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Letra con filo
Wifredo Lam, la rebeldía antillana Fecha: 2011-12-23 Fuente: CUBARTE
Wifredo Lam, la rebeldía antillana
Wifredo Lam, la rebeldía antillana

La muestra  Wifredo Lam, un acto de descolonización fue inaugurada el pasado 8 de diciembre en el Museo de la Ruta del Esclavo que tiene su sede en el antiguo Castillo de San Severino en Matanzas. La exposición incluye seis grabados del artista, pertenecientes a la colección del creador Alexis Leyva Machado (Kcho) quien tuvo la iniciativa de mostrarlos públicamente en ese lugar, como homenaje a los 109 años del natalicio del autor de La jungla y por el Año Internacional de los Afrodescendientes, declarado por la UNESCO.

De este modo, aquel que encontró materia para su arte en la tradición afrocubana y antillana, cuya magia descubrió con ojos asombrados, queda vinculado a la reivindicación de una tradición cultural muchas veces colocada al margen o simplemente ocultada. En Lam cuaja de manera espectacular la mezcla de elementos africanos, aclimatados en Las Antillas,  que ayudan a renovar el arte europeo a partir del lenguaje surrealista del que él se apropió de manera nada ortodoxa.

El artista recibió lo esencial de su formación en España, en los convulsos años 30 del siglo XX, marcados por la experiencia de la República y la Guerra civil.Como asegura el crítico Rafael Fernández Villa-Urrutia:

Formado en la pintura española tradicional, tipificada por un Álvarez y Sotomayor, su maestro. Lam pinta en sus comienzos manchitas sorollescas [...] y hace un lento y profundo aprendizaje de las obras de los maestros españoles y alemanes. Conocedor del Greco, Velázquez y Goya, excepcional dibujante con una línea expresiva a lo Durero.

Fueron su viaje a París y su encuentro con Picasso los que definirían los rumbos de su arte, como lo demostró su primera muestra parisina en la Galería Pierre Loeb, en 1939. Sin embargo, aunque el Maestro malagueño era una especie de summa del quehacer plástico en esos años, la renovación del lenguaje de Lam, se inscribe de forma más evidente en la órbita del surrealismo, cuyas directrices, trazadas por André Breton y Pierre Mabille, sigue de manera más o menos ortodoxa por un tiempo. Mas el talento del novel artista le permitirá aprovechar la libertad visual derivada del automatismo psíquico y valorar el papel del elemento mágico para sacar a la luz aspectos de la interioridad humana velados por la cotidianidad, sin asumir una carga retórica harto bien explotada por Dalí, Picabia, Masson y Man Ray.

Así como Alejo Carpentier tomó al surrealismo como acicate para fundamentar su visión de América a partir de los principios de “lo real maravilloso”, Lam descubrió en los rituales mágicos de las culturas afroantillanas, la fuente de una expresión original y poderosa, que sabiamente gobernada, se convierte en una figuración y un estilo únicos. Tanto la memoria de su infancia en Sagua, donde se impresionó con las prácticas de su madrina Antoñica Wilson, como su encuentro en París con Lydia  Cabrera, estudiosa del folclor negro de Cuba, tuvieron una influencia decisiva en su obra. Llamativamente, el creador, no sólo no rompió exteriormente con el movimiento surrealista, sino que ganó el decisivo aprecio del celoso André Bretón, quien llegó a escribir sobre él:

Nunca como gracias a Lam se ha operado, sin el menor tropiezo, la unión del mundo objetivo y el mundo mágico; nunca como por él ha sido reencontrado el secreto de la unificación de la percepción física y de la representación mental, secreto que jamás hemos cesado de buscar en el surrealismo porque creemos que el más grande drama de la conciencia moderna resulta de la disociación creciente de estas dos facultades.

Si los maestros del pasado le habían enseñado la soltura en el dibujo, el rigor compositivo, los secretos del empleo expresivo del color, estas facultades no desaparecerán de su obra, sino que se constituirán en valores formales de ella, pero “enmascarados” en una gran maraña de símbolos que parecen dominar su lenguaje. Se hace típica en él la contraposición entre las curvas que representan el elemento femenino –en la figura humana o en el mundo vegetal– frente a los elementos punzantes, asociados a lo masculino –aguijones, cuernos, cuchillos--. La imagen del Elegguá en su cazuela o los hierros de Oggún  de la Regla en Ocha, es tan ubicua como la presencia de unos trazos geométricos que están inspirados en las rituales “firmas” de los  congos.

De todos modos, aunque el elemento antropológico tiene un peso excepcional en la pintura de Lam, no hay que pretender que sus lienzos sean estrictas ilustraciones de la cultura de un grupo étnico. Sus piezas son ante todo obras de arte, con la dosis de juego y fantasía que esto conlleva y es inútil la labor de desciframiento de su obra si se entra en ella con el convencimiento de que sigue al pie de la letra reglas cultuales o es una muestra de “primitivismo”. Aunque sus creaciones tienen siempre un alto grado de elaboración conceptual, el impacto visual que generan obras tan disímiles como La jungla, Maternidad, Tercer Mundo o La silla deriva de una excepcional capacidad de síntesis poética que no puede reducirse a constataciones científicas.

Como escribiera Aimé Césaire en su artículo “Wifredo Lam y Las Antillas”, publicado en 1947 en los Cahiers D’Art de París:

Wifredo Lam, el primero de Las Antillas, ha sabido saludar la Libertad. Y libre, libre de todo escrúpulo estético, libre de todo realismo, libre de toda preocupación documentaria, es como Wifredo Lam se mantiene, magnífico, en la gran cita terrible con el bosque, el monstruo, la noche, la lluvia, la liana, los parásitos, la serpiente, el miedo, el salto, la vida.

Fernando Ortiz quien consideraba a Lam un primitivista peculiar, no clasificable como “prelógico” ni “paralógico”, como establecían las teorías de Levy Bruhl, lo ve como alguien capaz de evadir el intelectualismo para dejar que su mentalidad se manifieste “como suelta en un sueño, un éxtasis, una mediumnidad, una revelación mística de lo esotérico y sobrenatural” mientras que Alejo Carpentier en el artículo “La en Caracas”, publicado en 1955, prefiere descubrir en sus obras:

Del mundo “fijado”, curado de sus “locas y febriles conmociones”, había pasado Wifredo Lam a un mundo de simbiosis, de metamorfosis, de confusiones, de transformaciones vegetales y telúricas […] donde las plantas libraban guerras milenarias, cambiaban de curso los ríos, fingían sus apariencias las cosas, y ciertos troncos asemejaban a cuerpos humanos, desollados, al pie de la rara montaña que el martillo del geólogo identificaba como una gigantesca mole de caracoles petrificados.

Resulta un tanto artificial el definir etapas en su creación: más allá del período formativo, signado por el aprendizaje académico en España, entre 1923 y 1938, el encuentro con su identidad se manifiesta ya en el gran salto de su exposición de 1939, cuando comienza una profunda renovación de su lenguaje que llega a la cima con la creación de La jungla en la Habana de 1943. A partir de 1947, cuando se reencuentra con el París de la posguerra, realiza importantes mutaciones, desde un empleo más austero del color, hasta la mezcla de los símbolos africanos con otros derivados del Tarot, la poesía surrealista o la tradición cultural europea en general. A partir de los años 50 sus composiciones son menos sobrecargadas, en sus lienzos coexisten menos símbolos, tiende a centralizarse la atención en uno, que gana en elocuencia, las distintas versiones de La silla testimonian esta definitiva llegada a la madurez.

Más allá de fáciles paralelismos, su labor tiene escasa relación con el “arte nuevo” que en torno a 1927 se núcleo alrededor de la Revistade Avance, menos aún con la generación siguiente: Amelia, Portocarrero, Mariano, tan cercana a los postulados de Orígenes y a quienes él juzgó con escasa indulgencia. No olvidemos que sus creaciones fueron “descubiertas” en la Isla gracias a la muestra que trajo Pierre Loeb al Lyceum habanero en 1943 cuando ya el creador había sido aclamado en New York.

El artista prefirió concentrarse en el discurso soterrado de las zonas oscuras de lo caribeño: lo mágico y fantasmal y el sexo como voraz entrecruzamiento de principios enemistados e inseparables, de ahí ha nacido esa obra áspera y fascinadora que aún nos desafía.  

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Patrimonio
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Lector crítico
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