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Letra con filo
Ana Pizarro: las voces del río Fecha: 2012-02-10 Fuente: CUBARTE
Ana Pizarro: las voces del río
Ana Pizarro: las voces del río

Algunos textos sobre las culturas mesoamericanas publicados desde la década del 50 del siglo pasado, pudieron incorporase en las universidades de América Latina y el Caribe como estudios particulares confiables de las zonas culturales de los pueblos aborígenes latinoamericanos con un perfil más o menos singularizado. Cuando era estudiante por los años 70 en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, las culturas mayas  —siguiendo el Popol Vuh escrito en lengua maya-quiché y explicado por mi recordado profesor Manuel Galich―, las aztecas —abordados de acuerdo con los estudios de Miguel León-Portilla y la imprescindible Visión de los vencidos publicada por Casa de las Américas— y las andinas, que incluían a los muy variados centros del Incario o del Imperio de Tahuantinsuyo —comentadas por un grupo de europeos de acuerdo con una aproximación a sus paradigmas—, constituían el centro de los programas que atendían, de una manera u otra, los pueblos aborígenes americanos.

Casi al terminar la carrera se profundizaba en la diversificación de matrices más singularizadas, partiendo de evoluciones históricas diferenciadas en las regiones latinoamericanas y caribeñas. A finales del siglo XX se enriquecieron estos estudios porque se acentuó la mirada en el proceso de dislocación territorial y se incorporaron nuevas áreas, incluso las de la frontera. El espacio amazónico, ignorado desde hacía unos treinta años, fue quedando relegado hasta hace muy poco, quizás porque ha sido considerado más salvaje, a pesar de que allí llegó adelantada la modernidad americana en busca de caucho para neumáticos. En estos momentos “posmodernos” también se anticiparon allí las investigaciones científicas y tecnológicas de avanzada por la biodiversidad de la región, sus recursos hídricos y presencia de materias primas para las industrias de telecomunicaciones y farmacéutica; con solamente el 7% de la superficie del globo terráqueo, la Amazonía representa más del 50% del patrimonio biológico del planeta y sus ríos poseen la quinta parte del agua del mundo: estamos hablando del último reducto real del paraíso.

Por esta razón, Amazonía. El río tiene voces de la chilena Ana Pizarro, Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada de la Casa de las Américas en 2011, puede ser un texto fundacional para los estudios de la región amazónica como otro más de los centros culturales americanos, con la característica de no tener centro porque se trata de “una diversidad diversa”, según el poeta y teórico Paes Loureiro, y de presentar formas culturales que relacionan a Hispanoamérica con Brasil. Bien lejos de ser una unidad homogénea, se identifica con culturas de la selva tropical en la que conviven mitos ancestrales que rigen las vidas cotidianas de los habitantes de la Amazonía, la cual no es solo indígena, sino de sujetos sociales múltiples que sienten actualmente a la “modernización” como una sobreexplotación de recursos naturales equivalente a la muerte de un universo construido en unos diez mil años y que se ha estado aniquilando en menos de cien.

Los primeros discursos y los iniciales procesos de simbolización se construyeron “desde fuera”, mediante crónicas, diarios de viaje, informes de científicos y relatos de misioneros, que casi nunca se adentraron más allá de las sociedades ribereñas. Españoles, portugueses, holandeses, ingleses y franceses potenciaron la dualidad de paraíso e infierno, en construcciones discursivas literarias y científicas a la vez. A este espacio le fueron implantadas una imaginería y una visión europea; después de viajar en mares tenebrosos colmados de serpientes que se tragaban los barcos, sirenas que llamaban a los tripulantes para devorarlos, escolopendras venenosas escondidas, raros sonidos que enloquecían y el estremecimiento misterioso de lo desconocido, los conquistadores estaban listos para aceptar la condición paradisíaca de las terras incognitas, fantasías y fantasmas, delirio del bien y el mal unidos junto a ese perfil mítico preestablecido y condicionado por la imaginación fantasiosa.

Sir Walter Raleigh corroboró que existía en estos lugares una nación de gente cuyas cabezas no llegaban más arriba de los hombros: los iwaipanomas, con los ojos en los hombros, la boca en la mitad del pecho y una gran cola de pelo que les crecía en las espaldas. Otros vieron gigantes o enanos, un monstruo humano cinocéfalo, el obispo de mar, hombres con cola, los orejones… El curupira, de larga tradición en el área amazónica, era una criatura con los pies al revés, uno de los seres más espantosos que pudieran ser imaginados, con pies deformes que apuntaban hacia atrás.

Francisco de Orellana fue el primer europeo que visitó al “emperador de los ríos” para ir en busca del País de la Canela, y fray Gaspar de Carvajal, su escribano, trasladó a estas regiones el mito de las amazonas, posiblemente de origen iraní; sin embargo, allí las bravas doncellas no se cercenaban un seno, y eran robustas y hermosas, como para combinar a Eros con Tánatos. En el viaje de Orellana desde Ecuador por el río Napo hasta el Atlántico, y de allí a la Isla Margarita, Carvajal describe a las coniupuiaras como unas mujeres altas y blancas, con largo cabello trenzado, cuerpos desnudos e inmensos arcos con flechas, que hacían cada una “tanta guerra como diez indios”; se trataba de mujeres célibes que llevaban consigo a los hombres cuando deseaban sexo y después los dejaban ir —en otras versiones, las embarazaba el viento—, y cuando parían mataban a los varones y criaban a las hembras; según el dominico, había unas setenta aldeas pobladas por ellas y comandadas por una jefa llamada Corrí —las amazonas son mencionadas desde el diario de Colón hasta las crónicas de Pedro Mártir de Anglería.

Pero la búsqueda del País de la Canela se convirtió en la exploración para llegar a El Dorado; Pedro de Urzúa salió para encontrarlo y lo continuó el controvertido Lope de Aguirre, autoproclamado traidor a dios y al rey porque cuestionó la naturaleza de sus respectivos poderes; él no solo buscó oro, sino que en su naturaleza rebelde podemos reconocer al primer separatista de América. 

Mitos como el del boto —un delfín que embaraza a las jóvenes—, la matintaperera —que con los ruidos que producen miedo se transforma en ave, perro, negrito…—, la cobra grande, el hipocampo gigante, el hombre-lobo…; rebeldes encantados como los de El Arenal, o El Maligno, El Enemigo, El Demonio o Satanás… —una imaginería que responde al mundo del mal de los europeos—, mezclados con la mirada de los naturalistas que llegaron a la zona, como el francés Charles-Marie de La Condamine o el alemán Alexander von Humboldt, superponen una imaginería fantasiosa y demoníaca al pozo de riquezas estudiadas y listas para ser explotadas, y, en definitiva, aclaran la “geopolítica del conocimiento” de la región.

No es casual que la tierra que Pedro Álvarez Cabral denominara Santa Cruz, por haberla levantado contra el demonio, terminara imponiéndose con el nombre de Brasil debido al palo de color rojo encendido muy apreciado para teñir telas, un color asociado al infierno, al ámbito demoníaco, pero que comenzó a colorear a la blanca y negra Europa. El texto de Ana Pizarro nos relata las voces del seringal, el explotador desgarramiento amazónico por la extracción del caucho, la siringa, el látex para telas y zapatos impermeables, la goma con que se fabricaban las correas para la industria y también la de mascar…

En 1839 Charles Goodyear descubrió en los Estados Unidos la vulcanización y J. B. Dunlop lanzó la llanta neumática al mercado después de la segunda mitad del siglo; estos inventos fundamentales para la industria automotriz desencadenaron intereses monopólicos en la región amazónica que no tenía demarcaciones legales muy claras entre los Estados de América del Sur; pero en 1910 los ingleses  sacaron en secreto setenta mil plantas de caucho que plantaron en sus colonias en Asia, y sin la exclusiva del caucho, la Amazonía comenzó a perder valor.

“Barones del caucho” como el peruano-norteamericano Isaías Fermín Fitzcarrald, el peruano Julio César Arana y el boliviano Nicolás Suárez, tomaron la región con una secuela horrorosa de asesinatos y masacres a lo largo del río Putumayo, con mano de obra traída de las secas tierras del nordeste brasileño para convertirla en esclava. El auge del llamado “oro elástico” todavía sostuvo un interés económico en la zona hasta su definitiva caída por el descubrimiento del caucho sintético; este crecimiento de población dedicada a la extracción de la resina diversificó aún más la gran riqueza cultural de la Amazonía.

Desvanecido el sueño amazónico se potenciaron los discursos de la frustración, otra vez las antinomias de paraíso e infierno convivieron, ahora para encontrarse entre la utopía y el fracaso, el encantamiento y el engaño, el deslumbramiento y el horror. Avanzado el siglo XX la “modernización” significó el acercamiento de las transnacionales para la explotación del petróleo, la energía hidráulica y la industria maderera. La construcción de carreteras e hidroeléctricas, la explotación de minas de oro, el cultivo de yerbas aromáticas, y especialmente la arrasadora anticultura del narcotráfico, con su comercio y tráfico ilegal de armas, contrabando y robo de automóviles, y el crimen, incluido el ecológico, caracterizan una parte de los intereses actuales de esta zona, poseedora de una cultura con imaginarios diferenciados y una diversidad expresada por la voz de sus propios habitantes.

Una de estas manifestaciones es la estética ilustrada de las ciudades implantadas en la Amazonía y que se relacionan directamente con la selva y el agua. Algunos de sus discursos se ejemplifican en la obra del poeta y dramaturgo João de Jesús Paes Loureiro y el músico Waldemar Enrique, el poeta de Iquitos César Calvo o el de Manaos, Thiago de Melo; los escritores bolivianos Nicomedes Suárez-Araúz y Homero Carvalho; la narrativa de los brasileños Mário de Andrade, Antonio Callado, Dalcidio Jurandir, Milton Hatoum, Ferreira de Castro, Bernardo Carvalho, Márcio Souza o la poesía de Raúl Bopp…; el clásico narrador colombiano José Eustasio Rivera o William Ospina; el también clásico novelista venezolano Rómulo Gallegos o José Balza, y hasta el argentino Eduardo Sguiglia, entre otros.

Pero las voces del agua y de la selva son predominante orales, “oralituras” o expresiones habladas en forma de relato o poema, y algunas veces representadas, que perviven en la memoria, transmitidas como guardianes del agua y la selva, con sus mitos ancestrales y las cuantiosas leyendas sobre encantados de indígenas y de comunidades negras remanentes de quilombos, discursos e imaginarios sociales transformados en historias de vida y episodios narrados de ribereños garimpeiros o mineros enfrentados a la “modernización”, seringueiros u obreros vinculados al árbol de caucho conocedores de su ciclo de reproducción y demás trabajadores constructores de la selva, los llamados materos, que le saben abrir nuevas estradas sin destruir el ecosistema… En todos predominan la memoria, el respeto a la tierra y el conocimiento de flora y fauna, de la riquísima biodiversidad de la zona.

Amazonía. El río tiene voces recopila también las formas de estudio de una “literatura de cordel”, porque una vez fue oral y después se dio a conocer en soportes artesanales que se colgaban en cordeles en los mercados para ser vendidos, y abre las posibilidades para que se establezcan estos estudios en las culturas de América Latina y el Caribe, a partir de que sus sociedades ya han comenzado a autorizarse ellas mismas, sin intermediarios. Ana Pizarro, con su maestría pedagógica y su universal visión de la cultura, orienta de manera integradora y eficaz esta posibilidad, con la esperanza de que no tarde mucho una introducción definitiva de estos temas en las universidades latinoamericanas y caribeñas.

Los cubanos estamos obligados a estudiar la Amazonía como parte de nuestra cultura ancestral; la voz “Cuba”, como “tierra labrantía” de origen arahuaco, revela una prehistoria cuyo tronco lingüístico nace en la selva amazónica y llega a la Isla y hasta La Florida por el llamado “arco antillano”; cualquier estudio del Caribe nos remite necesariamente a las selvas de Venezuela, Colombia y las Guayanas. Este vínculo no es solo pasado, sino presente y sobre todo futuro, porque no solo hemos sido habitantes del mar, sino seres que también debemos escuchar las voces del río.

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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