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Opinión
Montoto en el Reino de Epicuro Fecha: 2010-02-09 Fuente: La Jiribilla
Montoto en el Reino de Epicuro
Montoto en el Reino de Epicuro
Hace casi dos meses que no se puede entrar a la Biblioteca Nacional así como así. Lo impide el exergo colocado unos pasos a la izquierda, en el umbral de la galería El reino de este mundo: “Amigo, aquí vivirás contento; nuestro propósito es encontrar placer (Inscripción a la entrada del Jardín de Epicuro, según Séneca)”. Si algún despistado pasa inadvertido ante esta alerta, seguramente no podrá escapar al grito de color que resuena en las paredes blancas de aquella sala. Quedará entonces atrapado en el magnetismo provocador y fatal de los cuadros de Arturo Montoto.

Inaugurada el pasado 7 de diciembre con gran número de público, la exposición El jardín de Epicuro es una fiesta, o mejor, una bacanal de los sentidos. Rebosantes de sabores y texturas, estas obras llevan a las frutas, antes protagonistas del cuadro, a ser el cuadro mismo.

Hace ya un tiempo Senel Paz escribió que cuando se está frente a cuadros suyos, da la impresión de que usted pinta de pie, moviéndose de un lado a otro. Algo así pasa con los que integran esta exposición: emanan mucha fuerza, mucha energía vital. ¿Cómo fue el proceso creativo de estas obras?

Lo que pasa es que cuando Senel escribió ese texto, empezábamos nuestra amistad y casi no nos conocíamos, y él no sabía que yo no soy para nada bailador; pero sí, en mi trabajo despliego toda la energía que tengo, que creo que es mucha, y soy muy extrovertido.

Eso lo transmito en mi obra, pero en esta específicamente, su carácter y las propias dimensiones, no me dejan ningún tipo de posibilidad de actuar de otro modo que no sea casi haciendo una especie de danza ritual. Aquí se pinta o no se pinta así, mayormente pinto en el piso, en paredes también, pero sobre todo se pinta mucho en el piso, porque hay determinados procedimientos técnicos. A veces uno no quiere que el color se corra, hay que llenar grandes áreas, y ese movimiento constituye una especie de danza.

Estos cuadros fueron pintados de dos en dos, pero por una cuestión de espacio; si hubiera tenido el espacio para colocarlos, los hubiera pintado todos a la vez, yendo de uno a otro constantemente.

Aquí, si bien ya tenía una idea preestablecida de lo que iba a hacer y el boceto estaba todo dibujado, le di un margen muy alto a la espontaneidad, a la casualidad, al accidente; lo que yo había previsto no tenía que salir exactamente así.

Hay muchas cosas que incluso no se lograron, porque el artista tiene ese problema, que imagina la obra y luego la elabora materialmente; y la elaboración práctica muchas veces no es ni la sombra de lo quería realmente expresar. Creo que casi todos los artistas se quedan insatisfechos cuando terminan una obra, porque siempre su expectativa es mucho mayor, por lo menos en mi caso es así.

La realización práctica te pone trabas, a veces hay soluciones puramente técnicas que por mucha pericia y mucha maña, por mucha experiencia que tengas, de pronto una reacción del propio material te puede contradecir lo que tú querías hacer. Entonces tienes que cambiar, y a veces tienes que estar meses, y hasta años buscando una solución para eso.

Y también se forma una especie de danza cuando hay que ir de un lado a otro, y sobre todo si los formatos son grandes como estos, hay que tener una conciencia del todo de la obra, no puedes estar metido en detalles, porque si no terminas perdiendo la grandeza del cuadro.

Aún así, el dominio del oficio y la factura rigurosa que lo caracterizan se mantienen aquí…

La habilidad técnica no es lo que hace al arte, es parte del arte, lo que hace la obra, y eso se aprende. Si uno no es artista, si uno no tiene nada que decir, te pueden enseñar todas las habilidades técnicas del mundo, que nunca vas a hacer ninguna obra de arte.

Por eso hice la exposición del Museo de Bellas Artes, La lección de pintura, era justamente sobre eso: te puedo enseñar y decir todos los pasos con los cuales se hace una obra, cómo la fabrico, incluso, pero eso no significa que vayas a aprender a fabricar una obra de arte siguiendo esos pasos, ni mucho menos si la vas a hacer como yo.

Los conocimientos uno los lleva metido en el hipotálamo. Estudié 16 años de carrera como tal, en academias, y llevo 30 o más de carrera profesional; ya el conocimiento técnico no es algo que a uno le preocupe. Me preocupa qué hacer, cómo fabricar la pintura, pero a la hora de ejecutarla técnicamente, sale por empresa, por adiestramiento.

En 2007 pudo verse un punto de inflexión en su obra, con la exposición Conversación en el huerto, donde sobresalían los tonos ocres y los fondos casi planos. Ahora ocurre un nuevo giro. ¿Cómo surge esta idea, tenía planificado el cambio?

Cuando hice la exposición Conversación en el huerto en la galería Villa Manuela, presenté una obra que a la gente le sorprendió un poco, porque era una ruptura con ese ambiente: los objetos eran mayormente instrumentos de labranza, del jardín, del huerto. Fundamentalmente era una gran metáfora, el arte es una especie de huerto: me siento como una especie de hortelano, productor de flores o algo así.

Entonces allí los protagonistas eran esos objetos simples, y eran magnificados por mí, eran retratos de objetos que se hicieron importantes. Ahora estoy haciendo lo mismo, solo que en vez de usar el apero de labranza, estoy usando el fruto de los aperos de labranza: la fruta.

No estaba planeado en absoluto, no es para congraciarme con determinados sectores de la crítica, ni con nadie, es la evolución de mi propio pensamiento artístico, hacia donde quiero llevar mi propia obra. Esto no es producto de que me levanté y dije: “hoy voy a pintar unas frutas así, grandes y bonitas”, me paso todo el día pensando qué voy a hacer, todo está concatenado: tengo un cuaderno de notas y de proyectos donde escribo todo lo que voy a hacer. Sé lo que voy a hacer de aquí a cinco años, las ideas las tengo, ya están pensadas.

Cada uno de estos cuadros tiene una personalidad muy sólida. ¿De qué manera se da esa relación entre el pintor y estas obras que a veces parecen tener características de personas?

Cuando un artista encuentra un lenguaje personal, es porque de algún modo ha encontrado cuáles son sus propios problemas, uno los expresa, su carácter, el modo en que ve el mundo, cómo este lo modifica o lo afecta a uno. En cada propuesta que hago debo estar yo, a través de las lecturas que hagas puedes saber quién soy, cómo pienso.

Esta propuesta no es diferente de las anteriores porque no estoy siempre pintando y pintando, después recojo un poco de cuadros y hago una exposición, no. Tengo ideas y las materializo en una propuesta específica para una muestra.

En esta lo que he hecho es, partiendo de mi propia obra, de lo que ya tengo concebido como un modo de hacer, ofrecer un acercamiento a uno de los aspectos de mi obra. Cuando le quitas a la obra anterior — por la que la gente más me conoce— muchos elementos constructivos, los instrumentos, la atmósfera polvorienta, los recursos propios del barroco, le quitas el contexto, la desideologizas; te queda entonces la fruta descarnada, única, protagonista.

Antes te asomabas al cuadro como si fueras a asomarte a una ventana, ahora propongo un inevitable acercamiento: no se puede mirar el mismo cuadro desde lejos. Es decir, te puedes parar de lejos, distanciarte, pero de todos modos estás dentro del cuadro.

He sobredimensionado la imagen, la he traído a un primer plano, la he cortado, la he llevado a un punto casi abstracto, como para que al espectador le cueste trabajo descifrar qué parte de la fruta es. Se necesita un ejercicio fuerte de apreciación, aunque a veces no hace falta, a veces basta con recibir una impresión, alguna gente puede ver ese detalle y puede imaginarse que eso no es lo que dice, no tiene que identificarlo. De hecho, el arte no existe para que se identifique plenamente, exactamente todo lo que se haga.

En este caso, he querido magnificar el aspecto hedónico de la obra: las frutas son lascivas, voluptuosas, sensuales, todo eso que la gente veía en un pedacito de mi cuadro, que es la fruta abierta, abandonada; bueno, pues a mí se me ocurrió que eso era lo que quería hacer ahora, que la gente viera todo en un solo cuadro, despojado de todo lo demás.

Aunque no está en mí hacer una obra netamente formalista, ese aspecto hedónico de algún modo también tiene un trasfondo irónico, cínico, que siempre ha estado en mi obra.

Ahí vendrían a jugar entonces los títulos, marcando de alguna forma cierto factor racional y reflexivo.

Los títulos son importantes en todo mi trabajo, mucho más en este, donde tenía que apelar a algún recurso fuera de la propia visualidad del cuadro, pues no podía dejar al espectador creyendo que yo había pintado puramente por pintar bonito. El resto tengo que darlo indirectamente, a través de un lenguaje elíptico.

Tengo ese suplemento verbal que es el título de la obra, con el cual puedo dar una información que no está en el cuadro, que puede ser incluso contradictoria, absurda. Descifrar qué relación tiene una cosa con la otra requiere del espectador un poco de conocimiento sobre determinados nombres de la cultura griega.

Escogí nombres griegos porque se avenía para todo el cuento, todo el argumento de la exposición, que empieza por su título El jardín de Epicuro. El que sepa de principio quién es Epicuro y qué significa su filosofía, ya está recibiendo la primera alerta; además con el exergo de la entrada ya se sabe que este es un lugar para disfrutar, para deleitarse.

La idea no ha muerto, ha cambiado; la filosofía no muere, solo que la filosofía tiene que ser otra. Ahora el que funciona es un título literario, metafórico, más complejo y también más relajado, para ser degustado de otra manera.

Usted ha dicho que en sus inicios, los fondos de sus pinturas eran muy escenográficos, muy teatrales, y que luego se interesó más por los ambientes realistas, citadinos, tal vez, y para eso tuvo que salir a la calle (a esas calles de Guanabacoa), a mirar… Si esto sucedió con los muros y escalones, ¿cuánto tiempo tuvo que pasar hurgando en las intimidades de una naranja o un mamey?

El tiempo que he invertido en hurgar en las entrañas de estas frutas, es tanto como el que he necesitado para pintar esos espacios, la diferencia está que pintaba un poco desde lejos. Pero cada vez que pintaba una fruta, a ella misma por sí sola tenía que crearla aparte, para insertarla en el cuadro.

A veces en Guanabacoa te puedes encontrar un pedazo de coco en una acera, pero no es eso lo que pinto. Hay que estudiarlos mucho, las frutas, los objetos, para poder pintarlos, para poder lograr el máximo de intensidad con pocas pinceladas, incluso dentro de esas dimensiones pequeñas, a tamaño natural.

No se puede representar a partir de lo que se ve en la naturaleza, sino a partir de lo que se aprende de la naturaleza, son dos cosas muy diferentes. Claro que lo aprendes a través de la visión, pero el aprendizaje se da por las múltiples posibilidades de ver en las entrañas de las cosas, de estudiarlas, observarlas plenamente.

Una vez que representas las cosas sin necesidad de copiarlas, de tenerlas presente, de fotografiarlas; tienes toda la libertad de transformarla, te da la posibilidad de que pienses que pueden ser otra cosa, porque sería muy aburrido que se acabara la lectura inmediatamente: esto es una fruta y ya, nada más.

Las ideas que se llevan a la representación son imágenes propias, no son las de la realidad. Ahí es cuando uno dice: esto que estoy pintando no es una naranja, no es un mamey, no es una sandía; esto es una experiencia que tengo del mamey, de la naranja y de la sandía. Esa experiencia tuya está cargada de muchos conocimientos, de múltiples experiencias de otro tipo. La experiencia es algo que fluye, no es limpia, única, es algo que se moldea, se mezcla, se le da forma, y a veces salen cosas como estas.

Tiene mucho que ver con lo que llaman la imaginación: hacer coincidir en un mismo plano diversas experiencias perceptivas que tienes, percepción que luego pasa a ser conocimiento.

¿Cuánto hay en estas obras de su ejercicio como fotógrafo y la especialidad de la cual se graduó, la pintura mural?

Esta pintura es una suma de determinados conocimientos y argumentos que he acumulado en mi formación como pintor. Si yo no hubiera tenido una formación muralista en Rusia, durante seis años, yo tendría seguro una gran dificultad para afrontar un formato tan grande, pero siempre especifico que una cosa es la pintura mural y otra la pintura de grandes cuadros. Aquí no presento murales, estos son grandes cuadros, que se rigen por otras normas, pero sí le deben a una formación muralista.

La curaduría de esta exposición estuvo también a su cargo. ¿Es la primera vez que asume esta responsabilidad?

Todas las ideas de mis exposiciones han sido mías, y hasta ahora todas las curadurías que he hecho son ideas mías también, pero sí he tenido colaboración en los proyectos anteriores con algún curador que me ha organizado mejor la propuesta, que me ha hecho sugerencias indudablemente preclaras, y de algún modo, el proyecto se ha hecho mejor, porque tienes una idea de alguien que ejerce la curaduría, y tiene más experiencia. Pero para ser franco a mí me gusta hacer mi propia curaduría.

Esta exposición no fue llegar y pintar unos cuadros y colgarlos: la sala fue medida palmo a palmo, y se hizo un proyecto de 3D, donde coloqué los bocetos en la posición que iban. No es caprichoso, todo está medido, dónde debía ir este cuadro para que fuera bien visto, para que se relacionaran determinados aspectos del color, para que el diseño fuera agradable… Todo está concebido así, con catálogo, con la presentación del pie de obra en una hoja… Nunca hago una exposición sin diseñarla.

Esto de alguna manera tributa a una concepción de la obra como conjunto, de manera global…

Exacto, desde que estoy pensando lo que voy a hacer, lo estoy pensando como una propuesta, no como recoger obras para colgar, sino como una propuesta específica que lleva un tipo de obra específica, para un espacio determinado y con un diseño determinado… y eso es curaduría, no es otra cosa. Eso siempre lo he hecho, aunque no dejo de reconocer que consulto con curadores, casi siempre ha sido un trabajo conjunto.

¿Usted mismo escogió esta sala?

Ya tenía en mente hacer este proyecto, y estaba casi produciendo, cuando me invitaron a exponer en esta sala. No se me había ocurrido, pero tampoco había pensado en qué lugar se podría exponer esta muestra tan grande que no fuera en esta sala. Cuando el Doctor Torres Cuevas me invitó a exponer aquí, lo asumí como la invitación perfecta para lo que tenía en mente.

Antes ha dicho que un artista nunca termina su obra, sino que realmente la abandona, y luego se queda inconforme. ¿Estos cuadros tan grandes y elaborados fueron también abandonados? ¿Se siente satisfecho con respecto a ellos?

No es tanto así, si no estuviera satisfecho con la obra, no la expongo, pero uno siempre se queda con un poquito de insatisfacción, uno cree que pudo ser mejor, pero bueno… uno lo acepta. A mí me pasó algo muy curioso que siempre me pasa: cuando terminé de pintar estas obras las detestaba, ya no quería verlas más, me parecía que yo no podía haberlas pintado… eso siempre le pasa a uno. Las colgué y me fui, y cuando volví a los 15 ó 20 días, las vi como por primera vez; me imaginé que no eran mías y me gustaron.

Te vuelves a sentir un poco conforme con la obra, aunque siempre que la miras te das cuenta de que aquí podías haber hecho esto o cambiado aquello, pero eso es parte del proceso de la obra que nunca se termina. Si dejas al artista intervenir sobre la obra, siempre estará interviniendo, porque el mes que viene, el año que viene voy a verlo de otro modo. Generalmente si es así salen obras malas, sale como un híbrido que no funciona, entonces es mejor dejarla así, como una memoria de cómo pensabas en ese momento.

El pintor está como jugando a ser Dios, imaginando la vida por primera vez. “Hágase la naranja”, y la naranja aparece como una diosa recién nacida. Luego el mamey, el coco…

Entonces uno sueña que es un enanito como el de Silvio Rodríguez, y se lanza a explorar entre semillas y rugosidades: resbala con la pulpa, muerde aquí, olisquea por allá.

Pero es solo un juego, o un sueño. Las naranjas de verdad no son tan brillantes, tan sin un gramo de tierra, tan jugosas y amarillas.

Esto, definitivamente, no es una naranja. Entonces uno debe conformarse con disimular que no se le hizo la boca agua, aunque esté convencido de que al salir de aquí, ya no podrá mirar igual una fruta de esas.

Temática: Artes Visuales
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Lector crítico
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