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Críticas
Africanía de la música, manipulación y discriminación Fecha: 2011-11-30 Fuente: CUBARTE
Africanía de la música, manipulación y discriminación
Africanía de la música, manipulación y discriminación

Este año 2011, fue declarado por la ONU: El Año de los Afro Descendientes y en diversos lugares del mundo, muchas personas, instituciones de todo tipo e incluso organismos estatales, han organizado eventos que de una manera u otra, han abordado el tema para después relegar al olvido el asunto y dedicarse a conmemorar cualquier otro evento internacional de turno.

Mientras escribo estas líneas escucho una celebración de santería que ocurre a algunos metros de mi casa donde, a puertas abiertas, se recibe a diversas personas y pienso que esa ceremonia es algo bien común en la Cuba contemporánea.

Para los cubanos, la música originada en África ha sido siempre un elemento esencial,  el sabio Don Fernando Ortiz, en su importantísimo ensayo titulado Los Factores Humanos de la Cubanidad y refiriéndose al aporte de los descendientes de africanos, señala algunos entre los cuales escojo:

“El aporte del negro a la cubanidad no ha sido escaso (…) su influencia cultural puede ser advertida (…) en el vocabulario, en la verbosidad, (…) en esa reacción social que es el choteo, etc.; pero sobre todo en tres manifestaciones de la cubanidad: en el arte, en la religión y en el tono de la emotividad colectiva.

En el arte, la música le pertenece.” (1)    

Las esencias de esa música se mantuvieron vivas y en gran medida  “subterráneamente”, en los estratos más pobres de la sociedad colonial cubana y de entonces acá, han ido aflorando en la medida en que los mecanismos discriminatorios lo han permitido.

Tan profunda ha sido la relación entre la música y rasgos de la conducta heredada de los descendientes de africanos que la historia de este importante arte se entrelaza con la cotidianidad hasta el punto en que resulta imposible separar sus sonidos de la gestualidad, del tono conversacional o de la manera en que se disfrutan la música y el baile, pública y colectivamente. Diversos estudios avalan la anterior aseveración pero especialmente, la observación de nuestra vida diaria. El por qué de esta presencia  a pesar de la esclavitud, de la discriminación y de todas las secuelas sociales que nos han dejado, tiene que ver con la necesidad de los pueblos de conservar su identidad a partir de la salvaguarda de su cultura. Parece increíble que después de siglos, un cubano pueda cantar el maravilloso rezo de origen bantú llamado Erisi Balandé.

Las culturas llamadas populares han sobrevivido en nuestras tierras americanas (y Cuba no ha sido una excepción), amenazadas por la hegemonía colonial y posteriormente neo colonial. ­ ¿Cuántas veces, perseguidos por una  policía que tenía la orden de suspender cualquier “toque” de tambor, tuvieron que correr los excelentes tamboreros  nuestros? Sin embargo, uno de los mecanismos más terribles, entre el amplio arsenal de la discriminación, ha sido el utilizado por el mercado porque su acción transcurre de maneras muy sutiles.

El sistema mercantil de la música desarrollado en los Estados Unidos creó el término de: race records (discos de raza), para las grabaciones destinadas a los descendientes de africanos, mediante las cuales se segregó la venta de dos de sus más importantes productos culturales: el Blue y después el jazz. Sólo cuando comenzaron a producir enormes dividendos se generalizó la distribución de tales muestras culturales. Esto constituyó una plataforma de experiencias para el manejo comercial de la música de otras culturas “subdesarrolladas”. Me remito aquí a las lúcidas consideraciones del multi- premiado ensayista Leonardo Acosta en un libro de obligada consulta: Música y Descolonización.

Por su parte, el estudioso y coleccionista Cristóbal Díaz Ayala, al referirse a las instrucciones que la Columbia Records daba a sus distribuidores en un periódico de circulación interna allá por 1909, cita:

“Recuerden que en todas las grandes ciudades y en muchas poblaciones hay áreas en que gentes de una u otra nacionalidad se concentran en colonias. Muchas de esas gentes conservan las costumbres y el idioma de su país de procedencia. Háblenles en su propio idioma, si es posible, y verá como sus caras se les iluminan, como se sonríen y les responden con un torrente de palabras. Para esas personas, los discos en su propio idioma tienen una atracción irresistible, y los compran en seguida” (2)  (El subrayado es mío).

En Cuba, muy tempranamente en el siglo XX,  se recibió la visita de técnicos de casas grabadoras estadounidenses que venían a recoger una música cuyo sonido, definido por procesos culturales muy similares a los nuestros, era vendible también en Puerto Rico y en República Dominicana y algo muy similar ocurría entre nosotros, con las músicas de esos países del Caribe hispanoparlante. A partir de esta circulación se desarrolló una producción discográfica creadora de gustos por determinados sonidos desde comienzos del pasado siglo. Los objetivos de este proceso no fueron primariamente culturales aunque, en este sentido, también tuvieron profundas implicaciones.

La “dosis” de africanidad de aquellas músicas es indiscutible y alguien, ingenuamente, pudiera pensar en la filantrópica labor de empresas como la Víctor o la Columbia pero lo cierto es que aquellas grabaciones sólo recogieron una parte de todo el acervo acumulado por estos pueblos. Hubo incluso, ciertas muestras con una alta dosis de africanidad que tuvieron que esperar muchos años para ser grabadas y una de ellas es la rumba cubana. Los intereses mercantiles, definidos por la capacidad de consumo de la parte de la población a que eran destinadas las producciones discográficas, discriminaron aquellas muestras.

Existía y aún existe una escisión de la música en culta y popular creada desde hace tiempo por  promotores, distribuidores y divulgadores la cual establece una dicotomía insostenible al tratar de separar la “alta” cultura de otra que debiera resultar “baja” y que coincide con lo que proviene del pueblo. Al mismo tiempo y apoyándose en lo  popular, las grandes empresas de grabaciones sonoras y audiovisuales, desarrollan múltiples estrategias de venta destinada a las masas promoviendo una “música de consumo” (3) la cual constituye el grueso de las ventas. A su reproducción y promoción le dedican los mayores esfuerzos y para comprobarlo sólo tenemos que hacer una revisión de cualquiera de sus catálogos.

Consecuentemente con esas acciones mercantiles, la necesidad que el comercio ha tenido de controlar a los consumidores, ha propiciado la utilización de elementos  formales  y conceptuales relacionados con las obras musicales cantadas desde:

1.      La reducción de las formas expresivas musicales heredadas de una tradición africana que tiene sus raíces en la pertenencia a una cultura popular que, aunque de alguna manera tienen que ver con las tradiciones, terminan traicionándolas al avasallar la riqueza de las mismas.

2.      La utilización de un lenguaje nacido de las entrañas del pueblo, del habla cotidiana, sin una actitud crítica ante el mismo, de la misma manera en que cualquier artista, al asumir el lenguaje literario de los clásicos del idioma debía abordarlo con el cuidado de no parar en una retórica formalmente correcta pero vacía.

Los productos obtenidos a partir de esa manera esquemática de tratar al arte pero santificados por una eficiencia en las ventas, terminan excluyendo del propio mercado a las obras de arte que expresan una profunda y verdadera afro descendencia con lo que se ejerce una discriminación de lo genuino.

Las ventas de “canciones  chatarra” crecen en virtud de lo que hemos señalado pero su masividad en los procesos de divulgación y promoción genera otro mecanismo discriminatorio que es el aplicado por el consumidor al ignorar o rechazar otros productos más acabados que no han sido propagados de la misma manera. Los mecanismos de propagación son múltiples y uno de ellos es el antiguamente conocido como “payola” que viene del término inglés: to pay, que significa: pagar, es decir, garantizar la divulgación de determinada obra a cambio de una retribución monetaria siempre ilegal a quien la publica. A esto se agregan otros como el de la distribución gratuita, con el pretexto de promoción, a quienes tienen la posibilidad de propagarlas a través de muy diversos sistemas de amplificación de la música.

Todo lo anterior tiene expresiones muy evidentes en la distribución mundial del mercado de la música donde prima una dirección representada, básicamente, por  la llamada “corriente fundamental” la cual engloba muy diversas formas de la música de consumo, es decir, la que ya definimos a partir de proponerse como objetivo las ganancias de los productores y no el desarrollo  de las potencialidades humanas que un verdadero arte propone. Ese mismo mercado ha creado compartimentos estancos para la venta de la música al instituir espacios como World Music, una especie de “mal menor” en el que se reúne sólo una parte de la música de los pueblos donde casi siempre encuentra una representación muy digna, toda la herencia africana. Esta  “ghetización” termina siendo muy parecida a las separaciones étnicas en las grandes urbes de los países desarrollados donde mecanismos discriminatorios se  hacen una y otra vez, evidentes.

En el caso cubano existen otros procesos aún más pérfidos cuando los involucrados en la creación, divulgación y promoción de “canciones chatarra” se aprovechan oportunistamente, de dos fenómenos:

1.      Del condicionamiento del gusto mediante lenguajes de moda manipulados internacionalmente por el gran capital.

2.      Del respeto hacia la cultura popular que la Revolución ha desarrollado.

En esta infamia participan no sólo quienes “crean” las obras sino también quienes, en nombre de la satisfacción del gusto popular, difunden acríticamente las “modas” a tiempo que reciben la “gloria” de responder a las “preferencias de las grandes mayorías”. Con esos procederes se continúan los procesos de discriminación al permitir que el tiempo utilizado en cada espacio (televisivo o radial), limitado por su propia naturaleza, reduzca  la presencia en los medios de difusión de un arte mucho más representativo de la cultura cubana.

Las manipulaciones de la música y su relación contemporánea con el mundo audiovisual, conducen a otros muy diversos procesos discriminatorios que, en muchas ocasiones pasan inadvertidos. No se trata de la artística apropiación de lenguajes como ha hecho históricamente una buena parte de la música y en general, el verdadero arte nacional, sino del traslado mecánico de significados propios de una sociedad como la de los Estados Unidos, por poner un ejemplo, a una realidad absolutamente diferente como la cubana. Un buen caso es la utilización de símbolos propios del mundo del rap estadounidense que, dentro de esa realidad implican una rebelión contra la discriminación racial y contra un conjunto de valores también manipuladores que por muchos años ha caracterizado a esa sociedad. Trasladar las imágenes, gestos, expectativas sociales, violencias y otros muchos significados de esta realidad a la nuestra, sin que ello implique la reelaboración crítica que el arte es capaz de realizar, sería un error que conduce por el camino del mimetismo que excluye a originales muestras como pudieran ser las expresiones cubanas heredadas de las tradiciones de origen africano. Afortunadamente no sólo tenemos unos cuantos malos ejemplos sino muchos y buenos.

El caso de la mayoría de los reguetones que se escuchan, arroja un saldo diferente pues no implican siquiera una mínima rebeldía justa sino una oposición populista a normas de comportamiento, no significan la subversión de valores caducos a cambio de nuevas y válidas propuestas; no proponen transformaciones profundas en el lenguaje musical sino simplificaciones elementales que niegan lo mejor de la herencia africana, no utilizan el lenguaje popular en función de significados de alta trascendencia sino, chatas reproducciones que en muchas ocasiones y de manera soez niegan la mejor herencia que las diversas culturas nos han dejado. La utilización de recursos audiovisuales disimuladores de esas decadentes manifestaciones tras imágenes de indudable belleza me recuerda las “deslumbrantes” formas de las prostitutas o los “sex symbols” instaurados por el cine estadounidense al cual muy acertadamente, critica Julio García Espinosa en su importante ensayo: Por un Cine Imperfecto.

En el plano audiovisual, la historia del cine cubano hasta nuestros días nos muestra la posibilidad de utilizar imágenes y sonido en una estrecha, fructífera y creadora relación que ha proporcionado algunas de las muestras más importantes de ese arte en Latinoamérica y el mundo.

No se trata de demonizar un tipo de expresión sino poner en claro los múltiples procesos manipuladores y discriminadores que se esconden tras supuestamente genuinas, directas y sinceras “expresiones populares”. Los objetivos del gran mercado mundial no pueden ser los nuestros de la misma manera en que la cultura consumista que promueven los imperios económicos no puede conducir a  la humanidad hacia su verdadera libertad.

 

 

Notas:    

(1) Ortiz, Fernando: Etnia y sociedad. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1993, p.15

(2) Díaz Ayala, Cristóbal: Discografía de la Música Cubana. Volumen 1 (1898 a 1925). Fundación Musicalia, San Juan, Puerto Rico, 1994.

(3) Cuando utilizo el término, me refiero a aquella música cuyo objetivo esencial es el de ser objeto de la circulación mercantil por encima de sus muy escasos valores artísticos.

 

Imagen: Internet

Temática: Música
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Lector crítico
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