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Opinión
José Antonio Aponte: precursor de nuestra independencia Fecha: 2011-12-23 Fuente: CUBARTE
José Antonio Aponte: precursor de nuestra independencia
José Antonio Aponte: precursor de nuestra independencia

Antes del «descubrimiento» de América, en España ya abundaban los esclavos africanos, sacados por la fuerza de Senegal, Guinea y el Congo para trabajar en las despobladas regiones meridionales de la península. Los Reyes Católicos participaban de ese infausto negocio y el propio Cristóbal Colón había sido mercader negrero, metido con los portugueses en andanzas de rapiña por Guinea, antes de venir al Nuevo Mundo. Sería precisamente el rey Fernando, movido por la codicia y su habitual carencia de escrúpulos, quien dictaría una real cédula el 16 de septiembre de 1501 para introducir el régimen legal de la esclavitud negra en el Caribe(1).

Para José Antonio Saco era fundado pensar que algunos de los castellanos que arribaron a Cuba en la expedición de Diego Velázquez trajeron a sus negros esclavos, pues era La Española la colonia donde mayor cantidad había; no obstante, la primera evidencia de su presencia en la Isla data del 19 de junio de 1513. Fue a partir de 1524 que comenzaron a llegar en cantidades verdaderamente importantes, para atenuar la escasez de mano de obra como resultado del aniquilamiento de los indios. Ya en 1526 el emperador Carlos V concedió 1 700 africanos al gobernador y el Consejo de Indias para promover la producción azucarera insular. Desde ese instante, las peticiones no cesaron. Gobernadores, obispos, frailes, terratenientes y mercaderes, todos pedían esclavos y más esclavos(2).

Fue terrible su destino, pero contrario a lo que plantean algunos historiadores racistas, los africanos no aceptaron pasivamente su sujeción. Contra esta opinión están en cada siglo cubano las reiteradísimas noticias de alzamientos y palenques de negros cimarrones y hasta los suicidios colectivos a que acudían al verse desamparados. Los mandingas, incluso, se suicidaban en grupos para burlar al amo con su inacabable cimarronería por el «otro mundo». Pero fueron la resistencia silenciosa al trabajo y las huelgas en ingenios y cafetales las formas más comunes de manifestar su rebeldía.

Mas no sería hasta dos siglos después, durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, que comenzarían a llegar de forma masiva los esclavos africanos a nuestro país. De hecho, se plantea que en el periodo comprendido entre 1571 y 1762 se adquirieron alrededor de sesenta mil, cifra que representa una entrada anual promedio de 249; mientras que, según cálculos conservadores, en los apenas once meses que duró la ocupación británica arribaron por la rada capitalina un total de 4 000(3).

Un resultado inmediato de la ocupación fue el recrudecimiento de la barbarie esclavista por un colonizador con régimen de trabajo brutal y prejuicios de raza superior. España había desarrollado un sistema donde el negro no vivía en las condiciones depauperantes que debían en las colonias inglesas, a pesar de su humillante condición de servidumbre. Además, mientras los españoles permitían que en determinados días del año los esclavos bailaran «al estilo bárbaro de sus patrias», los ingleses perseguían las manifestaciones culturales africanas. La Slave Consolidation Act prohibía todo tipo de reunión pública o privada que tuviera como fin llevar a cabo rituales de su país y castigaba a los blancos que lo permitieran. Para los colonialistas británicos la fundación del ingenio azucarero estaba regida por un objetivo económico y el negro interesaba sólo como fuerza productiva.

Hacia fines del siglo XVIII el potencial productivo azucarero de Cuba y su atraso tecnológico demandaban mano de obra, y el 28 de febrero de 1789 el rey emitió una real cédula para autorizar por dos años la introducción libre de esclavos. Poco más de un lustro después el resultado era impresionante: en 1795 ya habían en nuestro país 112 602 esclavos, cifra que representó un crecimiento del 25% respecto a 1791, año en que la devastación de Haití como consecuencia de la revolución de los esclavos, le permitió a la Isla asumir el liderazgo del mercado mundial libre de azúcar(4).  

El acelerado fomento económico sobre la base de aumentar la mano de obra esclava y el reajuste de los mecanismos de explotación colonial, tuvieron secuelas inmediatas: creció la crueldad en los ingenios, donde los negros eran sometidos a interminables jornadas de 20 horas diarias; morían por millares y con cada cargazón de africanos que arribaba al puerto, menguaba la paz social. Mayorales, contramayorales, operarios de ingenio, carpinteros, bueyeros, en fin, hombres libres que se incorporaron a la plantación acrecentaron las contradicciones; los propietarios los acusaban del maltrato a los esclavos, sobre todo a los primeros. Un artículo del Papel Periódico de La Havana lo ilustra: «El mayoral, tipo abyecto, aparece más feroz que el amo, más ignorante que los hombres a quienes atormenta, más depredador que un filibustero. Su paso por el ingenio representa una quiebra y, sin embargo, no es posible prescindir de él»(5). Tales acusaciones pretendían desviar la mira del centro del problema, pues nadie era más concientemente cruel que el «ilustrado» hacendado que no «podía» prescindir del «abyecto» y «feroz» mayoral.

Diez años después Cuba emergía como potencia económica de las Antillas y la trata negrera mantenía su curva ascendente. De acuerdo con los poco confiables registros oficiales de la época, solo a La Habana entraron 91 211 esclavos entre 1791 y 1805, a un promedio anual de 6 515, lo que permitía reemplazar el alto número que fallecía por las brutales condiciones de vida y trabajo en las plantaciones, en una época que se importaban pocas mujeres de África y, por consiguiente, era muy bajo el índice de natalidad(6).

En medio del creciente impacto de la revolución haitiana entre negros y mulatos libres en Cuba, el escenario se complicó todavía más cuando en 1808 Francia ocupó a España. El 2 de mayo el pueblo de Madrid se lanzó a las calles y poco después una Junta Suprema Central Gubernativa se organizó en Sevilla para concertar los esfuerzos nacionales. Se combatía en las afueras de Cádiz contra las tropas del mariscal Victor, cuando el movimiento patriótico decidió dotar al país de una Constitución y en el otoño de 1811 el sacerdote liberal mexicano José Miguel Guridi y Alcocer y el diputado asturiano Agustín Argüelles, indistintamente, propusieron incluir en la Carta Magna un artículo destinado a suprimir la trata, como paso previo a la abolición de la esclavitud.

En 1812 los aristócratas criollos ripostaron a través de Andrés de Jáuregui, notorio traficante de negros que actuaba como testaferro de los negocios ilegales de Francisco de Arango y Parreño, el líder político de la oligarquía habanera y promotor principal de la real cédula con la que en 1789 Carlos IV liberalizó el comercio de esclavos en Cuba. Jáuregui no logró intimidar a los diputados liberales y los hacendados cubanos quedaron muy preocupados, pues conocían la presión que ejercía Gran Bretaña para eliminar la trata y tenían conciencia de que España necesitaba de su apoyo para expulsar a Napoleón de suelo penínsular. Desde La Habana enviaron cartas para explicar el perjuicio que causaría a la economía insular la aprobación de este artículo y en una implícita amenaza recomendaron no hacer nada que pudiera perturbar la lealtad a la Madre Patria.

En este convulso contexto surgió un pensamiento anexionista en Cuba, como consecuencia de la preocupación existente ante la posibilidad de que la burguesía liberal española resolviera abolir la esclavitud. William Shaler, un oficial de inteligencia estadounidense que actuaba en La Habana bajo la cobertura de cónsul, comunicó el 5 de junio de 1811 a Washington que las noticias de las Cortes habían «provocado el más alto grado de interés y ansiedad» entre los hacendados criollos. Estaban furiosos –dijo– porque a cambio de su lealtad a España recibieron de las autoridades coloniales la promesa de un trato especial y, sin embargo, las mociones abolicionistas presentadas en Cádiz agredían sus intereses. El día 11 Shaler se reunió con el regidor del cabildo habanero José de Arango y Núñez del Castillo, vocero de un grupo de importantes sacarócratas cubanos interesados en conocer la posición de la Casa Blanca respecto al tema de la esclavitud. El emisario criollo se mostró ansioso y, sobre todo, locuaz durante la conferencia. Según aseveró, los grandes terratenientes de la Isla preferían la anexión a Estados Unidos, antes que perder sus propiedades si se suprimía la trata en la Constitución de España(7)

Cuando se supo toda la verdad se generalizó la indignación. Al dolor acumulado de los centenares de miles de africanos y sus descendientes que trabajaban o habían muerto en el surco y el batey por hambre, el cepo y el látigo, se sumaban el trato brutal y humillante que igualmente sufrían los negros y mulatos –libres o esclavos–, del sector de los artesanos urbanos: albañiles, carpinteros, herreros, tabaqueros, zapateros, sastres, caleseros, cocineros, propietarios de pequeños establecimientos comerciales llamados pulperías, e incluso músicos y maestros de escuelas. Una raza sobre la que pesaba el entramado socioeconómico nacional, verdadera creadora de los bienes y riquezas materiales que disfrutaban la oligarquía insular y los comerciantes españoles, poco a poco emergía de la cima donde había sido hundida durante tres siglos. Pero este malestar y las sediciones de esclavos demandaban un jefe capaz de transformar el creciente clamor antiesclavista en auténtico movimiento abolicionista. Fue entonces que surgió como líder José Antonio Aponte y Ulabarra, un negro libre lucumí vinculado al Templo de las Virtudes Teologales.

Aponte había estudiado obras que la época se consideraban fundamentales o clásicas, y era veterano del Batallón de Milicia de Pardos y Morenos de La Habana –incluso la leyenda popular le atribuye haber participado en la guerra de independencia de Estados Unidos. Nacido en Guadalupe, un barrio de extramuros situado en el lugar donde hoy se halla el municipio de Centro Habana, era maestro ebanista y algunas de sus obras fueron contratadas por iglesias de la capital. También confeccionó un libro de pinturas para dejar registro de las hazañas de su raza, en especial del imperio etíope, así como de las luchas del cuerpo al que dedicó parte de su vida como cabo primero. Era católico y, además, dirigía el cabildo Shangó Tedum, una sociedad secreta de negros lucumí.

Al conocer que los diputados cubanos fueron responsables de que no se aprobara en Cádiz la supresión de la trata, resolvió dar cuerpo a los sentimientos de irritación que entre negros libres y esclavos causó la frustración del proyecto y organizó un movimiento con carácter nacional. Su núcleo lo integraron blancos, negros y mulatos de posiciones diversas dentro de las capas medias de la sociedad. Asesorados por el general haitiano Gil Narciso, e influidos por la revolución de Haití, sus células se extendieron a varias localidades de La Habana, Remedios, Puerto Príncipe y Bayamo(8). Aponte tenía la firme convicción de que podían triunfar. Abogaba por la emancipación de España y por un régimen de igualdad política entre todos los cubanos, con independencia de razas y estatus social.

En La Habana las acciones comenzaron el 15 de marzo de 1812. Un pequeño núcleo de los líderes del levantamiento sublevó a los esclavos del ingenio Peñas Altas, en Guanabo, y tras un breve y sangriento enfrentamiento contra el mayoral y los monteros que custodiaban la dotación, lo incendiaron. De acuerdo con lo previsto, a este golpe sucedió el 16 de marzo el infructuoso asalto de un ingenio cercano nombrado Trinidad. Ese propio día en la tarde Aponte reunió en su casa a su estado mayor. Eran ocho en total. El jefe revolucionario se hallaba eufórico y sin perder tiempo presentó su plan: incendiarían algunos ingenios y tras sublevar las dotaciones procederían a quemar casas de extramuros para distraer la atención de las autoridades coloniales; después, divididos en tres grupos asaltarían por sorpresa los cuarteles de Dragones, Artillería y el Castillo de Atarés, para lo cual contaban con sus planos. Luego de ocuparlos tomarían las armas y los cañones para dominar la ciudad.    

Varios de los presentes quedaron petrificados; vacilaban. ¿Cómo lanzarse contra la poderosa guarnición de La Habana sin armas? Tea incendiaria y machete contra fusiles y cañones. ¿Era acaso una broma? Serían pulverizados. Aponte se mantuvo ecuánime, a pesar de la tensión que se respiraba su rostro no reflejó duda. Estaba acostumbrado a combatir y no temía enfrentarse en condiciones de desigualdad. De eso se trataba, de arrebatar las armas; mas tampoco estaba loco, podrían contar con cierto apoyo en el Batallón de Pardos y Morenos y, sobre todo, con el factor sorpresa, que sería su principal aliado. Hacía falta mucho valor, sí, pero «en el Guárico los de nuestra clase hicieron la revolución y consiguieron lo que deseaban» con pólvora de barril, picos y hasta con estacas(9).    

Víctimas de la traición el 19 de marzo los jefes del movimiento fueron detenidos y sin juicio previo el 7 de abril los condenaron a muerte. Adicionalmente, el capitán general dispuso: «[…] las cabezas de Aponte, Lisundia, Chacón y Barbier serán colocadas en los sitios más públicos para escarmiento de sus semejantes […]»(10). Dos días después se cumpliría la sentencia. Aponte no daba crédito al cura que al amanecer apareció en su celda y le comunicó que esa misma mañana sería ahorcado. Nada habían conseguido probarle ni podían sentenciarlo sin un juicio previo, pues eran negros libres. Pero al salir al patio donde el resto de sus compañeros aguardaba por la sentencia, encaró al verdugo con tranquilidad. Fue entonces cuando se percató de que las autoridades españolas iban a pisotear sus propias leyes. Eran las nueve y media de la mañana del 9 de abril de 1812 cuando la soga rodeó su cuello; de repente, un vacío se abrió a sus pies(11).

La cabeza de Lisundia fue exhibida en el ingenio Peñas Altas; la de Barbier, en el Trinidad; la de Chacón, en el Puente Nuevo del Horcón, que estaba situado en la zona donde actualmente se halla Cuatro Caminos. La de Aponte fue puesta en una jaula de hierro que clavaron frente a su casa, en la intercepción de Carlos III y Belascoaín, en Centro Habana, precisamente en la esquina donde hoy se levanta el edificio de la Gran Logia de la isla de Cuba. Fue un espectáculo horrible, las mujeres del barrio lloraban al ver al maestro ebanista; los negros lucumí del cabildo Shangó Tedum, «con las mandíbulas apretadas y los pechos rotos por el dolor, bajaban los rostros al suelo, llenos de odio», jurando en silencio vengar su muerte(12). Al día siguiente, el Diario de La Havana anunció el hecho de una manera cínica: «La justicia se verificó con el mayor orden, dando este vecindario una nueva prueba de su instrucción y religiosidad»(13).

Así intentó España aterrorizar a los sectores más humildes de nuestro pueblo, para frenar cualquier intento emancipador; así pretendió multiplicar el odio racial, para enraizar en la conciencia social el temor a la insurrección negra, su arma favorita desde la revolución haitiana; así intentó humillar a los hombres que inauguraron el martirologio de nuestra independencia en el siglo XIX, desgarrándolos como a Tupac Amaru, para abatir los ideales que defendieron y doblegar su ejemplo. Durante mucho tiempo el jefe de este movimiento sería difamado con la frase: «¡Más malo que Aponte!», acuñada para perpetuar el odio contra su figura; pero en proporción inversa al interés colonial, las cabezas negras cubanas clavadas «en los sitios más públicos para escarmiento de sus semejantes», al correr de la historia se transformarían en emblemas de los hombres que el 10 de Octubre de 1868 acompañaron a Carlos Manuel de Céspedes en el Grito de la Demajagua.


  

Notas:

(1) Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, pp. 371-373. 

(2) Ibídem, p. 397. Philip S. Foner:Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos, t. I, pp. 50-51.  

(3) Instituto Nacional de Estadísticas: Los Censos de Población y Viviendas en Cuba, t. I, vol. I, p. 89. Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio, t. I, pp. 35-36.

(4) Hortensia Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, t. I, pp. 158-159.  Roland T. Ely: Cuando reinaba su majestad el azúcar, p. 73.

(5) Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola Vega: Historia de Cuba. 1492-1898. Formación y liberación de la nación, p. 125. Julio Le Riverend: «La Economía de transición en el Papel Periódico», p. 59.

(6) Heinrich Friedlaender: Historia económica de Cuba, t. I, p. 140.

(7) Philip S. Foner: Ob. cit., p. 76.

(8) Eduardo Torres-Cuevas: En busca de la cubanidad, t. I, pp. 204-205. Philip S. Foner: Ob. cit., p. 98.

(9) Eduardo Torres-Cuevas: Ob. cit., p. 206. Ernesto Peña González: Una Biblia perdida, pp. 144-147.

(10) Philip S. Foner: Ob. cit., p. 99.

(11) Ernesto Peña González: Ob. cit., pp. 197-199. 

(12) Ibídem, p. 202.

(13) Philip S. Foner: Ob. cit., p. 99.

 

Bibliografía:

Ely, Roland T.: Cuando reinaba su majestad el azúcar. La Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001.

Foner, Philip S.: Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973.

Friedlaender, Heinrich: Historia económica de Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978.

Instituto de Investigaciones Estadísticas:Los Censos de Población y Viviendas en Cuba. La Habana, Comité Estatal de Estadísticas, 1988.

Le Riverend, Julio: «La Economía de transición en el Papel Periódico». Cuadernos de Historia Habanera (La Habana), Oficina del Historiador de la Ciudad, núm. 20, 1941.

Moreno Fraginals, Manuel: El Ingenio. Complejo económico-social cubano del azúcar. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978.

Ortiz, Fernando: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991.

Peña González, Ernesto: Una Biblia perdida. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2010.

Pichardo Viñals, Hortensia:Documentos para la historia de Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973.

Torres-Cuevas, Eduardo: En busca de la cubanidad. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006.

_______________________y Oscar Loyola: Historia de Cuba 1492-1898. Formación y liberación de la nación. La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 2002.

  

*El artículo fue publicado en el foro El engaño de las razas de Cubarte

 Imagen: Internet

Temática: Cultura General
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