El fin de semana resultó mágico… y no lo digo por pura metáfora. Todos los que tuvieron la dicha y el placer de asistir a las funciones especiales del Ballet Nacional de Cuba durante estos días en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana pueden confirmar mi presupuesto.
La magia de la danza, antología danzaria que recoge importantes momentos del arte coreográfico del siglo XIX, en versiones paradigmáticas que constituyen una muestra del respeto y creatividad con que la escuela cubana de ballet enfrenta la tradición, inundó durante tres noches la sala mayor del Coloso de Prado.
Resulta un recorrido por lo mejor y más brillante, coreográficamente hablando, en dos de las más grandes corrientes artísticas en el ballet: el romanticismo y el clasicismo. Reverencia, además, a grandes coreógrafos que han legado sus obras a nuestros días: Marius Petipa, Jean Coralli, Jules Perrot, Lev Ivánov y Artur Saint-Léon.
Hablaré de la velada que me tocó presenciar y que, como un espectador más, lejos del conocimiento amplio del tema, disfruté con ganas.
Irrumpió en escena Giselle, el más famoso de los ballet románticos, con las escenas del segundo acto en que, estando Giselle ya muerta, Hilarión visita su tumba y es atrapado hasta morir por las Willis (fantasmas de doncellas que murieron el día antes de sus bodas); además el duque Albrecht, también apresado por los misteriosos espectros, baila con Giselle, quien intenta salvarlo con su amor. En un primer momento el bailarín principal, Ernesto Díaz (Hilarión), demostró una adecuación teatral al sufrimiento por la pérdida, el horror ante los fantasmas, escenificados por el cuerpo de baile con gran sincronización, y el intento de huir ante el acoso de los espectros.
Un pas de deux siguió con la actuación de la primera bailarina Yanela Piñera (Giselle) y el bailarín principal Camilo Ramos (Duque Albrecht), rodeados por las Willis. Gran destaque para Yanela que consigue en cada obra perfeccionarse, pulir su estilo único de interpretación, logrando trasmitir la tristeza de una Giselle dolida, en intento de rescatar a su amado, con una técnica exquisita y un ritmo tan controlado que permite un deleite a cada giro, cada gesto, cada salto…
De mano de dos de los bailarines más grandes en el presente y futuro de la escuela cubana de ballet y de la compañía dirigida por Alicia Alonso, llegaron al tabloncillo escenas del tercer acto de La Bella Durmiente del Bosque, en que la princesa Aurora y el príncipe Desiré celebran sus bodas. Los aplausos los precedieron; los Primeros Bailarines Viengsay Valdés y Dani Hernández conquistaron con la potencia técnica y teatral que los caracteriza. Dani, con la elegancia que ya le es innata, regaló al público sus poderos saltos y grand jetes alrededor de la sala, así como su gracia para ser partenaire dócil y protector al acompañar a Viengsay a todo momento. Ella, por su parte, demostró en cada instante por qué es la cuarta mejor bailarina del orbe. Una técnica exquisita posee la Valdés: sus interminables giros y balances en una punta parecieran interminables en congruencia con un port- de- bras delicado, que conjuga elegancia con tecnicismo, sin una gota de esfuerzo visible, todo con gracia y sutileza.
La alegría inundó el Lorca con las escenas del segundo acto de Cascanueces, en que el cuerpo de baile ofreció el conocido Vals de las Flores, con una sincronización espectacular entre las ballerinas Lissi Báez y Jessie Domínguez con un deleitable trabajo en giros y balances, alegres y semejantes a la frescura floral de la escena. Completó el acto el pas de deux a cargo de la Primera Bailarina Amaya Rodríguez y el Primer Solista Yanier Gómez. Ella, alegre y delicada en sus giros y poseedora de un fino carácter técnico entregó un Hada Garapiñada exquisita; Yanier, visiblemente cómodo, a veces arrogante sobre el escenario, dejó ver una preparación física envidiable en sus saltos y grand jetes sostenidos alrededor; incluso una caída momentánea casi imperceptible, al momento restablecida, no pudo empañar su gran momento.

El intermedio de la velada dejó un sabor dulce al paladar de los espectadores. Grandes representaciones cobraron vida sobre las tablas del Gran Teatro.
Ya de vuelta Coppélia inundó la escena, con la conocida Mazurka del primer acto a cargo del cuerpo de baile que, una vez más, demostró la confianza técnica e interpretativa que caracteriza al Ballet Nacional. Además el famoso pas de deux del tercer acto estuvo a cargo de dos de las jóvenes luminarias de la compañía y de la escuela cubana de ballet… La solista Marizé Fumero, joven, delicada y en claro desarrollo técnico, encantó con su cortés danza sobre el escenario, finos giros y teatrales adecuaciones entre brazos y rostro hicieron de su danza; alegría y amor.
Por su parte Osiel Gounoud brilló sobre las tablas esa noche, como todas, demostrando su buen paso por el ballet, y la capacidad técnica y artística que lo pueden convertir en uno de los grandes. Sus saltos y grand jetes, llenos de una técnica depurada y exquisita lo hicieron sobresalir en escena junto a una visible confianza y gran presencia escénica que acompañó, en todo momento, a Marizé en el escenario.
La versión para ballet del gran clásico de la literatura castellana Don Quijote siguió a su predecesor con escenas de sus actos primero y tercero. Una manera de acercar el clasicismo del ballet, a la danza española con solo ligeros toques. Llegaron los toreros al pueblo con el cuerpo de baile de la compañía de ballet cubana y entre ellos Espada el Andaluz, interpretado por el Bailarín Principal Camilo Ramos y Mercedes su amante, en la piel de Jessie Domínguez, ambos por segunda ocasión en escena. Camilo hilvanó un torero español con sus giros y saltos, medidos y técnicos, como lo requería, a mi modo de ver, la coreografía; Jessie por su parte supo, en total compenetración dramatúrgica, dejar salir una expresión perfecta y unas extensiones impresionantes.
Mientras que la irrupción en escena de la Primera Bailarina Sadaise Arencibia en el papel de Kitri, la hermosa, resultó otro de los momentos de sumo agrado para el público que abarrotó la sala capitalina del ballet. La Arencibia entregó, sin dudas, un gran momento con una simbiosis entre suavidad y rigidez, dominando puntas, y entretejiendo la elegancia de los gestos, con largos balances y hermosos arabesques junto a escenificaciones teatrales llenas de vida, solamente opacado por la desestabilización, pequeña, pequeñísima, en la coda de unos giros en el lugar.
La magia continuó gracias a uno de los ballets más famosos, aplaudidos por el público y codiciados por los bailarines alrededor del mundo: El lago de los Cisnes supone otra de las cumbres del repertorio tradicional del ballet.
El pas de deux del segundo acto entre Odette y el príncipe Siegfried, resume sin dudas, la técnica, estilo y modos expresivos del baile clásico. A cargo de Yanela Piñera, junto a Ernesto Álvarez, nuevamente en escena, fue un derroche de técnica y teatralidad que, por momentos, erizaba la piel por la frialdad clásica y a su vez, por el dolor y las ganas trasmitidas por los gestos y la delicadeza de la técnica de Yanela, siempre impresionante y electrizante en sus apariciones en escena por la seguridad que proyecta a través de su delicioso coup de pied vibrante que denota la serenidad e intensidad innata del personaje. A su vez Ernesto supo lucirse como gran partenaire, demostrando gran precisión en su técnica.
Coronó la velada la escena del segundo movimiento de la Sinfonía de Gottschalk, llamada Fiesta Criolla. Resulta a mi modo de ver una corona de pas de deux de cuatro parejas junto al cuerpo de baile para terminar en la cúspide todos recibiendo el aplauso del público, juntos sobre el escenario.
Si fuera a resumir la velada, debiera decir que no hay nada que se asemeje más a todo el espectáculo que el último acto, en cuanto a desempeño técnico se refiere. Brillaron en toda la noche dos nombres: Viengsay Valdés, pequeña, poderosa, con una técnica totalmente depurada y exquisita, es capaz de parar al auditorio de sus asientos con su dominio de los balances sin fin en una punta y esos giros en el lugar en brazos de su partenaire en que más que una mujer pareciera un resorte perfecto de clásica frialdad, bella línea y gran técnica danzaria. Osiel Gounod, por su parte, sabe desplegar saltos y giros muy seguros, montado en su grand jetés, además de una teatralidad y presencia escénica llena de vida combinada con un cuidadoso trabajo de interpretación y un magnético encanto personal.
Ambos junto a otros, componen los extremos de la balanza dentro del ballet cubano, por un lado la madurez en su estado puro de mano de la Valdés, Dani, Sadaise, Ernesto y Yanela, y por otro lado la joven generación que a pulso de técnica, estilo y fuerza se va haciendo, día a día, su espacio en la compañía; entre ellos Osiel, Marizé, Jessie y Yaniel.
Para todos; ¡Bravo, Bravo!, por la magia y el talento derrochado en los predios del Coloso de Prado; por saber cautivar, enternecer y agradar hasta al más escéptico de los espectadores.
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