos de Ernest Hemingway, está en poder de la familia Núñez Gutiérrez, en el propio municipio de San Miguel del Padrón territorio en el que se encuentra enclavada Finca Vigía. A su muerte Hemingway dejó el auto al Dr. José Luis Herrera Sotolongo, médico y amigo personal del escritor, quien lo vendiera a una familia y ésta a los dueños actuales.

La dirección del Museo Ernest Hemingway se encuentra enfrascada, ahora, en los trámites para la posible obtención de tan preciada pieza para incrementar las colecciones de la institución museal.

“Finca Vigía significaba todo para él, tanto que a su regreso de España, en 1960, Hemingway se convirtió en una persona diferente. Él amaba cada pedazo de ese sitio y la disfrutaba cuando caminábamos por los jardines”, refiere Valerie Hemingway

“Amaba esta vida que era la que le permitía trabajar. Estaba en paz consigo mismo cuando permanecía aquí. Pienso que la Finca fue el único hogar real que tuvo en su vida”.

Hemingway conoció La Habana y Cuba muy profundamente. Representó para el escritor su consolidación como artista, su reafirmación como ser humano, su identificación con el pueblo cubano y su idiosincrasia. Es aquí donde adquirió la disciplina extrema que ponía en juego en su labor creativa. Y este Hemingway continúa aún desconocido. Es esa una de las misiones fundamentales del Museo Ernest Hemingway de Cuba, dar a conocer a Ernest, a Ernesto o simplemente a Mr. Way. Lograr que las generaciones futuras comprendan, a cabalidad, lo que Cuba representó para el escritor.

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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