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Letra con filo
La canción del cipayo Fecha: 2007-07-06 Fuente: CUBARTE
La canción del cipayo
La canción del cipayo

(Cubarte). El 20 de mayo de 1902 es, entre los cubanos, una fecha especial. No precisamente porque marque el nacimiento de la República por la que durante más de treinta años pelearon, y se inmolaron, varias generaciones de patriotas, sino porque tuvo lugar en La Habana un simulacro de entrega del destino de la isla a sus habitantes capaz de igualarse, como truculenta puesta en escena, con cualquiera de las bombásticas óperas de Wagner. Por una puerta aparentaban marcharse los ocupantes militares con el general Leonard Wood a la cabeza, en pose de matrona romana o caudillo espartano. Por otra entraba a saco el gran capital yanqui, mucho más terrenal y prosaico. De más está decir que este último no estaba para las tonterías de las ceremonias ficticias, ni los gestos estudiados de cara a la galería.

Todavía hoy, transcurridos 107 años de aquella refinada burla imperial, se pueden escuchar alrededor de esta fecha los quejumbrosos cánticos de algún que otro cipayo trasnochado. Dicen los que saben que el 20 de mayo actúa sobre ciertas debilitadas conciencias insulares de la misma manera que la luna llena sobre el hombre-lobo. Suele ocurrir que bajo tales efluvios, por ejemplo, alguien intente convencernos de que a los ocupantes yanquis, Cuba debe agradecer su libertad, el saneamiento de sus ciudades, el dragado de sus puertos, la introducción de novedades técnicas, el mejoramiento de las razas ganaderas, el tendido de líneas férreas, y todo esto se declama con un fondo de violines románticos y un tremolar de banderas estrelladas flameando contra un cielo azul. Para completar esta presentación benéfica, digna del Salvation Army, se agrega un piadoso recuerdo para el probo gobernante que fue Tomás Estrada Palma y un sermón gaónico destinado a elevar a los altares a la República contranaturalmente nacida, a la que, cómo no, se define como acaba de definirla desde New York un escritor nacido en la isla, de nombre José Manuel Prieto, utilizando palabras que merecen ser recogidas para la posteridad:

“…Solo que la (República) que arrancaba aquel venturoso día de mayo, tutelada e imperfecta, era sin embargo una República real, impetuosa y brillante a su modo… no una pseudorrepública como la vituperaría aquella que comenzó en 1959” .

Para arribar a este delicioso epílogo, el Sr Prieto pudo haberse ahorrado el duro trabajo de hojear folios antiguos en la New York Publio Library. Más enjundioso y menos fatigoso, a juzgar por los magros resultados de sus búsquedas y lo escuálido de las “pruebas” documentales aportadas, hubiese sido pertrecharse de patrióticas rositas de maíz y una buena Coca-Cola y sentarse ante la pantalla de un cine donde se estuviese proyectando la segunda parte del "Zorro", la protagonizada por Antonio Bandera. En ella una turba de mexicanos jubilosos festejan en Texas los resultados del referéndum que consagra el robo territorial a México y la anexión a los Estados Unidos. No tiene desperdicio la escena donde una deslumbrante Catherine Zeta John, esposa de Diego, el Zorro, De la Vega , le pregunta a este, tras regresar al hogar cumplida una heroica jornada defendiendo las urnas contra el despojo de unos malhechores errantes, versión decimonónica de los actuales insurgentes iraquíes: “¿Al fin somos libres?”.

Vale la pena refrescarle la memoria al Sr Prieto, inmerso, como el Zorro, en la heroica defensa del honor de las “democracias” libertarias erigidas sobre bayonetas invasoras, la hipocresía de procónsules histriónicos y el despojo territorial.

Máximo Gómez, Generalísimo del Ejército Libertador Cubano, anota en su Diario de Campaña, el 2 de enero de 1899, al día siguiente de que las tropas yanquis desfilasen por primera vez por las calles de La Habana :

“Los americanos están cobrando demasiado caro con la ocupación militar del país su espontánea intervención en la guerra que con España hemos sostenido por la libertad y la independencia. De todas estas consideraciones se me antoja creer que no puede haber en Cuba verdadera paz moral mientras dure el gobierno transitorio impuesto por la fuerza”

Se equivocaba Gómez en un solo detalle, en el supuesto carácter “espontáneo” de una guerra imperialista, como lo fue aquella. Basta examinar, paso a paso, la labor del “probo” político que fue Tomás Estrada Palma como contraparte cubana del “partido de la guerra” yanqui, en la zorruna labor de precipitar la intervención militar en Cuba, en menoscabo de la prédica martiana y la lucha y los sueños de miles de cubanos. Las pruebas están a la mano, en los cinco tomos de la “Correspondencia Diplomática de la Delegación en New York durante la guerra de Independencia, de 1895 a 1989¨. Archivo Nacional de Cuba. La Habana, 1943, compilados por el Director de esa institución, Joaquín Llaverías. En sus páginas hallará el Sr Prieto, una vez que se halla despojado del antifaz y dejado a un lado las rositas de maíz, el destino que corrieron los cincuenta millones de dólares, en bonos de la futura República de Cuba, emitidos por Tomasito, espejo de caballería, para sobornar a los ínclitos políticos norteamericanos, forzando la balanza hacia la intervención, la guerra contra España, y una anhelada anexión de la isla. Allí figuran, ¡oh portentos del toma y daca y escarnio de un pedestre Vladimiro Montesino!, las tarifas exactas de pedigüeños corruptos, como el Senador Willkinson Call, que cobraban a tanto por discurso los que pronunciaba con engolada voz de patriarca libertario en el foro de los Padres Fundadores, destinados a demostrar que Estados Unidos debía ayudar al pueblo cubano por razones de principios y por brindar un desinteresado servicio a la democracia, de la misma manera y por las mismas “razones” por las que los cabilderos de la Halliburton tallaron con los actuales prohombres públicos norteamericanos la desastrosa guerra en Irak, es de suponer, que tras aceitar convenientemente sus bolsillos.

Allí encontrará el seráfico Sr Prieto los datos exactos que prueban que la firma Janney-Mc Cook, por ejemplo, se alzó, en aquella piñata de la emisión de bonos, con la nada despreciable suma de dos millones de dólares del dinero de la misma República “real, impetuosa y brillante”, que nacería obligada, por el malinchismo de Estrada Palma, a redimir tales obligaciones hasta el 11 de enero de 1912.

Fue antológico el saqueo sistemático a que fue sometida la ciudad de Santiago de Cuba por la horda de libertadores yanquis, una vez ocupada, el 17 de julio de 1898. Fue allí donde se estrenó como procónsul el pundonoroso general Wood. No se salvó del despojo ni la corteza de la ceiba bajo la cual se pactó la rendición de la ciudad, en los alrededores de San Juan.

Entre los más de cinco mil documentos del archivo personal del general William Rufus Shafter, Jefe del Quinto Cuerpo invasor, se hallan cientos de notas secretas que demuestran la catadura berberisca de aquellos “libertadores”, sus crímenes y asaltos contra los civiles cubanos, la venta de los alimentos que formaban parte de la ayuda humanitaria enviada a una población desfallecida y enferma. Un frenesí de botín se percibe en cada línea de esos escritos, como en la Orden de Shafter al Cuartelmaestre del Quinto Cuerpo, mayor Rudiez, del 8 de septiembre de 1898:

“El Comandante General le ordena embarcar hacia Washington, consignado al Ayudante General del Ejército, las cajas que contienen billetes y notas de banco y que se hallan depositadas en el campamento”

El verdadero botín, por supuesto, no estaba en aquellas cajas de billetes, sino en la isla misma, en la apropiación por parte del capital yanqui de sus suelo a precio de ganga, como reconoce el mismo Sr Prieto al afirmar que entre los 13 000 norteamericanos que para entonces habitaban en Cuba sumaban 50 millones de dólares el valor de los terrenos que poseían. Y por supuesto, todavía Cuba debe agradecerles porque, en una opinión doctísima citada en su texto, La Habana se convertiría en un winter resort para las adineradas viejitas del Norte que huían del frío en cada temporada.

No menciona el Sr Prieto en el hecho irrelevante, claro está, que la obra de saneamiento nacional realizada por los interventores es la misma que han realizado todos los imperios que sobre la Tierra han sido a la hora de acondicionar para su disfrute las posesiones recién adquiridas. Tampoco dice que fueron rigurosamente pagadas con el rendimiento de las aduanas cubanas, menos lo que arramblaban por sus desinteresados servicios altruistas, buitres como el hermano del general Shafter, propuesto por este para administrar el negocio, como si de una finca familiar se tratase.

El escrito del Sr Prieto llegó tarde, no solo a manos de los redactores del blog “Penúltimos días”, caverna de la contrarrevolución cubana ilustrada que sueña hacer con las ideas lo mismo que un patriota de la talla del Sr Posada Carriles ha intentado hacer con el C-4. Llega tarde y mal el Sr Prieto, de por si, tan ágil de palabra y argumentos como un perezoso.

Remontada la narrativa, llega tarde a la Historia el Sr Prieto. Llega tarde al pueblo de Cuba, que no es el mismo que mangoneaba con repugnancia un racista visceral, como lo fue el general Wood. Está fuera de tiempo esta loa crepuscular del cipayismo nacional. Desentona este minué de los voceros rentados de una burguesía que se ha entregado definitivamente, con cierto júbilo facilón, es verdad, al abrazo que ahoga de su rubicundo violador.

Pero reconozcamos que en algo coincidimos con el Sr Prieto, en lo de ¡Viva Cuba Libre!

Pero, habría que agregar: libre, incluso, de vendepatrias semejantes.

 

Temática: Cultura General
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Lector crítico
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