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Opinión
Gregorio Hernández: Un intelectual paradigmático Fecha: 2012-01-27 Fuente: CUBARTE
Gregorio Hernández: Un intelectual paradigmático
Gregorio Hernández: Un intelectual paradigmático

A algunas personas no familiarizadas con los procesos de formación educacional y académica llevados a cabo dentro de la sociedad cubana a partir de 1959 les resultaría un tanto difícil comprender el calificativo con que, en el título de estos comentarios, se define a Gregorio Hernández, más conocido entre los rumberos como El Goyo. Aun para algunos cubanos  pudiera parecer incomprensible si se tiene en cuenta que este importante cantor, instrumentista y bailarín se desarrolló dentro de un contexto que a pesar de los esfuerzos realizados en nuestro país por eliminar prejuicios de todo tipo, pertenece a eso que se ha dado en llamar “folclor”.

Hemos heredado conceptos, definiciones y compartimentos a partir de los cuales se ha separado la creación artística de raíz popular de aquella que se caracteriza como  “el gran arte”. Desde que el inglés William Thoms creara el término folclor en el año de 1846, éste ha venido aplicándose a la producción popular. Es muy interesante el que Thoms fuese un arqueólogo y que en líneas generales, considerara los estudios de las culturas de los pobres como parte de la tradición y de lo “antiguo”. El presente, para los intelectuales ingleses de su época, estaba culturalmente definido a partir de las “verdades” proclamadas por las clases dominantes. Tal vez por estas razones es que José Martí, uno de los pensamientos más preclaros de su época, al rebelarse ante la exclusividad del conocimiento importado, definiera claramente que para quienes vivían en un continente nuevo y en vías de liberación,  “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana”  e insistiendo en estos conceptos, cuando escribía sobre el venezolano Eloy Escobar, establecía principios nuestros de adquisición del conocimiento al criticar con dureza “…la mente postiza que la cultura rudimentaria y falsa de las universidades y los dejos de la historia echan en los pueblos de Hispanoamérica sobre la mente natural…”.

Esa mente natural fue la que cultivó y desarrolló con mucho cuidado Gregorio Hernández. La misma mente que nos permite asumir desde su profunda ciencia, las esencias de la realidad histórica en que vivimos. Esa actitud ante el saber constituyó la fuerza de su intelecto. No fue obstáculo para ello el lastre de su niñez en los barrios indigentes de Las Yaguas o El Moro ni su necesidad de limpiar zapatos o recoger botellas y cartones para lograr sobrevivir. La Revolución cubana, creadora de nuevas condiciones de vida para toda la población nacional y específicamente para los sectores que practicaban las artes llamadas populares, amplió las posibilidades de su saber.

La temprana fundación del Conjunto Folclórico Nacional constituido a partir de hombres y mujeres surgidos de los estratos más humildes de la sociedad cubana pero en los cuales se había refugiado toda una cultura resistente al dominio hegemónico; le permitió al Goyo, como uno de los miembros iniciales, liberarse de viejas amarras, ampliar sus conocimientos y superar las lagunas que la vieja sociedad discriminadora le había creado. El mismo confesaría hace pocos años, al evaluar su desarrollo educacional, lo siguiente: “… el Conjunto ha sido mi gran escuela, mi escuela para mi nueva ubicación en la sociedad. Allí se me proporcionó todo.”

Lo importante de estas apreciaciones del Goyo no es el que apoyen, a manera de consigna, principios políticos y sociales que han sustentado la realidad nacional desde hace más de 50 años sino una manera de comprender la ubicación de un ser humano en un contexto social como el nuestro lo cual implica un nivel alto de intelectualización. El Goyo fue un hombre que amó la Revolución desde las vivencias que le conformaron un profundo conocimiento de lo esencial cubano. Su estrecha relación con el mundo de los rumberos y su ejecutoria como uno de los más destacados entre los cultores del género en Cuba, así lo demuestra. En una entrevista que hizo a sí mismo escribió:

“… el interpretar estas manifestaciones(se refiere a las variantes de la rumba) no es tan fácil como algunas gentes creen ya que a cada una hay que dedicarle toda la vida y puedo asegurarte que es difícil encontrar quien tenga pleno dominio de dos de estas manifestaciones…”. 

Subrayo la frase dedicarle toda la vida porque el cultivo de la rumba no es sólo una profesión artística sino también una manera de comprender la realidad de amplias zonas urbanas de Cuba.

El gran mercado de la música ha convertido a muchas de las expresiones populares en un objeto de compra-venta más allá de las implicaciones sociales que algunas, como es el caso de la rumba, tienen. Al hacer esto, ha limitado la práctica musical, básicamente, a su función de divertir. Ser rumbero ha significado, para intelectuales como El Goyo, una penetración en las esencias de la cubanía que, por supuesto, van mucho más allá de cantar, tocar o bailar. No se trata, pues de resolver problemas técnicos, es conocer por qué, cuándo y para qué se hace una rumba, es preservar las experiencias de haber pregonado en las calles para ganarse la vida, se trata también de proveerse de habilidades para contestar en una controversia y de la  valentía para sostener el encuentro, es llegar al corazón de quienes participan en el hecho colectivo que implica una rumba.

La práctica de una expresión artística dentro del contexto popular cubano siempre ha sido, en su esencia, algo mucho más allá de lo que el mercado exige de un artista. La práctica de la rumba no sólo ha implicado una penetración profunda en una parte importante de la realidad cubana sino una relación con otras prácticas convergentes como las que se dan en el ambiente cultural de la sociedad Abakuá. Refiriéndose a su entrada en ese mundo, El Goyo expresó:

“… por primera vez yo conocía la sensación que se tiene cuando te consideras superior otros hombres, ahora yo tenía un mundo que me pertenecía, donde el guardia que me atropellaba por darse el gusto de hacerlo, no podía entrar, ni el blanco que me despreciaba por mi color, ni la maestra que por negro me botó de la escuela, ni los patrones que me botaron de los centros de trabajo donde laboré o hicieron que me fuera y me dedicara al peseteo por no dejarme someter… Yo también tenía un lugar donde se me escuchara y se respetara mi opinión. Pronto me di cuenta de que allí había hombres que me superaban en jerarquía y entonces yo quise ser como ellos y para alcanzar ese mérito, no sólo tenía que cumplir estrictamente las leyes, conceptos y principios Abakuá, porque además, tenía que estudiar, profundizar en una de las múltiples facetas que comprenden los ritos Abakuá.”

Todos estos conocimientos adquiridos por el Goyo fueron puestos al alcance de sus alumnos en el Instituto Superior de Arte en el que trabajó como profesor titular una función que logró no sólo por su profundo conocimiento sino porque, después de confrontaciones y luchas, él, entre otros intelectuales, logró hacer entender la importancia de la enseñanza de la cultura popular cubana como parte de los estudios universitarios.

Estamos hablando de un hombre dedicado al cultivo de un arte y de un conocimiento, saberes que lo definen entre los que pudiéramos considerar como un Maestro. La labor intelectual del Goyo deberá ser estudiada y seguida por quienes pretendan conocer a Cuba desde su más entrañable esencia.

Palabras de despedida a Gregorio Hernández Ríos

Cantando entró El Goyo a la vida, adornando con sus pregones la carretilla que su padre arrastraba por las calles en busca de cartones y botellas.

La música fue entonces la supervivencia y el placer de la improvisación. En el Barrio de las Yaguas tampoco había límites para el aprendizaje cuando los tambores, atrevidos, invadían los sentidos al entrar sin permiso por las hendijas de la casa.

El baile llegó también en medio del espanto de los padres ante las latas de chorizo con las comidas mezcladas, el alcohol y la hombría de cuchillo fácil.

Antiguas culturas  corrían por las venas secretas de la miseria y el niño llenaba su saco de yute con aquellos ecos  y el honor sagrado del barrio pobre. 

Era el camino profundo del rumbero.

Era también el deslumbrante escenario popular donde se saboreaba la gloria de cantarle a un Íreme rodeado de hombres y mujeres que llegaban al espectáculo.

Era Cuba latiendo en su corazón.

Todas las ventanas se abrieron de pronto en el 59 y la luz nos cegó desdibujando los colores, arrasando las yaguas y proponiendo nuevos lugares a ocupar.

El canto del Goyo se hinchó con nuevos aires y el mundo se abrió ante sus ojos mientras una voz profunda y antigua le pedía más.

Como los viejos guerreros, abrió los caminos, levantó el arco y la flecha, desbrozó el monte y en un rayo de sangre subió hasta lo más alto proclamando un sueño.

Por eso ahora viaja entre nosotros conduciendo la mirada, amigo, compañero y ecobio. 

Goyo, asere, ya no hay quien te detenga.

Labé sabequé maribá guañañongo ecombre

(El que manda, manda y cartucho en el cañón).

 

Ecobio Gregorio Hernández

Monina auerí

Ataún severán

 

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Música
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Lector crítico
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