Por cifra, abarcamiento y profundidad la obra de Cintio Vitier seguirá mereciendo múltiples abordajes. Signada por la poesía, incluye, junto a su propia cosecha lírica, valoraciones sobre numerosos asuntos de la cultura nacional y varios textos narrativos. Publicaciones y lauros hablan de las dimensiones y la jerarquía de su legado. Sus iluminaciones sobre Martí, que serán rozadas con toques testimoniales en las presentes notas, bastarían para asegurarle un lugar prominente en lo más destacado de la historia intelectual cubana, y más allá de ella. Son numerosos ensayos, especialmente las colecciones de Temas martianos que publicó solo o en colaboración con Fina García Marruz, y Vida y obra del Apóstol José Martí, volumen de síntesis situado en el camino de estudios integrales acerca de nuestro héroe, entre los que sobresale el debido a Medardo Vitier, padre del autor a quien hoy rendimos tributo.
Tuve el honroso regocijo de estar durante más de una década cerca de Vitier, y de Fina García Marruz —la unión entre ellos imposibilita pensarlos por separado, pero hoy toca hablar del que no está físicamente entre nosotros—, en el grupo fundador del Centro de Estudios Martianos, inaugurado en 1977. Allí se creó una amistad que perdurará entre mis alegrías, y que se basó en la cordialidad siempre, y no pocas veces incluyó la risa, que tal vez aflore o subyazca en algún momento de estos apuntes, y de su lectura, sin mengua de la respetuosa seriedad reclamada por las circunstancias y por el ser humano a quien estamos recordando.
El Centro nació adscrito al Ministerio de Cultura, y este, encabezado por Armando Hart Dávalos, se constituyó un año antes con una misión principal entre las varias que acometió con acierto: rectificar errores en la política cultural del país y sanear el ambiente generado por esos errores, que no desaparecerían de la noche a la mañana. No hay que estancarse en el inventario de desaciertos que la nación ha revertido con honradez y logros palmarios, de lo cual es prueba el homenaje que se tributa a Vitier. Pero no estará de más recordar hechos y criterios que antes de fundarse el Ministerio de Cultura hacían impensable un encuentro como el que hoy, para bien de la patria, se lleva a cabo como la cosa más natural del mundo. Recordarlos puede servir no solo para que no se repitan —o para mantener a raya posibles ideas afines a ellos—, sino para aquilatar la lección que emana de la actitud con que Vitier supo enfrentarlos.
La celebración, este año, del medio siglo de Palabras a los intelectuales, discurso que el líder de la Revolución Cubana pronunció el 30 de junio de 1961, fue un estímulo para distintas valoraciones de ese texto, que no merecía ni merece distorsiones, aunque a veces haya sido más citado, incluso mal, que bien leído, comprendido y aplicado. Pero no será ocioso mantener conscientemente el propósito de impedir que reverdezcan ciertos peligros: uno, el de los desvíos dañinos causados por las ineludibles interpretaciones personales en la obra de unidad, justicia y emancipación que defendemos; otro, el de extremismos nocivos que, por parecer lo más revolucionario, prosperen en la práctica.
Sin la atinada prevención de tales peligros, y otros, no estará bien defendida esa obra, que debemos librar de los bandazos. Dada la imposibilidad, o impertinencia, de abundar en datos y criterios sobre estos temas, apunto de pasada que los he tratado en “Cultura, péndulos y cruces”, artículo que acaba de aparecer en Cubarte; y —lo relativo en particuar a Palabras a los intelectuales— en “Quince notas sencillas” publicadas en Bohemia y reproducidas en otros órganos, también Cubarte entre ellos.
Es importante, en todo caso, que la búsqueda del acierto se base en un acto de plena anagnórisis, de profunda y honrada autocrítica. Esa brújula debe acompañarnos en el proceso de reordenación dirigida a mejorar el funcionamiento del país y su vida espiritual, lo que no podrá hacerse con seres perfectos venidos de otro planeta, sino con los mismos que permanezcan fieles al afán de seguir siendo útiles en un proyecto de la mayor complejidad. A veces, junto a la permanencia de los frutos de ciertas aberraciones —como el criticado severamente en fecha cercana por el general de ejército Raúl Castro—, parece operar una cierta tendencia a la desmemoria, que sería buena como acto de renacimiento y oxigenación, no como limbo propiciatorio para que vuelvan errores ya subsanados, o aparezcan otros.
Hace poco un colega arremetía contra lo que fue o se llamó o se entendió que era el ateísmo científico, y alguien le preguntó cómo valoraba, a la luz de esa arremetida, la conferencia que junto a otros especialistas había impartido en aulas universitarias acerca de ese tema allá por 1972 o 1973. Para sorpresa de los contertulios, entre quienes había testigos de aquella conferencia, negó haberla dictado, y lo más impresionante fue la convicción con que respondió.
Pudiera ocurrir que, junto con el justo orgullo de haber defendido a la Revolución en circunstancias difíciles, se mantenga una especie de venda que impida discernir entre la dignidad de esa defensa y los errores cometidos en ella, como suele ocurrir en las obras humanas. Con esa venda, acabará sosteniéndose que todo estuvo siempre bien hecho, y, si hubo errores, sería culpa de fantasmas que, a despecho del ateísmo y la ciencia, causaron estragos, o de personas que ya no están en este país —como a veces ocurre, y es significativo— o en este mundo.
Recordemos un célebre alejandrino de Pablo Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Pero también es cierto que, si podemos no ser los mismos se debe, en primer lugar, a que seguimos siendo y no debemos tornarnos ciegos, ni autonegación vergonzante, sino empeñarnos en ser mejores. No se habla aquí, naturalmente, de aquellos para quienes los errores —los reales y los inventados— han sido pretexto para abandonar o traicionar una obra en que nos va la vida.
¿Se habrán alejado mucho del tema estas notas? Quizás no. Si el autor puede recordar con alegría de la amistad que la vida le regaló disfrutar con Vitier desde que se fundó el Centro de Estudios Martianos, fue porque no cayó en la trampa que le tendió cierto “apasionado defensor” —quizás hasta quería serlo de veras— de la Revolución y la práctica de su política cultural antes de 1976, en lo que se ha llamado “quinquenio gris”. Se sabe que ese es un concepto urgido de estudio a fondo en tamaño y en color, pero recordar el sintagma, que acuñó el serio Ambrosio Fornet, facilita por lo menos la narración de ciertos hechos, y puede animar la voluntad de impedir que lo indeseable se repita.
Me hallaba preparando el trabajo titulado “Anticlericalismo, religiosidad y práctica en José Martí”, y el apasionado a quien antes aludí me recomendó aprovechar la oportunidad y señalar diferencias entre las ideas religiosas de Vitier y las de Fina, para, de paso, sembrar división entre ellos y apoyar —según él entendía o decía entender— a la Revolución. “¡Dios mío!”, habrá quien haya dicho o pensado en el auditorio. Si hoy reproduzco la respuesta que le di al apasionado, es porque de ella brotan no pocas referencias a circunstancias e ideas que entonces campeaban: “Cintio y Fina tienen grandes méritos”, le dije, “pero ahora son como árboles caídos, y no quiero ni parecer que intento hacer leña de ellos. A quien impugnaré será a un académico marxista, soviético, que ha falsificado a Martí, para convertirlo en materialista, en un texto que tú publicaste”.
Debo reconocer que, ante esa respuesta, el apasionado —seguiré llamándolo así a falta de otro calificativo más preciso y publicable— no insistió en su intento de manipulación, en cuyo éxito probablemente él confiaba de antemano, por mi militancia revolucionaria, y por mi juventud y mi menor preparación de entonces. También reconozco, de paso, que ese fue el origen de mi insistente polémica, en el texto aludido, con Óleg Ternovói, a quien no alcancé a ver en un viaje que hizo luego a Cuba, durante el cual, según un colega de confianza, en algún momento reconoció que las observaciones críticas hechas a su afán de ver a Martí como ateo y materialista eran acertadas. Nada más he vuelto a saber de ese estudioso, y no puedo emitir juicio alguno sobre sus pasos posteriores. Pero prefiero imaginarlo firme en lo bueno de las ideas por las que —según sigo creyendo— fue capaz de equivocarse honradamente. En lo que a mí respecta, para no dejar en el aire ninguna confusión, añado que continúo siendo ateo. Pero esa es otra historia.
Aquel manipulador que me invitó a sembrar cizaña entre Cintio Vitier y Fina García Marruz sigue en este mundo, y, dondequiera que se encuentre, le deseo una existencia larga y venturosa. Pero en este país no está, a diferencia de Vitier, quien murió en la patria. La honró a lo largo de su vida, y le fue especialmente útil y valioso al defender principios como los expresados en Ese sol del mundo moral, libro cuya publicación fue vetada durante años por criterios como los que intentaba representar aquel que buscaba cualquier oportunidad para zaherir a su autor.
Vitier no traicionó su religiosidad ni su patria. Ni podría ubicarse entre aquellos en quienes Martí estaría pensando cuando en su discurso Con todos, y para el bien de todos previó: “se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir,—y que se pondrán a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina”.
El hombre a quien hoy rendimos homenaje bregó resuelta y amorosamente para que la Revolución Cubana, que él abrazó por su significado para los pobres de la tierra, se fortaleciera en los valores raigales de la patria, e injertase en ella el mundo, sin perder de vista ni de comprensión cuál era, cuál es, su tronco. ¿Hubo en eso algo, o mucho, del sentido de la paciencia cristiana, de la capacidad de resistir para abonar en el camino las ideas abrazadas? Seguramente lo hubo, ya se diga de ese modo o de otro más apegado a sus creencias. Y tan seguro como eso es que, en armonía con su condición de cristiano, actuó de manera decisiva su profunda comprensión de Martí.
En un diálogo al que me referiré más adelante, Vitier reconoció que no podría hallar en nuestro Apóstol la idea de Cristo como hijo encarnado de Dios; pero sí la herencia cristiana en su indeleble significado ético. Martí, dicho sea de paso, no parece haber buscado su guía en el cristianismo de forma doctrinaria: la nutrió con su conocimiento del mundo oriental, especialmente del hinduismo y el budismo, sin desconocer lo autóctono americano ni el afán renovador que conoció en el ambiente español —con su vertiente krausista— que conoció en especial durante su primera deportación a España, ni el mejor pensamiento de disidentes de la otra América: en primer lugar, Ralph Waldo Emerson, a quien admiró profundamente.
El Martí que en uno de sus Cuadernos de apuntes afirmó que Dios había sobrevivido en él a sus antiguas creencias, mientras “la idea de la adoración ha pasado para no volver jamás”, es el mismo que líneas antes ha escrito con el fuego de la experiencia y la vocación propias: “Cristiano, pura y simplemente cristiano”; y añade inmediatamente: “Observancia rígida de la moral,—mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento de todos, vida por el bien, mi sangre por la sangre de los demás;—he aquí la única religión, igual en todos los climas, igual en todas las sociedades, igual e innata en todos los corazones”.
Los frutos del diálogo mencionado se recogieron —como el texto que lo motivó— en el onceno Anuario del Centro de Estudios Martianos (1888). Una intervención mía en un foro del propio Centro, titulada, con palabras de Martí, “Contra los cegadores de la luz”, suscitó que días después Vitier me leyera, en privado, sus “Observaciones a una ponencia”, que escuché atentamente de principio a fin. Al terminar su lectura, nos levantamos, nos dimos un abrazo, él me entregó su texto y le anuncié que le respondería por escrito. Pocos días después le leí mis “Comentarios a unas Observaciones”, en los que, gracias a él, tuve ocasión de exponer criterios menos esquemáticos —por extensión y por lo que mis ideas podían tener de mi propio camino, por mi formación, y de reflejo contextual de un momento— que los defendidos en la ponencia del foro, y argumentar con mayor fundamento mis ideas. Al final de la lectura, nos pusimos de pie, nos abrazamos y le entregué mi respuesta. Ambos estuvimos alegremente de acuerdo con publicar el intercambio. En esos encuentros también estuvo presente Fina.
Si cuento la anécdota no es con el fin de responder a posibles especulaciones, que no valdría la pena tener en cuenta, sino para reiterar mi gratitud por algo que fue “para mí un modo de salir ganando”, como escribí en los “Comentarios”: “No porque mis argumentos puedan vencer los suyos, aunque no faltará vez en que me gustaría conseguirlo, sino porque de ese diálogo el mayor beneficio me estará dado a mí, por ser, de los dos, a quien le queda más sendero por andar en sentido contrario a la ignorancia. El diálogo con personas como Cintio brinda siempre luz para ensanchar las ventanas de que disponemos para ver el mundo, y ventanas, ¿quién no lo sabe?, es una metáfora con la cual las personas decentes solemos denominar los que, por muy nobles que resulten, no pasan de ser nuestros respectivos sectarismos”.
Hubiera sido mucho más difícil disfrutar un intercambio fraterno como ese si, por inexperiencia, impreparación o lo que fuese, yo hubiera caído en la trampa de aquel apasionado.Pero, más allá de eso, Vitier no cocinaba rencores y resentimientos —que a veces hasta ganancias dan—, y dedicó en especial gran parte de sus años finales al empeño de que en la patria se afianzara y se profundizara la espiritualidad cultivada por sus mayores exponentes desde el siglo xix, con Martí en el sitial más alto.
Cuando el país dio muestras de rectificaciones necesarias, Vitier, heredero de ese legado, respondió al llamado que se le hizo a ocupar una plaza de diputado a la Asamblea Nacional. Se le pidió en nombre de la FEU de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, comunistas a quienes siempre admiró y elogió sin reservas, incluso antes de 1959, cuando eso podía costar caro, no cuando resultaba fácil hacerlo.
Recordar a Vitier en Bayamo suscita apuntar que su labor de diputado la ejerció por un pedazo de esta tierra; pero eso no es lo fundamental, y se perdonará que así se diga, pues Bayamo y el conjunto de la provincia Granma, de la que es cabecera, se han distinguido por el aporte de sus hijos e hijas a la patria toda: por lo menos desde el levantamiento del 10 de octubre en el ingenio Demajagua, y el estreno, diez días más tarde, en campaña, de la letra de La bayamesa, que devendría Himno Nacional.
Acaso lo más útil con respecto a la actitud de Vitier estribe en lo que pudiera apreciarse como fruto de su abrazo de las enseñanzas de Martí, no solo en general, como valores abstractos, sino frente a incomprensiones e injusticias que él, Vitier, sufrió en carne propia. Alguna vez lo oí citar con énfasis, para ver en esas palabras una proyección de Martí mismo, uno de los juicios de este acerca de Carlos Manuel de Céspedes: “Decía Céspedes, que era irascible y de genio tempestuoso:—‘Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución el más doloroso para mí ha sido el sacrificio de mi carácter’. Esto es, dominó lo que nadie domina”.
¿No sentiría Vitier su propia experiencia reflejada de algún modo en esas palabras? De lo que no hay duda es de que las enseñanzas que buscó y halló en Martí, y el modo como las asumió al estudiarlo, conservan un valor que desborda lo personal y alcanza incluso generosa utilidad frente a las huellas que pueda haber en el mundo, y entre nosotros, de males propios de la colonia y la esclavitud, como el racismo.
Refiriéndose a dos relevantes pensadores de la liberación en el siglo xx —el martiniqueño Frantz Fanon y el tunecino Albert Memmi— Vitier estableció, con respecto a nuestro héroe, un contraste que podrá discutirse, pero aporta una perspectiva de valor metodológico para pensar y, lo decisivo, para actuar. Martí fue capaz de “no devolver odio lúcido por odio ciego, no ser un resentido histórico, una irremediable víctima intelectual y emocional de la colonia”, y esa actitud le permitió “ser un pensador revolucionario de lo que se llamará el Tercer Mundo; y, sobre todo, eso tan raro, casi milagroso en la historia de las luchas políticas: un hombre libre, dentro de la esclavitud; por lo tanto, un auténtico libertador”.
Tal fue el saldo teórico y práctico señalado por Vitier en la obra de aquel que, después de su juvenil poema dramático Abdala, no volverá a blandir entre sus armas el odio, pero tampoco incurrió en lo que desaprobó al hablar de los terribles y aleccionadores sucesos del 27 de noviembre de 1871: “el olvido indecoroso de las ofensas”. Ya había expresado, refiriéndose a los mismos hechos, que no era propio de cubanos “vivir, como el chacal en la jaula, dándole vueltas al odio”.
Si tal fue la actitud de Martí contra la cruda y aberrante realidad colonial, ¿cuánto habrá significado ella para un digno estudioso de su vida y de su obra conscientemente ubicado en el seno mismo de las contradicciones propias de una obra emancipadora como la Revolución Cubana? Entre los méritos de esa obra estaba, está, nada menos que el haber sacado del país al imperio cuya expansión Martí había tratado de impedir, y el haber dado prueba, en los hechos, de la voluntad de ser fiel al ideario de su autor intelectual para fundar una República nueva, inalcanzable sin lo que el propio Apóstol señaló entre los fines cardinales del Partido Revolucionario Cubano: “un pueblo nuevo y de sincera democracia”.
Los enemigos de la Revolución no le perdonaron ni le perdonarán a Vitier, ni él esperaba que le perdonaran, su labor revolucionaria, a la que se dio con las mejores armas que podía poner a disposición de la patria: pensamiento honrado y palabra sincera. Recordemos su afán, que no debe caer en el olvido, por dotar a la enseñanza cubana de una serie de textos fundamentales, como los Cuadernos martianos. No eran ni deben ser volúmenes para ocupar estantes de bibliotecas, sino fuentes de luz para contribuir a la formación de cubanos y cubanas mejores.
*Conferencia inaugural del Foro de Literatura dedicado a Cintio Vitier los días 17 y 18 de octubre de este año en la Biblioteca Provincial 1868, de Bayamo, como parte de la 17ª Fiesta de la Cubanía, celebración, en aquella ciudad, de la Jornada por el Día de la Cultura Cubana.
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