El año 2012 resulta una fecha propicia para recordar al escultor habanero José Vilalta Saavedra. Nacido en La Habana el 27 de enero de 1862, falleció en Roma el 16 de mayo de 1912. Es decir, conmemoramos este año el centenario de su muerte y el 150 aniversario de su nacimiento. Aunque en los últimos tiempos se le ha prestado algo de atención a su figura, como lo muestra una revisión por las páginas de Internet, todavía dista de ser conocido mayoritariamente, a pesar de que algunas de su obras siguen constituyendo puntos de referencia inevitables para los habaneros de hoy día. Su labor artística, ubicada entre los finales del siglo XIX y los inicios del XX, lo hacen por excelencia el escultor de una Habana finisecular, que le debe algunas de sus marcas de identidad más conocidas.
Mulato y de origen humilde, realizó estudios en el colegio San Carlos. Muy joven se trasladó a Cienfuegos, en donde laboró como aprendiz en el taller del marmolista Miguel Valle, quien maravillado con las aptitudes que tenia para la escultura, decidió costearle un viaje a Italia. Allí estudió en la Academia de Arte de Ferrara y, posteriormente, en la de Florencia. Con esto daba un paso trascendental para la cultura cubana, que hasta entonces no había podido contar con escultores nativos de talla. Pues todas las estatuas que existían en el país habían sido hechas por extranjeros.
Cuba estaba pasando aquel período de entre guerras independentistas que José Martí llamara “la tregua fecunda”. Vilalta no será una figura ajena a la voluntad de la mayoría de los cubanos. Precisamente la obra que lo dará a conocer está vinculada con el asesinato, en 1871, de los estudiantes de medicina por el gobierno español. Localizados los restos de las víctimas tras 16 años de búsquedas por su compañero de estudios Fermín Valdés Domínguez, este propició la erección de un monumento funerario en el Cementerio de Colón, recién inaugurado en 1886. Sacado a concurso el proyecto lo gana Vilalta. Para su ejecución, mediante campaña del periódico La Lucha, se recaudaron 20 860 pesos, de los cuales 954 se fueron en pagar el terreno. El monumento fue concluido en marzo de 1890 e inaugurado el 27 de noviembre de ese año. Sin mucha ostentación, es preciso en sus proporciones y comunicativo en su simbolismo. Como se ha señalado, la estatua de la justicia allí presente no tiene la venda de imparcialidad y la balanza que sostiene se inclina hacia el lado de los verdugos. 
El monumento recibió varias críticas, detrás de las cuales era fácil detectar sentimientos anticubanos o racistas. Un doloroso suceso vino a crear un paralelo significativo. En mayo de ese mismo año 1890 se produjo una explosión durante un incendio, a consecuencia de la cual murieron una veintena de bomberos, miembros del Cuerpo de Voluntarios. El Diario de la Marina inició entonces una suscripción y se sacó a concurso el monumento fúnebre, al cual se presentó Vilalta. Pero el premio esta vez lo ganaron los españoles Agustín Querol (escultor) y Julio Martínez Zapata (proyectista). La obra costó 55 000 pesos, que ahora excluyó el precio de los terrenos, que fueron donados por la iglesia católica, propietaria del lugar. El monumento, terminado en 1897, es mucho más alto, ostentoso y está mejor situado que el destinado a los estudiantes de medicina, en cuyas cercanías se encuentra. No puede descartarse que aquí exista otro indicio de la fundamental contradicción de la época entre independentistas y colonialistas. Sin negar valor al monumento a los bomberos del cuerpo de voluntarios, particularmente por las esculturas de Querol, recordamos que su altura atrajo numerosos rayos hasta que se le proveyó de un conveniente pararrayos. Hoy día prevalece su dedicación como homenaje a los bomberos en sí, ya superadas las contradicciones políticas de aquella época.
Entre las críticas que recibió Vilalta se encontraba la de que si él firmaba las obras, la ejecución era de otros, pues solía hacerlas en Italia. Lógicamente, tendría ayudantes que trabajaban el mármol cerca de sus fuentes, pero todas las escultura firmadas por él tienen rasgos característicos, como un elegante realismo que impera en el tratamiento de la telas y en la reproducción de las figuras, así como un ponderado equilibro que le hacía superar las formas más abigarrada de la época. El gobierno de la Isla no tuvo reparos, dada su relevancia, en encargarle la ejecución de un monumento estatuario a la memoria del ingeniero Albear, cubano, sobre todo recordado por la construcción de un acueducto para la ciudad. La obra fue realizada por Vilalta en Florencia, en 1893, y ubicada en una pequeña plazoleta frente a lo que después será el Parque Central. Modesta en sus proporciones, incluía unas pequeñas fuentes con surtidores. Aparte de la lograda figura de Albear, una mujer a sus pies, ataviada muy a la moda de entonces, resulta otra representación de La Habana, ahora modernista, ya antecedida por la barroca Giraldilla y la neoclásica India. El gobierno español, satisfecho con la obra, le regaló un reloj de oro.
Vilalta siempre estuvo vinculado con el movimiento independentista, incluso durante sus estancias europeas, pues fue agente en la ciudad de Florencia del Comité Revolucionario que Betances presidía en París. Por eso cuando regresa a su patria tras la caída del régimen colonial tomó a su cargo la ejecución del monumento a Martí en el Parque Central de La Habana. Lo recaudado no fue suficiente para concluir el proyecto y él tuvo que poner de su propio peculio, teniendo que empeñar el reloj de oro que le habían regalado por su obra dedicada a Albear. Este monumento a Martí, bien recordado por todos los cubanos, fue inaugurado en 1905. 
El escultor solicitó, dadas sus capacidades y experiencia, un cargo público para quedarse a laborar en el país, pero el presidente Estrada Palma se lo negó. Y entre obras por encargo, a veces mal retribuidas, y viajes a Italia, en donde encontraba algún trabajo, fue pasando los últimos años de su breve vida, pues fallece en Roma a los cincuenta años. Otras obras suyas, además de las mencionadas, podrían señalarse, como los bustos de Joaquín Albarrán, Felipe Poey y el flautista Solís, esta última en Sagua la Grande. Nuevas investigaciones seguramente enriquecerían su catálogo. Y relacionadas también con el Cementerio de Colón, otras dos obras importantes: las esculturas que adornan la monumental entrada, inauguradas en 1901 y la estatua popularmente conocida como La Milagrosa, en una muy visitada tumba del camposanto.
La leyenda que rodea a esta última hermosa escultura de Vilalta, colocada hacia 1909 en la tumba de Amelia Goyre de Hoz, nos habla de la esposa de un acaudalado hombre de negocios, que fallece durante el parto. Enterrada con el hijo, colocado a sus pies, se dice que al ser exhumados los restos estaban momificados, con el niño en brazos de su madre. También se habla de que el desconsolado marido visitaba la tumba diariamente para “conversar” con la muerta, cosa que hacia llamándola entrechocando las argollas de la tumba. Todo esto trajo consigo un ritual seguido minuciosamente por las peregrinas a la tumba, entre las cuales prevalecen las embarazadas. Pero tanto los que visitan esta tumba o la de los estudiantes de medicina, y pasan bajo la monumental entrada del cementerio. O los que transitan por el Parque Central y se encuentran con el diálogo marmóreo ente las estatuas de Martí y Albear, son testigos de la actual presencia de Vilalta entre nosotros, transcurrido ya un siglo de su fallecimiento.

Imágenes: Cortesía del autor.