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Opinión
La vuelta a la patria de Gertrudis Gómez de Avellaneda Fecha: 2014-01-17 Fuente: CUBARTE
La vuelta a la patria de Gertrudis Gómez de Avellaneda
<em>La vuelta a la patria</em> de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Aunque nacida en Camagüey, hace ahora doscientos años, las largas estancias de Gertrudis Gómez de Avellaneda en España y su vinculación a la vida cultural de ese país, hicieron a algunos dudar de una consecuente cubanía en la destacada poetisa, dramaturga y narradora. Esto a pesar de las reiteradas protestas de la propia autora.  Una muy especial la hizo a través de un poema, escrito en 1857, cuando contando 45 años regresa a la isla en donde nació, tras veintitrés años de ausencia. Consecuentemente el poema se llama “La vuelta a la patria” y en sus versos el tema cubano lo es todo.

El diseño de la obra no deja de presentar interés, ya que sigue la forma llamada “de anillo”, en la que el comienzo se repite al final.  Además, dicho comienzo (“¡Perla del mar!”) enlaza con otro famoso poema suyo, “Al partir”, que fue su despedida de Cuba.  En “La vuelta a la patria” existen dos visiones de la naturaleza cubana.  Primero una enumeración particularizada, con énfasis en lo botánico, en la que desfilan árboles, frutas pájaros, con efectos de luz, color, sonido y olor. Después una visión geográfica generalizadora, señalando los tipos más característicos de nuestra naturaleza (montes, vergeles, sabanas) para terminar con una enumeración de puntos geográficos claves.  En ambas visiones la autora desnudó sus sentimientos de cubana.

Aunque la Avellaneda generalmente presentaba paisajes, más bien convencionales, sin subjetivarse en ellos a la manera romántica, aquí existe algo más.  Cintio Vitier ha señalado que solo se trata de “una enumeración de voces cubanas”, pero aún siéndolo puede tener otros significados. El paisaje está enmarcado por árboles y arbustos típicos de nuestros campos, coronados por la mítica ceiba: cedro, caoba, yarey, cocotero, naranjo, piña, caña, cafeto. Y en medio de “la siesta ardiente” se escucha “la misteriosa armonía” “de árboles, pájaros, aguas, / que en soledades secretas, / con ignotas concordancias, ¡susurran, trinan, murmuran, / entre el silencio y la calma”.

La enumeración no es ni mucho menos caótica, sino que está cuidadosamente planificada para alcanzar la identificación entre la autora y el paisaje (caso poco común en su poesía lírica, como ya habíamos señalado).  En los versos suele atribuirle sensuales cualidades a las plantas, como vemos en el siguiente fragmento “donde el naranjo y la piña / vierten al par su fragancia; / donde responde sonora / a vuestros besos la caña”. Estas características atribuidas a las plantas también pudieran, en sentido figurado, aplicarse a la propia autora, hasta el punto de que, al menos para mí, cuando concluye centrándose en las “soledades secretas”, más que una referencia al campo cubano lo es a su propia intimidad.

En la otra visión de la naturaleza cubana que encontramos en el poema, la generalizadora, vamos a referirnos a los siguientes versos: “¡Llevadlos férvidos, puros, / cual de mi seno se exhalan / —aunque del labio el acento / a formularlos no alcanza—, / desde la punta Maisí / hasta la orilla del Mantua, / desde el pico Turquino / a las costas de Guanaja!”.  El argumento que vamos a utilizar aquí para probar la cubanía lírica del texto es el siguiente: una autora que tanto cuidaba la musicalidad del verso difícilmente hubiese pasado por alto estos donde menciona puntos geográficos, en los cuales todo el efecto —poco “poético” en realidad— parece estar en los mismos nombres (punta Maisí, orilla del Mantua, pico Turquino, costa de Guanaja).

Creemos que la explicación de esto se encuentra en el valor contextual de lo nombrado, en la resonancia sentimental que estas meras localizaciones geográficas tenían para la autora, en definitiva, las mismas que sentía un cubano y no un extranjero.  Por todo lo anterior consideramos “La vuelta a la patria” como un poema bien criollo, aunque —no hay por qué esconderlo— no sea uno de los mejores textos de la autora.

A veces las pruebas de la cubanía de la Avellaneda la dan sus críticos españolizantes.  Tomemos el caso de su biógrafo Emilio Cotarelo cuando censura que la autora retocara en 1869, precisamente cuando acababa de comenzar la insurgencia mambí en la isla, los últimos versos de un poema dedicado a la reina de España, en los cuales le recordaba “que en los mares de Occidente  / —enamorando al sol que la ilumina—, / tienes de tu corona / la perla  más valiosa y peregrina; / que allá, olvidada zona!, / do libre ambiente a respirar no alcanza”.

El cambio realizado por la Avellaneda le hace decir al mencionado crítico que “En el centenario de 1914, y aún algo antes, los escritores cubanos sacaron gran partido de esta superchería, de la que se hicieron cómplices (no sé si todos por ignorancia) asegurando que la divina Tula era ya en 1843 autonomista y separatista, como quizás lo fuese en 1869”.  Aunque a los ojos de este señor significa lo mismo “autonomista” que “separatista” y que resulta algo exagerado aplicarle cualquiera de estos dos calificativos a Tula, es indudable que Cotarelo la esta mirando no precisamente como a una española.

En realidad fueron los críticos extranjeros quienes pusieron en duda la “cubanía” de la Avellaneda pues los criollos, generalmente, nunca dudaron de ello.  Hasta José Martí, guíen decía preferir como “verdadera poetisa americana” a Luisa Pérez de Zambrana, según sus gustos estéticos juveniles, no vaciló, según ha recordado Susana Montero, en llamar en 1891 “hispanófilos y literatos de enaguas” a aquellos que quisieron quitar “la gloria cubana a la Avellaneda”. Ya en 1876 Martí la había llamado “sombra de espanto, pecadora inmortal, nube de llanto”, con lo cual, para la misma critica, estaba la comprensión de sus errores pero también “la repercusión que esto tuvo en la vida y la gloria de la poetisa.”

La inserción de un autor dentro de una determinada cultura nacional no se logra solamente mediante su propia obra en sí, sino también por la trascendencia general que dicho autor tenga dentro de la mencionada cultura. Y la Avellaneda, tan apasionadamente discutida por los cubanos desde hace más de un siglo, hace imposible que se pueda desvincular ya de nuestros valores nacionales. Por ejemplo, está su resonancia continua en nuestras poetisas, que repetidamente vuelven a ella como una raíz y un estímulo (más como mujer y escritora que como lírica en especifico, es verdad), según puede verse en ejemplos tan disímiles como Aurelia Castillo, Dulce María Loynaz y Mirta Aguirre.

Pero la mayor vigencia actual de la Avellaneda parece ser la de su ejemplo como mujer inmersa en un mundo de prejuicios y contenciones, al cual supo enfrentarse, pero no sin tener que pagar altas cuotas de penas y sacrificios. Su victoria está en la permanencia vital de su obra y su figura. Y, por supuesto, las discusiones sobre la cubanía de Gertrudis Gómez de Avellaneda han quedado ya bien atrás. Cuando el 23 de marzo del 2014 sus compatriotas celebremos su bicentenario, lo haremos con el sano orgullo de enaltecer uno nuestros mejores valores nacionales.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

—Arias, Salvador. “Gertrudis Gómez de Avellaneda”, en Tres poetas en la mirilla. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1981, pp 111-146.

—Montero, Susana: “La obra literaria de Gertrudis Gómez de Avellaneda.  Noticias sobre su vida y personalidad. Su obra”, en Historia de la Literatura Cubana.  Tomo I.  La Habana, Instituto de Literatura y Lingüística, Editorial Letras Cubana, 2002, pp 247-253.

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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