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Letra con filo
Con Luis Manuel Molina, hacia toda la música Fecha: 2004-03-18 Fuente: CUBARTE
(Cubarte).- Las líneas que siguen no son ya noticia sobre un hecho ocurrido el pasado 21 de febrero, ni pretenden serlo. No pasarán de resumir algunas consideraciones sueltas sobre ese hecho: el concierto con que en el Amadeo Roldán se recordó la llegada de Luis Manuel Molina (La Habana, 1959) a veinticinco años de vida artística. Pasarán ellas por alto distintos detalles, como la humildad del programa impreso —felizmente contrastante con la riqueza del curriculum reflejado en él— y la escasez de comentarios escuchados allí acerca del guitarrista. Aunque bien valió el aportado por el pianista, compositor y musicólogo Juan Piñera, compañero de Luis Manuel en la tropa de CMBF —donde ambos desempeñan una valiosísima labor divulgativa—, para compensar con su peso la exigüidad numérica.

Por descontado está que no intenta esta nota ofrecer una valoración especializada sobre aquel concierto, pero tampoco renuncia a sostener, rotundamente, que lo sucedido en torno a Molina en el Amadeo fue un verdadero acontecimiento, un fenómeno cultural, sin temor a incurrir en el abuso que frecuentemente sufren tales expresiones. En semejante logro fue decisiva la solidez interpretativa del guitarrista, desde la Clepsidra dedicada a él por la compositora Barima Gort, pasando por obras clásicas para su instrumento como el Estudio sin luz, de Segovia, y Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega.

Eso, para hablar de su desempeño como solista, pues con igual eficacia conquistó al público cuando el clarinetista Vicente Monterrey se le unió para dar vida al excelente Dúo Cáliz que ambos forman hace años, y que esa noche regaló Fantasías sobre temas de la ópera Tosca, de Puccini, y versiones de dos de las piezas debidas a Lennon y McCarthey. Algo similar ocurrió cuando Molina mismo presentó a otro virtuoso cubano de la guitarra, su invitado Ildefonso Acosta, junto con quien interpretó un célebre Romance anónimo español, para luego dejarle el escenario y permitirle que le entregara al público obras propias y del mencionado binomio británico.

Pero el concierto siguió in crescendo cuando, tras la actuación de Acosta en solitario, Molina volvió a escena con la Orquesta Música Eterna, que fundó y dirige Guido López-Gavilán, una agrupación integrada por jóvenes y que se lució a la mayor altura, lo que va dicho sin ignorar el bien merecido reinado de la Camerata que guía Zenaida Castro Romeu. Con Música Eterna le regaló Molina al auditorio, a emotividad y técnica plenas, el Adagio del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, en orquestación de López-Gavilán. Fue como un halago al oído del público, que no se cansa de la obra más socorrida del maestro español, ante quien Molina tuvo el privilegio de hacerse escuchar alguna vez en intimidad hogareña, y cuyo centenario se recordó en Cuba con una gala artísticamente dirigida por el joven maestro.

Tras aquel adagiazo, se vio y sintió respirar a Molina con alivio y satisfacción, y con el aval que representó el notable agrado del dinámico director de la orquesta. A seguidas, esta derrochó autenticidad, gracia y virtuosismo en una versión de La engañadora que hubiera llenado de orgullo al propio Jorrín, y en unas Variaciones del Cumbanchero con que difícilmente hubiera soñado el mismísimo Rafael Hernández. Lo de López-Gavilán es cosa seria, y para disfrutar de lo lindo.

Un comentario aparte reclama el segmento final: la presentación de Molina con Los Kents —se me aceptará que no escriba The Kents—, afincados en las leyendas del ambiente musical habanero. Fue como una vuelta a los comienzos del guitarrista que hizo muchachadas y armas en una etapa de esa agrupación: “¡Quién les iba a decir a Los Kents que alguna vez actuarían en el Amadeo Roldán!”, le oí exclamar a una dama que, por su edad, pudo haber estado entre las bailadoras de rock surgidas bajo el hechizo de Elvis Presley. Tal declaración, dejada escapar en un ambiente musical abierto a la buena complicidad, y como para que nadie la escuchara, apuntaba por derecho a la gratitud con que Molina puso en el teatro a sus compañeros de otros años, con quienes ha vuelto a reverdecer entusiasmos desde la inauguración de la estatua de Lennon en un parque representativo de El Vedado.

Con Los Kents sobre el escenario se desató un verdadero frenesí en buena parte del público del Amadeo, donde los pasillos y el proscenio del auditorio se convirtieron súbitamente en un salón de baile. Se soltaron de lleno no pocos bailadores movidos por una de las músicas de su juventud: una de las músicas que, al margen de lo que hayan hecho, hagan y sigan haciendo los medios dominantes y las modas —y de cómo se haya enjuiciado desde otras perspectivas—, se fraguó en los Estados Unidos a partir de mucho nutriente humilde, popular, discriminado.

Claro que eso no es lo único que cabe decir de la irrupción de Molina con Los Kents en las tablas del Roldán. Pero quede a los conocedores el enjuiciamiento pertinente. Desde la ejecución de la hermosísima página que es La casa del sol naciente, asociada a Eric Burdon y The Animals, se percibió que, gracias a la lealtad del más sobresaliente entre quienes han sido sus miembros, Los Kents habían ido como a desquitarse de sus ganas de ser bien oídos, y de incomprensiones que habrán afrontado en otros días.

Su bajista y su baterista, que se veían venir desde los orígenes del grupo, se fajaron en un productivo cuerpo a cuerpo con sus respectivos instrumentos, mientras que el cantante —según un argentino melómano presente en el teatro— hizo hasta cabriolas entre la autenticidad, el entusiasmo y lo patético en una entrega de cuya pasión puede afirmarse, por lo menos, que no la habría desdeñado para sí ningún consagrado del género en cualquier ámbito. Otros integrantes, como el tecladista y el guitarrista —llegado este visiblemente al colectivo en años más de acá—, contribuyeron a la eficacia de la noche. Molina no tenía ni apuro ni necesidad de probar su conocida maestría. Él estaba allí para convertir en homenaje a otros el que, por sobrados méritos, se le dedicaba a él.

Por encima de todo eso, el cierre del concierto a golpe de rock sirvió para confirmar lo quebradizo o artificial de ciertas fronteras en el terreno de la música en particular y del arte en general. Lo confirmaron tanto el coro de niños que se sumó a la recreación sonora de la Pantera rosa como la incorporación de Música Eterna. Si ya el propio Molina se había “caracterizado” como rockero, los muchachos de esa orquesta cambiaron su indumentaria “seria” por la ropa de bailar en el barrio, y hasta López-Gavilán subió entonces con atuendo informal, florido, y con pañuelo a la cabeza. Sus gestos fueron, más que guiños, claros indicios del toque a la vez auténtico y paródico de un final de concierto llamado a recordar la dimensión festiva del arte, a insistir en que la profesionalidad no implica forzosamente densa gravedad.

El alborozo ascendente del concierto, la comunicación con un público que gozó y agradeció la entrega de los artistas, mostraron la plenitud de un logro que no olvidaremos fácilmente quienes tuvimos la alegría de presenciarlo. Bien lo merece la cultura cubana. Y también uno de sus tenaces y lúcidos trabajadores: el intérprete, el compositor, el musicólogo Luis Manuel Molina, a quien me regocija felicitar una vez más como uno de sus compañeros de CMBF que soy. La natural humildad con que él asume sus diversas tareas no es razón sino para apreciarlo más, y mejor. Un fenómeno como el que protagonizó el 21 de febrero último en el Amadeo Roldán se inscribe de lleno entre los que calientan la pista en abono de otros empeños, que no tienen por qué ser ni iguales ni parecidos siquiera a ese; pero que pueden seguir su camino de fuego y de gracia, de soltura creativa.

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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