Mimesis, una exposición antológica de Manuel López Oliva que recorre el arco de la labor del artista desde inicios de la década del pasado siglo XX hasta la actualidad se ha desplegado en el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes como homenaje al natalicio 159 de José Martí.
Sin embargo, no es una muestra que aborda la iconografía martiana, su figura o temáticas acerca de su quehacer nacionalista y universal. Es una ofrenda al Martí crítico de arte, quien fuera un cronista sagaz que estuvo muy al tanto de la pintura y arquitectura de su época.
Por cierto, no son las coincidencias tan fortuitas como asombrosas para López Oliva quien nació en la fecha histórica cubana del 19 de Mayo y tiene hoy su nuevo Estudio de artista a unos metros de la Casa Natal de José Martí, las únicas razones que animaron esta dedicatoria artística del pintor al Apóstol, sino más bien observo que es su concepto ético del arte, al que añadiría también, de la vida misma, el fundamento de la recordación a Martí.
Reconocido crítico de arte, con premios prestigiosos tanto en Cuba como fuera de la isla, Manuel López Oliva ha sostenido una escritura que rinde tributo a quien vio el arte como “el modo más corto de llegar el triunfo de la verdad, y de ponerla a la vez, de manera que perdure y centellee, en las mentes y los corazones”.
Homenaje dual, pues el Museo de Bellas Artes de La Habana también tributa con una justa propuesta de espacio en su sede para que los espectadores puedan apreciar una selección de sus pinturas realizadas en el puente que enlaza el fin del pasado siglo hasta la segunda década que recién iniciamos del siglo XXI.
Sin temor al exceso, me atrevería a afirmar que es el artista más culto en cuanto a temas de arte de toda una generación que vio cumplido el sueño del acceso al conocimiento de la creación plástica cuando, a inicios de la Revolución se abrieron las aulas de la Escuela Nacional de Arte para todos no importaba cuál fuera su extracción social sino su talento. Asimilada en infinidad de lecturas, en visitas a museos y galerías del mundo, y en la experiencia que forjara durante un camino de arduo quehacer fundacional del país durante casi medio siglo, su amplísima cultura se destila en la producción de numerosos artículos y ensayos, mas también en la pluralidad de significados que, se observa en su exposición, emanan de la obra que hoy puede verse en el Edificio de Arte Cubano.
Dioses, semidioses y mortales es la serie que ahora puede ser vista en Mimesis, y creo, aún puede esperarse más: una antológica de toda la obra, es decir, aquella que incluye el período de sus Catedrales, donde ya se observaba una intencionalidad historicista del artista por apropiarse de estilos de la modernidad pictórica.
Como la de Debussy, las catedrales sumergidas de López antes del período especial fueron cediendo paso a las series de máscaras que serían las protagonistas de una obra que emergería entonces con la fuerza de la alegoría en el primer lustro de los noventas para desarrollarse hasta hoy.
Es preciso destacar que López Oliva siempre se ha preocupado por señalar su vínculo con el espíritu conceptual de los jóvenes que animaron el panorama renovador de la plástica en Cuba. Paralelamente cuando a inicios de los noventas el artista comienza a trabajar estas series, se está produciendo un cambio en las estrategias y morfologías del arte cubano. La proyección social y crítica del arte anterior se ha recontextualizado con los cambios que se vivieron en la isla a inicios del período especial para producirse un diálogo del arte con la sociedad en otros términos. También la obra de López Oliva asumió esta versatilidad en la que la factura y técnica aprendidas y también enseñadas a sus alumnos comienzan a ser empleadas concientemente en las pieles tatuadas o los rostros enmascarados de sus personajes.
El arte de López es denso en significados pese a sus aparentemente fastuosos decorados escenográficos en la composición de los acrílicos y óleos o en los tatuajes preciosistas de la piel jugosa de figuraciones de sus personajes operáticos, provenientes de la tragedia o la comedia.
El carnavalesco no funciona en sus pinturas como el pretexto del humor ante la adversidad o una plástica donde el reflejo de un Caribe sabroso en mixturas culturales intenta destronizar la solemnidad de los cánones. Su intencionalidad es más recóndita, liada en metáforas sobre una realidad difícil y también universal, donde el “deber ser” se enrarece en el entorno agobiante del tránsito de los cambios éticos y sociales, se lía en el devenir de los verticalismos obviados y las horizontalidades deseadas, de ahí la trascendencia (¿trágica, épica, histórica?) o el silencio que transpiran sus obras, donde no existe la intención humorística deconstructiva que se produce en otros artistas que también citan lo carnavalesco como enclave para su quehacer artístico.
Es por ello que los dioses, semidioses y mortales son tan significativos en el imaginario de López Oliva, como su identidad misma, mítica y real, únicamente validada por las máscaras que definen a estos protagonistas en sus pinturas.
Si los noventas comienzan con una obra intensa de López como Nudo (1993), a fines de los dos mil el cuadro La seducción tiene máscara nos sacude por la paradoja: la sensualidad del desnudo puede ser un engaño, una falaz visión exteriorista.
El refinamiento del detalle corpóreo ilustrativo, cual graffiti culterano, puede referenciar lo mismo los bordados que vio en la infancia, como también la labor artística y artesanal que vio en el taller de su padre cuando confeccionaban en el taller familiar las caretas para el carnaval o las decoraciones teatrales en su pueblo natal de Manzanillo.
Décadas después cuando López viaja a Venecia se impacta con aquellas otras, las impactantes máscaras del carnaval de la ciudad italiana engalanadas con toda esa cultura del vestuario europeo del renacimiento y del barroco, máscaras que hacen énfasis en la historicidad del pasado artístico europeo, en la Historia del Arte occidental.
Así del Caribe a Europa, la máscara que nació hace cinco milenios en Egipto y Sumeria será punto de partida de nuevas series de pinturas, motivo plástico, simbólico como asimismo conceptual para López Oliva, de quien se observa la peculiaridad de no tomar los caminos de imaginarios ya visitados por otros.
Al respecto he escuchado a López Oliva decir, más de una vez, que se siente en un ámbito aún indefinido:
Por una parte no coincide totalmente con los signos del quehacer plástico de su generación, por otra, se siente deudor de la renovación plástica de fines del siglo XX, pero cronológicamente no forma parte de esta. De modo que de tres promociones de la plástica cubana (contribuyentes durante treinta años a nuestro arte mejor), el crítico y artista ha tomado su propio, distintivo rumbo, que considera como no complaciente o afín a los gustos más asimilables del mercado.
El neobarroco se acentúa en sus más recientes obras pictóricas. Son persistentes sus alusiones a alegorías como la mascarada, el deseo, lo intangible e innombrable de los cánones instituidos frente a la savia de la vida misma. Las metáforas aparecen siempre de forma muy densa, igualmente sucede con lo paradójico en sus personajes y motivos nada descriptivos, ni facilistas, sino modos de expresar mediante figuras poéticas como la inocencia, la veracidad y lo aparencial que aparecen realzadas en la presencia de figuras enigmáticas o en sus citas a dramas donde la simulación teatral adquiere primacía en el mensaje.
El de López Oliva es un mundo tentador que intenta fascinarnos. Al mismo tiempo, este arte nos habla del riesgo que apremia en la doblez más peligrosa, en la que subyace tras el ocultamiento de la máscara como argumento socorrido en la historia y la cotidianidad.
Sus lienzos implican la incitación de lo sensual corpóreo, de lo atractivo por la elegancia del detalle, y simultáneamente evidencian la caída de los fingimientos.
Porque, parece decirnos todo el tiempo el pintor, tras el arcano enigma, existe una verdad traslúcida, nada operática, como la vida misma.