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Opinión
La Habana en refranes y expresiones populares Fecha: 2012-05-09 Fuente: CUBARTE
La Habana en refranes y expresiones populares
La Habana en refranes y expresiones populares

Los refranes y expresiones notables marcan con su singularidad el habla popular y hacen trascender la historia a la cotidianidad; aunque a ningún cubano se le ocurre “meter La Habana en Guanabacoa”. Refrán nacido por la ciudad intramuros, y aunque hoy se emplea cuando alguien desea ubicar en espacios pequeños objetos de mayor volumen o dimensión, su origen nada tiene que ver con ello. La historia que ayudó a su aparición data del siglo XVI, cuando el Cabildo habanero y el gobernador —incorpore también a los vecinos de la villa habanera— sesionaron durante varios meses en el pueblo de Guanabacoa huyendo de la furia del corsario francés Jacques de Sores.

Tras semejante anécdota, ya sea por el gobernador, por el corsario o por tanta gente, podríamos exclamar: “llegó la hora de los mameyes”. A un extranjero la criolla expresión lo remitiría a una sabrosa fruta, pero la realidad es otra. Allá por el año 1762, los ingleses invadieron y tomaron La Habana luciendo sus uniformes de casacas rojas. Llegaron más de veinte mil contra apenas siete mil soldados que tenía la ciudad para defenderse, y durante un año se pasearon por calles y plazas ante los ojos de los habaneros que a manera de chanza, le endosaron el calificativo.

Si de historias de amores se trata cualquier pueblo tiene una; así, “todo buen caballero tiene su señora en el Cerro y su querida en el Manglar”. La frase comenzó a utilizarse en la centuria del XIX al estrenarse el Cerro como barrio aristocrático de moda en contraste con barriadas humildes como la de Jesús María (el Manglar), donde negros y mulatos libres se daban la mano con pobres peninsulares establecidos en el lugar. Los caballeros criollos y los “señoritos de bien” sostenían hogar y familia “de respeto” en el Cerro; sin embargo, acudían al Manglar a saciar la sed amorosa con las hermosas morenas y pardas. Amoríos de los que resultaron no pocos hijos llamados “naturales o ilegítimos”. Amalia Batista, según se cuenta, tuvo una relación de este tipo. Amante del capitán general de turno, supo usar los favores de la ternura en beneficio de sus vecinos. El gesto solidario y desinteresado de la mujer caló tan hondo en los sentimientos de los habitantes de Jesús María, que decidieron llamarse amalianos; gentilicio que hasta hoy emplean como sello de identidad.

Pero menos mal que este amorío no “terminó como la fiesta del Guatao”. El dicho habanero tiende a confundir a quienes no conocen la historia y dan por sentado que hubo un bailable o jolgorio en dicho poblado. Sin embargo, hay dos versiones sobre el origen de la expresión. Una de ellas, evoca una fiesta en el caserío Taoro, situado entre Santa Fe y Cangrejeras que terminó como todos imaginamos pero la otra, es todo lo contrario, ni festejo ni cumbancha, sino dolor en el corazón de los cubanos dejó tras sí el trágico suceso. En la última de nuestras contiendas libertarias una tropa de soldados españoles irrumpió en el pueblo del Guatao y masacró a machetazos a los pacíficos pobladores. Los españoles, festejando la ignominiosa victoria, acuñaron la frase como si aquello hubiese sido más fácil que decir “llega y pon”.

“Llega y pon” es otra expresión habanera. Se le atribuye al comandante mambí Baldomero Acosta, quien fuera en la República alcalde de Marianao. Guajiro natural de Bauta, fiel a Estrada Palma en la Guerrita de agosto de 1906 se opuso, sin embargo, a Gerardo Machado. Cuentan que si un campesino emigraba a la capital, o un pobre era obligado al desahucio, y llegaban donde “Baldo” para pedirle ayuda en cuanto a buscarle un lugar donde vivir, la respuesta no se hacía esperar: “en los Pocitos, a la orilla del Quibú, llega y pon”. Y así quedaron bautizados hasta nuestros días los asentamientos espontáneos, humildes y sin legalidad, no sólo de esta ciudad sino en toda Cuba.

Alguien distraído pudiera tomar la siguiente frase como una referencia directa a un descollante cerrajero, o puede llegar hasta creer que existió un gran consorcio dedicado al negocio de llaves, pero nada de eso. Que “El Cerro tiene la llave” no significa para nada una vinculación directa con llavines ni picaportes, aunque a ciencia cierta pocos saben cuál es la llave, qué morfología tiene y qué cerraduras abre.

Los actuales habitantes del Cerro aseguran que las nombradas llaves pertenecen a los grifos del agua de los tres acueductos que atraviesan su zona para abastecer a la ciudad: la Zanja Real, el canal de Fernando VII y el acueducto de Albear. Algunos más modernizados, plantean que se trata de las llaves del deporte: Gran Estadio Latinoamericano, Ciudad Deportiva, La Mariposa, Complejo de pelota vasca y otras instalaciones; mas otros prefieren asignársela a la salud, por las distintas y emblemáticas instituciones asistenciales ubicadas en el territorio. No obstante, cuando Arsenio Rodríguez, el “ciego maravilloso”, popularizó la guaracha no fundamentó nada de ello. El imaginario popular se encargó de hacerlo y de paso, lo insertó al estribillo de un guaguancó.

La Habana tiene localidades capaces de ser identificadas con sólo citar el epíteto.

Guanabacoa, “la villa de Pepe Antonio”; en alusión a la heroica defensa del criollo José Antonio Gómez Buyones y sus milicianos, ante el ataque inglés. Regla, como la bautizara el líder de la Revolución Fidel Castro, “la Sierra chiquita”; por tanto coraje demostrado en la lucha contra la tiranía batistiana. Marianao, “la ciudad que progresa”; consigna del acalde Orúe y refrendada en el escudo local. Mas los aportes habaneros no sólo se limitan al habla, estos se pueden apreciar también en poemas, canciones y otros géneros musicales que acuñan expresiones del gracejo popular.

Veamos algunos ejemplos: “Jesús María, Belén y Los Sitios, asere”, estribillo de rumba que señala tres barrios emblemáticos de la capital; mientras que un cha cha cha, recuerda a la engañadora de Prado y Neptuno. Otro recomienda no bañarse en el Malecón porque en el agua hay un tiburón y un tercero, convidaba a las chicas de su época a viajar por el túnel en un maquinón. Composiciones musicales más actuales, en las que sobresale Juan Formell como un cronista, señalan “que La Habana no aguanta más” o “dime dónde quieres que te ponga la barbacoa, mamá”, debido al aumento de la inmigración.  Adalberto Álvarez recuerda: “el que más y el que menos, tiene un pariente en el campo”.

Las calles de la ciudad han visto pasar a figuras importantes —nacionales e internacionales— del arte, la literatura, el deporte y la ciencia. También, ella ha visto recorrer por sus arterias más céntricas a pintorescos personajes: Chori, el dibujante de rostros femeninos hechos a tiza en cualquier pared; locos famosos como la China, Chocolatico, al que el gran Chocolate noqueó, o al que todavía se recuerda con nostalgia: el Caballero de París, ahora cerca del mar, aguardando a las puertas del convento de San Francisco de Asís la llegada de todos, para recordarnos que La Habana es una ciudad azul.

La identificación de la capital cubana con la tonalidad azul no es un aporte de la contemporaneidad sino de la tradición. La primera referencia nos llega a través de un motivo religioso cuando, en 1708, la virgen de Nuestra Señora de Regla —Yemayá para la Regla Ifa-Osha o santería— a cuya advocación le fue entregado el puerto de La Habana, sus aguas y toda la actividad marítima. “Patrona” desde entonces para la bahía, la dársena y sus pueblos costeros, cedió su imagen y el color que la representa como emblema.

La otra referencia la hallamos en la heráldica, donde el fondo azul resalta en la última y definitiva versión del escudo de armas dispensado a la ciudad. El azul, presente por las aguas que bañan las costas de esta provincia, fue el color del Club Almendares, clásico de la antigua Liga Profesional de Béisbol Cubana y que hoy defiende Industriales, conjunto insigne de la pelota revolucionaria desde 1963.

La Habana es un símbolo, una necesidad de la cual nadie puede excluirse una vez que la conoce. La Habana, ciudad cantada por bardos, plasmada de mil formas en lienzos y fotografías, es también reflejo de añoranzas y sueños por realizar y queda en la memoria como los versos del poeta Fayad Jamís: “Si La Habana no existiera, yo la inventaría”.

 

 

 

Imagen: Internet
 

Temática: Cultura General
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Lector crítico
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