El universo circundante, la realidad física, ha servido al arte de punto de partida, en sus más variadas interpretaciones. Desde la abstracción y el cubismo, hasta lo más conceptual. El problema del creador está en qué seleccionar del entorno real y qué dejar de lado. Durante el siglo XX, la novedad aportada por los movimientos más innovadores opacó aquella visión que recogía lo más evidentemente reconocible del mundo real, que logró las más altas cimas en los siglos XVII y XIX. Aquel realismo, por cierto, mantiene hoy día su vigencia, al contar con autores capaces de hacerlo florecer.
Juan Arel Ruiz Contino (Cárdenas, 1963) es, sin lugar a dudas, uno de ellos acá en Cuba. Después de recorrer la exposición Luz y sombras, abierta en la galería Arte, Sol y Mar (calle 1era., entre 34 y 35, Varadero), el espectador puede sacar una conclusión: aquí está la pintura con toda su fuerza y su delicadeza, su misterio y simplicidad, su espíritu y su materia.
Es la verdad que nos comunica el artista, donde nos propone el mundo cotidiano que le rodea, visto a través del prisma de su creación. Gallos, polluelos, el ambiente rural, un paisaje muy concreto y las abstracciones que merodean y ofrecen tintes de misterios a los trabajos, esos que desbordan las miradas por el nivel de realización y un acabado de maestría.
Lo más característico, lo más personal de la pintura de Juan Arel —quien cursó estudios de pintura, dibujo y grabado en los niveles elemental, medio y superior, y es graduado del ISA, 1988— son los grupos, ya sean animales, objetos y también… abstracciones, que constituyen el tema de sus cuadros, bañados siempre en una luz monocorde, sin estridencias, una luz que a veces no sabemos de dónde viene, pero que está presente en el cuadro, para que las cosas respiren en su opacidad temblorosa. Porque hay siempre una vibración en lo contornos, un huir del límite recortado, de la dureza, de cualquier contraste violento. Luego está la “escenografía” o paisaje donde se mueven las creaciones, que no tienen nada llamativo ni especial, son receptáculos de la luz que le permiten construir un espacio habitado por manchas de color, donde siempre aparecen de manera patente el juego del pincel, el gesto de la mano. Y a partir de su figuración empieza a aparecer la densidad de la materia, donde las plumas de los animales constituyen como un pretexto para ir acercándose a una abstracción de formas inconcretas, un juego de valores que centra el cuadro. Este acercamiento a la abstracción lo encontramos en muchas de sus obras, casi en la mayoría, a partir de un cierto momento de la evolución. Un acercamiento desde la figuración, sin rehuirla nunca, valiéndose de ella para destacar lo que hay de abstracto en la realidad.
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| S/T Óleo sobre lienzo, 164 x 122 cm. |
Austeridad y sutileza conviven en las obras de Juan Arel. Austeridad casi monacal. Simplicidad, pureza, alejamiento de todo artificio, de cualquier retórica destinada a embellecer algo que no busca el tipo de belleza que puede proporcionar el ornamento, el relucir de la superficie. Un encanto en profundidad; la belleza de lo sutil, de lo secreto, del intervalo de silencio entre nota y nota, entre palabra y palabra. Es, seguramente, esta sutileza y austeridad de color lo que seduce en estas pinturas, donde resalta la riqueza de matices, pero al mismo tiempo una sabia contundencia en la definición de los cuerpos y los espacios. Masas de color que definen las formas, sin interferirse, sin perder nunca su identidad.
La fuerza de sus composiciones se centra en la justeza de tonos y valores, en la luminosidad de los blancos, nunca estridentes y en la densidad de los sienas y los rojizos, tan característicos en sus trabajos.
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| Espejismo o realidad, óleo sobre lienzo, 130 x 90 cm. |
Pintura ensimismada, silenciosa, que habla en voz baja, como si hablase para sí. Este resulta el gran secreto en su obra: un diálogo consigo mismo, pero afirmando verdades que se pueden decir con pocas palabras, resonantes como voces lejanas, en el silencio que las envuelve. Porque en su trabajo hay grandes dosis de silencio, que emana de sus objetos y paisajes, y nos invita a la reflexión, a revivir el diálogo que ha establecido previamente el artista con los temas. Un diálogo casi exclusivamente de miradas. Por eso, para que su obra nos hable no necesita grandes formatos ni composiciones complicadas. Su complejidad estriba en su sencillez, en la justeza, en el ir más allá sin moverse de su sitio (Cárdenas). Y quizá, en este limitarse estriba su fuerza. Su trabajo nos enseña a valorar lo casi insignificante, a descubrir la poesía que puede hallar la mirada en el simple juego de color, de formas, de espacios llenos y vacíos. Eso sí, armado de un talento especial a la hora de pintar la realidad, de entregar la pintura con toda su fuerza. Ahí radica la certeza de lo que nos comunica Juan Arel a través de su quehacer pictórico, la profunda verdad del arte, un arte como el suyo que no necesita grandes gestos para ser elocuente, para emocionarnos.
Sutil juego entre abstracción/figuración
Trabajador tenaz, que se interna en la materia con la cual labora y se identifica; al punto de crear obras que alcanzan una fuerza y un purismo plástico que sorprenden las miradas.
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| Desafío, Óleo sobre lienzo, 122 x 147 cm. |
Porque el tiempo ha ido desnudando la labor plástica del artista. Ante estas piezas realizadas en los últimos años se impone un hecho: que decir más con menos elementos no se debe aquí a una preocupación de carácter puramente formal, sino a un proceso necesario de derivar la propia experiencia pictórica hacia una expresión que reducida, haga de la sutileza un medio rotundo para avanzar el impulso que siempre ha guiado su labor plástica. Los estratos ocultos bajo la contenida gama de colores contrastados sobre la tela, encierran toda una trayectoria orientada a definir y acotar los límites de una pintura que surge como relación directa entre materia, orden y sensualidad…
Juan Arel Ruiz se vale, en primer lugar de una imaginación ilimitada que unida al talento lo ha llevado a experimentar sobre las variadas superficies con disímiles materiales dando como resultado obras que poseen la fuerza y la versatilidad técnica hasta alcanzar su más cabal definición. Sus cualidades armónicas mantienen el equilibrio de la composición. El observador se siente conmocionado ante una obra que emite una vibración tan vital. Es que el arte de cualquier época, antes que interpretación exhaustiva, es concentración de energía vital que vuelve a través de la recepción a su origen, el medio social en el que se nutre, y el artista lo siente profundamente.
El creador utiliza diversos medios para incidir en la obra, dejando en ella huellas que hablan de cómo la pintura puede ser ella misma y avanzar en su proceso de autoafirmación asimilando materiales de dominios incorporados a nuestro entorno. Hay manchas, gestos, marcas… Lo que las animan es una factura manual, como si la irregularidad ex profeso manifestase la búsqueda personal del orden. Son símbolos del encuentro íntimo entre la voluntad de “ordenar” el plano y la tenacidad que opone el libre fluir del sentir del artista… Si su obra anterior se imponía a modo de un estallido inmediato y sonoro, éste ha tenido lugar ya y solo queda un cruce de tiempos, espacios y memorias.
En este cruce de sugerencias plásticas, Juan Arel viene explorando a lo largo de toda su trayectoria la capacidad del arte para invocar respuestas específicamente suyas, intraducibles. Este talante de libertad fundamental ante la propia creación le permite abordar la labor del pintor sin prejuicios.
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| Lucha en la pradera, Óleo sobre lienzo, 130 x 101 cm. |
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| Transculturación, Óleo sobre lienzo, 102 x 102 cm. |
Imágenes: Cortesía del autor.




