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Letra con filo
Alicia Valdés y el linaje de la Má Teodora Fecha: 2012-02-02 Fuente: CUBARTE
Micaela Ginés, la Má Teodora
Micaela Ginés, la Má Teodora

La Editorial Oriente acaba de dar a la luz una segunda edición del Diccionario de mujeres notables en la música cubana, debido a la musicóloga Alicia Valdés Cantero (La Habana, 1951). Esta obra, aparecida en 2005 bajo el sello de Ediciones Unión y rápidamente agotada, había obtenido el Premio UNEAC de Musicología “Argeliers León” en el año 2000, “constituye el estudio más completo confeccionado hasta la fecha sobre la labor desarrollada en la música de nuestro país por las mujeres”, como afirma el Dr. Lino Neira en el prólogo a la primera edición, aunque sus palabras, más de un lustro después, conservan plena vigencia.

Su autora posee un conocimiento de primera mano de la actividad musical en la Isla, pues ha sido, sucesivamente: dibujante musical para la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM), Especialista en Estudios Culturales y, tras concluir la carrera de Musicología en 1985 en el Instituto Superior de Arte, Jefa del Departamento de Desarrollo del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (CIDMUC). Ha coordinado importantes coloquios en eventos musicales como “La Bella Cubana”, Cubadisco y Boleros de Oro. En su bibliografía se destacan: El músico en Cuba (1987) y la compilación Nosotros y el bolero (2000).

Aunque la música cubana ha contado a lo largo de su historia con cronistas o investigadores de un valor apreciable: Serafín Ramírez, Laureano Fuentes, Alejo Carpentier, José Ardévol, Edgardo Martín, es indudable que sus textos y los de otros autores afines estén llenos de lagunas o marcados por actitudes tendenciosas, una de ellas, muy persistente, ha sido la casi sistemática exclusión de la mujer de sus páginas. La cuestión es llamativa, pues si bien, hasta muy avanzado el siglo XX no abundaron en nuestro panorama cultural las directoras de orquesta ni las musicólogas, la enseñanza de este arte a lo largo de la Isla estuvo durante siglos casi únicamente confiada a ellas y desde muy temprano hubo cultivadoras apreciables del canto lírico, instrumentistas e intérpretes célebres en el campo del folclore y la música popular bailable.

Con su obra, Valdés procura salvar muchas de esas importantes omisiones. En sus páginas se agolpan compositoras, intérpretes, arreglistas, pedagogas, autoras de letras, investigadoras, que han dejado una impronta en la cultura cubana. La autora, tiene la necesaria amplitud de miras para no establecer fronteras entre las que se mueven en el ámbito de la música de conciertos y las que se circunscriben a la cancionística popular, la música bailable y los espectáculos en centros nocturnos. Tanta jerarquía tiene en estas páginas la arpista Margarita Montero – aquella a quien Dulce María Loynaz dedicara su célebre poema “¿Quién toca el arpa de la lluvia?”--  como Celeste Mendoza, la “emperatriz del guaguancó”, y ese no es el menor de sus méritos.

Es verdad casi de Perogrullo que redactar un diccionario es una de las tareas más difíciles que puede acometer un investigador, pues en su obligatoria condición panorámica, son casi inevitables las omisiones y las clasificaciones más o menos esquemáticas. Pongamos por ejemplo el caso de una sugestiva figura de la etapa colonial, María Gamboa, de la que tenemos noticias por Alejo Carpentier, quien afirma en La música en Cuba que era una hermosa negra, hija de libertos, que hacia 1850 fascinó a los auditorios más selectos de Madrid, París y Londres. Gracias a la protección de una ilustre familia habanera había podido recibir clases de bel canto y su voz resultaba, por lo que parece, tan excepcional, que sus arrobados oyentes llegaron a llamarla “la Malibrán negra”, lo que no era poco por aquellos días, cuando María Malibrán tenía en un puño a compositores, críticos y espectadores del orbe romántico. Las huellas de la cubana acaban perdiéndose en Sevilla, donde fascinó al oficial del ejército Mariano Martínez de Morena, hasta el punto de conducirla al altar, en medio de las murmuraciones de la sociedad local. Lamentablemente Alejo no señala las fuentes de esa historia que parece tan propicia para motivar una novela o un filme y en el diccionario de Valdés, la Gamboa aparece apenas en una línea de una tabla, bajo el nombre de María Martínez y carece de ficha propia en el diccionario.

Sin embargo, lo que Valdés ofrece es muchísimo más de lo que calla y su libro no sólo es ya de obligada consulta para los interesados en el tema, sino que resulta un desafío para la autora el ampliarlo y completarlo sistemáticamente.

No hay que olvidar que la música cubana comienza con una mujer mítica: la Má Teodora. Según Laureano Fuentes en Las artes en Santiago de Cuba  se trataba de una negra libre, natural de Santo Domingo, tocadora de bandola, que trabajaba con otros músicos en Santiago de Cuba hacia 1580 y supuestamente vivió allí hasta su fallecimiento, a mediados de la centuria siguiente, por lo que el popular “Son de la Má Teodora” debió ser compuesto por alguno de sus discípulos. Para sus afirmaciones, Fuentes partía del personaje de Micaela Ginés, “viguelista”  citada junto a otros músicos en la “Crónica de Hernando de la Parra” y de unos apuntes de su padre. En realidad se trataba de un canto de carnaval surgido en Santiago de Cuba hacia 1840 con el estribillo: “¿Dónde está la Ma’ Teodora? / Rajando la leña está” que fue mixtificado por Fuentes para atribuir a su región el más antiguo documento de la música cubana, como demostró el musicólogo Alberto Muguercia en su artículo “Teodora Ginés, ¿mito o realidad histórica?” publicado en la Revistade la Biblioteca Nacional , en el número correspondiente a septiembre-diciembre 1971.

Mas, en el largo proceso de formación de la nacionalidad cubana, mujeres mucho más reales, ubicadas en distintos grados de la escala social dedicaron una parte de sus vidas al arte sonoro. La historia recoge a la arpista Bernarda Rodríguez Rojas, también cantante, quien residió en Santiago de Cuba a inicios del siglo XVIII y tuvo una hija, Juana González, que se destacó como violinista. En la primera mitad del siglo XIX, La Habana no sólo aplaude a una larga serie de divas extranjeras: la Gassier, la Gazzaniga, la Frezzolini, sino que durante su visita a esa ciudad, María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlín, mostró en los salones sus más que pasables condiciones para el canto lírico, que habían sido ya alabadas en Europa.

En el otro extremo está la figura de Irene Herrera Laferté, nacida en 1877, la primera mujer timbalera de que se tiene noticia en Cuba y que durante la Guerra de Independencia, incorporada a la insurrección, entretenía a las tropas con sus ejecuciones en la armónica, el laúd y el acordeón antes de fundar en 1928, en el barrio habanero de Santa Amalia, la primera orquesta exclusivamente femenina, la Charanga de Doña Irene, donde se unían a la experta timbalera sus hijas Mercedes y Josefa, violinistas, Dora en la trompeta e Inés en el güiro.

Hay mujeres cuyo quehacer resultaba imprescindible reseñar. Una figura a la que raramente se le otorga la atención que merece es Cecilia Arizti Sobrino (1856-1930), quizá porque esta pianista y compositora, discípula de su padre, Fernando Arizti y del célebre Nicolás Ruiz Espadero, vivió muchos años recluida en su casona del Cerro, donde compuso un conjunto de valses, mazurcas, scherzos, baladas y hasta un trío de cámara, que alguna vez han sido editados, pero que raramente se interpretan, a pesar de que esta mujer descubrió a distancia y explotó los aportes de Chopin al piano, cuando no sólo en las Antillas, sino en la misma Europa era extraño hallar a una fémina compositora, y no fue ella inferior a la francesa Cecile Chaminade, que aparece en todos los diccionarios de la música.

La principeña Amalia Simoni Argilagos no sólo mereció pasar a la historia por sus méritos patrióticos, sino por ser una cantante lírica, discípula en París de la diva Fanny Persiani y que en los duros años de la emigración fundó la cátedra de canto en el Conservatorio de Mérida, México, donde dejó numerosos discípulos antes de hacerse notable en las funciones religiosas y benéficas en las que participó en Nueva York.

Otra cubana, Rosalía Díaz de Herrera de Fonseca, bajo los nombres artísticos de Chalía Díaz o Chalía Herrera, no sólo tuvo éxito en los escenarios de arte lírico de Nueva York e Italia a fines del siglo XIX, sino que fue la primera figura cubana en grabar su voz en un registro fonográfico, en fecha tan temprana como 1897, antes de hacerlo para la firma RCA Víctor en octubre de 1900.

Pocas personas serían capaces de ignorar el rol de Ernesto Lecuona en la música cubana, pero no son muchas las que conocen de la labor pedagógica y compositiva de su hermana Ernestina (1882-1951), quien posee un amplio catálogo que incluye valses, danzones, sones y sobre todo una larga lista de canciones, muy interpretadas en un tiempo y que esperan hoy por una divulgación más justa.

Así mismo, si es usual el recordar que la celebridad de Esther Borja comenzó a partir de la intencionada promoción que le hiciera el autor de Damisela encantadora, es menos frecuente el tener en cuenta que junto a ella hubo otras figuras de méritos excepcionales como Rosario García Orellana, Luisa María Morales y Edelmira de Zayas, cada una de las cuales merecería un buen estudio especializado.

Aún nos resulta enigmática una figura a la que la literatura salvó del olvido total: la camagüeyana Fredesvinda García, quien a inicios de los años 50, alternaba su trabajo como sirvienta doméstica con el canto de boleros a capella en el Bar Celeste. Bajo el nombre artístico de Freddy, aquella mujer de trescientas libras y voz de contralto profunda, fascinó al público del Casino del Hotel Capri y al por entonces joven periodista Guillermo Cabrera Infante quien le otorgaría un peso fundamental en su novela Tres tristes tigres. Ella dejó una grabación en disco, para la firma Puchito en 1960, bajo el título Freddy, que es hoy una especie de incunable. Al año siguiente la artista falleció en Puerto Rico y se convirtió definitivamente en un mito.

Al hojear las páginas de este Diccionario… hubo un detalle que nos llamó especialmente la atención: el altísimo número de mujeres que se han destacado como musicólogas en la Isla, a partir de los años 80 del siglo XX. Tras las huellas de figuras pioneras como María Teresa Linares, Gloria Antolitia, Carmen Valdés y Victoria Elí, se han fijado ya los nombres de María Elena Vinueza, Ana Victoria Casanova, Laura Vilar y hasta la muy joven Miriam Escudero, quien revolucionara la historia de la música nacional con el hallazgo de un conjunto de partituras antiguas en un armario de la Iglesia de la Merced y con sus reconstrucciones de partituras mutiladas de Esteban Salas. No son muchas las naciones del mundo donde tantas mujeres se dediquen a la investigación musical y sobre todo, a partir de una formación académica de nivel superior.

Puede descansar en paz la sombra de la Má Teodora: las mujeres de la Isla siguen llevando sus sones por el mundo y tienen en Alicia Valdés una estudiosa singular y constante.

 

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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