Inicio   |   Mapa   |   Español ∇   |   Miercoles, 23 de Abril, 2014
ir al portal cubarte
Letra con filo
El calvario de un patriota Fecha: 2012-04-30 Fuente: CUBARTE
El calvario de un patriota
El calvario de un patriota

Los manuales narran la historia a grandes trancos, como la vista aérea de una ciudad que destaca los altos edificios y las anchas avenidas junto a un amasijo confuso de callejuelas y viviendas. Los protagonistas aparecen abocetados con énfasis en los rasgos esenciales de su talla heroica. Ese panorama es necesario para entender el curso general de los acontecimientos. Pero la vida real transcurre en otra parte, en ese extenso universo silenciado. Allí nos reconocemos en lo que somos, en nuestra medida de sujetos de un devenir que nos involucra. Por eso las biografías, puente entre el relato de los sucesos mayores y los pequeños, representación ilusoria de la carne y la sangre de todos y cada uno, tienen asegurado un éxito entre los lectores más o menos avezados. Para descubrir los secretos de ese inframundo, los diarios y la correspondencia personal constituyen fuentes documentales de un valor indiscutible.

La Editorial de Ciencias Sociales ha publicado los tres primeros tomos del Diario de Francisco Vicente Aguilera, agente encargado de procurar fondos entre los emigrados cubanos en Nueva York y París, para sostener a los combatientes de la Guerra de los Diez Años. Siempre me ha cautivado la imagen del terrateniente más rico de la zona oriental de Cuba que ofrendó a la causa su riqueza, el bienestar de los suyos, la conquista probable de la gloria en las batallas, para asumir, en la miseria, la soledad y el anonimato, el trabajo mezquino del solicitante de fondos.

Aguilera no tiene talento ni vocación de escritor. Impone al lector la dura brega de recorrer la rutina cotidiana de sus reuniones, de sus contactos fallidos, de los gastos mínimos requeridos para su subsistencia. Hay que encontrar las claves que revelan una realidad sumergida. Inicia las anotaciones en un afán por preservar para sus hijos el testimonio de su verdad. Porque desde su designación en el extranjero sabe que se le ha querido alejar de la manigua, dada su irrevocable confrontación con Carlos Manuel de Céspedes. A pesar de su inmensa fortuna, sigue siendo un hombre apegado a la tierra, mientras el otro, culto, refinado, con experiencia mundana más allá de la Isla, dispone de los recursos intelectuales para diseñar las estrategias políticas. Por la misma razón también se encuentra en desventaja ante los muy cosmopolitas señores del azúcar. Desconocedor del francés y del inglés, tiene que valerse de intermediarios para negociar, con lo cual la práctica anula la alta jerarquía de Vicepresidente de la República y Mayor General del ejército insurrecto. Su desvalimiento es atroz. Su responsabilidad le exige descifrar los mecanismos del poder en los Estados Unidos y en Europa, esta última particularmente impenetrable para él, reducido en París al circuito de los cubanos que se reúnen en los mismos cafés y caminan por los mismos bulevares.

Inexperto en lides diplomáticas, obligado a dominar sus sentimientos íntimos para preservar la unidad de los revolucionarios, Aguilera  navegaba entre las vacilaciones de quienes soñaban con soluciones autonomistas y aquellos otros más inclinados al anexionismo. Estaban de por medio también las ambiciones de presuntos expedicionarios, deseosos de asegurar prerrogativas y recursos frente a las demandas de posibles rivales. La acuciosa tenacidad impuesta a la redacción precisa de  su diario le permite anotar detalles reveladores de un panorama político complejo. A mediados del siglo XIX, cuando predominaban en Europa los antiguos sistemas autoritarios, quebrada entonces la Comuna de París e instaurada en Francia la república de Thiers, la democracia norteamericana mostraba al mundo la imagen de una utopía posible. La práctica revela al cubano qué poco diferían demócratas de republicanos. Están claras las ambiciones de apoderamiento de la Isla, pero  todo está sujeto al rejuego de las potencias, la ya vulnerable España y la todavía poderosa Gran Bretaña tras bambalinas, operan los lobbies que, dinero mediante, tejen intrigas y procuran alianzas. Lo más apremiante en estas circunstancias es conseguir el reconocimiento de la beligerancia de los insurrectos para favorecer, en primera instancia, el trasiego de hombres y armas hacia la manigua. Para lograr fondos destinados al cabildeo, hay que emitir bonos millonarios. Con ello, la República nacería hipotecada.

Sin constituirse en retratista consumado, Aguilera acumula a través de la secuencia de los días pinceladas que revelan semblanzas convincentes de los hombres que frecuentó en la emigración de Nueva York, muchos de ellos figuras prominentes, recordadas hoy todavía en los manuales de historia y de literatura. Resbaladizo como pocos, Miguel Aldama ejerce influencia indudable en ambas orillas del Atlántico. Al igual que otros sacarócratas, ha logrado colocar una parte importante de su capital en lucrativas inversiones fuera de Cuba. Remiso al diálogo directo en Nueva York, recibe a los cubanos en el Grand Hotel, aparenta iniciativa en el empeño por acopiar recursos y se vale de su poder económico para intervenir en decisiones políticas e imponer la cautela y hasta el inmovilismo. Nadie se atreve a arriesgar una posible represalia del magnate. Con sus veleidades anexionistas, Echevarría es el mediador oficioso entre el millonario y los independentistas. Francisco Frías y Jacott, Conde de Pozos Dulces, florea cordial con unos y otros.

El riquísimo terrateniente de ayer es, ante todo, un hombre sensible. En sus apuntes, un lector avezado descubre la dolorosa percepción de la distancia que lo separa de los capitalistas criollos de nuevo tipo que subordinan los intereses de la patria a la defensa de sus bienes en un constante vacacionar por ciudades, refugios campestres y sitios de aguas medicinales, peregrinos de Jerusalén en algunos casos mientras otros, privados de alimentos, ropas y zapatos, así como de las indispensables municiones, se sostienen en la manigua. Por vía de los sentimientos, construye un retrato conmovedor de José Antonio Saco, cuyas dotes intelectuales admira profundamente. A pesar de las diferencias ideológicas, los une en la emigración el recuerdo común de Bayamo. Avejentado, enfermo, instrumentalizado por la sacarocracia, el autor de La vagancia en Cuba sobrevive en París bordando la miseria. Su mejor amigo, su asiduo corresponsal, Domingo del Monte, ha fallecido. Se mantiene gracias a una mesada de Miguel Aldama. El acérrimo polemista de ayer, el crítico del anexionismo, no se atreve al menor gesto que pudiera irritar la soberbia de Aldama.

Más de un siglo ha transcurrido desde entonces. El encuentro entre dos soledades de origen y razones tan diferentes invita a una reflexión desde la contemporaneidad, acerca de la utilidad de la historia y el modo de abordarla. Antes de enjuiciar, hay que entender. Aguilera, imantado por un ideal, entregó fortuna y bienestar de una familia numerosa. Pobretón brillante, reformista convencido, Saco, para hacer su obra, tuvo que someterse al dogal del los poderosos. Ambos coincidían en considerar el problema de la esclavitud como eje fundamental del conflicto que desgarraba el proyecto de nación cubana. En el acontecer práctico de la Demajagua y en los lineamientos jurídicos de Guáimaro, los independentistas decretaron la abolición, cortaron el nudo gordiano de un solo tajo e integraron a los antiguos esclavos al combate por la emancipación. Temerosos de estallidos violentos, sabedores de que la esclavitud constituía un anacronismo a mediados del siglo XIX, los reformistas preconizaban la cautela. Saco emprendió la gigantesca tarea de historiar el fenómeno desde sus más lejanos orígenes. Asediado por una ceguera casi total, por la decadencia física y por la probable cercanía de la muerte, Saco aspiraba, en aquella última etapa, a la publicación de su enorme papelería inédita, solo posible de la mano de Aldama. A pesar de sus limitaciones en el plano político, era un adelantado al desarrollar una articulación conceptual entre historia y sociedad para distinguir lo esencial de lo secundario y anteponer en el análisis el rastreo de las causas más allá de las consecuencias de los fenómenos que afloran en la superficie. Tal es la utilidad precursora de su obra, vista desde la perspectiva actual.

El lector contemporáneo disfruta una posición de privilegio al recorrer el diario de Francisco Vicente Aguilera. Conoce el proceso que condujo la Guerra de los Diez Años al Pacto del Zanjón y sabe el destino final del autor del texto. Esa mirada confiere una dimensión dramática al lento decursar de los días en vanos esfuerzos que a poco conducirán. El empeño mayor se diluye entre intrigas cortesanas, bretes, ambiciones personales y vanidades minúsculas. Las luces y sombras se mueven entre la generosidad suprema y la pequeñez aldeana. Al cierre del último tomo, en espera de la edición de los subsiguientes, tenemos plena conciencia de que el calvario del patriota no ha terminado. Lo aguardan la miseria más profunda y la muerte solitaria causada por un cáncer de la laringe.

José Martí no accedió a los documentos personales de los protagonistas de la guerra grande. A través de otras fuentes, sustentado en su extensa cultura, en su dominio de las corrientes políticas de la época, en su extraordinario talento, pudo analizar los factores que llevaron a fundar el Partido Revolucionario Cubano. Descartó negociar con los señores del capital. Fortaleció la unidad de las bases de la emigración alrededor de un programa mediante el cual la guerra necesaria constituía el eslabón imprescindible, la semilla originaria de la república soñada. No podía haber coqueteos anexionistas ni autonomistas. En la emigración y en la manigua debía cristalizar la República, a la vez que el pueblo en armas rompía los lazos de dependencia con un imperio decrépito. Ello no obsta para reconocer en la transparencia de Francisco Vicente, en su renunciamiento a los bienes materiales, a las ambiciones de poder y gloria, en el sacrificio de sus afectos más entrañables, un indiscutible ejemplo moral.

 

 

Imagen: Internet

Temática: Cultura General
compartir en:
Lector crítico
Enviar comentario »
adicionando comentario ...