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Críticas
Los peligros del Canon Fecha: 2011-04-13 Fuente: CUBARTE
Los peligros del Canon
Los peligros del Canon

Hace pocos años, una publicación cubana me hizo llegar una encuesta, destinada a conocer qué obras literarias de ficción – poesía, cuento, novela y teatro-- y qué estudios literarios y lingüísticos, publicados en la segunda mitad del siglo XX, consideraba más relevantes. El propósito era hacer un balance del período, equivalente al que el historiador César Rodríguez Expósito realizara en su sección del diario Avance en 1950, a propósito de los libros más notables de la primera mitad de la centuria.

Confieso que el asunto, a primera vista, me pareció más o menos elemental, toda vez que no me solicitaban una cifra demasiado exigua de títulos –25 para las obras de ficción y 15 para los ensayos-- y que llegué a tener en alto el bolígrafo para poner fin, cuanto antes, a tarea tan imprevista. Sin embargo, un detalle de la carta que acompañaba el cuestionario me hizo desistir, al menos por unos días, del empeño: la información de que el libro que mayores votos había obtenido en la lista de Rodríguez Expósito era nada menos que la biografía Martí el Apóstol de Jorge Mañach.

Mañach es realmente uno de nuestros grandes del pensamiento en la primera mitad del siglo XX. Aún los mayores detractores de su actuación política han debido reconocerlo, y ensayos como La crisis de la alta cultura e Indagación del choteo –sobre todo este último-- nos hacen aprender más sobre la historia y sociología de esa época, que muchos volúmenes saturados de cronologías, tablas y análisis “científicos”. Sin embargo, no fueron estos los elegidos, sino una biografía martiana, a la que hay que prestar cierto interés, pero que no resiste comparación alguna con los textos anteriormente citados y aún otros menos conocidos de este autor, sin olvidar la labor que en el mismo período realizaban escritores tan variopintos como: Ramiro Guerra, José María Chacón y Calvo, Juan Marinello, José Luciano Franco, Elías Entralgo y Emilio Roig de Leuchsenring. Evidentemente, Martí el Apóstol se impuso porque era una biografía harto difundida de una figura canónica de la historia y la literatura en Cuba, que era puesta al alcance “de todos” haciendo énfasis en ese lado sentimental y privado que despierta siempre la curiosidad de las mayorías.

Los que entonces votaron, lo hicieron pensando no en la importancia del volumen, sino en el placer que sintieron al leerlo, que sin lugar a dudas fue mucho mayor que el que despertara, en círculos mucho más reducidos, Azúcar y población en las Antillas  de Guerra, sin olvidar dos empeños monumentales: Evolución de la cultura cubana coordinada por José Manuel Carbonell y Rivero e Historia de la nación cubana, obra colectiva que encabezó Emeterio Santovenia. Evidentemente todos estos trabajos eran demasiado “especializados” o simplemente “cargantes” para el gusto general y Martí el Apóstol era un verdadero bestseller pues en 1950 iba ya por la cuarta edición, lo que no era común en la literatura cubana. Lo llamativo es que el libro más votado no fuera el poemario Oasis de José Ángel Buesa, que gozó de muchísimas más ediciones, desde su aparición en 1943, con su fácil neorromanticismo, que la inmensa mayoría de los lectores aceptaba como lo más acabado de la expresión poética de su tiempo.

Hay que ser muy cuidadoso cuando escogemos las obras supuestamente más representativas de un período, se corre el riesgo de guiarse por la inmediata popularidad de algunas, o simplemente por el arbitrario capricho personal. Recuérdese aquel volumen que todavía hace medio siglo toda persona “leída” tenía en sus estantes: Las cien mejores poesías de la lengua castellana preparadas por Marcelino Menéndez y Pelayo, donde hay poco que objetar en lo relativo a la muestra de los Siglos de Oro –salvo la exclusión de Santa Teresa de Jesús-- pero que en el período romántico tiene la arbitrariedad de dejar fuera nada menos que a José María Heredia y puede cerrar sus páginas con ilustres nulidades como Vicente Querol y Federico Balart, dejando absolutamente fuera no sólo la obra de Martí –que demoró mucho en hacerse conocida-- sino aún a Rubén Darío. Toda selección, cualquiera que sean los presupuestos que la animen, es arbitraria per se.

Si intentara hacer un balance personal de lo que ha acontecido en el panorama editorial cubano, desde 1959 hasta nuestros días, tendría que situarme al margen de las dos tendencias extremas que han intentado hacer tal panorama: la apologética, que en el interior del país preconizan ciertos articulistas, quienes intentan demostrar que los grandes escritores cubanos en este medio siglo podrían formar una verdadera legión y la denostadora, que, formulada habitualmente desde el exterior y con interesadas miras políticas, niega todo valor a lo que los “cubanos de acá” hemos editado. La segunda dificultad sería: todo juicio que formule partirá, no de todo el universo de lo publicado, sino de aquella parte –que en algunos géneros puede ser realmente exigua-- que realmente he leído con atención y por último, de mis particulares e inevitables preferencias.

Aún así, me atrevería a afirmar que la poesía cubana debería estar representada por volúmenes sólidos como: Dador de José Lezama Lima, Testimonios de Cintio Vitier, Visitaciones de Fina García Marruz, Nombrar las cosas de Eliseo Diego, a lo que añadiría, para no ser tildado de obtuso “origenista”, La rueda dentada de Nicolás Guillén, Toda la poesía de Pablo Armando Fernández, Primer Libro de la Ciudad de César López, Ser fiel de Samuel Feijóo, Abrí la verja de hierro de Fayad Jamís,  Amnios de Raúl Hernández Novás –que no es un título particular, sino una suma de la obra de este fecundo poeta-- a lo que podrían añadirse otros títulos de Francisco de Oráa, Roberto Friol, Ángel Escobar y, así y todo, seguramente soy injusto con alguna tendencia, pues tengo que confesar que cierta poesía del prosaísmo rampante de los años 60 me es tan ajena como el experimentalismo que los miembros del grupo Diáspora cultivó a inicios de los 90.

En narrativa no me sería difícil colocar obras como: El siglo de las luces y Concierto barroco de Alejo Carpentier –otro crítico incluiría de todos modos a este autor, pero quizá con títulos distintos-- Paradiso de José Lezama Lima –y en esto hay muchos que no coincidirían, porque el obeso escribiente de Trocadero todavía es objeto de inacabables discusiones-- los Cuentos completos de Virgilio Piñera y tendría que meditar qué títulos de Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez podrían representarles mejor, a lo que sumaría, quizá, Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas y Temporada de ángeles de Lisandro Otero, más alguna de las obras de Arturo Arango, Abilio Estévez y Leonardo Padura, sobre las que aún no me decido.

En teatro podría ser más o menos breve. Creo que la mayor parte de la producción teatral cubana de las décadas recientes o bien ha permanecido soterrada –con justicia-- en las colecciones de diversas instituciones que premiaron piezas irrepresentables e impresentables o han tenido una trascendencia escénica que no tiene mucho que ver con su valía literaria, apenas salvaría el teatro de Virgilio Piñera, el de Abelardo Estorino, el de José Triana y tal vez me quedara espacio para un título de Abilio Estévez y otro de Amado del Pino.

En cuanto a los ensayos, confieso que el problema es mayor, pues aquí hay un problema de definiciones. ¿Nos referimos solo a lo conocido como ensayo literario o se incluyen allí, como hacen la mayoría de nuestros concursos y editoriales, los estudios teóricos, las monografías eruditas y hasta las tesis doctorales? De todos modos daría un sitio particular a Historia de una pelea cubana contra los demonios de Fernando Ortiz, El Ingenio de Manuel Moreno Fraginals, Tientos y diferencias de Alejo Carpentier, Certidumbre de América de José Juan Arrom, La cantidad hechizada de José Lezama Lima, Hablar de la poesía de Fina García Marruz y, en contra de lo que quizá muchos marcarían, preferiría el pequeño volumen Poética que publicó Cintio Vitier, casi secretamente, en 1961, a Ese sol del mundo moral – obra de innegables méritos pero que me parece lastrada por una especie de teleologismo hegeliano que no es de mi agrado-, añadiría Caliban de Roberto Fernández Retamar –con todas las addendas que el autor, por décadas, le ha ido colocando-- y necesitaría un par de lecturas más para decidir cuál de los numerosos volúmenes del prolífico Enrique Saínz pondría para cerrar la lista, aunque si con él lo hiciera, seguramente sería sumamente injusto con autores como Nara Araújo, Graziella Pogolotti, Luisa Campuzano, Eduardo Torres Cuevas y seguramente otros tantos, que a partir de conocer mi pública selección, me mostrarán de modo abierto o encubierto su más sentida animosidad.

Llegado a este punto, si recapitulo, puedo decir que no he sido más justo que Menéndez y Pelayo, y huyendo del criterio comercial y hasta del de los incipientes panoramas del período que van escribiéndose, he dejado fuera décadas completas, tendencias y he conformado, con criterio elitista, una biblioteca “exquisita”, equivalente al “Museo ideal” casaliano. En fin, a tales cosas nos obligan las encuestas, cuyos resultados son siempre discutibles, porque dejan fuera cualquier matiz.

Huelga decir que la publicación encontró en la mayoría de las personas que consultó las mismas dificultades una resistencia semejante a la mía a la hora de ofrecer respuestas en blanco y negro y desistió del frágil intento de ofrecer una lista de libros canónicos. Sólo una verdad se desprendía, tal vez, del intento: con todas las limitaciones que haya tenido el panorama editorial cubano, desde el ya remoto 1959 acá, hay una amplísima nómina de obras notables donde elegir. Decidirse por chocolate o fresa, esa es otra cosa…

Temática: Cultura General
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