El Carnaval es conocido internacionalmente como la fiesta por excelencia, proveedora de características muy propias y con una larga historia en cada país donde se ha originado.
Los españoles continuaron celebrando en Cuba la antigua tradición carnavalesca de las religiones europeas alrededor del equinoccio primaveral, a manera de despedida de las frivolidades mundanas, a fin de someterse posteriormente al período que precede a la Pasión, conocido como “tiempo de cuaresma”.
Por su parte, los negros introducidos como esclavos en nuestro país a partir del siglo XVI, practicaron los ritos carnavalescos del solsticio invernal, al celebrar la Nochebuena y Epifanía (6 de enero).
A fines del siglo XIX comienzan a gestarse agrupaciones de negros que obedecían al mismo origen étnico, los cuales toman el mismo nombre del órgano de gobierno que regía en España y Cuba. A través de los cabildos lograron conservar y desarrollar sus tradiciones culturales, al mismo tiempo que les servían como medio de ayuda mutua para sus miembros. En sus locales sociales les permitían efectuar bailes y otras diversiones.
En los salones de baile los negros introducen la Conga en el siglo XIX, lo que conllevó la costumbre de “arrollar”, alegremente, detrás de los instrumentos de percusión, que se volcaban a las calles en tiempos de Carnaval. Esta herencia negra transforma esta música de pueblo en guaracha y rumba, elaboraciones definidas de música, canto y baile que identifican al cubano.
Las comparsas son los elementos fundamentales del quehacer carnavalesco. Surgidas de las capas más humildes de la población, reúnen un excepcional talento artístico a partir de tradiciones musicales, danzarias, teatrales, y de otros tipos, que han mantenido y desarrollado en las diferentes etapas del contexto histórico-social de la comunidad. Ellas significan la identificación arte-pueblo en nuestra cultura, así como la simbiosis étnica, social, política y artística de un proceso que convirtió al Carnaval en el festejo más importante del cubano hasta nuestros días.
Los colectivos populares tradicionales surgieron en los barrios marginales habaneros conocidos como “Los Sitios”, “Jesús María”, “Atarés”, “Colón”, y otros. Como un proceso lógico de transformación, las comparsas reflejaron hechos trascendentales de la vida nacional con un marcado acento teatral, traspasando, de esta forma, los límites del barrio a que respondían. Hay temas recurrentes, sobre todo atávicos, como el de matar animales ―la culebra o el alacrán―, también las hay de temas costumbristas, patrióticos y foráneos. Incluyen estos colectivos simpáticos personajes como el guardiero, el calesero, el farolero, el gallego, el Tata Cuñengue con su perrito, los cuales dan una nota chispeante en las evoluciones coreográficas de cada salida.
Otro componente inseparable de las comparsas son las farolas, cuyo origen fueron los hachones, especies de antorchas destinadas a iluminar el camino durante las procesiones de las distintas festividades católicas. Las actuales farolas constituyen objetos de gran belleza, su diseño responde al tema de la comparsa a que pertenecen. Van al frente del desfile, junto a la banderola que los identifica, la persona que la porta (que a veces es un niño), realiza diversas evoluciones al compás de la música, a fin de mostrar la destreza en su manejo. El bautizo de la farola es una tradición ―ya casi desaparecida―, la realizaban las viejas agrupaciones, lo cual motivaba una fiesta en el barrio. La comparsa “La Jardinera” lo hacía con cidra o champagne, al igual que que la de “El Alacrán”, otros empleaban la cerveza. En el caso de esta última comparsa el bautizo semeja un ritual que se efectúa previo a la fiesta, y tiene un contenido religioso, al identificar los colores de cada farola con los similares de los orishas de la Santería que apadrinan al colectivo. Sin duda, este acto representa también la reafirmación de la identidad colectiva del territorio, la confianza en obtener un premio por una buena actuación y, sobre todo, la exaltación del sentido de pertenencia de cada uno de los integrantes a su comparsa. Actualmente solamente realizan bautizos “Los marqueses de Atarés” y “El Alacrán”. Esta última es la comparsa más antigua que posee el Carnaval de La Habana, con 98 años de fundada, y una larga tradición de 3 generaciones que se han sucedido de padres a hijos en su dirección, sin perder su esencia original.
Otras comparsas tradicionales que se mantienen vigentes son “Las Bolleras”, “La Sultana” y “Los componedores de bateas”, cuyos nombres responden a las temáticas costumbristas que ostentan.
Cada una se hace acompañar por un conjunto musical llamado Piquete, el cual también entona los cantos tradicionales que las caracterizan mientras desarrollan la coreografía.
La organología se basa en instrumentos de percusión y viento-metal, y los ritmos son rápidos y contagiosos, con estribillos que pueden ser repetidos por el público. Antaño este conjunto musical solía ser pobre, formado solo por filarmónicas, guayos y pequeños tambores confeccionados con barriles de aceitunas que se percutían con 2 palitos. Esta composición mejoró con el tiempo al utilizar instrumentos de percusión como sartenes, galletas (o bombo chato), bombos, redoblantes, hasta llegar al uso de la tumbadora. Los instrumentos de viento lograron un lugar en la época republicana, cuando fueron incluidos el clarinete y la trompeta. La alegre música que interpreta el Piquete (si van a pie los músicos) o el conjunto musical que actúa en una carroza, hace que el público arrolle junto a la comparsa cuando finaliza el desfile, costumbre que se practicaba cuando estos colectivos salían de sus barrios de origen.
La teatralidad es una de las características de las comparsas, desde sus inicios tuvieron referencias de los bailes de cuadros que se hacían en los salones, y más tarde, incorporaron la danza, y el danzón. Ello se debió en parte a que los músicos eran negros libres que casi siempre alternaban su oficio con la amenización de los fiestas, donde se disfrutaba de bailes introducidos en España por los franceses (cuadrillas, lanceros, rigodones, minúes), además, de la contradanza, que pusieron de moda el baile en parejas con 2 filas, incorporando figuras como el latigazo y la cadena, así como de la contribución de la elección de un tema, la uniformidad del vestuario y los movimientos que conformaron la coreografía previamente ensayada para la ocasión. Utilizar caretas, matar la culebra o bailar cortando caña, son algunos de los elementos que denotan la teatralidad y simbolismo que aún permanecen en sus presentaciones.
Los cantos eran alegóricos y a veces respondían a la liturgia y ceremonias de los cultos sincréticos y la sociedad abakúá. Siempre estaban muy vinculados al tema que ostentaba la comparsa. Fundamentalmente, eran creados por músicos o directores de esas agrupaciones, los cuales referían el acontecer cotidiano de su quehacer. También se componían cantos de puya con vistas a saludar a otra comparsa de un barrio colindante. Estos cantos de honda raíz popular eran en versos de rima consonante y asonante, cuyas letras tomaban forma de redondillas, décimas, cuartetas, y otras. Eran entonados por los músicos y bailadores, a los que se sumaba el público. Su morfología era antifonal, con una voz solista a la que se denominaba clarina y el coro que repetía entusiasmado la frase o lema que identificaba a la comparsa. A veces se notaba una influencia recíproca de la Rumba con los coros de clave o cantables, que desplegaban su excelente armonía y afinación en diferentes barrios.
Un aspecto digno de análisis son los elementos que conformaron a estos grupos y qué valor simbólico pueden poseer aún los mismos en la práctica de esta tradición. Por ejemplo, “El Alacrán”, se basa en un tema de la época esclavista, donde convergen símbolos de independencia como la muerte del alacrán (el poder español), a manos del brujo Tata Cuñengue que representa la rebeldía de los esclavos. El vestuario es también otro elemento de cubanía, y los personajes evidencian las relaciones sociales de la época. Otra arista a destacar es la lucha contra el poder esclavista, y algunas que manifiestan la cubanía presente y mantenida, así como la validación de los elementos identitarios de estas tradiciones, lo cual demuestra que en general estas no se encuentran en crisis, sino más bien en un proceso de cambio o reacomodo de acuerdo a los nuevos tiempos.
Luego del triunfo revolucionario de 1959 se plantean nuevas propuestas para las comparsas, con otros núcleos sociales, aunque parte de la población continúe pensando que estos colectivos son patrimonio solamente de los sectores marginados de la comunidad. Al efecto, comienzan a formarse comparsas que representan a los sindicatos, organizaciones y demás organismos. Ellos abordan temas propios de su perfil laboral y alusivo a la Revolución. En este marco surgen comparsas con propuestas novedosas en su forma, contenido y concepción coreográfica. Se dividen en grandes bloques humanos guiados por varios directores que desarrollan diversas figuras al mismo tiempo. Combinan los principios heredados de las danzas con los ejecicios aeróbicos y casi todos los géneros cubanos como mambo, cha-cha-chá, pilón y son, a los que se pueden añadir la cumbia, el merengue, la samba y otros. Sin embargo, es bueno señalar que la conga sigue primando, como ritmo característico de estos colectivos, y en ocasiones figura la rumba. Hay algunos que incursionan en la mezcla o fusión de ritmos foráneos de moda como el rap con el son, lo que les confiere cierta originalidad muy a gusto de los más jóvenes. Se destacan “Los guaracheros de Regla” y la FEU (Federación estudiantil universitaria), a los que siguen “La Giraldilla”, “Los Jóvenes del este” y varios grupos que responden a diferentes municipios de la capital.
En la década del 70 del siglo pasado, las comparsas tradicionales sufren grandes transformaciones debido a que ya el barrio no aporta su financiamiento, no cuentan con lo indispensable y se produce una decadencia que, en muchos casos, conduce a la desintegración, así se pierden “Los Payasos” y “Los Dandys de Belén”. De manera que de un total de más de 12 comparsas tradicionales solo subsistieron “El Alacrán” y “La Jardinera”. No es hasta la década del 80 del siglo pasado que se inicia un plan de reanimación de la fiesta y sus principales manifestaciones. Es así como los colectivos “Las Bolleras”, “La Sultana” y “Los Componedores de bateas” se reincorporaron con los elementos perdidos que las caracterizaban, pero con una impronta moderna que las actualiza en cuanto a música, vestuario y coreografía, lo que las acerca al gusto de las nuevas generaciones.
A este movimiento se sumó la actuación de la danza del león del barrio chino, una suerte de representación .de leyendas de este país a través de músicas, cantos, personajes, vestuario, instrumentos musicales y habilidades propias de las artes marciales. En este sentido, queda un largo trecho por recorrer, ya que no siempre el resultado ha sido favorable, al escoger colectivos sin tradición que no representan la identidad de ninguna comunidad, mientras se ignora el reclamo popular en cuanto a otros que desaparecieron solamente por una coyuntura económica circunstancial.
Acometer este tipo de trabajo es de una alta complejidad, se exigen recursos, voluntad política y acertado asesoramiento artístico-metodológico, independientemente de los numerosos aspectos que influyen de forma directa e indirecta en su desenvolvimiento. Es innegable que el carnaval habanero actual está enmarcado en nuevas condiciones económicas, étnicas, sociales, culturales y políticas que lo conducen a cambios subjetivos y objetivos que responden a la situación que confronta la capital. Entre ellas se destaca el problema demográfico, transformado sustancialmente ante la llegada de considerables grupos de otras provincias. Luego de varias décadas este factor se ha multiplicado con los descendientes que, aunque nacidos en La Habana, heredan de su familia las prácticas tradicionales de sus zonas de origen, las que en su mayoría ostentan elementos y características ajenas a los de su actual residencia, como la tradición de arrollar con su colectivo de preferencia, hecho alejado de la costumbre que ha predominado históricamente en la capital.
Actualmente existe un movimiento en pro del rescate y revitalización del carnaval y, por ende, de las comparsas En un taller de validación de estudios acerca de este tema patrocinado por la oficina regional de la UNESCO, se planteó la necesidad de que estas constituyan verdaderos focos culturales en los barrios, que mantengan una programación estable durante todo el año, y dispongan de locales para ensayos y confección de vestuario y atrezzos. De esta forma la comparsa tiene un protagonismo en el barrio, eleva el nivel de participación popular y el sentido de pertenencia de los vecinos, y coadyuva a transmitir los elementos tradicionales a las nuevas generaciones.
Una de las acciones que contribuye a la continuidad de nuestras raíces es la incorporación de los niños y jóvenes a los colectivos comparseros de adultos e infantes. Al efecto el Carnaval Infantil juega un papel fundamental, sus comparsas emanadas de grupos tradicionales como “Los Componedores de bateas” y “La Jardinera”, así como los de nuevo tipo que representan a los municipios, constituyen una atracción de primer orden por su calidad artística, creatividad y masividad. Esta labor loable garantiza la sucesión cultural necesaria que ayuda a validar las costumbres más raigales de nuestra Identidad cultural, en particular si analizamos las tendencias globalizadoras que pretenden desaparecer las culturas nacionales al adoptar modos y prácticas que no coinciden con la idiosincrasia que caracteriza a cada pueblo.
Bibliografía
1) Ortiz, Fernando: La antigua fiesta afrocubana del Día de Reyes. Rev. Archivos del Folklore cubano, pp. 10 y 20, vol.I, no.2, abril 1924.
2) León, Argeliers. Folklore Cubano I-II-III y IV. Editora Pueblo y Educación, La Habana, 1979, pp. 104 y 105.
3) Citado por Juan Pérez de la Riva en su libro La Isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros, Editora Ciencias Sociales, La Habana, 1981, p. 260. (Del original de G. Careri “Voyage du tour du monde”, publicado en París en 1727.)
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