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Críticas
Las peñas literarias por el bien de la cultura Fecha: 2012-02-01 Fuente: CUBARTE
Desde hace años y en virtud de una acertada política cultural, las peñas literarias, existentes en todo el país, posibilitan la continuidad de semejante legado histórico.
 Desde hace años y en virtud de una acertada política cultural, las peñas literarias, existentes en todo el país, posibilitan la continuidad de semejante legado histórico.

En los días finales del pasado año hubo varias intervenciones televisivas sobre el quehacer de las peñas literarias en diferentes instituciones del país. El recuento, realizado fundamentalmente por promotores, analistas y organizadores de dichas peñas, si bien careció de argumentos críticos, no pasó por alto las múltiples razones que avalan semejantes eventos.

Si el lector o cualquier interesado en la programación de las llamadas “actividades culturales” tienen la curiosidad de contabilizar su multiplicidad, apreciarán que  los diálogos entre los poetas  y escritores en general, y el público representan un monto significativo dentro de los aconteceres del mundo artístico.

Tal afirmación está bien distante de responder ―al menos que se conozca― a resultados investigativos o encuestas sobre la afluencia de los aficionados o gustadores de dichas actividades. Pero, para cualquier observador, resulta notable el colmado de los espacios o locales destinados a esa admirable relación “en vivo” entre la palabra escrita y los que saben o desean conocer los encantos, insospechados o no, de quienes tienen la fortuna de socializar su talento para el mejoramiento humano.

Escasean los comentarios o la crítica sobre dichos encuentros; simplemente se anuncian, desconociéndose las razones de su existencia e implicaciones para “el saber común”.  De ahí que puedan parecer, para los consumidores de la propaganda visual y escrita, tareas generadas en las oficinas de un determinado dirigente, o un simple ejercicio divulgativo de los textos literarios y sus autores en compensación por las carencias editoriales.

Muy poco se conoce ―prácticamente se omite en los libros escolares y docentes, en las clases y conferencias televisivas y en cuanto relato o anécdota de corte histórico se populariza por los medios informativos― la larga y estremecedora tradición de los contactos humanos inmanentes a los asociacionismos.

La llamada socialización de las ideas ―a veces no son tales, sino meros proyectos justificativos de una gestión burocrática― se expresa como “tarea” o acción ilustrativa de la cultura adquirida por las amplias masas poblacionales después del triunfo revolucionario hasta los días actuales. Entonces el presente, obra de una inteligente pléyade de hacedores de múltiples disciplinas literarias, humanistas, científicas sociales y técnicas, se presenta pobre y carente del virtuosismo histórico.

Las gestiones culturales son defendidas ―generalmente de forma errónea― por sus representantes o gestores, al menos en la palestra pública, sobre la base de sus valores cuantitativos, desconociéndose los mecanismos receptores de la conformación de sensibilidades, cuyo destino es o debe ser el progresivo ensanchamiento espiritual del pueblo. Una política triunfadora es la que polemiza sabiamente con el ostracismo y las oquedades morales, dejando como perennidad indiscutible el justo y equitativo progreso social.

Las peñas literarias actuales, diversas y no exentas de algunos desequilibrios organizativos, constituyen puntos referenciales para la determinación de los niveles de desarrollo alcanzados por las políticas gubernamentales y, sobre todo, de su capacidad para la generación de sujetos cultos. Las tertulias se afincan en el espontáneo modo de buscar la sabiduría y la transmisión de la belleza sabia e inteligente.

Durante los tiempos más negros que grises, con su memoria latente y dolorosa en  creadores y degustantes, la mayoría de los mal llamados “actos políticos” utilizaba como recreación insulsa y devastadora de pensamientos, la lectura de un poema o su declamación, la actuación de un grupo de teatro o algunos actores, actrices, músicos y bailarines, entre otros. Lo lamentable es que aún se emplea semejante concepto de “cultura” con la intención de atraer a un público agotado de la retórica discursiva para “conmemorar” u “homenajear” a personalidades o aconteceres cuyas trascendencias deben, más bien, marchar por los destinos de un país capaz de renovarse continuamente.

Desde los inicios de la Revolución comenzó a masificarse el conocimiento. Las jornadas alfabetizadoras ―cuya trascendencia requiere mejores estudios y análisis, sin perjuicio para los sensibles testimonios de sus protagonistas― precedieron a los talleres de lectura y aprendizaje sobre el difícil arte de la palabra oral y escrita. Estos, junto al movimiento de aficionados, también deficientemente valorado y contaminado de ingratitudes por algunos de sus deudores, marcaron un momento de tanteos por los caminos conducentes al mejoramiento de la vida espiritual.

Debe recordarse, en tiempos de pésima memoria, los encuentros con los mundos del arte en medio de las angustias creadas por las continuas confrontaciones con los del norte, los bandidos y terroristas de dentro, las penosas maneras de sobrevivir a las ausencias materiales sin más fuerza que la esperanza en un futuro diferente.

En las trincheras militares, en las continuas movilizaciones agrícolas y por los múltiples andares sociopolíticos, el libro, la canción y el baile se tornaron fuentes de sueños e ideales. Los renuentes a la pérdida de la ternura bajo cualquier circunstancia, se convirtieron en voceros de los gladiadores de la belleza. Las noches de reposo albergaban la palabra silente del poema amoroso en contra de los parlantes detractores de las enriquecedoras fascinaciones nacidas gracias a las empresas educacionales.
 
Siempre hubo vasos comunicantes entre los creadores y el público. Unos y otros aparecen unidos en las históricas páginas de la vida de los pueblos. El mal llamado espectador acude a nutrirse de racionales sentimientos generadores de retos contra la mediocre y enrarecida  cotidianidad. El buen arte no solo expresa la sabiduría de los tiempos, sino también indica la conciencia del futuro. Él es capaz de destruir la quietud o la inercia, para suerte de la movilidad continua de los procesos sociales. Entonces, el concurrente es el que procesa, dentro o fuera de sus universos, lo que el artista concibe como realidad y utopía.

La asociación de intereses constituye una regularidad histórica de indiscutible valor moral. Los gremios obreros, campesinos, artesanales, de oficios y profesiones cultivaron diversas manifestaciones culturales. Las lecturas en las tabaquerías, los grupos artísticos populares con sus órganos divulgativos, los poemas anónimos dejados en las puertas y ventanas de los periódicos, las sesiones clandestinas u oficiales de la gente interesada en los cambios sociales, organizaban encuentros con la ilustración de los saberes, sin diferencias de ninguna índole, con plena conciencia de sus valores espirituales.

Los debates literarios estuvieron presentes en los disímiles asociacionismos. A través de ellos se comentaban los problemas de la sociedad, fuese colonial o republicana. La cultura artística se convertía en un eje aglutinador de múltiples intereses religiosos, políticos, benéficos o fraternales. Igual suerte corrieron los creadores de las obras filosóficas y científicas.  

En las tertulias se comentaban las noticias relevantes publicadas en los periódicos y revistas, provocando la gestación de proyectos inteligentes y renovadores. Los ejemplos son disímiles y multilaterales. En los inicios del siglo XIX los grupos de libertos asentados en el centro y oriente del país, fundamentalmente en el sur, debatían con vehemencia las ideas de los enciclopedistas franceses y las de los insulares. Las constituciones burguesas y los discursos de Francisco de Arango y Parreño, así como los artículos del presbítero José Agustín Caballero, entre otros, motivaban la reflexión contestataria de quienes aspiraban a la instauración de la igualdad social sin distingos clasistas y raciales. Montesquieu, Rousseau, Víctor Hugo, Campomanes, Balzac, Quevedo, Cervantes, entre otros, no pasaron inadvertidos para el auditorio tanto de las tertulias literarias como de las reuniones políticas.

Debe recordarse la trascendencia de los encuentros organizados por Del Monte, donde lo universal e insularmente culto estuvo presente. Los pensamientos renovadores y conformistas apostaron, junto a la bella creación artística y sin exclusiones de género, por los destinos de la sociedad cubana.

Lo nacional identitario se expresa, además, en las clarinadas de la belleza. La tragedia de los tiempos duros, el dolor de los avatares, las injusticias sociales, las utopías fracasadas y las violentas conmociones, entre muchos eventos no siempre evitables, tienen en la creación espiritual, digna y sensible, más que un escudo de resistencia, un arma de enfrentamiento.

Lo legítimo y autóctono también son defendidos mediante la cultura de las ideas, y estas brotan desde las formas más íntimas de la espiritualidad. La obra de arte puede encontrarse en la conciencia plena de lo que se es como pueblo y nación. Los mambises guerreros de la Patria cubana jamás olvidaron sus cantos y bailes, y a través de ellos se anunciaban como defensores de la independencia y la libertad.

Desde hace años y en virtud de una acertada política cultural, las peñas literarias, existentes en todo el país, posibilitan la continuidad de semejante legado histórico. De esa forma, la memoria se multiplica en conductas vivas y dinámicas, en hábitos de decir y escuchar, en maneras de actuar y soñar.

Se sabe –somos profundamente críticos con nuestras imperfecciones internas– que aún superviven anemias educacionales y que la obra cultural, generada históricamente tanto en  instituciones públicas como en los espacios del silencio individual, no siempre penetra en los pensamientos juveniles y adultos, y mucho menos se evidencia en la conformación de hábitos y conductas acordes a los propósitos ideosociales del país ancestralmente soñado por los cubanos.

Hay carencias materiales para la puesta en práctica de políticas socializadoras de la obra  intelectual contemporánea. Muchos de los educandos desconocen íntegramente su mundo fascinante. Creen en la banalidad bisutera, en el consumo de los placeres inútiles, en la recreación de los ocios mercantiles, en las quimeras de la propaganda absurda sobre las estúpidas maneras de vivir de los dueños del poder económico, en las fantasías de los “nuevos reyes” de la política y la farándula antiartística, entre otras estupideces del presente.

Sin embargo, los frutos históricos y actuales del intelecto foráneo y nacional no siempre son debidamente interiorizados por desconocimiento de quienes deben ser sus consumidores; en el mejor de los casos aparecen débil y parcialmente memorizados. El esfuerzo acumulado por instituciones y personalidades políticas se desvanece ante el predominio de la vulgaridad y el conformismo en no pocos sectores sociales. Entonces, el encuentro vivo y ágil con los protagonistas del quehacer cultural se torna, como en los tiempos de la reducida difusión de la palabra escrita y del arte musical y danzario, en necesidad perentoria y urgente.

La diversidad artística está presente en las peñas. Los creadores consagrados, o los nacional e internacionalmente reconocidos por la trascendencia de sus quehaceres, atraen a un público necesitado de comulgar con ellos y también con los jóvenes valores allí promovidos. Estos, cuyas obras aún requieren de mayores confrontaciones con los lectores, participan activamente en los espacios del diálogo académico. Ahí, con plena conciencia de la importancia de la retroalimentación continua, los que comienzan a empinar sus talentos hacia los anchos universos de la espiritualidad, pueden compartir sus proyectos y realizaciones con los que aún, para suerte de todos, alimentan el presente. La fusión generacional, de estilos y manifestaciones, condiciona la unidad necesaria para construir el futuro.

Es de agradecer a las políticas culturales actuales, que en tiempos de penurias materiales no desvanezcan el desenvolvimiento de las peñas literarias. Es de aplaudir la presencia contínua, en los mundos de la admiración y el regocijo, de ese peculiar diálogo entre los creadores y los sensibles receptores de las luces eternas. Así, también se pueden acrisolar los destinos de un país.

 

 

Imagen: Cortesía de la autora

Temática: Cultura General
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Lector crítico
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