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Letra con filo
Cintio Vitier en el sol del mundo moral (II, final)* Fecha: 2011-11-07 Fuente: CUBARTE
Cintio Vitier en el sol del mundo moral (II, final)*
Cintio Vitier en el sol del mundo moral (II, final)*

Hoy resulta común —y no se insinúa que sea por ello menos justo— rendirle homenaje a Cintio Vitier, recordarlo en momentos de gran importancia para la patria, acudir a su palabra y a su pensamiento entre las contribuciones valiosas para orientarnos hacia lo que él, en tributo a José de la Luz y Caballero, honró mucho más allá del título de uno de sus libros: Ese sol del mundo moral. Pero no siempre ni en todas partes ha sido ni es así, y no hay por qué suponer que lo será. En un foro en el que compartíamos una mesa de trabajo, Fina me comentó sobre la rabia enfermiza con que un resentido arremetía contra él por su labor patriótica, y, aprovechando que en ese momento el auditorio no nos oiría, le respondí algo que provocó la risa de ellos dos: “Es que Cintio llegó a ser un hijo diputado de la patria, y el resentido no llegó al do de diputado”.

Ahora también pudiéramos reírnos, pero la cosa es seria. En 2004, algún tiempo después de aquella anécdota, la Universidad de Puerto Rico —donde tanto bueno se ha hecho y se hará por el conocimiento y la cordialidad entre nuestros pueblos, fines a los que han coadyuvado hijos e hijas de esa tierra hermana— organizó uno de sus actos de homenaje a relevantes académicos. Ese en particular tuvo el mal tino de repartirlo, buscando tal vez un equilibrio inalcanzable, entre el patriota puertorriqueño José Ferrer Canales, evangelio vivo, eminente formador, y el catedrático Roberto González Echevarría, nacido en Cuba y con una destacada carrera profesional en los Estados Unidos.

Don Pepe, como sigue llamándose a Ferrer Canales en su país, todavía hoy reducido a colonia, ratificó en el homenaje su altura humana e intelectual, y, aunque no fue el tema de su discurso, sabemos la admiración que sentía por intelectuales cubanos como Vitier. En su turno, González Echevarría hizo todo lo posible por menospreciar la producción literaria cubana leal a la Revolución: entre otras cosas, anunció que estaba perdiendo su entusiasmo por una obra que había estudiado, la de Alejo Carpentier —lo dijo al calor de su afán por privilegiar reales o presuntos opositores de fuera y de dentro—, y también apuntó que se hablaba mucho de Cintio Vitier, en cuya producción él no hallaba “una página” perdurable.

La intervención del académico cubano-estadounidense fue en sesión “magistral”: no admitía debate. En la comisión correspondiente, más que a la ponencia que llevaba para elogiar merecidamente al maestro Ferrer Canales, dediqué mi turno a refutar el malabarismo verbal del catedrático nacido en Cuba y formado para los Estados Unidos, y cuyo desplante no era un hecho aislado de otras maniobras. Los textos dedicados a Ferrer Canales integraron luego el número (44-45, abril-septiembre de 2007) que La Torre. Revista de la Universidad de Puerto Rico dedicó al maestro, muerto en 2005. Mi ponencia lleva al pie de la primera página una nota en que resumí lo dicho en respuesta a González Echevarría.

Por la puntilla bibliográfica he estado al borde de olvidar que en marzo de este año el césar de turno, Barack Obama, le entregó a ese catedrático la Medalla Nacional (estadounidense) de las Humanidades. El profesor español Luis Martín-Cabrera, que fue alumno del condecorado —lo padeció, pues, y lo conoce— abunda en sólidos elementos de juicio para caracterizarlo integralmente. Apuntemos no más las preguntas que se hace en el artículo publicado en Rebelión a propósito del homenaje de Obama al académico: “¿Qué interés puede tener el presidente Obama en premiar a un crítico literario latinoamericano ahora que muchas universidades cierran o retiran los fondos de sus programas de estudios latinoamericanos? ¿Qué interés puede tener la literatura latinoamericanao el Siglo de Oro español o las polémicas entre latinoamericanistas para una nación que lo ignora casi todo sobre sus vecinos del sur y sobre los cuarenta millones de latinos y latinas que viven al norte del Río Grande?” Martín-Cabrera ofrece no pocas respuestas de peso.

Hace apenas unos días, la muerte en los Estados Unidos de alguien que logró hallazgos documentales útiles para el conocimiento de Martí, fue utilizada por medios de aquella nación, en especial de Miami, para devaluar los estudios martianos hechos en Cuba. No hay que menguar ahora en modo alguno a quien no halló otra salida a sus respetables angustias personales que poner fin a su vida. Tampoco hace falta semejante indelicadeza para refutar la afirmación según la cual desde Félix Lizaso —que hizo aportes valiosos, como el acarreo de Archivo José Martí, y cuya vapuleada biografía Martí, místico del deber he defendido en otros textos— hasta Carlos Ripoll, ante cuyo suicidio debemos mantener respetuoso silencio, no hubo nada más que valiera la pena en las indagaciones martianas. Sirva semejante juicio, que no resiste el menor análisis, como señal del oscurantismo de fuerzas de derecha afanadas en desconocer todo aquello que no dé brasas a su cocina de falsificaciones. De tal oscurantismo, a veces vestido de academia, valdrá siempre la pena, o la alegría, estar lejos.

Tampoco es justo dedicar mucho espacio a refutar hechos dolosos cuando falta el tiempo para rendir a Vitier el homenaje merecido. No podrá esta intervención adentrarse, por ejemplo, en algunos de los textos donde él hizo explícita la base conceptual de su empeño. Es obvio que entre ellos corresponde un lugar relevante a “Martí en la hora actual de Cuba” y “Hacia un marxismo martiano”. Ambos requieren un tratamiento particular y a fondo, y es de esperar que, como otras muchas páginas suyas, sean objeto de atención en ponencias de la noble cita bayamesa, o en otras. Son textos que reclaman interpretación honrada y profunda. Ambos plasman, enriquecida en el camino de la transformación revolucionaria del país, y de la evolución del propio Vitier, la imagen de futuridad con que él desde sus primeros estudios asoció la inagotable permanencia de Martí.

En su ensayo “Martí futuro” (1964) pudo verse —mezclo aquí recuerdos de lecturas y de conversaciones— la religiosidad y el idealismo filosófico del autor. Casi desde el inicio de ese texto el autor reconoce que el héroe tuvo “un menester histórico muy concreto que realizar” y, “todos lo sabemos”, “lo realizó” cabalmente. Pero pone su énfasis en que “el hombre al que [Martí] habla y del que habla es un hombre nuevo, futuro, ecuménico, armonioso por el equilibrio de los contrarios, afincado en la tierra y en el hambre de eternidad”. Para el ahondador intérprete, el revolucionario caído en Dos Ríos demanda una comprensión singular: “Lo justo, lo difícil, es comprender que Martí fue un ser fronterizo entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo histórico y lo trascendente, y que fue una de sus misiones representar valores sagrados dentro del mundo, sin salirse nunca de sus límites”.

Está claro, y es natural, que en su representación de Martí laten sus propias creencias, su propia concepción del mundo. ¿Cuáles otras podrían ser? No sería pertinente ignorar los contrapuntos —increpantes a veces, si se quiere— que Vitier establecía con el entorno cubano en aquellos inicios de una Revolución que se había proclamado socialista. En términos de justicia política y social, eso complacía al buen cristiano, no necesariamente en cuanto a la dimensión filosófica asociada a un modelo que —en circunstancias explicadas posteriormente en textos como el libro Fidel y la religión. Conversaciones con Frei Betto—abogó, más que por una orientación laica, por perspectivas ateas o de signo ateocrático incluso.

Una lectura atenta del ensayo de Vitier mostraría cuánto hay en esas páginas de diálogo con el entorno de esos años, más que afán de desarraigar a Martí de su tiempo, de sus circunstancias. Pero desde las suyas el autor de “Martí futuro” reaccionó contra tendencias como la de creer que todos los seres humanos podían unir —como el poeta que fundó el Partido Revolucionario Cubano y organizó una guerra liberadora— las dimensiones del pensamiento creativo en el terreno literario (o artístico en general) y la acción política. A la vez, y como base de su perspectiva y de su personal identificación con Martí, apuntaba: “lo primero que tenemos que hacer, como un deber sagrado de cubanos y de americanos, es empaparnos de las esencias enérgicas, agónicas y cordiales de su palabra, que no nos llega como letra, sino como verbo transfigurador, que no nos trae la estructura fija de una ideología sino los caminos sufrientes y jubilosos de una salvación individual y colectiva”.

Quede para otro momento el análisis de esos juicios, a los que tal vez el término ideología llegó como sinónimo de dogmatismo político: como parece universal la tendencia a arrimar la brasa a la sardina propia, no digamos dogma, algo que recorre diferentes esferas y posiciones. Pero del peligro de desarraigar a Martí se libró Vitier por el braceo incesante en lecciones con las cuales podría orientarse y definirse a sí mismo. Soy testigo de su entusiasmo ante la calificación de prosocialista aplicada a Martí con las miras puestas en un socialismo pleno y emancipador como el que aún no se ha logrado en la faz de la tierra.

En “Hacia un marxismo martiano”, Vitier propone un abrazo de síntesis fundacional allí donde miradas tópicas —no hablemos de las mal intencionadas— podrían no ver más que una especie de oxímoron ideológico. Por encima de diferencias que los contextos y las características personales marcarían inevitablemente, tenía en cuenta los caminos por donde el ansia de hacer bien a los más débiles, a los pobres de la tierra, haría que coincidiesen ideas que hoy asociamos por justicia a nombres de personas que las encarnaron: Marx, Martí. Son, “con este nombre o aquel”, aspiraciones que a la humanidad le urge defender para salvarse.

No saldrá sobrando recordar que el acercamiento de Vitier al marxismo crecía mientras para algunos, en distintos lares, “pasaba de moda”. Quien tuvo por base de su pensamiento y de su conducta el cristianismo, que en más de veinte siglos no ha logrado el triunfo que merece, no se paralizaría porque un programa revolucionario como el marxista haya venido sufriendo crisis, reveses, lecturas insuficientes y traiciones en menos de dos centurias. En esa historia —en la que el capitalismo ha fracasado y la humanidad necesita construir la justicia social para salvarse— el original Martí viene “del sol y al sol” va, y sigue uniendo y movilizando fuerzas. Vitier estuvo, o está, entre ellas.

Hombre de pensamiento enriquecido por el estudio de la filosofía —una vocación que pudo venirle de su padre y halló en él un camino propio asociado a la revelación poética—, Vitier se adentró con seriedad en textos de Marx. Le interesaba apreciar aquellas coincidencias y, también, refutar ciertas falsificaciones de las que el pensamiento de Martí fue objeto. Una de ellas pretendió convertirlo en defensor de la Comuna de París, acontecimiento que, por razones en las que no viene al caso detenerse ahora, pudo resultarle distante al patriota cubano, jovencísimo a la sazón. Pero lo más relevante para el tema que nos ocupa es que, mientras el falsificador a quien Vitier refutó se encuentra hace años en los Estados Unidos haciendo el juego a las fuerzas contrarias a Martí y al movimiento obrero internacional, cuyo reverdecimiento le urge al mundo, Vitier fue cada vez más consciente de cuál era el camino por donde practicar la lealtad al Apóstol.

Si el propio Lenin dijo alguna vez, con estas o parecidas palabras, que prefería tener el apoyo de un idealista inteligente antes que el de varios materialistas torpes, en el caso de Vitier habría que añadir a la inteligencia la honradez, y la capacidad para afincarse en la tradición histórica y cultural a la que pertenecía. Por lo demás, su punto de partida no era el materialismo —no al menos en su versión dialéctica, tal vez la que más superficial y mecánicamente ha sido a veces asumida—, sino la religiosidad, pero una religiosidad que favorecía en él un acercamiento sin retroceso al materialismo histórico, y una apertura de pensamiento más productiva que las chaturas positivistas. Agréguese que tuvo un pensamiento de alcance dialéctico, por su capacidad para interrelacionar los elementos que estudiaba.

Para volver a Martí, y citar, en un camino que permanece dentro del tema tratado, a un autor respetable, recordemos algunas palabras de Carlos Rafael Rodríguez en un memorable discurso de 1972. En ese texto tuvo el acierto de llamar a Martí contemporáneo y compañero, lo que revela mayor comprensión de su vigencia que el modo como lo había calificado en un artículo de 1953: guía de su tiempo y anticipador del nuestro. Pero en aquel discurso, que en su momento contribuyó a poner no pocas cosas en su lugar, emitió un juicio que entonces y en años posteriores, cuando podía tomarse como desaprobación —aunque no fuera el propósito del orador—, se citó quizás más que aciertos mayores suyos. Helo aquí: “José Martí fue, dentro de los pensadores descollantes de nuestro siglo xix, el que desde el punto de vista filosófico tuvo posiciones idealistas más definidas. Martí dio la posición de avanzada en todo, menos en filosofía”.

Cabría suponer que el político de Letra con filo se inclinaba a preferir el materialismo de otras figuras de nuestra historia. Pero, para poner un ejemplo concreto, el materialismo positivista de autores como Enrique José Varona —pensador con suerte si los ha habido— daba pie para explicar la expansión del imperialismo a la luz de la sociología, y verla desde una especie de resignación que de alguna manera llegó a herederos de Varona, como el propio Medardo Vitier. Martí, por su parte, nos legó un rumbo de más perdurable utilidad.

Parte sustancial de su legado estuvo en el afán de frenar a tiempo la expansión que Varona explicaría cuando ya estaba ocurriendo. Varona podía mirar al país desde su belvedere. El fundador del Partido Revolucionario Cubano pensaba y actuaba con la vida a la cintura, al pecho, en causa común con “la masa hábil y conmovedora del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”. Esa era la que desdeñaban los “prohombres” dispuestos a someterse, en busca de premios por sus “oficios de celestinos”, a la potencia imperialista emergente, como antes soportaron la dominación de la potencia colonial venida a menos. Lo cierto es que el marxismo no entró en Cuba por la sociología positivista de Varona, sino por el pensamiento y el ejemplo de Martí.

Hoy —otro dato que no debemos pasar por alto— hay quienes se proclaman defensores de la razón instrumental, e intentan convertir en símbolo de ella a un Varona que, reanimado, revitalizado en su ancianidad por jóvenes revolucionarios que lo alzaron como estandarte de conducta, no cabe en esa etiqueta. Y, al tiempo que procuran ganar para su bando a Varona, rechazan la razón moral que Martí encarnó, y que no cabe en pragmatismo alguno, ni de derecha ni de izquierda, en caso de que, si se trata de ideas filosóficas, no del uso que suele darse a ese vocablo en el lenguaje cotidiano, pueda haber un pragmatismo que sea de izquierda verdaderamente. Otra cosa es el sentido práctico necesario para defender las ideas y los sueños de liberación y justicia.

Vitier supo interpretar con grande y buena productividad la guía que Martí le trasmitió a Fermín Valdés Domínguez en una carta de mayo de 1894. En ella señaló peligros que, “como tantas otras”, tenía “la idea socialista”: en particular el del oportunismo y el de “las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas”. Pero no vaciló en ponerse del lado de quienes, sin desorientarse “por esta o aquella verruga” que le pusiera al afán justiciero “la pasión humana”, buscaban “sinceramente, con este nombre o aquel, un poco más de cordialidad, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo”.

Ese legado puso a Vitier en condiciones de alimentar como una brasa más —no menos— la luz de la transformación revolucionaria de la patria, y de su indispensable crecimiento espiritual, en este mundo. No permitamos que ninguna lectura infeliz, ningún acto de oportunismo, ningún exceso —ni el de pasiones legítimas— vuelva a poner en peligro una obra de unidad patriótica que está en la raíz de la admiración que Cuba ha ganado en el mundo, y de avances que se extienden a otros pueblos con la lumbre del ALBA y son verdaderamente humanitarios.

Dentro de esos avances figuran afanes que los medios imperantes ocultan, como la Operación Milagro. En un texto que acaba de publicarse en el número 264 de Casa de las Américas, un gran amigo de nuestro país, un hermano de veras, el jamaicano Keith Ellis, recordó haberle “oído a un viejo antillano, beneficiario de ese programa, salvado gratuitamente de la ceguera, y no acostumbrado a esta clase de atención amistosa, preguntar con agradecimiento: ‘¿Por qué nos quieren tanto?’ Y en Jamaica, cuando celebraron en 2006 el primer aniversario del programa Operación Milagro, algunos de los tres mil beneficiarios, humildes y religiosos, se reunieron en Kingston y, después de cantar himnos y rezar, terminaron cantando estas palabras: ‘After God, Cuba’ [Después de Dios, Cuba]”

No es fortuito ni banal que “Martí futuro”, afincado en la trascendencia ética del héroe, sobresalga claramente, en lo que el “idealista” Vitier revalida, de sus textos anteriores, en Vida y obra del Apóstol José Martí. A ese volumen, publicado en 2004 y reeditado en 2010, fecha y contenido le otorgan carácter de summa exegética, y su capítulo XII y final, “El legado martiano”, termina con las palabras finales del ensayo de 1964: “Entre los profetas de los nuevos tiempos, de ese porvenir sintetizador de las facultades y necesidades humanas, ninguno encarna como José Martí el ejemplo del hombre futuro. Ninguno como él regó con su sangre la tierra verdadera del hombre: del hombre completo, carnal y espiritual, profano y sagrado, temporal y eterno. Del hombre íntegro que es, en la historia, nuestra única esperanza”.

Querido Cintio, estas notas son las que debí haberte enviado desde Madrid, no la carta en que te contaba sobre ardides tejidos por un canalla para sembrar divisiones entre nosotros. Aquella carta te la remití por correo electrónico con la ayuda de la Oficina del Programa Martiano y la eficiente Graciela Rodríguez, Chela, y tuvo una respuesta con la que no contaba, la única que no hubiera querido recibir: “Cintio ha muerto”. Ahora, si es verdad que existe la sobrevida en que tú creías, o crees, y con la que yo no cuento, recíbelas como testimonio de cariño, con la misma sonrisa con que en algunos momentos Fina y tú me decían que rezaban por mí, y yo les daba las gracias, sabiendo los tres cómo pensábamos. Hoy sigo agradeciendo a los dos el afecto mutuo y, sobre todo, lo que han dado a la patria. Pero esa es la gratitud propia de un pueblo, la que merece alguien que no pertenece solamente al reino de la sabiduría, sino que brilla también en el sol del mundo moral.

 

* Conferencia inaugural del Foro de Literatura dedicado a Cintio Vitier los días 17 y 18 de octubre de este año en la Biblioteca Provincial 1868, de Bayamo, como parte de la 17ª Fiesta de la Cubanía, celebración, en aquella ciudad, de la Jornada por el Día de la Cultura Cubana.

 

 

Imagen: Intenet

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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