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Opinión
En los cien años del pintor Fecha: 2012-02-24 Fuente: CUBARTE
En los cien años del pintor
En los cien años del pintor

Me recuerdo a mí mismo, en la galería Habana, esa misma que está en la esquina de Línea y F ―allí acudía por primera vez―, detenido ante un gran cuadro que era el esquema, casi en tercera dimensión de una ciudad. Casi en tercera dimensión, porque el pintor creaba un volumen con los emplastos de pintura, que le otorgaban una profundidad al espléndido cuadro.

El nombre del gran óleo, que muchos identificaban con La Habana, decía,  simplemente Ciudad. Era una extraordinaria visión de una ciudad, que seguramente había surgido de sus vivencias de La Habana.

Han pasado casi cincuenta años desde entonces, desde que la pintura apareciera por primera vez en una pared de El Vedado. Y han pasado cien desde que naciera su autor: René Portocarrero.

Portocarrero tenía un aspecto bonachón que, por su corpulencia y su bigote, a mí me recordaba ―y lo digo con absoluto respeto― al Pablo Morsa de los dibujos animados de Walter Lantz, que sufría la incontrolable conducta de Woody Wodpecker, a quien llamábamos en español El Pájaro Loco.  

 Pero Portocarrero llevaba en sí, simultáneamente, la bondad y la locura.

Había nacido ―estoy diciendo que este año cumple cien― en 1912, y era un hombre de la promoción que sucede a la gran generación renovadora de la Vanguardia en Cuba, la de Víctor Manuel, Abela, Ponce, Pogolotti.

Portocarrero aprovechó los hallazgos de sus predecesores, y los vistió de una sutileza que ya implicaba una depuración de esos hallazgos.

Su generación ―la de Mariano, la de Amelia Peláez― es una perseguidora de las esencias nacionales que andaban buscando también sus coetáneos de la literatura, los poetas de Orígenes, en unos tiempos en que la cultura cubana parecía que iba a sucumbir ante la avasalladora influencia comercial norteamericana.

Portocarrero se detenía en la belleza. En una de las librerías de libros usados (“librerías de viejo”, las llamábamos entonces), encontré a inicios de la década de los sesenta la edición de Solo de rosa, de Mariano Brull, editado por “La Verónica”, en 1941.

“La Verónica” era una pequeña imprenta de exquisiteces, que había creado en La Habana el pintor español Manuel Altolaguirre, republicano exiliado tras el ascenso de Franco al poder, y acaso el menos difundido de los integrantes de la generación del 27. Pero escribir un poco más extensamente de “La Verónica”, su nacimiento y su rica labor en Cuba, ya sería material de otra crónica.

Esa edición del poemario de Brull, una obra maestra de la poesía pura cubana, estaba magníficamente diseñada, con dos rosas que se solidarizaban con el asunto del pequeño volumen: una rosa hecha por Mariano Rodríguez y otra pintada por René Portocarrero.

Portocarrero fue frecuente colaborador de Orígenes, la gran revista cultural de su generación y fue buscando expresiones que afirmaran lo cubano. Suyas son esos rostros de mujeres, claramente afincados en la Isla, que se han llamado las Floras: rostros de mujeres pletóricos de color, de ojos expresivos y grandes labios que parecieran que no necesitaban definir su raza.

Con todo, las “ciudades”, que tienen varios momentos, varias etapas, varios formatos, son una innegable afirmación cubana ―y habanera― en la obra de René Portocarrero.

Cuando uno ve el reportaje de algún hecho, alguna visita o conferencia, ocurrida en el Consejo de Estado, tropieza enseguida, en una de las paredes, con una de las grandes, bellas ciudades de René Portocarrero.

Seguramente fue la delicada sensibilidad de Celia Sánchez la que mandó ponerla allí, para dar el recibimiento de Cuba al que llegara. Para que el gran arte de René Portocarrero, fuera el encargado de dar esa bienvenida. 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Artes Visuales
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Lector crítico
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