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Opinión
La calzada de Jesús del Monte Fecha: 2011-09-30 Fuente: CUBARTE
La calzada de Jesús del Monte
La calzada de Jesús del Monte

De la acera contraria recuerdo tiendas, bodegas, quincallas, pero nada relevante que guarde el disco duro de mi cerebro. En el cruce de 10 de Octubre con la Vía Blanca, arteria construida durante el gobierno de Grau San Martín, siendo ministro de Obras Públicas José San Martín,  un pariente suyo, bautizado por el pueblo como Pepe Plazoleta, era otro sitio de referencia de nuestra calzada. La notoriedad de esta intersección, amén de su importancia vial, estaba dada por  el amplio y bien surtido café El Central, por el cine Florida, perteneciente a uno de los circuitos cinematográficos más importantes del país y en el que  con frecuencia se estrenaban películas norteamericanas y por la no menos famosa plaza de lidias gallísticas: la valla Habana, siempre en competencia con la Nacional de la esquina de Tejas.

Bajando por la acera del cine Florida me viene a la mente la colchonería Lavín “los colchones que no tenían fin”, como rezaba el anuncio de la época. También forman parte de mis vivencias en ese pedazo de Vía Blanca a Serafines, una barbería donde me pelaban de niño y la funeraria Fiallo, esta última tal vez,  porque papá era amigo del dueño de esa casa de pompas fúnebres.

La esquina de Tamarindo, conocida no solo en el ámbito del barrio, exhibía su siempre concurrido bar del mismo nombre. La pequeña dulcería de Pizarro, que hacía las delicias de grandes y chicos. En ella,  por unos centavos,  podíamos hartarnos de exquisitas golosinas. En la acera de enfrente recuerdo una gran bodega.

Remataba la esquina el callejón de Maboa con el río subterráneo de igual nombre, causante de las frecuentes inundaciones del lugar.

Completaba el paisaje de la citada esquina, la cafetería especializada en batidos de todas clases, una bien surtida ferretería y la fonda de chinos llamada La Flor de Tamarindo, si la memoria no me traiciona.

Ya perteneciente al inicio  de la calle Arango, pero muy cerca de la calzada,  emanaba el olor característico a cuero y pegamento de la pequeña fábrica de zapatos Cordobán. Los establecimientos más notorios de la siguiente cuadra eran: el almacén de chinos, la casa de empeños (establecimientos donde prestaban dinero a corto plazo y altos intereses sobre artículos de valor), una joyería, la farmacia de Noel y Los Isleños, una fonda que servía deliciosos platos de la cocina española.

Apenas cien metros más adelante se encontraba la afamada  esquina de Toyo, donde se ubicaban dos comercios de gran renombre: la panadería-dulcería de Toyo y el bodegón homónimo, conocidos en toda la ciudad.  Igualmente formaban parte de la popular esquina el cine Moderno, la oncena estación de policía, de triste recordación, varias tiendas, entre ellas la Rosa Cubana que patrocinaba un equipo infantil de béisbol, la peletería El Cañon, propiedad de la familia Grub-Winner, judíos alemanes radicados en Cuba y cuyo hijo Jaime era una de las estrellas del baloncesto escolar, jugando para el Instituto Edison donde estudié la primaria.

En la cuadra entre San Leonardo a Enamorados también había fondas de chinos, donde por una peseta se podía saborear una “completa” que incluía: arroz, frijoles, picadillo, carne guisada o ropa vieja, una vianda y ensalada de estación, todo servido en un solo plato. Puedo asegurarles que estas “completas”,  fueron las precursoras de los posteriores, muy “chic” y americanizados “blue plates”, conocidos actualmente por “tables”.

Existía también un gran número de “puestos de fritas” donde por precios muy bajos se servían, en forma de “sándwiches”,  bien con pan suave o de flauta: fritas, croquetas, tortillas, minutas de pescado, papas rellenas, frituras de bacalao, aporreado de tasajo, bacalao en salsa… Muchos fueron los que en estos pequeños expendios,  llamadas por el gracejo cubano “casas de socorro”,  saciaron el hambre a precios realmente módicos.

Del recuerdo caen igualmente La Nueva Casa Pía, otro “monte de piedad” (eufemismo utilizado para designar a las ya mencionadas casas de empeño) creo que de los mismos dueños de la citada anteriormente y la ferretería,  situada en la misma esquina de Enamorados, que también vendía artículos para el hogar, en la que mamá y algunas de mis tías, hacían sus compras de vajilla y cacharrería de cocina.

Muy populares eran también la guaraperas, donde además del jugo de caña con hielo frapé y limón, escanciado acabado de hacer, en vasos de a tres y cinco centavos,  se servía café de a 3 centavos en aquellas tacitas de grueso fondo, siempre fresco y aromático, colado en las majestuosas cafeteras Nacional o Royal,  capaces de elaborar, de una vez, un jarro de cinco litros del negro néctar y mantener leche hervida caliente para los “cortaditos”. Estos ingeniosos aparatos, totalmente fabricados en Cuba, desaparecieron sin dejar rastro y nunca más supimos de ellos.

Pertenecían al entorno de la ínclita esquina y la hacían, empleando el término  de moda, “autosustentable”, almacenes de víveres como La Mía, una mueblería,  y otros muchos comercios, así como el amplio y ventilado café el Cuchillo,  en los bajos de un edificio de apartamentos que custodiaba, como el coloso de Rodas, la entrada a la calzada de Luyanó. En él habitó el tristemente célebre general-presidente-dictador Fulgencio Batista y Zaldívar con su primera esposa Elisa Godínez, cuando todavía solo era un oscuro sargento taquígrafo del ejército constitucional.

En los altos de la panadería de Toyo, en el tercer piso de ese edificio inaugurado en 1948, viví con mis padres hasta 1953 y vi transitar, desde nuestro balcón, envueltos por las sombras de la noche, los blindados del general golpista, que en la madrugada del 10 de marzo de 1952 anunciaron, como fatídicos heraldos, los posteriores años de represión, de muerte y de luto que vivió nuestro pueblo a causa de la tiranía batistiana.

Continuando nuestra travesía del recuerdo por la Calzada en dirección al sur, encontramos el Ten Cent de Jesús del Monte, de la cadena norteamericana Woolworth, la muy conocida en el barrio por sus excelentes helados y su gélido aire acondicionado cafetería El Paraíso, así como el cine y el café Apolo, entre otros establecimientos menos connotados.

En la acera de enfrente existían un gran número de tiendas y otros comercios, un banco y la nueva clínica Casuso, rebautizada con el rimbombante nombre de Centro Médico de La Habana.

Más adelante,  el bar Madrid, sito en la esquina de 10 de Octubre y la calle del mismo nombre, donde una vez estuvo, contaban mis mayores,  el paradero de los tranvías (yo no lo recuerdo). Otro bodegón similar hacía la esquina con la calle Mangos, al pie de la histórica iglesia de Jesús del Monte, donde fueron ejecutados el 23 de enero de 1723 doce vegueros, participantes en la primera sublevación campesina que recoge la historia de Cuba. El muro de la iglesia se extendía desde la calle Mangos hasta Quiroga.

En la casa ubicada en Correa y 10 de Octubre, del lado oeste de la calzada, donde Robreño señala, en el año de 1925, la muerte del patricio Manuel Sanguily, yo recuerdo, en el tiempo cuando aún era un niño y luego un joven estudiante de bachillerato, una de aquellas llamadas sociedades de color: Los Jóvenes del Vals, a la que asistían negros de cierta solvencia económica y posición social que no eran admitidos en los “clubes para blancos”…

En la calle Cocos se empinaba majestuoso, el colegio de monjas La Inmaculada, solo para señoritas y una pequeña clínica, también atendida por monjas, si mal no recuerdo. En la próxima esquina con las calles General Lee del lado oeste y Colina del lado este,  la gran tienda de víveres El 10 de Mayo se situaba en  la esquina de General Lee, calle abierta a 10 de Octubre solo en los años 50. En la acera de enfrente, haciendo esquina con la calle Colina estaba  una farmacia y el cuartel de bomberos,  con sus carros de color rojo brillante, estacionados a la espera de la alarma de algún siniestro.

En todo el tramo siguiente hasta Lacret, predominaban las casas de viviendas sobre los comercios,  a diferencia del resto de la calzada donde la gran mayoría de las plantas bajas estaban destinadas a diversos negocios. En este tramo, las familias habitaban inmuebles de finales del siglo XIX y principios del XX, muchos de ellos ya convertidos en las llamadas casas de vecindad en las que habitaban numerosos núcleos familiares,  de bajos ingresos.

De los no muy numerosos establecimientos de ese pedazo de calzada se encontraba, en 10 de Octubre y  Luz, una gran bodega-bar siempre muy concurrida por parroquianos amantes del cubilete y el vasito de cerveza y en su portal, el sillón de limpiabotas donde además de periódicos,  revistas y “comics”, conocidos en Cuba como muñequitos, se vendían, “de forma ilegal”,  folletines pornográficos con fotos “muy obscenas” solo para  caballeros.

En la acera de enfrente, la tienda de ropas La Casa Brito, que luego ampliaron el negocio a la zona del paradero de la Víbora. El cine Tosca y la florería del mismo nombre eran establecimientos emblemáticos de esas dos cuadras, al igual que el bar-cafetería Día y Noche que formaba una de las dos esquinas con la calle Estrada Palma, así como la panadería Tosca con su gran surtido de panes y dulces.

En la intersección con Santa Catalina recuerdo otro de los clásicos bodegones, justo en la esquina y a solo una cuadra, en Párraga y Santa Catalina,  la casa de nuestro esgrimista mayor: el campeón mundial y primer medallista olímpico latinoamericano, Ramón Fonst,  gloria deportiva nacional.

Me parece verlo cruzar la calle con  paso seguro y muy erguido. Su inconfundible porte, gallardo y gentil,  no correspondía para nada con la edad que ostentaba. Don Ramón, como todos lo llamábamos, tenía la costumbre de hacerse limpiar el calzado diariamente por Francisco, cuyo  sillón de limpiabotas se hallaba el portal de la bodega de Rodas, justo cruzando la calle Santa Catalina.

Otro lugar que ocupa un espacio singular en mis recuerdos, es la otrora  Academia Pitman, donde se enseñaba mecanografía, taquigrafía, idioma inglés y todo lo necesario para formar eficientes secretarias. Los muchachotes del instituto de La Víbora de mi tiempo, le llamábamos “la bombonera” por la gran cantidad de muchachas lindas que allí estudiaban.

Una de las edificaciones sobresalientes de la calzada de 10 de Octubre era la iglesia de los Pasionistas con sus dos torres en aguja, representativas de un estilo que creo llaman neogótico. Las torres, totalmente iluminadas en ocasión de alguna importante fecha religiosa o una boda de gente adinerada, ofrecía un espectáculo digno de admirarse.

Situada en 10 de Octubre y Carmen, estaba la emblemática librería La Polilla en la que compramos y vendimos libros varias generaciones de estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora.  A corta distancia de ella, solo cruzando la calle Carmen, el Tropicream con sus hambergers, cheesebergers y frozens de precios  prohibitivos para una gran parte del estudiantado. Allí, parqueada permanentemente al costado del edificio que albergaba el Tropi, como muchos le llamaban, la siempre vigilante “perseguidora” azul y blanca con su tripulación de tres policías: jefe de carro, chofer y artillero, siempre al acecho de alguna protesta estudiantil para llamar refuerzos y emprenderla a palos y “bicho buey” contra los jóvenes manifestantes.

Cruzando la calzada se erguía la casona señorial de la familia Párraga, donde en ese entonces funcionaron dos  clínicas mutualistas, la Santa Isabel primero, luego trasladada a un nuevo edificio en Mayía Rodríguez y ocupando el lugar después, la clínica Lourdes.

Un poco más adelante bullía en su cotidiana actividad el paradero de la Víbora, otro de los lugares de mayor ajetreo de nuestra querida calzada, con sus comercios abiertos hasta avanzadas horas  de la noche y un enjambre de vendedores ambulantes que pululaban por esa zona al son de sus pregones.

¿Quién de esos años no recuerda La Cueva, al fondo del bodegón de 10 de Octubre y Patrocinio, donde muchos aprendimos a jugar al billar y más de uno perdió hasta la camisa jugando charada rápida o al siló?  Igualmente difícil de olvidar el  Gran Cinema, escenario de furtivas escenas amorosas de jóvenes estudiantes que  acudían a las funciones, más que a ver la película que exhibían, a testimoniar su pasión por la chica amada con un “buen mate en el cine” como se le conocía en esa época, al conjunto de besos, abrazos y todo tipo de caricias que una pareja se prodigaba a escondidas de los padres.

Aún se yergue desafiante del tiempo La Conferencia, como recuerdo de aquel famoso café donde se encontraba la parada de las rutas 24 y 25 y concurrían, cogidas de las manos, las parejas enamoradas de estudiantes de bachillerato llenas de ilusiones juveniles. No pocos matrimonios resultaron de esos colegiales noviazgos.

En fin, sería interminable la descripción de todos y cada uno de los establecimientos,  instituciones y lugares que hicieron de la calzada de 10 de Octubre uno de los sitios más renombrados, concurridos, pintorescos e históricos de la capital habanera.

Los que en ella crecimos, yendo y viniendo por sus amplios portales que siempre nos cobijaron del sol y la lluvia, vemos con tristeza el deterioro de la otrora comercial y bulliciosa calzada de 10 de Octubre y esperamos que su reanimación se haga realidad para el pleno disfrute, no solo de los habaneros, sino de los compatriotas de todo el país y, ¿por qué no?,  de aquellos ciudadanos de otras naciones que visiten la capital de todos los cubanos.



Foto: Internet

Temática: Patrimonio
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2 Comentarios
anónimo - 12 Agosto 2013 22:54:13 .1 El colegio de monjas era La Domiciliaria. La Inmaculada quedaba en San Lázaro. Probablemente la confusión se deba a que ambos colegios eran de las Hermanas de la Caridad y las niñas usaban el mismo uniforme. Yo asistí a La Inmaculada hasta que cerró y mi prima, que vivía por 10 de Octubre, fue a La Domiciliaria. El Studio Dalia estaba al lado de la casa de empeño y del otro lado de Dalia se encontraba la tintorería La France. Mi mamá era (es) Dalia quien todavía vive (en Miami) y tiene 93 años.
barbrafernandez2010@yahoo.com - 14 Julio 2013 22:12:39 .2 Muy bonito y acertado su rrelato yo vivia en 10 de octubre y el cayejon de Maboa frente a Municipio en los altos de la joyeria yo sali en el 1968 y no he vuelto de visita y ver estos videos da tristesa grasis por su narracion