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Opinión
Amar La Habana. A propósito del Aniversario 491 de la fundación de la Villa de San Cristóbal Fecha: 2010-11-12 Fuente: CUBARTE
Amar La Habana. A propósito del Aniversario 491 de la fundación de la Villa de San Cristóbal
Amar La Habana. A propósito del Aniversario 491 de la fundación de la Villa de San Cristóbal
Al cumplirse el aniversario 491 de la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana, circula por los medios digitales una carta con el agresivo título de “Eusebio Leal, el germen capitalista y antidemocrático de la gestión de los centros históricos cubanos, y el doble rasero del Ministerio de Cultura cubano respecto a sus políticas hacia el patrimonio”. La misiva abierta es firmada con un seudónimo, lo que ante mis ojos comienza a descalificarla, pues su autor no da la cara: ¿por cobardía personal, miedo a una imaginada represión individual o temor a ser desacreditado públicamente? Desde el título es claro su objetivo: está dirigida contra la gestión de Eusebio Leal y contra la política del Ministerio de Cultura. Al leerla, hasta el más ingenuo se da cuenta de que no es solo contra la persona de Leal, sino también contra la Oficina del Historiador de la Ciudad y sus especialistas, y no solamente contra la política del Ministerio de Cultura, sino también contra la persona y la gestión de Margarita Ruiz, presidenta del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural; pero además, de cierta manera, constituye una protesta airada, pero sobre todo irrespetuosa, contra las decisiones del Consejo de Estado, y en sentido general, contra la política realista y salvadora de la Revolución en torno al tema del patrimonio de La Habana Vieja. El autor está informado, aunque no creo que bien o lo suficiente; incluso, seguramente ha recibido datos más allá de su especialidad buscando lo que le hacía falta, pero siempre de manera tendenciosa. Por la apasionada defensa a la historia del CENCREM en sus inicios, parece ser un trabajador de esos tiempos o una persona vinculada a aquellos momentos; su nostalgia lo delata, pero su odio destructivo descalifica su diatriba.

De vez en cuando aparecen correos con invectivas e insultos a instituciones y personas, a los cuales no suelo hacerles caso; sin embargo, cuando me disponía a realizar un trabajo relacionado con el tema habitual en mi escritura, me he sentido obligado a señalar algunos elementos que me parecen importantes por las dosis de manipulación e intenciones destructivas de una persona con capacidad de análisis, que quizás pueda confundir a algunos lectores que no conozcan los fundamentos en que se asienta la obra de la Oficina del Historiador de la Ciudad. No tengo ninguna relación personal con el Dr. Eusebio Leal, no soy su amigo; solo conversé con él una vez, cuando éramos muy jóvenes y enamorábamos, cada cual por su cuenta, a dos bellas hermanas. No pretendo erigirme en abogado defensor, pues la labor de la Oficina se defiende por sí misma, pero he creído útil intervenir por considerar que se trata de un ataque a la cultura cubana y a quienes trabajan para ella.

En sus “Apuntes iniciales” el autor menciona los procesos democráticos y participativos que se deben tener en cuenta idealmente, los modelos de gestión con respecto a la ciudadanía y a sus espacios de vida en las grandes ciudades. He podido ver en México DF, Santiago de Chile, Buenos Aires y Bogotá cómo se realizan estos procesos para intervenir zonas históricas o territorios que interesan por alguna razón privada o gubernamental. En el Zócalo de México algunos amigos me han comentado que prácticamente se ha llevado un proceso de desalojo forzado, y a veces bajo amenaza personal; lo sucedido en Santiago de Chile lo ha descrito el poeta Enrique Lihn en su libro El Paseo Ahumada (Ediciones de la Universidad Diego Portales, 2004), en el momento de mayor neoliberalismo en su país; en Buenos Aires participé hace años en una protesta al lado de una vecindad a la que le habían instalado de manera relámpago una supercarretera aérea privada, sin que mediara ninguna consulta; en Bogotá he visto atrocidades en espacios urbanos. Esta situación no tiene nada que ver con la práctica defendida por la Revolución para La Habana, mediante cualquier institución y bajo la dirección de cualquier persona, pues a pesar de que se han cometido errores, ninguno de ellos merece una comparación con estas situaciones que sí son típicamente capitalistas; pese a algunas injusticias, dislates e ignorancias ―sobre todo por desconocimiento y falta de cultura, de integración y coherencia en la aplicación de los procesos culturales en las ciudades―, han sido decisiones tomadas desde otra perspectiva, nunca de la naturaleza y la proyección con que se realizan bajo los presupuestos del capitalismo de Estado o el capitalismo neoliberal; es flagrantemente injusto igualar tales prácticas o ubicarlas en el mismo nivel. ¿Cuánto dinero han ganado las personas que cometen esos errores? ¿Por qué el autor no dice que las acciones “inconstitucionales”, no han sido aisladamente del Historiador ni de la Oficina, sino que son decisiones tomadas por Fidel Castro bajo condiciones y coyunturas sin más opciones, para salvaguardar la cultura, que era “lo primero que había que salvar”? Cuando noto que hay personas tratando de aislar los sucesos, de verlos solo desde un enfoque ―en este caso arquitectónico o “profesional”― y extraídos del contexto histórico y social en el que se han desenvuelto, me asalta la sospecha de que se trata de manipulación, perversión o estrechez de pensamiento.

La Asamblea Nacional del Poder Popular en 1976 aprobó la Ley núm. 1 del Patrimonio sobre las regulaciones para proteger los bienes patrimoniales de la nación, y en la actual Constitución de la República, en su Artículo 39, inciso h), se enuncia: “El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por la belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico”. En el caso del Centro Histórico de La Habana, fue declarado Monumento Nacional en 1979, y el 14 de diciembre de 1982 reconocido como Patrimonio de la Humanidad junto a su sistema de fortificaciones militares. Si nos remontamos a la antigüedad de las instituciones dedicadas a atender la historia y el patrimonio capitalinos, la primera fue la Oficina del Historiador de La Habana, fundada en 1938 e incorporada al Departamento de Cultura del Ministerio de Educación; desde su creación fue presidida por el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, y en 1947 se subordinó directamente al Ministerio de Educación. Creo que no necesito explicar la meritoria labor de Roig en sus funciones como historiador de La Habana; él muere en 1964 y el 11 de diciembre de 1967 se le confía al entonces muy joven Eusebio Leal la tarea de coordinar las labores de restauración del Palacio de los Capitanes Generales, según Resolución 450. En 1981 el Estado cubano asignó un presupuesto exclusivo para la restauración del Centro Histórico y se designó a la Oficina del Historiador la responsabilidad del proceso de rehabilitación: así comenzó el primer Plan Quinquenal de Restauración. El 30 de octubre de 1993, uno de los años más críticos de la historia de Cuba, se dictó el Decreto Ley 143 en que se ampliaba el marco de autoridad de la Oficina del Historiador de la Ciudad y se le permitía la obtención de recursos financieros mediante la autogestión. No soy especialista en el tema, ni trabajo en la Oficina; estos datos son públicos y pueden consultarse en cualquier biblioteca, se encuentran en numerosas publicaciones del país, e incluso hay cifras y estadísticas que precisan y amplían los temas financieros: ¿dónde está el “ocultamiento”?

Por su parte, el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología, CENCREM, fundado en 1982 por el Ministerio de Cultura ante necesidades crecientes de atender estos asuntos a lo largo del país, ha desempeñado un papel meritorio en el desarrollo científico y técnico de esta compleja especialidad y ha desarrollado una labor docente y metodológica de indudable valor. La OHCH y el CENCREM han acometido labores acreedoras de respeto en sus áreas de atención ―aunque posiblemente a veces no hayan coincidido en criterios profesionales―; la primera, en La Habana Vieja; la segunda, además de esta disputada zona, en otros lugares de la Isla como Santiago de Cuba, Trinidad y otras ciudades. En ningún caso las polémicas generadas por sus proyectos, más allá de desacuerdos prácticos o conceptuales, pueden igualarse a la rapiña que he visto en otras ciudades de América Latina, como resultado de objetivos casi siempre muy poco nobles. ¿Qué parecido tiene esta práctica necesaria, útil e imprescindible para salvar el patrimonio de la nación, con las “lógicas capitalistas”?

El autor achaca “tendencias neoliberales” a lo que ha sido una gestión audaz y oportuna, realista y sabia, a la justa decisión de combinar la necesidad de obtener recursos para restaurar y conservar, con la proyección cultural y profundamente humanista hacia la comunidad. Resulta irracional o mal intencionado atribuir los “derrumbes”, “la falta de mantenimiento” y “la ausencia de reparaciones” a la voluntad de alguien o a una sola causa, cuando todos sabemos que hay esencialidades multicausales y sería, cuando menos, injusto, culpar a la OHCH. La acusación de falta de control al MINCULT y de “fragmentación neoliberal” para solucionar el agudo y crónico problema de mantener el patrimonio habanero en pie, si no ha sido por desconocimiento o ignorancia del autor, entonces es perversión u oportunismo, teniendo en cuenta lo que significa el neoliberalismo y lo que se ha hecho realmente ante la magnitud del problema, porque de otra manera se hubiera caído parte de La Habana. Hablar de “hacinamiento”, “tugurización” y “marginalidad”, y no revisar las profundas causas que han engendrado estas realidades, antes y después de la Revolución, si no resulta una superficialidad, se presenta como una burda y pérfida maniobra descalificatoria. Al referirse a la “desidia secular en resolver los problemas diarios” y presentar las cosas como una “visión dantesca de la realidad”, si no estamos frente a un caso de alucinación ante lo hecho o de infantil expresión, entonces se trata de una manera irresponsable y malintencionada de tratar el tema.

Los desajustes en la aplicación de las leyes y las contradicciones existentes entre instituciones que inciden sobre cualquier territorio, no pueden ser utilizados como argumentos para abonar la manzana de la discordia; desacuerdos y diferentes opiniones, por la distinta naturaleza que defiende cada institución, existen, y es natural que sea así, y el deber constructivo sería proponer un equilibrio con la guía del humanismo revolucionario, que representa la verdadera solución con la que deberíamos estar comprometidos. La necesaria autogestión concedida a la OHCH es la que hace falta estrictamente para sostener su fabuloso programa patrimonial, organizado pensando sobre todo en el individuo, pues su proyección humanista y cultural ha prevalecido. Parece ridículo calificar esta gestión patrimonial de “tecnocrática”, pues una simple encuesta popular barrería cualquier sombra de duda al respecto; resulta destructivo poner énfasis en las contradicciones sobre asuntos profesionales, pues la proyección del tema en la susodicha carta no conduce a ninguna solución general. ¿Qué es lo que molesta? ¿Que una institución patrimonial, que ha demostrado con creces amplios y sistemáticos resultados concretos, tenga recursos para que La Habana siga siendo una ciudad viva y en desarrollo? ¿Qué es lo que se denuncia? ¿Que la OHCH tenga sitios humanos, bellos y modernos de acuerdo con su aporte y no haya abandonado la llamada “atención al hombre” como lamentablemente ha sucedido en otros lugares? ¿Por qué este preocupado autor no denuncia las grandes y pequeñas catástrofes urbanas generadas por burócratas y funcionarios ineficientes? ¿Acaso puede molestar que otrora villa, como históricamente ha sido, se desenvuelva al ritmo de los tiempos y en diálogo con el mundo, en ese secular contacto del puerto y la ciudad propiciado por un mar que es frontera y fuente de confluencias?

Un simple repaso de los innumerables ejemplos y la cuantiosa tarea realizada en La Habana, expone la maravilla creada en estos años, y hace asombrosamente desproporcionado que solo puedan verse las posibles manchas de esta perfectible obra de enormes proyecciones humanas. Los efectos sociales han sido reconocidos por los visitantes, pero, sobre todo, agradecidos por quienes participan de ellos, pues la labor de la Oficina del Historiador va mucho más allá de la restauración y conservación de bienes inmuebles y muebles: su acción ha logrado un sorprendente y singular compromiso de los habaneros, orgullosos de esa obra. Decenas de museos, casas-museos, galerías, bibliotecas, teatros, magníficas salas de concierto, y hasta un acuario, una cámara oscura y un planetario, abiertos al disfrute de todos los ciudadanos, a precios módicos en moneda nacional o con entrada gratuita. Miles de niños beneficiados por un proyecto como el de las aulas-museos, reconocido como valiosa experiencia a nivel nacional e internacional; cientos de ancianos atendidos esmerada y amorosamente por instituciones especializadas en tan delicado empeño; un hogar para niños con trastornos neurológicos severos, dotado del más moderno equipamiento y un personal de exquisita sensibilidad, y otro para embarazadas de alto riesgo. Una experiencia como la de Rutas y Andares, que cada verano convoca a familias habaneras, y ya de otras provincias, para descubrir, maravilladas, los secretos de una ciudad patrimonial, de mano de especialistas del más alto nivel, tanto pertenecientes a la OHCH como convocados por su extraordinaria obra ―el arquitecto Daniel Taboada, el ingeniero Orestes del Castillo, los escritores Reynaldo González y Zoila Lapique, premios nacionales en sus respectivas especialidades, por citar solo algunos. Mansiones que sufrieron un destructivo proceso de tugurización mucho antes de que Eusebio Leal naciera, han sido restauradas, y no solo para hoteles, tiendas y restaurantes que aporten el capital imprescindible para evitar que el desastre acabe con el Centro Histórico, sino para devolverlas, renovadas, a un número de sus inquilinos que no sobrepase la cantidad idónea para el mantenimiento del inmueble, mientras que el resto se ubica en modernos apartamentos en las afueras de la ciudad, luego de un trabajo de persuasión, a veces tan prolongado que mantuvo casi como “reliquia” a la única edificación no restaurada de la Plaza Vieja, sin que la Oficina se decidiera a aplicar una expropiación forzosa de las que son cotidianas en ciudades patrimoniales. ¡Si eso es capitalista, que me pongan en la lista!

Y todo en beneficio del “ciudadano de a pie”, pues realmente desconozco a esos funcionarios del gobierno que, según dice el Salomón no tan sabio que envía la carta, han invadido La Habana Vieja, emigrando de sus habituales predios de El Vedado y Playa. Artistas sí hay, y por suerte: Nelson se fuma un tabaco a la puerta de su estudio; Zayda levita por las plazas; Pedro Pablo viene y va entre Pinar del Río y La Habana Vieja haciendo el bien; Choco desanda las calles con su sempiterna sonrisa; Planas regala su locura a los cuerdos aburridos; Fabelo curiosea los libros viejos de la Plaza de Armas… Y Gigantería cuenta cuentos o se inmoviliza en estatuas vivientes; Isabel Bustos pone a La Habana en movimiento con su festival de danza; Ars Longa recuerda a Esteban Salas y afina la sensibilidad moderna para disfrutar la música antigua; la Bienal de Artes Plásticas toma por asalto las viejas mansiones; y jóvenes del barrio que nunca habían pisado un teatro se convierten en príncipes, hadas, Corte de los Milagros, y parece que próximamente en gatos, en la escena del Anfiteatro. Esa es La Habana que nos ha regalado la Oficina, cubana y cosmopolita, con estatuas de un samurai o de un bolerista mexicano o de un bailaor de flamenco, un parque a una princesa británica, un rincón para una monja albanesa, templos de iglesias ortodoxas, pero también la de la casita de Martí, el homenaje a Juan Gualberto Gómez, la Sala de las Banderas, la que cada 10 de Octubre se estremece con las notas del himno original frente al monumento de Céspedes, la que recuerda a los bomberos muertos en la ferretería de Isasi, a los estudiantes fusilados el 27 de noviembre, la que se ha llenado imperceptiblemente de tarjas que recuerdan a revolucionarios de todas las naciones y épocas, la de ese historiador “loco” ―no en balde el Caballero de París nos da la bienvenida en San Francisco―, capaz de rendir silencioso y solitario tributo al anexionista Narciso López porque murió fusilado y a él le debemos nuestra bandera, o devolver a su sitio la estatua de José Miguel Gómez, combatiente de tres guerras, porque ganó los grados de mayor general en la manigua y el pueblo pagó centavo a centavo la erección de su monumento.

Pero no se piense que los beneficios de ese quehacer solo se circunscriben a los vecinos del Centro Histórico. Desde mi recoleto Sevillano, me regocija ver, de vez en cuando, muy temprano en la mañana, a un grupo de ancianas vestidas con sus mejores galas esperar ansiosas la ruta 15 para participar en un “desayuno” en algún museo de La Habana Vieja, donde el humilde café con leche se convierte en deliciosa ambrosía cuando lo disfrutan rodeadas de valiosas colecciones y atendidas con respeto y cariño, que hacen brillar en su mirada la belleza de los tiempos idos. A nivel personal, mi hijo adolescente, que recorrió de niño la parte más antigua de la ciudad guiado por historiadores, arqueólogos, arquitectos… ha fomentado ahora el gusto por el arte lírico gracias a los conciertos en San Felipe Neri, a los que acude asiduamente sin grandes estragos en la magra economía familiar. Como se ha logrado una auténtica conciencia creada por el valor de su entorno, los ciudadanos participan y colaboran en las tareas patrimoniales que proyecta la Oficina, que han sido cuantiosas, y lo más sorprendente, han constituido una ocupación tenaz e ininterrumpida, algo sencillamente insólito en un país en el que la sistematización se ha ido convirtiendo en un lujo. Por último, de Eusebio Leal, solo puedo decir lo que todo el mundo sabe: que ha sido un hombre real y útil, persistente, integral y decente, esa palabra ya casi en desuso, y que es el artífice principal de esta monumental obra: los ciegos de Maisí lo saben. Como no conozco al autor de la carta, no sé qué obra ha hecho; sin embargo, después del rencor que destila su misiva y de leer sus palabras finales en que habla de “razones éticas”, el contraste me ha hecho recordar a San Mateo (7:15,16): “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”.

Temática: Cultura General
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Lector crítico
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