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Letra con filo
Habanera Fecha: 2011-02-25 Fuente: CUBARTE
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La Habana es una ciudad mítica. Su arquitectura tiene pocos monumentos paradigmáticos. Sus habitantes transitan por ella indiferentes a los valores del entorno. Y, sin embargo, el mito existe, alimentado, como sucede en Buenos Aires y París por un imaginario forjado por escritores, músicos y pintores

Aún en la actualidad, cuando la urbe muestra las lastimaduras del tiempo, de la falta de mantenimiento y del empobrecimiento de muchos espacios, los visitantes se sorprenden ante el cráter de su urbanismo y, sobre todo, ante algo tan intangible como su atmósfera. Etérea, hibrida en la construcción de buena parte de sus edificios, la Habana se reconoce en la intensidad viviente de sus calles, en el texto sonoro de voces y música invasiva y en la ruptura de la frontera que en muchas partes separa el adentro y el afuera de las viviendas. Lo intangible modula la resistencia de lo tangible.

Esa dimensión impalpable de la ciudad domina un curioso volumen de reciente publicación por Ediciones Unión. Compilado por Carlos Espinoza, bajo el título de Revelaciones de mi fiel Habana, el volumen recoge los artículos escritos por José Lezama Lima para el Diario de la Marina entre 1949 y 1950, algunos de ellos incluidos por el poeta en Tratado en La Habana y otros olvidados en las páginas del periódico. Poco tenía que ver la perspectiva estética de los origenistas con las prácticas periodísticas. A diferencia de la generación que los precedió, diluida en gran parte en la servidumbre impaciente de la prensa y en el afán por adquirir notoriedad social, defendieron al entrega a la literatura como forma de sacerdocio. Siempre contradictorio, Lezama intentó en ocasiones romper esos límites. Instalado en Caracas, Carpentier trató de introducir colaboraciones suyas en El Nacional. Otro amigo, Gastón Baquero, lo colocó durante unos meses en el órgano de los sectores más tradicionalistas del país.

Sometido a las leyes de la prensa en cuanto a la brevedad de los textos y al ajuste temático a acontecimientos y efemérides, conciertos, exposiciones, navidades, aniversarios de Martí, Lezama no renunció a algunas de sus peculiaridades. Fragmentos de una obra mayor, los trabajos no tienen título. Integran así un discurso continuo.

En verdad, Lezama se introduce en el periodismo para subvertir los principios básicos del medio. Con su acción contradice el concepto de que el medio es el mensaje y defiende la autonomía de este último. Bajo el manto de efemérides y sucesos, lo efímero se diluye en reflexión trascendente. Suprime la pátina de lo circunstancial para indagar acerca de lo esencial oculto tras las apariencias. La mirada oblicua desplaza la comunicación directa impuesta por las urgencias de la actualidad. De ese modo, el discurso de Carlos Prío Socarrás, presidente de la república, para presenta un nuevo gabinete ministerial en el punto de partida para comentar el habitual comportamiento de los habaneros ante la inminencia de una noticia, a través de rumores que animan brevemente calles, cafés, espacios públicos y privados, conducta que, ciertamente, no se ha modificado mucho de entonces a nuestros días. Una muestra pictórica al margen de las obras que la componen, favorece un comentario sobre la reciente madurez alcanzada por las artes visuales respecto al siglo XIX con sus figuras aisladas, el salto se traduce en la aparición de un movimiento capaz de apropiarse de la naturaleza para transformarla en cultura.

En su narrativa, Lezama evocó el universo construido de la ciudad, precedida por la escalinata de Upsalón y por el muro del Malecón, propicio a encuentros y confidentes. En los artículos, estas referencias rara vez aparecen, salvo cuando se trata de señalar una pérdida. Lamenta la desaparición de las arcadas de la Plaza del Vapor, el mercado oliente a pescado, aves de corral y frutas que muchos conocimos, para favorecer la edificación del anodino palacio de Bellas Artes. Pero, le interesa, sobre todo, preservar el cuerpo viviente de la ciudad, temblorosa en los días invernales y conservadora de tradiciones culinarias. La Habana es el escenario de un gran espectáculo, disfrutable para quienes están capacitados para reconocer sus claves.

Mito y espectáculo, a pesar del deterioro, de ciertas conductas depredadoras y de pérdidas irreparables sufridas por muchos edificios, es un lugar entrañable, un sitio excepcional que pudo escapar, llegada la Revolución, a las consecuencias de la especulación edilicia y a la irrupción prepotente de un desarrollismo tecnocrático. Constituye un capital de incalculable valor económico. Prefigura lo que habrán de ser las ciudades del futuro, porque pudo preservar su dimensión humana, la de una ciudad para caminantes en la que no se abrieron autopistas para el cruce de automóviles a altas velocidades, donde el peatón preserva su libertad y sus derechos. Su trama urbana exhibe la imagen concreta del decursar de la historia. Transita, de lo colonial a la república y llega hasta las todavía inconclusas Escuelas de arte de Cubanacán.

En la difícil coyuntura económica del momento urge, sin embargo, emprender una operación de salvamento.

En el contexto actual, el propósito de preservar nuestra capital parece, a primera vista, un reto aplastante. Puede conducir a parálisis y ala permanente postergación del problema. Ante empeños de tanta magnitud, la perspectiva pragmática padece miopía incurable. Las presiones de la inmediatez pueden llevarnos a dilapidar un capital que, entre otros muchos valores, tiene significado económico. Es el lugar donde vivimos, el ambiente que nos rodea, que nos alimenta espiritualmente y nos hace, por ello, más responsables y productivos. Por su originalidad es, además, un centro de atracción turística.

Para proceder a la salvaguarda de esos bienes, se impone diseñar una estrategia fundamentada en definiciones conceptuales, a fin de discernir lo que debe sobrevivir a toda costa y los elementos desechable y hasta radicalmente requeridos de transformación. Por ello, hay que descifrar las claves esenciales, reconocibles tanto en la arquitectura, como en la escala y el urbanismo. Para formar el proyecto y establecer sus etapas, precisa atender a quienes, desde sus múltiples acercamientos, proporcionan la información necesaria. Son los artistas, hacedores de un mito. Son los historiadores y arquitectos que han estudiado el tema. Hay que tener en cuenta el debate internacional contemporáneo sobre el urbanismo sin apartar la brújula principal que señala el rumbo a partir de sus irrenunciables características.

La ciudad integra en un todo coherente tejido sonoro y visual, calles y edificios, espacios públicos y privados, las voces de sus habitantes y las sábanas blancas tendidas en los balcones.

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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