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Raros y valiosos Fecha: 2012-05-07 Fuente: CUBARTE
Raros y valiosos
Raros y valiosos

Con los muchos títulos presentados y vendidos en la última Feria del Libro, se hacen invisibles otros que durante 2010 y 2011 han sido publicados casi en el anonimato o en el silencio. Me refiero a la colección facsimilar Raros y Valiosos, una coedición de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, Ediciones Imagen Contemporánea de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz y la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Tres textos ya han salido de la Impresión Digital DaVinci: La Cuba pintoresca de Frédéric Mialhe, de Emilio Cueto; Tipos y costumbres de la isla de Cuba, obra ilustrada por Víctor Patricio de Landaluze, y Los ingenios. Colección de vistas de los principales ingenios de azúcar de la isla de Cuba, dibujada del natural y litografiada por Eduardo Laplante, con textos redactados por Justo Germán Cantero. Son libros de lujo y de grandes dimensiones, que forman parte del patrimonio bibliográfico de la nación cubana y que han sido reproducidos gracias al equipamiento logrado por la Biblioteca Nacional y el altísimo financiamiento para la impresión donado generosamente por la Oficina del Historiador.

En la presentación que Eduardo Torres-Cuevas, director de la Biblioteca Nacional, le hiciera a la Colección, comenta el tesoro bibliográfico de “Ediciones Príncipes, incunables, documentos preservados durante siglos, mapas donde aparece la fabulosa imaginación con la que recrearon el mundo sus autores, y en particular, nuestra América, nuestro Caribe y nuestra Cuba; grabados que permiten recorrer las imágenes del paisaje cubano y de la vida cotidiana [que] conforman un todo patrimonial que alcanza más de cuatro millones de documentos pertenecientes a la Catedral de la Cultura Cubana, la Biblioteca Nacional”. Y aunque la aparición de estos libros no haya contado con gran publicidad debido a que no fueron ni serán vendidos, es necesaria su divulgación, pues posiblemente estos ejemplares ya hayan comenzado a formar parte de los fondos de una parte de las bibliotecas públicas cubanas, en virtud de que por su corta tirada ―debida a su alto costo―, no queda otra alternativa que destinarla a esas instituciones. Con ello, los cubanos de cualquier rincón de la Isla, podrán ver y tener en sus manos libros casi desaparecidos, pues al deterioro creciente de su estado de conservación habría que añadir la labor depredadora de sujetos inescrupulosos que mutilaron o sustrajeron algunas copias.

Las imágenes de Frédéric Mialhe en el libro publicado incluyen las de El Plantel (1838-1839), la revista habanera dirigida por Ramón de Palma y José Antonio Echeverría, que abrió su espectro temático a las ciencias, la literatura y las artes, y dio a conocer grabados de La Habana ―la Plaza de San Francisco, el Convento de Santo Domingo, el Cementerio de Espada y el Teatro Tacón―, así como de otros sitios de occidente ―la entrada de Matanzas por la parte de Pueblo Nuevo y Guanajay desde la loma del Cuartel. En volumen se incluyen también las láminas de Mialhe para Isla de Cuba pintoresca (1839-1842), impresas en la litografía de la Real Sociedad Patriótica ―O’Reilly núm. 10―, en las que pueden verse la Aduana de La Habana, la Alameda de Paula, los baños de San Diego, el cafetal La Ermita en las lomas del Cusco, la caída del río Husillo, la Casa de Beneficencia, la casa del señor Leandro Arozarena en Puentes Grandes, una vista de Cojímar, los depósitos de pólvora, la entrada del Paseo Militar, la fuente de la Noble Habana frente al Campo de Marte, el Paseo de Isabel II, la Catedral de La Habana, la Cárcel Nueva, la Chorrera, la Quinta del excelentísimo señor conde de Fernandina en El Cerro, el desaparecido Teatro Principal, El Templete, varias iglesias de La Habana, y muchas más vistas panorámicas de la ciudad y también de otros lugares como Guanabacoa, Güines, Matanzas… Llaman la atención algunas escenas como las del huracán que azotó la capital cubana en 1846, con sus barcos semihundidos por la furia de los vientos.

Se incluye en este imprescindible libro recién publicado, el Viage pintoresco alrededor de la Isla de Cuba 1847-1849, dedicado al “Excelentísimo Señor Conde de Villanueva” e impreso en la famosa litografía de Luis Marquier ―Lamparilla núm. 96. En estas imágenes se muestran El Morro y la entrada de la bahía de La Habana, la zona de extramuros, Casa Blanca, y otros sitios de la capital, como la entrada de la puerta Monserrate, ya transitada por la ampliación de la ciudad. Algunas escenas características nos recuerdan el costumbrismo romántico de la época: el quitrín, el panadero y el malojero, el casero, la valla de gallos, el zapateo, el Día de Reyes... ilustraciones utilizadas reiteradas veces en diversos productos culturales, por lo que el libro registra dónde han sido empleadas: desde la cubierta de un libro hasta platos de una vajilla. Diversos lugares cubanos se suman en ese viaje: Matanzas y sus puentes; Sagua la Grande, de enormes mansiones; Santiago de Cuba, con sus imprescindibles Morro y bahía; Baracoa, San Juan de los Remedios, Trinidad... Además, en esta obra dedicada a Mialhe se han incluido los grabados de la fauna cubana destinados a láminas escolares o investigación, realizados en 1851 ―almiquí, polimitas, jutías― y algunos óleos, datados entre 1860 y 1870, con escenas rurales de paisajes boscosos. Por último, se adicionan las “Rosas de la Habana”, vistas para souvenir impresas en Hamburgo. También contiene una excelente cronología y un catálogo razonado con su obra gráfica, que completan la edición.

Tipos y costumbres de la Isla de Cuba (1881) de Landaluze, de la fototipia Taveira ―Editor Miguel de Villa, en Obispo núm. 50― e impresa en el “Avisador Comercial” ―Amargura 30, esquina a Cuba―, fue prologado para esta nueva edición por Olga Vega García. El original está dedicado al “Excmo Sr Don Ramón Blanco, Marqués de Peña Alta, gobernador general de la Isla de Cuba” y tiene un prólogo de Antonio Bachiller y Morales que, como facsimilar, se mantiene. Con un acento deliberadamente costumbrista, en la obra escrita están reflejados algunos de los personajes típicos del siglo xix, imprescindibles para el conocimiento de la sociedad habanera; la mitad de estas semblanzas tienen láminas, como la del oficial de causas, el gallero, la mulata de rumbo, el bombero del comercio, los guajiros, el mascavidrios ―un borracho que además de tomarse el contenido alcohólico, se come el vaso―, el médico del campo, el billetero, el calesero, el puesto de frutas, el ñáñigo, el tabaquero, el calambuco, el amante de la ventana, los mataperros, el zacateca, el vividor, la vieja curandera y la partera. Estas estampas se encuentran caracterizadas por anécdotas curiosas del ambiente de las escenas y retratan la personalidad de las figuras involucradas, con una minuciosidad y elaboración que revelan la psicología individual y el comportamiento social de una buena parte de los diferentes estratos, grupos o sectores de la Isla, revelados en el detalle de sus ropas, miradas y gestos, lo que hacen de esta obra una fuente esencial para el conocimiento de Cuba, más allá de cualquier disciplina.

Los ingenios (1857) de Laplante con texto de Justo G. Cantero, “gentil hombre de cámara de SM. y Alférez Real de Trinidad”, está dedicado a la Real Junta de Fomento e impreso en la litografía de Luis Marquier y en la Imprenta La Cubana ―Mercaderes núm. 8. Estas imágenes iluminadas de un grupo de ingenios azucareros del Departamento Occidente                   ―jurisdicciones de Habana, Cárdenas, Trinidad, Mariel, Matanzas, Cienfuegos, Guanajay y Colón― son acompañadas de un texto de Cantero, quien además de “gentil hombre” y “Alférez”, era dueño de los ingenios Güinía de Soto y Buenavista, en Trinidad. En las informaciones que acompañan los grabados, se detalla la estructura y organización del ingenio, la cantidad de caballerías de caña que lo abastecen y la característica esencial de sus maquinarias, la historia de la producción y la real de ese momento, el número de esclavos de la dotación, así como sus características y su alimentación; hay que destacar la preocupación por reflejar la ración de carne de puerco, gallina y tasajo que a cada negro esclavo se le ofrecía a la semana, y algunas veces, lo que recibía de colcha de lana y sombrero anualmente, como parte de los presupuestos del ingenio, aunque, por supuesto, esto también formaría parte de la publicidad a su “benefactor”. Como también se adicionan muchos datos de la construcción de sus máquinas, se trata de una valiosísima información, no solo social o sociológica, sino también técnica y tecnológica. De más está decir que en los estudios de cada ingenio se destacan con orgullo sus cualidades y se tiene en cuenta, sin mencionarlo, la importancia que tiene el azúcar cubano para el mundo, una manera de hacer propaganda sin que se haga tan evidente.
   
Al mencionar sus dueños notamos que en el sigloXIX todavía se mantiene un sector amplio de propietarios proveniente de la “aristocracia”: el conde de Fernandina se consigna como dueño del ingenio Santa Teresa ―y del San José, en Guanajay―; el de Santovenia, lo era del de Monserrate; el de Peñalver, tenía la propiedad de El Narciso, y el marqués de Arcos la del ingenio El Progreso, todos en Cárdenas. Millonarios, como los miembros de la familia Aldama, estaban representados con dos ingenios: el Santa Rosa, en La Habana, de Domingo Aldama, y el Armonía, en Matanzas, de Miguel Aldama y José Luis Alfonso. Se tienen en cuenta también las mujeres propietarias, como la señora Francisca Pedroso y Herrera, dueña de los ingenios San Martín y Concepción, ambos en Cárdenas, y Juana Hernández de Iznaga, poseedora del Manaca, en Trinidad. Otros patrones de fábricas de azúcar se anuncian en el libro, como Julián Zulueta, Lorenzo Pedro, Esteban Santa Cruz Oviedo, Antonio Parejo, Miguel y Pedro Lamberto Fernández, Joaquín Ayestarán, Fernando Diago...

Pero el mayor atractivo de Los ingenios son sus ilustraciones, prolijamente comentadas en el prólogo a esta nueva edición por una especialista en el tema: Zoila Lapique Becali. El paisaje natural con sus árboles, entre los que se destaca la palma real; montañas y valles verdes con tupida vegetación y la visible división de las guardarrayas, constituyen piezas paisajísticas notables del quehacer pictórico del romanticismo en la Isla; los cercados y diferentes tipos de edificaciones en las que predominan las de techo de guano y paredes de mampostería, las dotaciones esclavas cortando caña o los boyeros junto a los mayorales y las carretas… también llevan implícita una valiosa información sobre la sociedad. Muchas de estas ilustraciones reflejan la organización del ingenio y permiten identificar desde la entrada de la caña al ingenio hasta las salidas de las cajas de azúcar; en otras se destaca, posiblemente de manera idílica, el ambiente productivo dentro de la industria. Cada fábrica de azúcar tiene su propia geografía y disposición: la casa de calderas, la enfermería, las viviendas, los barracones, el lugar donde se fabricaba el gas para alumbrar el ingenio, el espacio de las máquinas de vapor para el servicio de bombas de aire, o el de las centrífugas… Se incluyen en el libro, además de las láminas, planos de las casas de calderas, otros que detallan el proceso fabril y minuciosos dibujos  que especifican desde los quemadores hasta los esquemas más novedosos, como el aparato tubular vertical del ingenio Alava ―de Julián Zulueta―, o el funcionamiento de la fuerza motriz hidráulica del Amistad ―de Joaquín Ayestarán.
 
En los paisajes de Laplante se destaca la vegetación, como en el referido al de Trinidad ―de Esteban Santa Cruz Oviedo― o el dedicado al Intrépido ―del coronel Miguel Cárdenas y Chávez―; en otros, predominan los elementos constructivos, como la torre de humo del Unión ―de José Miguel y Pedro Fernández―, o la disposición de las edificaciones del Buena-Vista ―del propio Cantero―, en que la residencia del dueño está visiblemente separada de la casa de los empleados y del barracón de los esclavos. El ingenio Flor de Cuba ―de los señores Arrieta― tiene una detallada explicación de la fabricación del dulce, mientras en la lámina del Narciso ―del conde de Peñalver― se muestra de manera ideal la vida cotidiana de los esclavos, bañándose en una laguna, y en la del Manaca ―de la señora Juana Hernández de Iznaga― aparece en primer plano la descomunal torre para controlar el trabajo de los esclavos ―la famosa torre Iznaga del Valle de los Ingenios. En otros casos, lo destacado es el uso del ferrocarril, como en el Ácana ―de Eusebio Alonso. En todos hay un idílico colaboracionismo entre esclavos, mayorales y dueños, una visión edulcorada de lo que fueron los horrores de la esclavitud en Cuba, sobre todo en esos lugares.   
       
La aparición de estos lujosos libros no es un lujo, ni siquiera en las condiciones difíciles en que el país se mantiene. No es ocioso recordar que el actual desarrollo científico, técnico y cultural alcanzado en Cuba se debe al descomunal programa de educación para todos desplegado por la Revolución, como parte de su labor emancipatoria; un programa que contempla, entre muchos aspectos, los enormes subsidios al libro y la ampliación, enriquecimiento y atención a las bibliotecas. El talento humano ―no “capital humano”, como se insiste todavía con criterio economicista― se estimuló y potenció a niveles nunca antes concebido porque, entre otras razones, nuestras bibliotecas estaban repletas de libros. Los “raros y valiosos” fueron los más saqueados y afectados después del proceso de arrasamiento en la etapa de sobrevivencia del Período Especial, por ello resulta tan loable que la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana destine altos presupuestos para este objetivo ―porque no “todo es economía”, como le oí repetir no hace mucho a alguien que sigue equivocando su rumbo de bandazos, pues hasta hace muy poco decía que “todo era ideología”―, y que el equipo de trabajo de la Biblioteca Nacional se empeñe en este rescate del patrimonio bibliográfico de la nación cubana. Espero con ansiedad nuevos títulos.

 

 

Imagen: Internet
 

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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