Conocí personalmente a Sara González a comienzos de la década de los ochenta del siglo pasado durante una visita que realizó a Nueva York junto con el poeta Eliseo Diego.
En esa ocasión conversamos sobre una prima suya a quien yo había conocido cuando era alumna de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, sobre su música, sobre poesía, sobre la revolución cubana, sobre el país que visitaba.
Me impresionaron muy favorablemente su sencillez, su sentido del humor, su patriotismo, su compromiso con la revolución, su cubanía.
Yo la admiraba como parte fundamental del movimiento de la Nueva Trova. Ella era la gran presencia femenina en ese movimiento y, al mismo tiempo, una de las voces más combativas. En sus canciones se concentraba la fuerza enorme de la mujer cubana, del alma de la nación.
Los años pasaron y Sara resistió todas las pruebas sin claudicar. Se paseó por la fama con naturalidad, sin arrogancia ni encumbramiento. La aceptó como recompensa del pueblo a su dignidad de artista revolucionaria, a su hermosa y poderosa voz que hacía vibrar a multitudes encendiendo en ellas los sentimientos más nobles.
Nunca perdió el contacto con su pueblo. Nunca se envaneció. Su arte nunca estuvo en venta ni alquiler.
Como dice la canción de Silvio Rodríguez, ella murió como vivió: inclaudicable.
Gracias, le diría, Sara, por todo lo bueno que nos diste. Quedan ahí, para este y otros tiempos, tus canciones y tu voz, tu pasión y tu energía que nos alza, desde nuestra primera victoria, hasta todas las victorias que vendrán.
Noticias
En memoria de Sara González
Temática: Música
Por: Rolando López del Amo
Fecha: 2012-02-02
Fuente: CUBARTE
Lector crítico