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Críticas
Chejov en las esquinas Fecha: 2011-01-22 Fuente: CUBARTE
teatro dos esquinas
teatro dos esquinas

Hace unos pocos días y a tenor de la reciente puesta de Tío Vania, de Antón Chejov, por la Compañía Teatral Hubert de Blanck, me preguntaba si era lícita la poda de un texto como este.

Luego la misma pregunta vino en boca de una colega, en el transcurso de una conversación profesional en un ámbito bendecido por la amistad.

Sí y no, respondí esa tarde ante un hecho aún hipotético. En el discurso original varias veces se repiten determinadas ideas referidas al hastío de Astrov, la fealdad de Sofía (Sonia), la decepción que ha sufrido Vania con respecto a la capacidad intelectual de su cuñado, el profesor Serebriakov, etc.. Sin embargo, tal y como sucede en la música, en la dramaturgia, en este caso chejoviana, estos textos pueden considerarse como motivos que componen una partitura y reaparecen una y otra vez en zonas diversas de ella construyendo de este modo una determinada estructura que ora parece concéntrica, ora puede verse en una sutil espiral, y que conforman la expresión en este plano, artístico, de las rutinas y desencanto de esas vidas, de esta especie de atolladeros, de vías sin salida.

Eliminar estas reiteraciones equivale a transformar este discurso en otro, puesto que en su esencia se cambia su estructura; tal vez transformarlo en un discurso “actualizado”, en otro ritmo, propio de los tiempos mediáticos, donde, entonces, el sentir de los personajes, el estadio al cual han llegado será informado al espectador –como sucede en otras tantos productos dramatizados- pero no podrá ser “sentido” por este. Permanecerá la anécdota de la obra.

Esquinas, el más reciente espectáculo de Teatro D’ Dos actualiza de esta forma el texto. Durante mi experiencia como público de una de sus representaciones en la pequeña sala estudio del Centro Cultural Bertolt Brecht me preguntaba qué recibían exactamente sus espectadores, en específico los que no han tenido un encuentro previo con la obra, ya sea el texto dramático, su versión cinematográfica o alguna de sus tradicionales puestas en escena.

Sobre todo porque el grupo propone dos partituras que se yuxtaponen y, luego, entretejen: la historia chejoviana sintetizada y los supuestos entretelones del equipo creador que la lleva a cabo, donde se muestran relaciones de poder, de amor, amistad, todo ello en el espacio de una simbólica preparación para la función, lapso durante el cual, en realidad, ella tiene lugar. El discurso escénico cuida de hacer evidentes las rupturas, los tránsitos entre los dos planos de narratividad así como las miradas de los pretendidos actores a sus personajes (hablo de pretensión dado que se trata, una vez más, de “teatro dentro del teatro”). Estas estrategias, posibilitadas por la presencia de la historia añadida, la de los propios creadores, actúan como medios para producir el efecto V o efecto de distanciamiento brechtiano, dado que otro de los propósitos de este espectáculo es provocar el diálogo entre ambas propuestas (evito con plena conciencia, y para placer de Stanislavski el término “sistema”): la stanislavskiana y la brechtiana. Y no quiero dejar de apuntar que al respecto la polémica es intensa y, al parecer, infinita. En ella sobresalen varias posiciones y dentro de ellas un número de vertientes con distintos matices. En el camino, extenso y fecundo, abundan las prácticas integradoras, que propician el intercambio entre ambas poéticas empleando recursos y concepciones de una y de otra. En la tradición nacional, por suerte, un ejemplo señero se levanta al respecto; el del maestro Vicente Revuelta.

Como sucede con cada uno de los programas, tendencias, estilos --y sus correspondientes convenciones y procedimientos-- que tributan a los saberes teatrales el efecto de extrañamiento, en particular, responde en su surgimiento a un determinado contexto histórico social y estético en medio del cual hizo evidentes sus precisos propósitos en función de una praxis teatral de declarada vocación no solo social, sino política.

Claro que la funcionalidad de medios y métodos puede variar en el tiempo en dependencia de los nuevos contextos y revelar distintas y novedosas posibilidades, a la vez que la propia noción de lo político admite en su seno otros sesgos, en ocasiones más sutiles. De hecho el efecto de extrañamiento, en específico (y no así la actuación épica), constituye una de las fórmulas que el teatro contemporáneo ha incorporado (¿o simplemente ha reconocido?) de muy disímiles maneras y con variopintos sentidos abriendo la posibilidad de un estudio y una teorización al respecto.

Volviendo al espectáculo, sin dudas en la escena se produce un tercer texto, que en mi opinión no consigue toda la densidad posible (apenas anunciada) por la debilidad que muestra el plano narrativo que protagonizan intérpretes y director. Al respecto, resulta imposible no tomar como referente en tal medida el propio –inmenso-- texto de Chejov. Quizás este plano, que busca establecer un discurso analógico con respecto a la obra original, hubiese resultado más fecundo, más productivo y veraz si hubiese partido de los reales conflictos presentes en el propio proceso de trabajo y de las microhistorias de sus creadores; de la destilación de todo este material posiblemente hubiese emergido un texto con capacidad de estremecer, perturbar el discurso primigenio.

En cuanto al desempeño actoral, fue un gusto el reencuentro con algunos de los actores regulares de esta compañía, como son los casos de Yakelín Yera y del Chino Juan. Yakelín interpreta con esmero a Elena Andreevna, solo que no existe correspondencia entre las edades de actriz y personaje. Tal vez para atenuar el hecho el profesor Serebriakov es presentado por el Chino – quien también tiene a su cargo al Director del grupo teatral – como un octogenario. Ambos personajes ofrecen al actor escasas posibilidades de lucimiento a partir de sus insuficientes desarrollos. Alfredo Reyes resulta discreto y brinda uno de sus mejores trabajos con su Tío Vania, mientras la muy joven Linet Cremata hace una excelente Sofía. El Dr. Astrov, en cambio, está sobreactuado por Enmanuel Correa, quien pudiera estar intentando eliminar, con este exceso de energía, la distancia en edad que lo separa del personaje.

Me resultó curioso el hecho de que a pesar de que la puesta en escena tomó por espacio la pequeñísima sala del tercer piso, donde supuestamente tiene lugar toda una experiencia particular a partir de la cercanía entre espectáculo y espectadores y el corto número de estos, la misma transcurriera sin que tal situación pareciera influir sobre ella. A excepción del momento en que Linet Cremata, como Sofía Alexandrovna reparte el té entre todos los presentes –incluyendo al público--, los actores no establecen contacto con los espectadores.

En una conversación casual indagué al respecto con el actor Alfredo Reyes quien me explicó que se trataba de cuidar que el público no se sintiese incómodo. Por supuesto que se trata de una razón válida, solo que a ella sería posible oponer el argumento de que justamente el perfil de esta sala viene dado por la brevedad de su espacio la cual se ha vinculado—explícitamente—con el poder propiciar al espectador una relación diferente con el espectáculo y sus elementos integrantes, al mismo tiempo que se le propone al actor un diálogo otro con su público, mientras se estudia la experiencia.

 Lo cierto que en este sentido ofrece Esquinas en una cercanía mayor al intérprete y a la materialidad del espectáculo y una experiencia que se comparte por un muy pequeño número de espectadores, lo cual supone –al menos en el plano subjetivo—un cierto grado de cercanía ( cierto asomo de intimidad) entre ellos. ¿Suficiente? A estas alturas de la experiencia teatral cubana contemporánea creo que no y pienso no solo en la puesta en escena de Las relaciones de Clara por Teatro El Público, sino en que una parte significativa de la creación teatral de mayor interés y relevancia se desarrolla justamente en salas pequeñas. Por otra parte, bien poco hemos adelantado en el estudio de la percepción teatral, de la relación espectáculo–espectador, el espectador en sí. Por este motivo, entre otros que incluye su probada capacidad, es que insto a Teatro D’ Dos a no perder oportunidad semejante.

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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