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Opinión
Roberto Méndez: la  virtud cubana de la poesía Fecha: 2010-01-02 Fuente: CUBARTE
Roberto Méndez: la  virtud cubana de la poesía
Roberto Méndez: la   virtud cubana de la poesía
El Salón de los Espejos del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro fue el espacio donde se le ofreció un homenaje el pasado mes del año dos mil nueve, al poeta, ensayista, narrador e investigador .

Autor de más de tres decenas de libros, Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y su correspondiente de la Real Academia Española, doctor en Ciencias sobre Arte, Premio Nicolás Guillén (2000), Premio Alejo Carpentier de Ensayo (2007), galardonado cuatro veces con el Premio Anual de la Crítica Literaria, Méndez es, entre otros relevantes méritos,  no solo uno de los escritores relevantes de la Isla sino, sin duda, uno de los autores, en plena madurez vital y creativa, cuya extensísima cultura lo convierte en una de las voces vivas más eruditas de las letras cubanas de inicios del siglo XXI.

El homenaje estuvo a cargo de conocedores de su vida y obra: el investigador literario Enrique Sainz, la poeta y periodista Leyla Leyva, el poeta, ensayista y crítico literario Roberto Manzano y el conocido investigador cinematográfico e historiador del cine cubano, Luciano Castillo.

“La obra poética y ensayística de Méndez es extensa y se adentra en las más diversas expresiones de la cultura como la música, las artes visuales, el ballet,  lo místico, y propone lecturas con una pacífica inteligencia”, apuntó Sainz al leer un extenso texto de su autoría donde privilegiaba asimismo la amistad que ha sostenido durante mucho tiempo con Méndez.

Leyla Leyva, joven escritora, por su parte se refirió a su admiración por la literatura de Méndez y realizó una interpretación literaria de su aprecio por el autor.

 Igualmente Roberto Manzano abordó la obra del poeta en un enjundioso minucioso y abarcador ensayo a la par que delineaba con precisión los aportes esenciales de la literatura de su colega.

“La médula de su creación es la poesía que lo ha llevado a otros géneros” —subrayó el crítico—, quien a continuación se refirió al espíritu ecuménico quizá derivado de su visión cristiana, así como al vínculo de la literatura de Méndez con el espíritu creador de Julián del Casal, Milanés y la Avellaneda, sin dejar de mencionar las apropiaciones, con evidente refinamiento, tomadas de todo el mundo de la cultura. “Una actitud cubana es la virtud de su poesía”, resaltó en la lectura de su examen breve mas sumamente revelador sobre la literatura de este autor. Otros rasgos develados por Manzano fueron el carácter principeño, la inclinación hacia las raíces hispánicas, el esmero en el cuidado con la expresión de la lengua así como con la expresión idiomática, el construir metáforas a través de oraciones de carácter ético, la maestría en el uso del versículo, la imaginación compositiva, y el considerar el poema como un sistema y significante. Elementos de una poética que el investigador ubicó cronológicamente en el contexto generacional de fines de los setenta en Cuba y dentro de una vertiente coloquial poética que, en el caso de Roberto Méndez, se refiere a la recuperación del origenismo en términos líricos. Se trata, puntualizó Manzano, de “una poesía concebida como antropología del espíritu”.

Por su parte Luciano Castillo, coterráneo camagüeyano del autor, aludió a los tiempos en que acudían a la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella”, y a los inicios de la labor cultural en la Brigada Hermanos Sainz. Roberto es prolífico y tiene una intensa producción editorial, expresó Luciano que rememoró cuando realizaba sus críticas de ballet en el suplemento cultural Adelante y no había espacio cultural en Camagüey que no conociera de la labor de este autor premiado. Asimismo apuntó a algo que no se había aludido aún en el panel, al sentido del humor del autor, conocido, expresó, por sus amigos más próximos.

En una tarde dedicada a su faena intelectual, Roberto Méndez agradeció a las instituciones que habían organizado esta ofrenda a su quehacer, además de recordar un activismo que le llevó tanto a ir a ofrecer lecturas a los constructores de la brigada Suárez Gayol como a leer versos en los barcos camaroneros en su provincia natal, además de referirse a próximos proyectos que incluyen una biografía de Amalia Simoni con Ana María Pérez Pino, cuya presentación tendrá lugar en la próxima feria del libro, una selección de Juan de la Cruz, que verá la luz por la Editorial Arte y Literatura, y anunció que la Editorial Letras Cubanas tendrá a su cargo la edición de su novela Callejón del Infierno, centrada en acontecimientos en el Puerto Príncipe de 1868; finalmente para concluir, el autor dio lectura a un poema de su Libro de la Ventura.

Una tarde de elogios a Roberto Méndez que, además, significó para algunos de los asistentes, un itinerario a la memoria, en especial, de aquellos que le conocimos hace treinta años.

Entonces era un joven poeta que iniciaba su vida estudiantil en la Colina universitaria y ya sorprendía su tan vasta como universal cultura, pese a tener apenas veinte años. Era la época en que empezábamos la labor que sabíamos ardua de la investigación y la escritura, faena que se nos antojaba infinita y, por instantes, todo un orbe inaccesible por conquistar. Asistíamos al Taller Literario “Roque Dalton”, y me sumé, gracias a su invitación,  al grupo ampliado por Víctor Rodríguez Núñez, Osvaldo Sánchez y un dominicano de nombre Ignacio Novo, era el momento cuando finalizaban su estadía estudiantil para cedernos el paso a otros talleristas, los también jóvenes Alex Fleites y Margaret Randall, a quienes aún repaso en la remembranza, y me parece ver recostados en la escasa hierba que rodeaba al pequeño parque próximo a la Plaza Cadenas (de los cabezones, como le llamábamos), mientras leían aquellos que, a la sazón, eran sobresalientes poemas posteriormente antologados. Terminaba una década: los setentas, y éramos creyentes inconfesos de la creación artística y literaria, cualquiera que fuera esta, con la única condición de que valiera la pena.

Nos aconsejábamos los unos a los otros, talleristas o no, los que entonces ya escribíamos éramos colegas y nos apreciábamos mutuamente.  La obra del otro no era, en modo alguno, ajena. Aún guardo alguna de estas páginas, que me dirigiera personalmente, y que me aventuro a citar, como constancia ética de que su trayectoria fue labrada a fuerza de tenacidad y talento, en una de estas cuartillas, me expresaba: “…confío en mí mismo… descubro que cada etapa mía es algo que asimilo…; trabajo mucho, ahora desecho menos y corrijo más…la narrativa es lo más difícil, no seas retratista, el realismo acaba imponiéndose,  mucha fantasía, he ahí la clave, la buena prosa viene con los años…cultiva la descripción viva, movida, haz que tus personajes sientan algo profundamente…, pinta caracteres o tipos (pero brillantes), cuidado con el diálogo, …no abandones la poesía, busca sencillez, menos imágenes y más dibujo…”

Es posible que, con el paso de tres décadas, ahora cambiarían las sugerencias, mas solo sé que una permanecería en la lista, trabajar incesantemente, no abandonar la escritura, porque, como expresara en el homenaje de El autor y su obra, Roberto Méndez es de los que piensa que vale la pena complicarse la vida si se trata de crear incesantemente y nunca renunciar a la creación literaria.
 

Temática: Libro y Literatura
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Lector crítico
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