El Cubadisco, el evento cubano que premia la mejor música que las disqueras del país han publicado durante el año, en el 2010 fue dedicado a nuestra música campesina.
Lo que ocurre es que habría que precisar qué es la música guajira de Cuba.
Para algunos es, esencialmente, el llamado punto, la improvisación de los cantadores de ciertas zonas del campo cubano con las diversas tonadas con las que se cantan la décima. El punto es una manifestación de nuestra música popular muy cerca de lo puramente hispánico.
La esclavitud había terminado en 1886: miles de cubanos “de color” habían peleado en las guerras por nuestra independencia porque, además del gesto del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes de dar la libertad a sus esclavos, la Constitución de Guáimaro, la primera de la Cuba insurrecta, había decretado la abolición de la esclavitud.
Fueron muy numerosos los generales y altos oficiales, negros y mulatos, que combatieron por la libertad de Cuba, entre ellos el mayor de todos, el mayor general Antonio Maceo, pero el racismo seguía existiendo en Cuba, aunque nunca tomara la fuerza que tuvo en Estados Unidos.
La primera intervención norteamericana en Cuba lo arraigó aún más. La ingerencia norteamericana, además de disolver el Ejército Libertador, conformó otros cuerpos armados de los que estuvieron explícitamente excluidos los cubanos negros y mulatos. Si estos hombres, muchos de los cuales habían dedicado su vida entera a combatir por la independencia no podían emplearse como militares de la patria que habían contribuido a forjar, estarían excluidos de cualquier misión de alguna relevancia en la nueva república.
Se conoce el caso del mayor general Quintín Banderas, combatiente de las tres guerras independentistas, a quien el presidente Estrada Palma humilló, primero al no concederle la entrevista que le había solicitado y finalmente ofreciéndole, como única alternativa laboral, una plaza de cartero.
La clase política proyanki que conformó los partidos de la naciente república y la burguesía cubana, tuvieron también el plan de “blanquear” la Isla, permitiendo y propiciando un amplio arribo de inmigrantes españoles. Nuestro país recibió muy intensamente, en los primeros años de la República, fuertes migraciones de las regiones más pobres de España. Canarios, gallegos, asturianos, llegaron en grandes oleadas. Por supuesto que el pueblo de Cuba ―un pueblo sin rencor― no albergó el menor rechazo contra estos inmigrantes.
Los canarios en especial, grandes conocedores del cultivo del tabaco, poblaron zonas del campo cubano: las tierras de la Vueltabajo y otras regiones del centro del país ―Tunas de Zaza, Manicaragua, Cabaiguán― en las que se dedicaron a la agricultura tabacalera.
Por supuesto que en las Islas Canarias y otras regiones española existían ricas tradiciones musicales de carácter folclórico y tradicional, que iban pasado oralmente de padres a hijos. La décima es una estrofa culta: varios poetas españoles la usaron en diversas estructuras, pero es el músico y poeta rondeño Vicente Espinel quien establece su forma definitiva, con la que se le conoce hoy en el mundo.
Espinel, conocido por su novela picaresca, Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, establece esa estructura en un libro que publica en 1591, Diversas rimas. La innovación es tan aceptada, que Lope de Vega llega a rebautizar la estrofa con el nombre de espinela.
En España, la espinela, compleja estrofa barroca, es siempre culta y culto es su desempeño. En su Arte nuevo de hacer comedias, Lope afirma: “las décimas son buenas para quejas”. Y ahí están, como ejemplo irrebatible, las quejas del monólogo de Segismundo, escritas en décimas, de La vida es sueño, de Calderón de la Barca.
Muy poco se usó la décima en España en obras populares, y no conozco verso improvisado en décima en ese país. Es culta la décima cuando es traída a América, y así la usa la primera gran escritora de este continente: le mexicana Juana de Asbaje, sor Juana Inés de la Cruz.
Es muy difícil explicarse por qué está compleja estrofa, la “redondilla de diez versos” del barroco español, deviene en ciertas zonas de América, una estrofa popular, preferida incluso para la improvisación.
En Cuba, la décima se establece desde inicios del siglo XIX. Es el poeta Francisco Pobeda y Armenteros, conocido como El trovador cubano el que la usa por primera vez como instrumento de la poesía criollista. Pero es Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, quien la fija como estrofa de la poesía campesina. La décima cucalambeana combina y casi funde la estampa del guajiro cubano con el entorno natural de la Isla. Los improvisadores del llamado “punto cubano” tienen su innegable maestro en el poeta tunero que, entre nosotros, convirtió en popular y hasta en instrumento del folclore a la culta décima barroca que Vicente Espinel había establecido en España.
El punto cubano tiene diversas tonadas con las que se cantan las décimas. Acaso lo más importante en él no sea la música con la que se canta la estrofa porque, en verdad, las tonadas se repiten y la verdadera novedad está en el texto de la décima que se acompaña con la tonada. Seguramente por ello a los cantadores del punto no se les llama así, sino poetas, porque lo habitual es que la décima sea improvisada y por ello, obra de quien la cante.
Es quizá por ello que no se grabe habitualmente la música campesina. La necesidad de preservarla no estaría en la originalidad de las tonadas ―que no son originales― sino en el talento improvisador del poeta, y en su calidad para sacar el máximo partido a su condición de cantador. Es más un hecho literario que musical
La cultura cubana es la hija, en este ámbito caribeño, del muchas veces sufrido matrimonio de las culturas de España y de África. Sufrido por la parte del negro, que fue el esclavo del amo blanco. A la larga, fueron esos dos abuelos que reconoce el poema de Nicolás Guillén.
Decir España y África es decir dos entidades bien complejas: ambas son zonas donde se desarrollan varias culturas. La aparentemente más unitaria España, alberga al menos cuatro lenguas (castellano, catalán, vasco y gallego) con sus respectivas culturas, y la específica identidad andaluza, donde los árabes, tras un dominio de siglos, han dejado una huella imborrable.
Los africanos vienen a Cuba como esclavos, inicialmente dedicados al servicio doméstico, pero cuando aparece en la Isla la gran producción azucarera, los esclavos son los que realizarán el duro trabajo del corte, el alza y la molienda.
Habían sido cazados en las costas africanas, con el único objetivo de venderlos del otro lado del Atlántico como fuerza de trabajo manual. Pertenecían a diversas culturas ―lo que no le importaba ni al negrero ni al esclavista― y asentaron en Cuba las raíces que traían de África. Hubo una fuerte presencia yoruba en el occidente cubano. En el Oriente, predominaron los congos.
Estoy diciendo estas cosas porque quiero subrayar que tenemos en Cuba al menos dos grandes modalidades de música guajira: aquella donde se hacen presentes las raíces españolas, y otra en que es obvia la deuda con África.
La tonada del punto campesino tiene al menos dos modos de cantarse: el punto fijo, en la que el poeta que canta su décima sigue estrictamente los patrones de tiempo y compás que el acompañamiento de las cuerdas le impone, y el punto libre, en el que la tonada casi se independiza del acompañamiento. Pueden afianzarse uno y otro por regiones. En el campo habanero (lo que hoy son las provincias de Artemisa y Mayabeque), por ejemplo, domina el punto libre.
Porque también nuestra música campesina se distingue por regiones, porque cada una de ellas tiene sus tonadas preferidas: hay un punto pinareño, uno espirituano, uno camagüeyano. Existen tonadas específicas, como la llamada tonada Carvajal en la que era un maestro, el ya desaparecido poeta cienfueguero, Luis Gómez.
El negro y el mulato cubanos pueden cantar punto, con las típicas tonadas que el punto usa, pero preferentemente no cantan esas tonadas, sino que prefieren construir, mejor que punto guajiro, sones montunos. Y pueden usar las décimas en ese género donde se hacen visibles las raíces musicales africanas.
Un caso paradigmático es Benny Moré, hombre del centro-sur cubano, gran cantor del campo y de la ciudad, acaso también por ello, además de por su excelencia como intérprete, el gran cantor de nuestra música popular cubana, algunos de los más famosos sones de Benny ―de su autoría― están compuestos en décimas: es el caso de Santa Isabel de las Lajas y Cienfuegos. 
En el Oriente sur, las actuales provincias de Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, las más mestizas de Cuba, prácticamente no hay punto guajiro. El campesino negro y mulato cubano canta sones, y perfectamente puede improvisar también en sus inspiraciones.
El son cubano tiene numerosas variantes: el changüí, originario de la zona de Guantánamo, forma precursora del son; el sucusucu pinero, que luego asumen autores como Eliseo Grenet; el quirivá de Baracoa, que emigra a Santiago de Cuba y allí contribuirá, con el changüí, al nacimiento del son clásico, que triunfa en los años veinte y se expande por el mundo.
Allí, mezclando lo rural y lo urbano, aparecen los dos grupos pioneros en el auge del son: el trío Matamoros ―el de Siro, Cueto y Miguel― y el Sexteto Habanero, que se funda en la capital cubana, pero cuyos integrantes son todos santiagueros. Solo faltaría en este grupo de “fundadores” el habanero Ignacio Piñeiro, del barrio de Jesús María y crecido en el de Pueblo Nuevo, pero autor también de preciosas guajiras como Canta la vueltabajera.
Por ello, ojo cuando hablemos de la música campesina cubana, no hay que pensar exclusivamente en el punto guajiro, sino la rica gama de géneros ligados al campo cubano. Tan rica, como la plural cultura de Cuba.
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