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Letra con filo
Rendir un justo tributo a la obra* Fecha: 2012-03-05 Fuente: CUBARTE
Capitolio, sede de la Academia de Ciencias de Cuba.
Capitolio, sede  de la Academia de Ciencias de Cuba.

Compañeras y compañeros invitados, colegas académicos:

En su Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, su entonces Primer Secretario y Líder Histórico de la Revolución cubana, Comandante Fidel Castro apuntó en certera síntesis el estado del quehacer científico al momento del triunfo de la Revolución (cito):

La investigación científica y técnica era de hecho desconocida en el país. En 1958 la educación superior no preparaba para satisfacer las necesidades del desarrollo y mucho menos las actividades de investigación. La urgencia de una revolución científica y técnica en el proceso revolucionario condujo al desarrollo de la actividad científica en diversos organismos y a la fundación de la Academia de Ciencias en 1962”. (fin de la cita).

En este encuentro de hoy, a la distancia de cincuenta años de aquel momento gestacional, se hace obligado dedicar una reflexión necesaria y rendir un justo tributo a la obra que, con más aciertos que errores, ha llevado adelante durante este medio siglo la institución que nos reúne.

Pudiera llamar la atención a alguno de los presentes que, a pocos meses de celebrar el 150º Aniversario de la Academia de Ciencias en  Cuba, evoquemos esas palabras del  compañero Fidel en las que con marcado énfasis utiliza el término fundación para referirse a aquel momento trascendente, un 20 de febrero de 1962, en que el Gobierno Revolucionario estableció, mediante la Ley 1011, la Comisión Nacional para la Academia de Ciencias de Cuba.

 Con el interés de dejar saldado ese tema antes de seguir adelante, me permitiré reiterar lo que expresé en ocasión del aniversario 135 de aquella nuestra primera Academia, reunidos entonces en la que en breve pasará a ser la Sede Oficial de nuestra Institución. Afirmé entonces y permanezco convencido de ello, que aquella Academia de 1861 consituyó un primer brote, contradictorio y luminoso del deseo de afirmación nacional y servicio público de notables estudiosos, precursores ilustres que tienen en la figura de Finlay su paradigna imperecedero.

Sin embargo, tras la frustración de la independencia en 1898, con la oportunista intervención de las tropas norteamericanas en nuestro país, aquella Academia declinó y pareció por momentos casi desaparecer, ahogada por el envilecimiento de las autoridades, generalmente corruptas e indiferentes a los valores del intelecto, que ningún esfuerzo hicieron por apoyar seriamente esa o cualquier otra manifestación de un quehacer científico nacional.

Pienso hoy como entonces que lo antedicho no hace sino engrandecer los elevados méritos de valiosas individualidades, dentro y fuera de la Academia, que devinieron objetivamente defensores de la dignidad intelectual de la nación, y cuya tenacidad explica que, aún con más penas que glorias, aquella Academia lograra mantenerse activa a lo largo de la republica neocolonial, afirmando su carácter nacional, si bien casi enquistada y virtualmene desarticulada de los destinos del pueblo y de la sociedad.

Nuestra recordación de hoy, sin embargo, rebasa los marcos de una efemérides institucional, por respetable que esta pueda ser en sí misma. Hoy rememoramos una decisión política cuya trascendencia y significado no ha hecho sino acrecentarse con el paso del tiempo.

Habían transcurrido apenas tres años del triunfo revolucionario del Primero de Enero. La pujante revolución, en plena efervescencia, había ya afrontado con singular valor y decisión algunas de sus pruebas más difíciles:  me refiero a la promulgación de las Leyes de Reforma Agraria y  Urbana, a la ruptura de relaciones con Cuba por parte de los Estados Unidos, y el inicio de las agresiones  económicas del gobierno imperialista de ese país, el enfrentamiento a las bandas terroristas organizadas por la Agencia central de Inteligencia, el choque frontal y la victoria fulminante de las fuerzas revolucionarias frente a las tropas mercenarias lanzadas en la invasión por Bahía de Cochinos.  

Las medidas de respuesta revolucionaria se fueron expresando sin vacilación alguna y se reflejaron, entre muchas otras acciones, en la decidida y legítima nacionalización de las empresas norteamericanas que otrora dominaran nuestra economía y, en un plano aun superior, se había proclamado el carácter socialista de la Revolución, justamente en los albores del enfrentamiento a la invasión mercenaria. Se cumplía y sobrepasaba el programa del Moncada.

En singular coincidencia con el triunfo de las armas revolucionarias en Playa Girón, el país se entregó a una singular epopeya en la paz:  la campaña de Alfabetización, y con la impaciencia propia de las revoluciones, se emprende entonces la Reforma Universitaria, que habría de sacudirnos el polvo de la  enseñanza formalista, apuntaría a reforzar el imprescindible carácter activo de la Educación Superior y sentaría las bases para universalizar el papel de la investigación científica en la misma.

En sus palabras el 15 de enero de 1960 en el paraninfo de la que por entonces se denominaba aún como Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en la sesión por el vigésimo aniversario de la Sociedad Espeleológica de Cuba, el compañero Fidel no sólo hubo de expresar su anhelo para nuestra patria de un futuro de hombres de ciencia, de hombres de pensamiento, sino que enfatizó con precisión que nos encontrábamos entonces en “ … el minuto en que todas las inteligencias tienen que ponerse a trabajar, en que todos los conocimientos no son suficientes para la obra que se realiza y son necesarios más conocimientos”.

Con notable nitidez señaló también que no se trataba únicamente del conocimiento requerido sobre los recursos naturales del país sino de que, en cuanto a la revolución se refería, la tarea no radicaba solo en la esfera de lo material, sino que era fundamentalmente una tarea de orden humano.

Caracterizó en seguida el momento en que se encontraba la Revolución y las condiciones en que habría que construir el futuro (cito): … la historia misma nos enseña que nosotros hemos recién salido de una etapa de lucha para entrar en otra etapa de lucha; que nosotros hemos dado un paso hacia adelante, pero que para mantenernos y avanzar tenemos que seguir luchando.

Valiosos compañeros han estudiado la época referida y sus circunstancias.  Ellos han apuntado con acierto como en aquel momento, cinco décadas atrás, el desarrollo científico y tecnológico internacional no exhibía con tanta claridad las características en muchos sentidos espectaculares de que hoy está revestido. Sin embargo,  a mediados de la década de los sesenta se daba como un hecho, por analistas de muy distinta afiliación conceptual, que la humanidad se encontraba ya en medio de una revolución que, como consecuencia del intenso aprovechamiento tecnológico de los resultados provenientes de las ciencias naturales, estaba produciendo mutaciones profundas en las características de las fuerzas productivas.

Fue en aquel contexto mundial que tuvieron lugar los eventos que hemos ido rememorando, a los que debemos agregar, por su obvia significación, la afirmación de Fidel en 1964 de que la revolución social se había realizado precisamente para llevar adelante la revolución técnica. Todo ello explica que a pesar del escaso número de graduados universitarios entonces existentes en el país y de su necesidad para apremiantes tareas de la producción de bienes y servicios, se asignaran con particular decisión recursos humanos y ma­teriales a la instalación de entidades científicas, llamadas a dar respues­ta en el futuro a las necesidades del desarrollo del país. Es así como se comenzó a conformar por entonces un potencial científico-técnico de una envergadura antes desconocida en términos de  personas e instituciones, unos y otras con la misión de abordar un amplio espectro de problemas,  cuyo esclarecimiento científico y solución técnica se hacía indispensable para el progreso de la vida económica, social y espiritual de la nación.

Con la Ley 1011 de 20 de febrero de 1962, la Revolución se dotaba de la que sería una de sus más importantes herramientas institucionales para su programa de transformación científica del país, al crearse la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba, como entidad subordinada al Consejo de Ministros.  Entre los “por cuanto”  de dicha Ley se planteaba:

En la etapa actual de la Revolución cubana las exigencias de la investigación científica y el progreso técnico demandan la concentración de los recursos disponibles en una institución en la que estén representadas las diversas ramas de la ciencia tanto naturales como sociales.

La creación de esta Institución Central que deberá ser la “ACADEMIA DE CIENCIAS DE LA REPÚBLICA DE CUBA” requiere una etapa previa, durante la cual se proceda a la incorporación, organización, reorganización o disolución de las distintas instituciones que integrarán dicha Academia, así como a la movilización de los recursos humanos, técnicos o materiales que la misma deberá emplea.

En esta primera institución científica multidisciplinaria creada por la Revolución, estarían representadas las diversas ramas de las ciencias, tanto naturales como sociales y su proyección se enmarcaba dentro de la amplia obra cultural que la Revolución llevaba adelante, como instrumento para apoyar las tareas del desarrollo económico y social del país.

En los incisos (a) y (b) de su artículo 4,  la Ley 1011 confería a la Comisión Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba ciertas funciones típicas de una entidad del tipo de las que después pasaron a conocerse, internacionalmente, con el apelativo de "organismo rector de la ciencia y la técnica".  Dichos incisos estipulaban para la Comisión, en efecto, las siguientes funciones:

  1. Dirigir, coordinar, estimular y orientar los estudios, investigaciones y demás actividades científicas, no docentes, en todas las ramas de las ciencias naturales y sociales, según los requerimientos y exigencias del desarrollo socialista de nuestro país, sin perjuicio de las investigaciones que realicen los organismos de esta clase que funcionan o están adscriptos a los ministerios del Gobierno.
  2. Planificar las investigaciones científicas de acuerdo con la Junta Central de Planificación y servir como organismo consultante de la misma en todo lo que concierne a la actividad científica y tecnológica.

A poco de creada la Academia, con motivo de la elaboración del plan nacional de desarrollo económico 1962-1965 se constituyó, bajo su dirección, una comisión para el estudio de nuestros recursos naturales, la cual contó con la asesoría de la Junta Central de Planificación y la participación de especialistas del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, el Ministerio de Obras Públicas y el Instituto Nacional de la Industria Turística.

Según la estrategia inicial prevista, la Academia dedicó una atención central al estudio de los recursos y fenómenos naturales del archipiélago, a partir de la correcta apreciación de que el conocimiento de los mismos constituía piedra angular para servir de apoyo a los planes de desarrollo económico y social.  

 Así, inmediatamente después de su fundación, en la Academia se estableció un conjunto de institutos en esta esfera. A fines de los años sesenta la institución contaba ya con los institutos de Biología, Geofísica y Astronomía, Geografía, Geología y Paleontología, Meteorología, Oceanología y Suelos; los departamentos de Botánica y Ecología Forestal; el conjunto de las reservas naturales establecidas por entonces y los jardines botánicos de La Habana y Cienfuegos, establecido este último sobre la base del jardín creado originalmente por la Universidad de Harvard en las proximidades de dicha ciudad.

 La enumeración de las instituciones creadas al amparo de la Academia podría hacerse tediosa, aunque no es menos cierto que cada una ha jugado su papel. No obstante, por su relevancia en la formación de personal y la introducción, cada una en su ámbito, de conocimientos y habilidades trascendentes, mencionaré que por esos años dieron sus primeros pasos el Instituto de Matemática, Cibernética y Computación y el Instituto de Investigación Técnica Fundamental y que antes, temprano en los sesenta, se había creado el Instituto de Documentación e Información Científico-Técnica.

El camino a recorrer distaba con mucho de estar desbrozado.  Apenas creada la institución hubieron de suscitarse no pocos debates acerca de por dónde enrumbar sus esfuerzos principales. En el informe anual sobre los trabajos de la Comisión Nacional, correspondiente a 1965, se puede apreciar las huellas de tales debates y cómo finalmente predominaron los criterios pragmáticos. Cito:

 Se planteó que la Academia podía dedicarse a la investigación teórica o ser un organismo de aplicación o de experiencia. Donde haya condiciones para ir a la ciencia fundamental o teórica ahí estará trabajando la Academia en ese campo, y donde haya una necesidad y condiciones para crear un proyecto de investigación aplicada que demande el país, ahí estará trabajando también la Academia[...] y por eso la Academia ha recogido en definitiva una experiencia universal, que un organismo científico puede arrumbarse por una u otra senda.

 Enfrascarse en crear una Academia de Ciencias teórica hubiera sido un disparate, en primer lugar porque la economía de un país tiene tal urgencia de ciertas investigaciones que hay que andar por ese camino a pesar de que algunos teóricos señalan que en las Academias de Ciencias, su papel fundamental está en elaborar las ciencias teóricas.”.

Como se percibe en las líneas anteriores, los dirigentes de la Institución en aquella temprana etapa habían tomado como prioridad definitiva la misión de trabajar para buscar las soluciones y alternativas que demandaba el acelerado proceso de cambios que se pretendía introducir en la economía del País. Las exigencias fundamentales apremiaban sobre todo hacia el sector agrícola. No se renunciaría de ninguna manera a las investigaciones en el área de la ciencia fundamental, pero la propia praxis indicaría a plazo medio el rumbo de la entidad. Como expresara el propio Presidente fundador, Dr. Antonio Núñez Jiménez: “Se prefirió no adscribirse a ninguna, sino que la experiencia nacional cubana vaya indicando lo que hay que hacer “.

Como resultado de ese enfoque electivo, quizá inspirado en la propia tradición epistemológica cubana, la fusión en grupos nacionales del aporte proveniente de escuelas y enfoques a veces muy dispares, condujo en no pocas ocasiones a resultados de originalidad, en consonancia con nuestros propios requerimientos y necesidades.

En lo concerniente al campo de las ciencias sociales, el profundo cambio de sistema político-social y la violenta confrontación de ideas consecuencia del mismo determinan que dicha esfera adquiera en esos años una especial sensibilidad en lo que respecta a la indagación científica a implementar. Para adelantar en el propósito expresado en la visión estratégica elaborada  con el fin de contribuir a impulsar la revolución cultural en marcha, la Academia acomete la formación de aquellas instituciones de ciencias sociales indispensables cuya creación era viable en las nuevas circunstancias creadas por el triunfo revolucionario, tomando en cuenta también que había algunas disciplinas en las cuales se podía contar con ciertos puntos de partida.

Con la vista puesta en distintos aspectos de la problemática humana y social, a principios de la década de los setenta la Academia contaba con los institutos de Historia, Etnología y Folklore, Literatura y Lingüística y Actividad Nerviosa Superior; los departamentos independientes de Antropología y de Investigaciones Socioeconómicas, el Grupo de Filosofía y el Museo Histórico de las Ciencias.

En esa época, el establecimiento de un conjunto de centros científicos dedicados a las ciencias sociales, en los que desde un primer momento se luchó por hacer valer la interacción de las diversas disciplinas, representó un considerable logro de institucionalización de la investigación social. Las características de la ciencia social de aquellos años quedarían simbolizadas sobre todo por la preparación en su contexto institucional y la publicación por la propia Academia en 1966, de una obra sobresaliente que será conocida como Biografía de un cimarrón.  Entre otros rasgos relevantes, esta resultaría creadora de un enfoque nuevo de las historias de vida, en el formato de la novela testimonio.

 Las encomiendas estatales a la Academia no dejarían de crecer en volumen y complejidad. La Ley 1 323 de 1976 de la Organización de la Administración del Estado confirió a la misma el estatus de Organismo de la Administración del Estado, con el rango de Instituto. Por la misma se reiteraban sus responsabilidades en la ejecución de investigaciones mediante sus insitutos y se fijaban encomiendas específicas en la conducción nacional de servicios científico-técnicos de la mayor importancia, como el Sistema Meterológico Nacional y el Servicio Nacional de Información Científico-Técnica.

Pocos años después, en 1980, al desecharse otro formato institucional que no llegó a cubrir las expectativas, se transfirieron a la Academia sin descontar ninguna de las que cumplía hasta entonces, todas las funciones rectoras que la propia Ley 1 323 había atribuido al Comité Estatal de Ciencia y Técnica, el cual quedó extinguido.

 Se abrió con ello una etapa de particular responsabilidad y complejidad para la Academia de Ciencias, en los que el peso de la tarea rectora nacional del Sistema de Ciencia y Tecnología se dejó sentir con particular fuerza y reclamó no pocos desvelos, unido a la creciente atención que el país iba dedicando a la temática ambiental, a la cual la Academia quedaría entonces orgánicamente unida al adscribírsele la Comisión Nacional para la Protección del Medio Ambiente y el Uso Racional de los Recursos Naturales.

 En paralelo con el despliegue de estas estructuras y mecanismos de trabajo eminentemente ejecutivas, desde 1978 quedaría instalado y dotado de un Reglamento que se sigue perfeccionando aún hoy, el que sería llamado entonces Consejo Científico Superior de la Academia de Ciencias, precursor y forja en la etapa revolucionaria de nuestro actual cuerpo académico.

En todo caso, en este largo decurso resaltan varios aspectos trascendentes, que en otros momentos hemos apuntado, como es la fundación y desarrollo de instituciones y recursos humanos en los diversos campos de las ciencias naturales y sociales, articulando una importante contribución de instituciones homólogas extranjeras, en especial de los países socialistas.

Otro rasgo distintivo de esta etapa académica fue la expansión gradual a todo el país de las actividades bajo su competencia, tanto en la ejecución directa de investigaciones y servicios, como en las de organización y control de la actividad científico-técnica.

Es también a resaltar la gestación y desarrollo de diversas vías de contacto y retroalimentación con la comunidad científica del país, incluyendo la composición, proyección y representatividad del Consejo Científico Superior, precedente inmediato como hemos mencionado de nuestra actual membresía.

Por ultimo, tendríamos que apuntar la conformación y perfeccionamiento, en interacción con los organismos e instituciones del país, de los Programas Científico-Técnicos, como instrumento esencial para expresar en la práctica las prioridades de la política científica nacional.

A lo largo de dicho proceso quedaron de manifiesto evidentes realizaciones, que han sido señaladas por diversos compañeros, y que merecen mencionarse, siquiera brevemente, en esta exposición.

 Desde sus inicios, la Academia puso en práctica medidas encaminadas a conformar una institución multidisciplinaria, que pudiera abordar sobre todo, de manera integral, el estudio y adecuada interpretación de los fenómenos naturales y humanos del país y contribuir a su apropiada utilización y transformación, alineándose así con los planteamientos tempranos de la dirección de la Revolución el 15 de enero de 1960.  Se trataba  de seguir la lógica de las necesidades del desarrollo económico tal como se concebía en aquellos años.

El tema del ambiente y los recursos naturales resulta relevante en el trabajo investigativo y caracterizó en gran medida a la Academia en el   panorama nacional de la investigación y se expresó en muchos de sus mejores aportes al desarrollo científico de nuestro país. Esto merece subrayarse, dada la importancia creciente de esta esfera en la actualidad, tanto para el apoyo científico a los procesos inversionistas como para el mantenimiento de la sostenibilidad en general.

A partir de la definición, alrededor de 1963, de una estrategia nacional de desarrollo en la que la agricultura en general y, en particular, la agricultura cañera jugaban el papel de motor primario de la economía, la Academia apoyará sin vacilación la revolución técnica planteada por la dirección de la Revolución y abordará con decisión la investigación agrícola específica. Sin embargo, su característica  esencial   va a continuar siendo la posibilidad del estudio complejo del medio ambiente natural y humano. 

Está fuera de duda que, con independencia de las actuales estructuras o ubicaciones organizativas, un importante número de las líneas de investigación iniciadas desde su gestación por la Academia, han pasado con éxito la prueba del tiempo en el panorama científico del país y mantienen o incluso han incrementado su vigencia.

En la actualidad el papel de la Academia se encuentra bien delimitado de las  tareas ejecutivas que como institución debió cumplir en etapas anteriores y que están hoy a cargo del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Ello no disminuye en un ápice su responsabilidad  en tanto representación de la comunidad científica y espacio de elaboración comprometida, en virtud de la peculiar importancia de la ciencia en los destinos de la revolución y de la patria socialista.

El Decreto-Ley 163, de abril de 1996, reconoció a la Academia como institución oficial, independiente y consultiva en materia de ciencia, adscripta al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente y redefinió, como sus principales objetivos: “contribuir al desarrollo de la ciencia cubana y la divulgación de los avances científicos nacionales y universales; prestigiar la investigación científica de excelencia en el país; elevar la ética profesional y  la valoración social de la ciencia; así como estrechar los vínculos de los científicos entre sí, con la sociedad y con el resto del mundo”.

El propio Decreto-Ley estableció, explícitamente, que: “la nominación de candidatos a miembros de la Academia de Ciencias de Cuba  corresponderá a instituciones científicas, centros de educación superior y otras entidades u organizaciones nacionales de reconocido prestigio científico y cultural.” De igual manera dispuso que: “la Academia de Ciencias de Cuba establecerá las relaciones que correspondan con las sociedades científicas nacionales a los fines de contribuir al desarrollo, coordinación y concertación de las acciones que estas realizan, en favor de la ciencia nacional y su proyección internacional.”

Estamos convencidos de que en su renovado rol, la Academia trascenderá solo en la medida en que logre aportar elementos de integración a la labor de instituciones y grupos, pero sobre todo, si logra penetrar en la conciencia y movilizar la acción práctica de los hombres y mujeres de ciencia, de cuya actividad depende la conversión de la actividad científica en una fuerza productiva directa del progreso económico y social.

 Una mirada en torno al panorama actual en lo nacional e internacional ratifica y refuerza la percepción que delineamos preliminarmente en la conmemoración del aniversario 35 de la institución. Hoy percibimos, aún con mayor nitidez que entonces, que cualquier noción de progreso futuro para nuestro país descansa en tres pilares inseparables: unidad en lo político, socialismo en lo económico y aplicación consecuente de la ciencia y la tecnología en la sustentación y proyección de un desarrollo económico sostenible.

 La visión de nuestros fundadores y sus continuadores a lo largo de estas décadas ha contribuido decisivamente a conformar un potencial científico multidisciplinario, en capacidad de abordar un enfoque integral del desarrollo, como lo demanda la todavía joven ciencia de la sostenibilidad.

Es mi profunda convicción que la Academia de Ciencias tiene, dentro del marco de sus funciones y atribuciones, un importante papel que jugar en todo lo que constituye la preservación y desarrollo ulterior del proyecto histórico de la nación cubana. Hago un llamado a todos nuestros miembros, asociados y amigos a que sepamos estar a la altura de esa responsabilidad. Nuestros seguidores podrán aquilatar, a la vuelta de los próximos cincuenta años de academia revolucionaria, en que medida fuimos capaces de lograrlo.

Muchas gracias.

 

 

*Palabras del Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, Dr. Ismael Clark Arxer, en la conmemoración de los 50 años de la creación de la Comisión Nacional para la Academia de Ciencias.

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Patrimonio
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