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Críticas
La crítica: marcar el camino Fecha: 2011-07-10 Fuente: CUBARTE
La crítica: marcar el camino
La crítica: marcar el camino

La crítica, además de constituir una instancia múltiple del conocimiento, que puede compartir las funciones de promover, historiar, reflexionar sobre una práctica procesual, constituirse en espacio de diálogo y contrapartida de retroalimentación para los artistas y erigirse como memoria histórica, es, sobre todo, una obra de creación personal, que intenta la utopía imposible de combinar objetividad científica y subjetividad personal, porque es mucho más el resultado de la confrontación entre una experiencia concreta de recepción, que acumula tras sí determinadas posturas culturales, filosóficas e ideoestéticas y un hecho artístico que en este caso --el del teatro-- es, además, singularmente vivo, carnal e irrepetible.

Para mí, criticar es sobre todo tener la posibilidad de compartir con los demás –que son virtualmente un ente dual: los artistas y los espectadores-- una sensación estética, cognoscitiva, emocional y sensorial, y la necesidad de interpretar para uno y para los otros las claves de un montaje que nos conmueve o que nos deja impávidos, descifrar de qué medios se vale para lograrlo; es descomponer los accidentes felices e infelices de un proyecto artístico y de la expresión de una postura frente al mundo, parafraseando la propuesta de Brook, es, como el teatro, “una manera de pensar en voz alta”.

Para ejercer la crítica, además de elevada autoexigencia ética, profesional y teórica, y de la conciencia y consecuencia de un punto de vista, se requiere un dominio de la escritura que vaya mucho más allá de la simple enunciación de aciertos y errores, capaz de estructurar un discurso que por sí mismo tenga valores como texto, amplitud de lenguaje, vuelo metafórico y belleza, que sugiera y llegue a fabular si es necesario. Y no me refiero a las ocasionales incursiones en la crítica de algún que otro poeta o dramaturgo, con frecuencia meros pretextos para una “descarga” literaria –o seudo-- sin componente valorativo, sino al ejercicio sistemático de la opinión frente a la obra de arte que es la puesta en escena y, con la regularidad, el teatro de un país o una región.

Creo también que ni el crítico como ente individual es portador de la Verdad, ni existe una crítica, como voz omnipotente de juicio. Lo que desmiente esa “aporía” de que la crítica y el público siempre están en desacuerdo, que puede aceptarse como afirmación profana y hasta comprobarse con numerosos ejemplos, porque, al igual que existen casi infinitos tipos de espectadores –una palabra mucho más precisa que público-- puede y debe haber, para la mejor salud del teatro, múltiples voces críticas, igualmente válidas y no necesariamente antagónicas, pero que también pueden serlo, de cuya confrontación y complementariedad puede llegarse a algo someramente aproximado a la Verdad.

También me parece saludable distinguir la práctica del periodismo cultural, que cumple la muy legítima función de informar y promover, y que puede comportar en sí mismo un juicio de valor, y un verdadero ejercicio del criterio, incompatible casi siempre con el limitado espacio físico y el perfil de los periódicos diarios, en los cuales aparece como excepción y no como norma el ejercicio de una opinión especializada. Porque la pretendida suplantación de funciones y alcances ha enturbiado con frecuencia estas discusiones al entender como crítica una aproximación apresurada y más que impresionista, ligera, a un estreno. Por eso, en mi opinión cualifica como crítica aquella que supone una operación más compleja del conocimiento, que lee el discurso artístico y lo traduce en un discurso literario, en el cual intenta desentrañar la lectura que aquel propone sobre la vida, sobre el ser humano y su inserción en el mundo, y desde un punto de vista personal las coteja a la luz de la historia y la historia del teatro y del arte y de las circunstancias contextuales –culturales, sociales, políticas-- en que se inscribe.

La crítico e investigadora canadiense Josette Féral, en su ensayo “La crítica en tela de juicio. ¿Quién necesita al crítico?” aspira a una imagen del crítico en la que se pueda combinar con responsabilidad la crítica periodística y la erudita, y distingue dos campos en la crítica teatral, uno "como práctica de la vida cotidiana", y otro "como horizonte de espera", que incluye los aspectos más profundos o teóricos, de mayor alcance que el puramente periodístico.

Por eso cada vez más una disciplina como la teatrología, que en sí misma integra múltiples discursos, creo que hoy resulta insuficiente para el crítico frente a la creciente complejidad de las propuestas teatrales, y es cada vez más necesario recurrir a la transdisciplinariedad –no de suma sino de integración de saberes-- de los estudios culturales y valerse de otras fuentes que suministran disciplinas como la antropología, la psicología, la sociología, la etnología, entre muchas.

Porque el crítico no puede perder su capacidad de asombrarse y estimularse con lo nuevo, de enfrentarse a lo inexplicable con conciencia del riesgo y sin miedo al error. En un muy reciente ensayo, a propósito de los cuarenta años del Odin Teatro, Eugenio Barba afirma que: “Lo más difícil de aprender es la capacidad de agarrarse al error, no para rectificarlo, sino para descubrir adónde nos conduce.” Porque entiende el error como un componente de la práctica que tiene al mismo tiempo las características de la regla y las de su negación. Y esto puede asimilarse también para el aprendizaje crítico, que no cesa mientras se ejerce esta profesión. De modo que el crítico debe estar abierto a la reconfiguración permanente de su instrumental, y disponerse a llenar los vacíos con propuestas propias, que en ocasiones pueden acertar y acuñarse como categorías que conforman el nivel de la teoría.

¿Cuánto no han aportado las brillantes aproximaciones de Jorge Dubatti a la práctica de la escena argentina, en las cuales a la vez que valora aciertos artísticos, indica fallas o estimula hallazgos, está deconstruyendo los universos simbólicos y tendiendo puentes con el devenir sociocultural de su país y del mundo? ¿O cuando Fernando Duque Mesa desarma los procesos de creación de algunos maestros del teatro colombiano para descubrir signos, significantes y significados de notable valor expresivo, en diálogo vital con una cultura y una sociedad en convulsión?

Contribuciones como esas no sólo propician la comunicación con una puesta en escena o un grupo de artistas en particular, sino que iluminan relaciones impensadas entre las artes y entre ellas y la vida del hombre, a partir de un método que combina el análisis y el desborde del imaginario, como aportaciones que cada uno puede aprehender e incorporar de manera creadora.

En la revista Conjunto, a la que estoy vinculada desde finales de los años 70, primero como colaboradora, luego como jefa de redacción y hace más de seis años como directora, hemos intentado vertebrar el pensamiento teatrológico proveniente de diferentes prácticas y escuelas, con el periodismo especializado, de modo que la reflexión inteligente y aguda pueda llegar a un espectador amante del teatro no necesariamente erudito, y en algunos casos hacerle crecer, y para que los artistas encuentren una caja de resonancia útil, una posibilidad de refractar y de seguir alimentando inquietudes y necesidades expresivas e intelectuales.

Y creo que la crítica también debe correr riesgos de otro orden, en el compromiso con una utopía teatral, de exigencia hacia el teatro que vendrá, y de utopía de vida desde un pensamiento que aspire a un mundo mejor para los hombres, en cuyo debate la escena ocupa un espacio de privilegio, como arte que se afirma por excelencia en la contradicción y la diferencia, y que desde siempre examina el lugar del hombre frente a su medio, las tensiones con el poder y la autoridad, la dicotomía individuo-sociedad. El dramaturgo español Alfonso Sastre, en el segundo capítulo de su libro Grandes paradojas del teatro actual, asociaba público y crítica, el primero muerto y la segunda enferma, por complaciente y banal, no beligerante, como síntomas de una pérdida de espacio social para el teatro. Y apuntaba:

Estos juicios de los críticos de hoy, generalmente eclécticos, "posmodernos", diluidos en cierta benevolencia (o "tolerancia") generalizada, con alguna excepción --¿una voz del pasado?-- como Eduardo Haro Tecglen (El País), es tal como si no dijeran nada, y lo que queda es una serie de reseñas más bien informativas en un espacio del periódico muy reducido y ello no inmediatamente a la producción del hecho espectacular.

¿Dónde están aquellos palos que algunos temibles críticos propinaban a nuestras obras o a las puestas en escena? ¿Dónde se quedaron aquellas polémicas entre autores y críticos? Nada ha quedado de toda aquella vitalidad de la relación espectáculo/crítica; y aquella relación, que tenía un gran contenido pasional, es hoy vaga y apenas existente. El ogro de la crítica ha muerto. ¿Desde cuándo no se oye decir aquello de que los críticos son unos autores fracasados? ¿Desde cuándo no se habla de sus enfermedades del hígado y de la producción de sus bilis? Viva la posmodernidad. Viva el pensamiento débil.

Aunque referido al contexto español de hace algunos años, me hace recordar algunas reseñas supuestamente críticas, descafeínadas, elogiosas a ultranza o simplemente sin una clara postura ni un ideario propio. Porque la crítica tiene la oportunidad y el deber de pronunciarse también sobre el mundo. Cuestionada, rechazada o citada como crédito de valor por artistas y espectadores, ese necesario componente de la creación artística, la crítica, es y será una brújula indispensable para el teatro. Y cierro con palabras de Peter Brook, quien además de notable director, ha sido en sí mismo gestor de un importante pensamiento crítico:

Cuando el crítico acude a un estreno, puede decir que sirve al hombre de la calle, pero no es exacto. El crítico no suministra consejos o advertencias en secreto, su papel es mucho más importante, en realidad es esencial, ya que un arte sin críticos se vería constantemente amenazado por peligros mayores.
[...]
... Por fortuna, el crítico tiende a observar y, en este sentido, su reacción más violenta es válida, ya que es una llamada a la competencia. Además de esta función vital, el crítico ejerce la de marcar el camino.

 

* Presentado en el Taller de Investigación Rine Leal, Centro Nacional de Investigaciones de las Artes Escénicas, La Habana, 29 y 30 nov. 06.

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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