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Opinión
Un teatro que haría falta en La Habana Fecha: 2012-03-13 Fuente: CUBARTE
Un teatro que haría falta en La Habana
Un teatro que haría falta en La Habana

Este año, con motivo de celebrarse el centenario del nacimiento del escritor Virgilio Piñera, sus obras han vuelto a visitar nuestras tablas. Sin embargo, dadas sus características e importancia, debía ser un autor que nunca estuviese ausente en nuestro teatro. Es saludable volver a la producción de un dramaturgo con motivo de una conmemoración, pero es inexcusable esperar a un aniversario para acercarnos a ella mediante puestas en escena, que son su propio y más eficaz modo de comunicarse.

Es verdad que cierto número de obras cubanas del género se estudian o mencionan en nuestros planes educaciones y existe una buena cantidad de ellas colocadas en las manos de los lectores por las distintas editoriales del país. Pero creo que en estos casos nunca la lectura puede sustituir plenamente a una representación. Es en esta última donde se produce ese momento mágico de intercomunicación que ha “embrujado” a los hombres desde sus etapas primitivas. Si los alumnos de nuestros distintos sistemas de enseñanza pudieran asistir a las representaciones de las obras que estudian en clase, otra muy distinta sería su vinculación con ellas y, en definitiva, con el futuro del teatro cubano.

Hace poco el prestigioso actor Aramís Delgado rememoraba en un programa televisivo, con nostalgia, la época cuando décadas atrás se ponían en La Habana excelentes puestas en escena de autores que conforman nuestra historia cultural, como Milanés, la Avellaneda o Luaces. Los que asistimos a aquellas representaciones, muchas de ellas debidas al entusiasmo y talento de Armando Suárez del Villar, recordamos que fueron como un agradable descubrimiento, pues algunas se remontaban al medioevo o a la antigüedad, pero podíamos reconocer en ellas algo nuestro, como una universalización de la cultura nativa. Para no hablar de otros, como Luaces, que nos tendía hilos muy directos con nuestra actual cotidianidad.

Puestas contemporáneas pudieran iluminar nuestros “clásicos”, desde aquel Príncipe jardinero que casi no parece cubano. José María Heredia, el gran poeta, tiene tragedias neoclásicas que sería bueno revisar, sobre todo la titulada Los últimos romanos (o cubanos). ¿Y qué se podría hacer con los sainetes perdidos de Covarrubias? ¿O con los no perdidos de El Mirón Cubano de Milanés? ¿Y los sainetes de José Agustín Millán y los polémicos del español establecido en Cuba Bartolomé Crespo Borbón? Los títulos con más pretensiones, como El conde Alarcos, nos pueden proporcionar sorpresas. Para no mencionar la profesional dramaturgia de Gertrudis Gómez de Avellaneda, memorable en aquellas puestas en escenas, el pasado siglo, de obras como la deliciosa La hija de las flores o la espectacular Baltasar. Y hacia la segunda mitad del siglo XIX, Luaces, particularmente en sus reveladoras comedias, como El becerro de oro, y el surgimiento de ese género tan discutido como es el bufo cubano.

En los principios del siglo XX existen muchos autores que revisitar, en un período generalmente considerado de poca calidad estética, en el que sobresale José Antonio Ramos, de quien a principios del período revolucionario recordamos una efectiva puesta de su obra Tembladera en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto. Y también el Teatro Alhambra, un importante hecho escénico que todavía espera una definición valorativa. Ya a partir de la segunda mitad del siglo tenemos los que pudiéramos llamar “clásicos contemporáneos”, como el ya mencionado Virgilio Piñera y los ya fallecidos Paco Alfonso, Rolando Ferrer, Carlos Felipe, José Ramón Brenes, Ignacio Gutiérrez, Albio Paz, Freddy Artiles, Abraham Rodríguez y Héctor Quintero. Así como otros, aún en plena labor creativa como Nicolás Dorr, Antón Arrufat, Eugenio Hernández Espinosa, Roberto Orihuela… Y por supuesto, Abelardo Estorino.

Con los nombres antes mencionados no hemos querido hacer un catálogo valorativo, sino solo recordar nombres y obras ya avalados por una experiencia amplia, que, independientemente de autores más recientes que pudieran añadírsele, son prueba fehaciente de la existencia de un teatro cubano, variado y calificado, que amerita ser mantenido vigente mediante puestas en escena regulares y accesibles.

Algunos países tienen consagrados ciertos teatros a representar solo las obras que señorean su patrimonio nacional. Y aunque nosotros, quizás, no tengamos a un Shakespeare, un Moliere o un Chejov, sí tenemos también una tradición identitaria que defender en este aspecto. ¿Por qué no tener en Cuba una compañía dedicada a representar solo a nuestros “clásicos”? Podría tener un teatro específico en La Habana y girar en provincias por otros escenarios.

Lo propuesto podría tener variadas repercusiones, culturales y hasta económicas, entre las que se me ocurre mencionar las siguientes: Mantendría vigente el patrimonio teatral cubano, haciéndolo tangible al público en general; haría que el estudió de dicho patrimonio teatral, a cualquier nivel educativo, fuese algo vivo y atrayente; se convertiría en una apertura al mundo si se sabe situar como atracción legítima para el turismo. Además de una nueva fuente de ingreso económico; podrían intentarse interesantes proyectos escénicos, como puestas de obras del XIX con los aditamentos que llevaban entonces (sainetes breves, números musicales y danzarlos, en intermedios o como fin de fiesta) y la organización de festivales con temáticas específicas.

Ya en el plano creativo, incitaría un espíritu emulativo en los nuevos autores, a veces demasiado interesados en romper con todo lo anterior, olvidando que ellos mismos están insertos en esa tradición. Así sería para ellos una saludable forma de competir con nuestro pasado.

Pensamos que este “teatro nacional” (que no debiera llamarse así) podría constituirse en una compañía estable, formada por los mejores actores, directores y personal técnico que puedan encontrarse, y que invitase a otros para participar esporádicamente. Pudiera tener una política de repertorio, quizás cambiando 2 o 3 títulos semanales. Me gustaría que, aunque sus puestas fueran actualizadas y creativas, se respetasen lo más posible los textos de las obras representadas. En fin, este artículo va siendo una especie de sueño, ignoro si practicable, que me atrevo a compartir con los lectores en el convencimiento de que se trata de una buena causa.

 

 

 

Imagen: Internet

Temática: Artes Escénicas
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Lector crítico
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1 Comentarios
LOHANIA ARUCA ALONSO - 14 Marzo 2012 00:16:59 .1 POR SUPUESTO QUE ESTE ES UN SUEÑO COMPARTIDO POR MUCHOS QUE AMAMOS EL TEATRO CUBANO. Y LA PROPUESTA DE UN TEATRO DEDICADO A RECUPERAR Y MOSTRAR UNA IMPORTANTE PARTE DE NUESTRO PATRIMONIO INMATERIAL (O ESPIRITUAL) ES UNA URGENCIA, MÁS QUE UNA NECESIDAD.