El curso del desarrollo secular de nuestro continente, América, es el resultado de los más complejos ingredientes étnicos que, mayoritariamente, parten de duras luchas y controversias en todos las esferas de la actividad humana y, de manera muy especial, en la económica.
Esferas distintivas que, sin lugar a dudas, han repercutido durante siglos en el devenir histórico de esta otra parte del globo para lograr, finalmente, el proceso de identificación ―y de rasgos distintivos regionales―, del hombre americano. Desde el momento en que un descubridor como Cristóbal Colón, o un conquistador como Hernán Cortés, arriban a tierra firme, no se puede analizar el llamado perfil americano sino se trata como un complejo integrado y en constante choque de culturas aborígenes y de allende los mares (europeas, africanas y asiáticas), que permitieron desarrollar de forma separada y en continuas y controversiales luchas ―mayoritariamente cruentas, pues no hay que olvidar el carácter genocida de la campaña de conquista―, la identidad del hombre de este continente.
Y, con ella, la naturaleza propia e irrupción del africano y su confrontación con el colonizador primero, y el neocolonizador después.
El africano se vio envuelto (primeramente) en el negocio de la trata deshumanizante, contra su voluntad y sin discernir acerca de su valor propio, y en los recursos materiales que su fuerza corporal abrían para el nuevo sistema de desarrollo económico que irrumpía en Europa, muy distintas a las propias. El africano se transforma así en un desconocido de sí mismo, al perder su esencia como ser humano.
Así, los elementos culturales del africano permanecieron durante todo el período colonialista y neocolonialista bajo una situación de subestimación y explotación, permitidos bajo el título de exotismo y exuberancia cultural que parten de colores, ritos, fiestas religiosas, bailes, cantos… El llamado negrismo pasó a la difusión de tipos populares contenidos en el ambiente picaresco de la poesía, literatura, del teatro vernáculo y de la pintura.
De esta forma, se va produciendo un proceso de poblamiento, consecuencia de las citadas migraciones, el desarrollo de características socio-psicológicas producto de las condiciones de explotación colonial y neocolonial, y una producción de ideas, saberes y sentimientos, que llegarán a imponerse como fenómenos histórico-sociales a partir de los cuales se desarrollará el hombre de Nuestra América.
En el caso de Cuba
En el caso de la Mayor de las Antillas recordemos que la República que surge en 1902 declara en su Constituciónque todos los cubanos son iguales y otorga el voto a los ciudadanos negros y analfabetos. Sin embargo, un hecho ―entre otros muchos, como es ejemplo también el asesinato del ex general del Ejército Libertador Quintín Banderas―, se ocupó de desmentir en la práctica tal medida, y ocurrió con la guerra de los Independientes de Color (1912), cuando se sembró el terrorismo contra toda la población negra del país, lo cual creó una situación que duró décadas. Igualmente ocurrió con la Constituciónde 1940, donde se enfatiza que es punible el racismo, mas éste se hizo evidente en todas las esferas de la vida de la Isla durante más de medio siglo. En suma, en ambos documentos se sustituye realmente la frontera legal en frontera social, como instrumentos legislativos supuestamente avanzados en la República neocolonial.
Al mismo tiempo y conformada a partir de valoraciones racistas, de estereotipos y de elementos reales descontextualizados, entre otros factores, la imagen del cubano fue utilizada por el colonialista español e hizo mella en la autopercepción de los criollos y cubanos, desde los primeros momentos de la gestación de nuestra nacionalidad. El escritor José Antonio Ramos, en 1919, explica que la visión deteriorada y seudofolklórica de Cuba y de los cubanos que elaboró la colonia, “es la del negrito, la mulata, la hamaca, el tabaco, la guajira, la rumba, el chévere cantúa y el pasmo de admiración y acatamiento por todo lo extranjero” (1)
Al respecto, el profesor e investigador doctor Jesús Guanche ha expresado que “(…) El etno-nación cubano es el resultado histórico-cultural y poblacional de los conglomerados multiétnicos hispánico, africano, chino y antillano, principalmente, que se fusionan de manera compleja y disímil desde el siglo XVI, hasta crear una identidad étnica nueva, basada en la formación: de una población endógena, con capacidad autoreproductiva propia, no dependiente de las corrientes inmigratorias que le dan origen en su decursar histórico, lo cual posee un conjunto de características… en Cuba cuajó un etno-nación, producto de un complejo proceso de integración, que trajo como resultado una sociedad uni-étnica y multirracial, con una gran diversidad cultural”.
El tema de la Afrodescendenciacontinuará latentey, con él, el recuento de todo un proceso de transculturación afrohispánica, como reproducción cultural de la población a partir del propio proceso de conquista y colonización y, cuyo punto culminante está en la incorporación de una gran masa negra esclava ―y de esclavos libres―, a las contiendas independentistas decimononónicas, y que contribuye y consolida no solo el mestizaje biológico ―ya presente desde mucho antes―, sino también el mestizaje cultural.
En suma: La población cubana fue formada por inmigrantes, pero no es hoy una sociedad de inmigrantes. Coincidieron en ella varias etnias, pero no es multiétnica. En Cuba no existen minorías. Estas últimas pudieron tal vez mantenerse segregadas, pero terminaron por fundirse con el resto de la población cubana, proveniente de las inmigraciones originales, o sea, japoneses, chinos, yucatecos, jamaicanos haitianos y otros europeos, hasta conformarse, finalmente, la Nación cubana.
Así, el aporte del negro a la Cubanidad, o como afirmara don Fernando Ortiz, “la calidad de lo cubano” ―su manera de ser, su carácter, su condición distintiva, su individualidad dentro de lo universal, como complejo de sentimientos, de ideas, de actitudes―, es riquísima. Aparte de su fuerza de trabajo, que repercutió en la incorporación económica de la Isla en otros puntos geográficos y de su valiente y decisiva participación en las gestas libertadoras, entre otros muchos aspectos, su influencia cultural está presente en la religión, en la música, en la oratoria, en esa reacción social conocida como choteo y, ante todo, en su emotividad colectiva.
Mas, ¿qué es lo fundamental, en esencia, para mantener una unidad racial distintiva y única? Como manifestara Ortiz: Ser cubano… Pues no basta para la Cubanidad tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta tener la conciencia (2).
Y como también planteara nuestro José Martí: (…)Toda obra nuestra, de nuestra América robusta tendrá, pues, el inevitable sello de la civilización conquistadora, pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y el creador empuje de un pueblo en esencia distinto, de nobles ambiciones y aunque herido, no muerto (3)
Notas:
(1) Ramos, José Antonio: Manual del perfecto fulanista. La Habana, 1916.
(2) Ortiz, Fernando Ortiz: “Los factores humanos de la Cubanidad”, en Etnia y sociedad, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1993).
(3) Martí, José: Artículo “Los Códigos Nuevos”, 1877.
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